LXXIV

Domingo, 26 de noviembre de 1809.

Me ocupo en leer las _Memorias_ de Mme. Roland, cuyo marido fue ministro

al principio de la Revolución, por la cual Mme. Roland fue guillotinada.

Hubiera sido esta mujer un gran talento, un carácter, un dechado de

virtudes, si durante su juventud no se hubiese penetrado del

deslumbrante y falso espíritu que entonces reinaba, arrastrándola en la

detestable cima, desde la que derrumbó el mundo, perdiéndose a sí

propia; porque fueron sus opiniones las que la condujeron a la

guillotina.

Sus Memorias están bien escritas y me han interesado, pero no he leído

nada de lo que se trata de religión, puesto que habla de ella bastante

mal. No he querido que mi hijo leyera dichas _Memorias_, a pesar de que

lo ha deseado mucho. Ya sé yo que él puede hacerse, a pesar mío, con

cuantos libros quiera, pero al menos no deberé reprocharme el haberle

dado autorización para leerlos y menos proporcionárselos.

He pensado asimismo que el hombre se permite a cierta edad leer cuantos

libros se le presentan, bajo el pretexto de que ya no corre peligro; sin

embargo, siempre esto es peligroso, ya que la fe puede extraviarse a

todas las edades; debe estar siempre prohibido el combatir con el

espíritu. El hombre acaba por llenar su cabeza con el abigarramiento de

toda especie de lecturas; así es que sólo a la prohibición de aquellas

que, aun agradables, pueden ser peligrosas, debe confiarse la

conservación de las sanas creencias.

Ha muerto en Mâcón M. Sigorgne, a la edad de noventa años. Como era un

sabio, había sostenido correspondencia con J. J. Rousseau sobre la

religión y sobre la filosofía. Gran amigo de M. de Lamartine, mi cuñado,

dio por amistad lecciones de matemáticas a mi Alfonso. Era uno de estos

monumentos antiguos que no quisiéramos jamás ver derrumbados. Amamos el

tiempo cuando somos jóvenes, pero al llegar a viejos, el amor se

convierte en veneración.

Alfonso irá a pasar este invierno a Lyón para que se vaya acostumbrando,

poco a poso, a los usos y costumbres de la alta sociedad.

Ha marchado en compañía de M. de Balathier, persona de excelentes

modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella

será causa que le privará de las malas compañías de otros jóvenes de su

edad.

Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fáciles de ser

conducidas al bien. Nuestra vida aseméjase a la de un monasterio: por la

mañana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la

historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las niñas. Después

de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos también juntas, y

durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de

Moliere. Creo yo que no hay en ello ningún mal, pero suprimo las

palabras que creo peligrosas. Después de esto, rezamos la oración de la

noche; de esta suerte el día pasa ligero. ¡Que nuestras oraciones

aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagraría

completamente a Dios.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 121 / 235 题