La peligrosa ociosidad en que se encuentra mi Alfonso me tiene inquieta.
En estos momentos, es cuando necesito para él todo el socorro divino que
siempre he solicitado.
Sus pasiones empiezan a desarrollarse; temo que su juventud y su vida
sean demasiado borrascosas; le veo de continuo melancólico y agitado; no
sé lo que pretende. ¡Ah! quisiera encontrar el medio para tenerlo
contento. Nos critican por haberle dejado ir a pasar el invierno a Lyón,
fiados en su buena fe; pero los que tal hacen desconocen las razones que
hemos tenido para ello. Muchas veces conviene dejar que diga el mundo lo
que quiera y hacer lo que nosotros creamos mejor. El parece que desea
adquirir relaciones y tiene afición al estudio; contando con recursos
suficientes, es mucho más fácil en una población grande ocupar el
tiempo, huyendo de los peligros de la ociosidad, que en una población
pequeña, donde hay que hacer siempre la misma cosa. Por otra parte,
estoy muy contenta de que todo el mundo no lo vea así, porque siendo,
como es, de aspecto gallardo y elevada estatura, podría también tentar a
los agentes del Emperador para que no admitiesen en reemplazo suyo el
substituto que le hemos comprado para que sirva en el ejército.