Milly, 11 de abril de 1810.
Desde ayer estoy en este pueblo con Cecilia y Eugenia; el tiempo es
magnífico; he querido venir a gozar de una hermosa mañana de primavera,
y lo he conseguido por completo. Hoy, desde que me he levantado, he
estado en mi jardín por espacio de más de tres horas leyendo, rezando,
reflexionando y dando gracias a Dios por sus beneficios, que procuro
aprovechar tan bien como es posible. La hora ha sido deliciosa, los
árboles están cargados de flores y capullos que perfuman el aire.
Empiezan a brotar las hojas, a cantar los enamorados pajarillos y a
zumbar los insectos. Es esta la época en que resucita la Naturaleza de
su muerte aparente durante el invierno, y en que más se disfruta de ella
en estos solitarios parajes. Por desgracia, tengo necesidad de volver a
la ciudad, donde he de permanecer algún tiempo. Será la voluntad de Dios
el que yo me aleje de estos sitios; cúmplase, pues, su santa voluntad.
El domingo estuvo a comer con nosotros M. Morel, distinguido dibujante y
buen músico; es él quien ha trazado la mayor parte de los jardines
ingleses que admira todo el mundo en los alrededores de París. Ha venido
aquí para hacer algunos trabajos que le ha encargado M. Rambuteau. He
tenido ocasión de hablarle y me ha dicho que había sido muy amigo de mi
madre y de mi padre, con lo cual he tenido una alegría grande; en su
consecuencia, le he convidado a comer y he tenido la satisfacción de
entrar en relaciones con él. Es ya muy viejo, pero conserva
perfectamente expedito el uso de todas sus facultades, a pesar de sus
ochenta y cuatro años, lo cual se atribuye a su gran sobriedad; dice que
jamás ha bebido vino. Esto me ha confirmado en el propósito que yo tengo
hecho de no beberlo nunca.
Creo ver mañana a M. Rambuteau, porque dice que ha asistido al
casamiento del Emperador y tengo deseos de saber algo de aquella
ceremonia tan magnífica, según dicen todos; las iluminaciones parecen
haber excedido a todo cuanto se había visto hasta hoy en su género. He
aquí una cosa que me hace reflexionar sobre la insignificancia de lo que
se ocupan los hombres, puesto que uno de sus mayores placeres consiste
en reunir algunos centenares de candilejas colocándolas unas junto a
otras, es decir, que podemos exclamar fundadamente: _¡Vanitas,
vanitatum!_ un poco de luz, un poco de ruido y otro poco de humo; ¡esta
es la gloria a que todos aspiramos! ¡Y pensar que yo la deseo para mi
hijo!