No hay nada de particular en las anotaciones de este año hasta el mes de
septiembre, en el cual se lee:
* * * * *
Vivo sola en Milly con mis hijas y mis libros; esta soledad me encanta.
He dado esta tarde un gran paseo por la montaña de Craz, situada detrás
de nuestra casa, sobre nuestras viñas. Estoy sola; gusto mucho, durante
las horas de la tarde, de irme sola y lejos. Amo mucho el otoño y los
largos paseos, sin otro entretenimiento que mis impresiones; éstas son
grandes como el horizonte y llenas del espíritu de Dios. La Naturaleza
conmueve mi corazón bajo mis reflexiones, y me infunde cierta tristeza
que me fascina; no sé lo que es, pero siento una especie de armonía
secreta entre nuestra alma infinita y el infinito de las obras de Dios.
Cuando vuelvo la vista y observo desde lo alto de la montaña la luz que
brilla en el interior del cuarto de mis hijas, bendigo y doy gracias a
la Providencia por haberme concedido este nido, casi oculto a la vista
de todo el mundo, para dar calor y vida a los hijos de mi alma.
* * * * *
Todos los días, por la tarde, digo una oración de muy pocas palabras: un
cántico interior que ninguna persona llegaría a entender; pero vos, Dios
mío, vos lo comprendéis muy bien, como entendéis el zumbar de los
insectos entre las florecillas de los matorrales y el ruido de la hoja
seca, juguete del viento.
* * * * *
En el año 1807 sólo contiene el _diario_ misteriosos exámenes de una
conciencia escrupulosa hasta el extremo, y obligaciones de una madre
para salvar de todo peligro a sus hijos. De regreso a la ciudad para
pasar en ella el invierno de 1808, vuelve a tomar la pluma alguna que
otra vez, pero la pluma parece que se resiste a trazar sus ideas. 1808 y
una parte de 1809 faltan. Véase, no obstante, lo que sucedió entonces a
mi familia.
Había por aquel tiempo en Mâcón una bellísima joven perteneciente a
cierta familia muy distinguida; era elegante, hermosa y de espíritu
recto y cultivado, quien inspiró a su hijo una de aquellas inclinaciones
infantiles e inocentes y puras, que son siempre, mejor que las
explosiones, el presentimiento del amor. No obstante las diferencias de
edad, temían entrambas familias pudiera traer aquella simpatía
consecuencias que no entraban en sus cálculos.
Por este motivo, acordaron alejar de allí por algún tiempo al joven bajo
el pretexto de un viaje a Italia. Creíase, no sin razón, que el aire de
los Alpes desvanecería aquella fantástica imaginación.
Veamos el manuscrito.
Aquellos pensamientos prudentísimos casi no existen en él: su
imaginación se ocupa exclusivamente en buscar el bien para su hijo.