Domingo, 26 de noviembre de 1809.
Me ocupo en leer las _Memorias_ de Mme. Roland, cuyo marido fue ministro
al principio de la Revolución, por la cual Mme. Roland fue guillotinada.
Hubiera sido esta mujer un gran talento, un carácter, un dechado de
virtudes, si durante su juventud no se hubiese penetrado del
deslumbrante y falso espíritu que entonces reinaba, arrastrándola en la
detestable cima, desde la que derrumbó el mundo, perdiéndose a sí
propia; porque fueron sus opiniones las que la condujeron a la
guillotina.
Sus Memorias están bien escritas y me han interesado, pero no he leído
nada de lo que se trata de religión, puesto que habla de ella bastante
mal. No he querido que mi hijo leyera dichas _Memorias_, a pesar de que
lo ha deseado mucho. Ya sé yo que él puede hacerse, a pesar mío, con
cuantos libros quiera, pero al menos no deberé reprocharme el haberle
dado autorización para leerlos y menos proporcionárselos.
He pensado asimismo que el hombre se permite a cierta edad leer cuantos
libros se le presentan, bajo el pretexto de que ya no corre peligro; sin
embargo, siempre esto es peligroso, ya que la fe puede extraviarse a
todas las edades; debe estar siempre prohibido el combatir con el
espíritu. El hombre acaba por llenar su cabeza con el abigarramiento de
toda especie de lecturas; así es que sólo a la prohibición de aquellas
que, aun agradables, pueden ser peligrosas, debe confiarse la
conservación de las sanas creencias.
Ha muerto en Mâcón M. Sigorgne, a la edad de noventa años. Como era un
sabio, había sostenido correspondencia con J. J. Rousseau sobre la
religión y sobre la filosofía. Gran amigo de M. de Lamartine, mi cuñado,
dio por amistad lecciones de matemáticas a mi Alfonso. Era uno de estos
monumentos antiguos que no quisiéramos jamás ver derrumbados. Amamos el
tiempo cuando somos jóvenes, pero al llegar a viejos, el amor se
convierte en veneración.
Alfonso irá a pasar este invierno a Lyón para que se vaya acostumbrando,
poco a poso, a los usos y costumbres de la alta sociedad.
Ha marchado en compañía de M. de Balathier, persona de excelentes
modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella
será causa que le privará de las malas compañías de otros jóvenes de su
edad.
Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fáciles de ser
conducidas al bien. Nuestra vida aseméjase a la de un monasterio: por la
mañana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la
historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las niñas. Después
de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos también juntas, y
durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de
Moliere. Creo yo que no hay en ello ningún mal, pero suprimo las
palabras que creo peligrosas. Después de esto, rezamos la oración de la
noche; de esta suerte el día pasa ligero. ¡Que nuestras oraciones
aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagraría
completamente a Dios.