XXII

Hace ocho años, decía yo en mis _Confidencias_:

Dejando de seguir el curso del río Saone, si os dirigís por las verdes

praderas de Mâcón hacia el pequeño pueblo y cerca de las ruinas de la

antigua abadía donde murió Abelardo, el infortunado amante de Eloísa,

siguiendo una tortuosa senda, veréis a derecha e izquierda blanquear

algunos pueblecitos entre los verdes pámpanos de las vides. Dominan a

estos pueblecitos montañas incultas que se extienden en rápidas

pendientes formando como unas praderas blanquecinas. Coronan estas

montañas grandes moles de piedra que surgen de la tierra, y cuyas

cúspides dentelladas aseméjanse a las ruinas de antiguas viviendas

feudales. Siguiendo el camino pedregoso que se extiende alrededor de la

base de estas rocas, se encuentra a la izquierda y a dos leguas de la

población un camino estrecho y bien cuidado, adornado de sauces, que

llega hasta un riachuelo cuyas aguas mueven las ruedas de un molino.

Cuando la corriente del río aumenta por las lluvias, se atraviesa por un

pequeño puente y se sube por una pendiente rápida y escabrosa a unas

casitas cubiertas de tejas que se ven agrupadas sobre una pequeña

eminencia. Un campanario de piedra color gris domina este grupo de

casas. Este es mi pueblo.

El camino serpentea por entre las casas, de suerte que los pasajeros que

lo siguen han de ver necesariamente, y mientras atraviesan el pueblo,

todas las casas de que se compone. Encuéntrase, sin embargo, una puerta

algo más alta y otra más pequeña que las demás: éstas son las del patio

en cuyo centro aparece escondida la casita de mi padre.

La casa se esconde, en efecto, y no puede verse ni desde las afueras del

pueblo. Está construida en un recodo del valle, y dominada en todas

direcciones por los árboles, por otras edificaciones y por el

campanario. Únicamente trepando por la peligrosa pendiente de una

montaña elevadísima y volviendo los ojos, pudiera verse bajo nuestros

pies aquella casita baja y maciza que aparece como una piedra negra en

un rincón del jardín. Su forma es cuadrangular y consta de un solo piso,

con tres grandes ventanas en cada una de sus fachadas. Ni siquiera están

cubiertas de yeso las paredes, y las piedras han adquirido con la

humedad un color sombrío y secular: parecen los viejos claustros de una

abadía.

Se entra en la casa por una alta puerta de madera, asentada sobre una

grada de cinco peldaños de piedra, de dimensiones colosales, pero

descantilladas por el uso, por el tiempo y por los grandes pesos que en

el transcurso de los años habrán sostenido. Al sentarse sobre ellas,

murmuran y vacilan sordamente. Crecen en sus intersticios ortigas y

parietarias, que sirven de guarida en el verano a los pequeños

renacuajos.

Penétrase en seguida en espacioso corredor, cuya anchura queda un tanto

reducida por unos grandes armarios de nogal que sirven a los campesinos

para guardar la ropa, el trigo y la harina. La cocina se encuentra a la

izquierda de este corredor, y su puerta, continuamente abierta, permite

ver una mesa de encina y en torno de ella algunos bancos. A cualquier

hora del día se encuentran sentados en ellos labradores de la casa o

forasteros que comen pan y queso, y beben vino alegremente.

Inmediato a la cocina está el comedor, en el que sólo hay una mesa de

abeto, algunas sillas, alacenas y cajones; muebles, en fin, propios de

las antiguas viviendas solariegas que el arte busca sin cesar, para

construir bajo sus modelos el mobiliario moderno. Al lado del comedor

hay un salón con dos ventanas que la una da al patio y la otra al

jardín.

Para subir al único piso de la casa, hay que ascender por una escalera

que fue en algún tiempo de madera, y que mi padre la reemplazó por la

actual, que es de piedra groseramente labrada. En el piso se encuentran

hasta diez piezas casi sin muebles que dan a unos corredores oscuros. En

el piso y los corredores habitaban entonces mi familia, los criados y

los huéspedes. ¡He aquí la casita que por espacio de tanto tiempo nos

cobijó bajo su sombría techumbre! ¡He aquí la morada de paz, la

Jerusalén, como mi madre la llamaba! ¡He aquí el humilde y caliente nido

que por tantos años nos preservó del frío, del hambre, de las lluvias y

de las tormentosas tempestades del mundo!... Nido del que la muerte fue

arrebatando, primero a mi padre, a mi madre después, y del cual se han

alejado también los hijos, cada uno por su lado, los unos a un sitio,

los otros a otro... algunos, a la eternidad.

Aun conservo la paja, el musgo, la lana: restos preciosos de aquel nido

hoy vacío y sin las ternezas que algún día le animaron a pesar de la

frialdad que en él se observa, me gusta recogerme en él de cuando en

cuando; la voz de mis padres, los gritos alegres de mis hermanas, los

ruidos que producen la alegría y el amor, parece que resuenan bajo las

viejas maderas que sostienen el techo.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 28 / 235 题