Hace ocho años, decía yo en mis _Confidencias_:
Dejando de seguir el curso del río Saone, si os dirigís por las verdes
praderas de Mâcón hacia el pequeño pueblo y cerca de las ruinas de la
antigua abadía donde murió Abelardo, el infortunado amante de Eloísa,
siguiendo una tortuosa senda, veréis a derecha e izquierda blanquear
algunos pueblecitos entre los verdes pámpanos de las vides. Dominan a
estos pueblecitos montañas incultas que se extienden en rápidas
pendientes formando como unas praderas blanquecinas. Coronan estas
montañas grandes moles de piedra que surgen de la tierra, y cuyas
cúspides dentelladas aseméjanse a las ruinas de antiguas viviendas
feudales. Siguiendo el camino pedregoso que se extiende alrededor de la
base de estas rocas, se encuentra a la izquierda y a dos leguas de la
población un camino estrecho y bien cuidado, adornado de sauces, que
llega hasta un riachuelo cuyas aguas mueven las ruedas de un molino.
Cuando la corriente del río aumenta por las lluvias, se atraviesa por un
pequeño puente y se sube por una pendiente rápida y escabrosa a unas
casitas cubiertas de tejas que se ven agrupadas sobre una pequeña
eminencia. Un campanario de piedra color gris domina este grupo de
casas. Este es mi pueblo.
El camino serpentea por entre las casas, de suerte que los pasajeros que
lo siguen han de ver necesariamente, y mientras atraviesan el pueblo,
todas las casas de que se compone. Encuéntrase, sin embargo, una puerta
algo más alta y otra más pequeña que las demás: éstas son las del patio
en cuyo centro aparece escondida la casita de mi padre.
La casa se esconde, en efecto, y no puede verse ni desde las afueras del
pueblo. Está construida en un recodo del valle, y dominada en todas
direcciones por los árboles, por otras edificaciones y por el
campanario. Únicamente trepando por la peligrosa pendiente de una
montaña elevadísima y volviendo los ojos, pudiera verse bajo nuestros
pies aquella casita baja y maciza que aparece como una piedra negra en
un rincón del jardín. Su forma es cuadrangular y consta de un solo piso,
con tres grandes ventanas en cada una de sus fachadas. Ni siquiera están
cubiertas de yeso las paredes, y las piedras han adquirido con la
humedad un color sombrío y secular: parecen los viejos claustros de una
abadía.
Se entra en la casa por una alta puerta de madera, asentada sobre una
grada de cinco peldaños de piedra, de dimensiones colosales, pero
descantilladas por el uso, por el tiempo y por los grandes pesos que en
el transcurso de los años habrán sostenido. Al sentarse sobre ellas,
murmuran y vacilan sordamente. Crecen en sus intersticios ortigas y
parietarias, que sirven de guarida en el verano a los pequeños
renacuajos.
Penétrase en seguida en espacioso corredor, cuya anchura queda un tanto
reducida por unos grandes armarios de nogal que sirven a los campesinos
para guardar la ropa, el trigo y la harina. La cocina se encuentra a la
izquierda de este corredor, y su puerta, continuamente abierta, permite
ver una mesa de encina y en torno de ella algunos bancos. A cualquier
hora del día se encuentran sentados en ellos labradores de la casa o
forasteros que comen pan y queso, y beben vino alegremente.
Inmediato a la cocina está el comedor, en el que sólo hay una mesa de
abeto, algunas sillas, alacenas y cajones; muebles, en fin, propios de
las antiguas viviendas solariegas que el arte busca sin cesar, para
construir bajo sus modelos el mobiliario moderno. Al lado del comedor
hay un salón con dos ventanas que la una da al patio y la otra al
jardín.
Para subir al único piso de la casa, hay que ascender por una escalera
que fue en algún tiempo de madera, y que mi padre la reemplazó por la
actual, que es de piedra groseramente labrada. En el piso se encuentran
hasta diez piezas casi sin muebles que dan a unos corredores oscuros. En
el piso y los corredores habitaban entonces mi familia, los criados y
los huéspedes. ¡He aquí la casita que por espacio de tanto tiempo nos
cobijó bajo su sombría techumbre! ¡He aquí la morada de paz, la
Jerusalén, como mi madre la llamaba! ¡He aquí el humilde y caliente nido
que por tantos años nos preservó del frío, del hambre, de las lluvias y
de las tormentosas tempestades del mundo!... Nido del que la muerte fue
arrebatando, primero a mi padre, a mi madre después, y del cual se han
alejado también los hijos, cada uno por su lado, los unos a un sitio,
los otros a otro... algunos, a la eternidad.
Aun conservo la paja, el musgo, la lana: restos preciosos de aquel nido
hoy vacío y sin las ternezas que algún día le animaron a pesar de la
frialdad que en él se observa, me gusta recogerme en él de cuando en
cuando; la voz de mis padres, los gritos alegres de mis hermanas, los
ruidos que producen la alegría y el amor, parece que resuenan bajo las
viejas maderas que sostienen el techo.