XXIII

Por la parte exterior del patio de nuestra casa, alcanza la vista los

establos, los pajares, las leñeras y los corrales que la rodean, y la

puerta que siempre permanece abierta, da a la calle del pueblo, por

donde cruzan los aldeanos llevando las herramientas de labranza sobre el

hombro, y algunas veces sobre el otro una cuna con un niño dormido;

sigue después la esposa con otra criatura de pecho, y después una cabra

con su cabrito, que al pasar por la puerta se detiene un momento para

jugar con los perros, y se aleja después dando saltos.

Hay en la otra parte de la calle un horno público para cocer pan, donde

se reúnen al calor de aquel fuego que nunca se extingue, los viejos, los

muchachos y las mujeres. Todo esto es lo que se ve desde una de las

ventanas del salón. La otra permite extender la vista hacia el Norte,

sobre los tejados de algunas casas bajas y las tapias del jardín,

contemplando de esta suerte el horizonte de montañas sembrado por la

nubes, en el que, de cuando en cuando, se junta algún rayo de sol que

alumbra entre aquella sombra las ruinas de un castillo antiguo rodeado

de almenas y torreones, cuya severa figura da carácter al paisaje. Si

entre los fantásticos vapores de la bruma, y a la caída de la tarde,

dirigimos la mirada sobre este castillo, lo vemos desaparecer entre las

sombras. Entonces únicamente queda una montaña negruzca y un barranco

amarillento.

Una ruina sobre el monte o una vela sobre el mar, forman y completan un

paisaje. La tierra es únicamente la escena; la vida, el pensamiento, el

drama están en aquélla que el hombre ha usado o construido. Donde hay

vida, allí hay también interés.

Detrás de la casa está el jardín cercado de piedras, desde cuyo fondo

empieza la montaña a elevarse. La falda de esta montaña es verde,

después árida y desnuda como si en ella no hubiera tierra vegetal. En su

cúspide dibujan una especie de dientes enormes dos piedras peladas. Nada

hay que anime aquella pedregosa sierra: ni un árbol ni una choza. A

causa de esto, sin duda, el jardín produce un encanto misterioso.

Aseméjase a la cuna de un niño que la aldeana haya colocado dentro del

surco mientras trabaja, y al descorrer la cortina del sueño, no puede

ver otra cosa entre las ondulaciones del surco que un estrecho pedazo de

cielo.

El jardín no puede compararse al primitivo que Homero describe al

diseñar el cercado de las siete piedras del viejo Laeter. Entrando, a la

derecha, aparecen ocho cuadros sembrados de legumbres y cercados por

árboles frutales y hierba forrajera; de un cuadro a otro hay un paseo

sembrado de arena; al extremo de estos paseos, algunos troncos de parra

que sustentan un verde artesonado de pámpanos sombreando un banco de

roble. En el fondo del jardín hay otro emparrado de vides de Judea que

se enredan entre los cerezos; una fuente, un pozo y una cisterna que mi

padre mandó abrir a pico en las rocas, para depositar en ella las aguas

pluviales. Rodean esta cisterna varios sicomoros y otras plantas de

anchas hojas que sombrean aquella parte del jardín.

En otoño estas hojas forman sobre el estanque un tapiz que cubre

completamente las aguas.

¡He aquí lo que, por espacio de tantos años, fue el goce, la alegría, el

consuelo a las desdichas sufridas por un padre, una madre y ocho hijos

pequeños!

Este es el edén de mi juventud, donde se albergan mis sentimientos más

tiernos, siempre que desean disfrutar de este consuelo que proporciona

el recuerdo de esa infancia; algo de esa aurora boreal que sólo se

divisa desde la cuna.

¡Parece que forman parte de mi corazón aquellos árboles, aquellas flores

y hasta la tierra del jardín que me parece inmensa! Extraña cosa es que

en un espacio tan reducido puedan reunirse tantos y tan dulces

recuerdos.

La gradería de madera que conducía allí por la cual nos precipitábamos

alegres; las plantas de lechugas que separaban las primeras propiedades

de tierra que nos repartíamos entre todos los hermanos, y que cada uno

cultivaba por su cuenta; el plátano bajo cuya sombra mi padre se sentaba

rodeado de sus fieles perros de caza; los árboles bajo cuya fresca

sombra mi madre rezaba el rosario mientras nosotros corríamos tras las

mariposas; la pared que da frente al Mediodía, junto a la cual tomábamos

el sol alineados como árboles de cercado; los dos viejos nogales, las

tres lilas, las fresas coloreando por entre las hojas, las peras, las

ciruelas, los melocotones glutinosos y brillantes con su goma dorada por

el rocío de la mañana; el emparrado, que buscaba yo al mediodía para

leer tranquilamente mis libros, con el recuerdo que dejaron en mí

aquellas páginas leídas entre continuas impresiones y la memoria de las

conversaciones íntimas tenidas entre este o aquel árbol; el sitio donde

oí, y algunas veces di, mil adioses de despedida al abandonar aquellas

soledades; el otro en el que nos encontramos al regreso, o que

ocurrieron alguna de aquellas escenas tristes propias del drama

conmovedor y tierno de la familia, donde vimos nublarse el rostro

descarnado de nuestro padre y el de nuestra madre que nos perdonaba

cuando arrodillados a sus pies escondíamos el nuestro entre los pliegues

de su ropa; donde mi madre recibió la noticia de la muerte de una hija a

quien amaba; y donde alzó los ojos al cielo pidiendo resignación...

Estas ternezas, estas felicidades, estas imágenes, estos grupos, y, en

fin, estas figuras, existen, andan, viven aún para mí en aquel pequeño

cercado, vivificando mis días más felices. Quisiera yo que el universo

tuviera principio y fin dentro de los muros de aquel pobre pedazo de

tierra.

Este jardín conserva todavía el mismo aspecto; únicamente los árboles,

algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; pero

los surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobre

la arena de las sendas; y cantan los ruiseñores en las noches de estío

entre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mi

madre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.

Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta aún de

la misma calma interrumpida tan sólo por el sonido de la campana al

tocar el _Angelus_ o por el ruido cadencioso de los trillos que baten

las mieses en las eras.

Las hierbas parásitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas,

cardos y malvas azules, agarrándose cruelmente a los rosales, y la

hiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y no

se limita a esto su poder, todos los años adquiere más lozanía, y ya

empieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...

Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de mí mismo y,

ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el césped,

sólo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestro

antiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristes

recuerdos y mis fantásticas apariciones.

Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginación veía la imagen

de esta tierra, más poética sin duda cuanto más distante de ella me

hallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos:

Hay en mi tierra una árida montaña.--Que no produce flores ni frutos, y

aparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estéril

situación.--Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando las

cabras saltan por las rocas.--Y las piedras desprendidas forman otro

monte que crece gradualmente.--Al abrigo de éste, vive alguna cepa, que

busca en vano un árbol donde enredar sus sarmientos.--En vano también,

el arce crece y se arrastra entre los zarzales.--Donde los chicos del

pueblo roban a los pájaros las moras negras como el azabache.--Donde la

pobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.--Donde no se siente

en verano el murmullo de las aguas.--Ni el susurro de las hojas agitadas

por el viento.--Ni el canto del ruiseñor, cuyas melodías de paz

consuelan el alma.--Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, sólo la

cigarra ensordece con sus chirridos.--Todo es sombrío en aquella selva,

que resguarda únicamente la montaña descarnada, en cuyo muro, azotado

por las lluvias y el viento, anotan los años su edad.--Detrás de una

colina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver el

arado cuando por ella pasa.--Ni capas de verdura, ni rocío en el bosque,

ni fuentes murmurantes.--Tan sólo siete tilos que ha olvidado la reja

del labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.--A su sombra soñé

yo durante mi infancia.--Hay entre las rocas un pozo que guarda las

aguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.--Sobre el

terreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, donde

los gorriones recogen alimento para sus hijuelos.--Aquí, instrumentos de

labranza en desorden.--Allá, el aldeano con su pipa encendida esperando

que el viento sople para dar principio a la limpia del montón de trigo

que, mezclado con paja molida, espera ser aventado.

* * * * *

Nada alegra la vista en esta estéril prisión.--Ni los dorados capiteles,

ni las altas torres de las grandes ciudades.--Ni la carretera ni el río

bullicioso.--Ni los terrados de las casas abrasados por el sol de

Mediodía.

* * * * *

Sólo se divisan allá lejos en la escabrosa pendiente.--Las rústicas

techumbres que albergan a los pobres montañeses.--Y la senda tortuosa y

prolongada, que serpentea entre las chozas.--Donde el viejo mece a su

nieto en la cuna hecha de juncos.--En fin, cielo sin color, sol sin

sombra, valles sin verdor... ¡Y es allí donde está mi corazón!--Es allí

donde está la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueños

más felices.--El aspecto de las montañas, cuando el ganado aterido de

frío baja a la llanura.--Los espinos, el viento, la hierba seca, tienen

íntimas melodías, que sólo el alma comprende.--En todos estos sitios se

halla mi corazón; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y los

árboles me conocen y pronuncian un nombre.--¿Qué importa que este

nombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad de

un imperio?--La sangre humana vertida por causa de los

tiranos.--Empequeñece aquella grandeza y convierte los imperios en azote

de Dios.--Y sobre los monumentos de los héroes y de los dioses, el

pastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.

* * * * *

¡Oh! lugares deliciosos y solitarios.--¡Cuántos recuerdos encerráis en

mi alma!--Entre vosotros está el banco donde mi padre descansaba.--La

habitación donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a los

labriegos sus hazañas guerreras.--Cuando les preguntaba los surcos que

trazaba el arado en una hora.--Cuando contaba las peripecias que

ocurrieron a Luis XVI en el cadalso.--Cuando estimulaba a los mozos a

seguir la senda del honor y de la virtud.--También está entre vosotros

la plaza donde mi buena madre nos hacía llevar pan, vino y ropas para

socorrer a los pobres del lugar.--Las cabañas, donde, con mano amiga,

dulcificaba los dolores de sus convecinos.--Donde recogía el último

suspiro de los moribundos.--Donde socorría a las viudas y enjugaba el

llanto de los niños arrodillados ante el cadáver de su padre, mientras

les decía estas palabras:--«A cambio del oro que os doy, rezad por su

alma.»

* * * * *

Allí está la higuera al pie de cuyo tronco mecía nuestras cunas.--La

senda por donde corríamos al oír la campana que nos llamaba a misa

primera.--El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasión y

nos definía a Dios, enseñándonoslo en el grano de trigo encerrado en sus

gérmenes.--En el racimo de uvas chorreando licor.--La vaca transformando

en leche el jugo de las plantas.--En la roca que se abre naturalmente

para dar paso a las aguas.--En la lana de las ovejas robada por las

zarzas para que después con ella puedan hacer los pajarillos su

nido.--En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estaciones

y vivificando los planetas que le rodean.--En todo, en fin, lo que nos

rodeaba; hasta en el más insignificante insecto nos enseñaba el poder

del Criador.

* * * * *

Viñas, praderas, campos y matorrales.--Sois recuerdo perenne de sombras

y de amor.--Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento sus

rubias cabelleras.--Mientras yo encendía hogueras con los espinos y la

hierba seca, donde venían a calentarse los hijos de los pastores.

* * * * *

El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracán se

desencadenaba violento por el valle.--Las rocas, las encinas, el poyo

que hay en la puerta del molino.--Todo permanece en pie, todo ocupa su

puesto.--Pero, ¡ay de mí... han desaparecido algunos de los que os

contemplaban en algún tiempo!...

* * * * *

Como las aristas se dispersan por el aire.--Así se han dispersado los

seres de mi hogar querido.--Hasta las golondrinas dejan de fabricar el

nido cabe las cornisas del tejado.--Y sube por puertas y ventanas, la

hiedra trepadora.--Como queriendo cubrir de luto aquella mansión

querida.

* * * * *

Tengo un presentimiento que me hace sufrir horriblemente.--Un

desconocido no tardará en llegar al pueblo, y a fuerza de oro, se

posesionará de todo cuanto alberga la sombra de mis padres.--Donde están

mis recuerdos más santos, mis afecciones más íntimas.--Entonces, hasta

los pajarillos huirán espantados ante la figura de seres extraños...

¡Dios mío!... ahuyenta de mí semejantes ideas...

* * * * *

Ruego a mis hermanos y sobrinos que me perdonen si he insertado los

versos anteriores en el presente diario.

Yo entiendo que unos y otros no están en disonancia, puesto que son dos

frutos de la misma savia.

Continuemos el manuscrito de mi madre.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 29 / 235 题