Por la parte exterior del patio de nuestra casa, alcanza la vista los
establos, los pajares, las leñeras y los corrales que la rodean, y la
puerta que siempre permanece abierta, da a la calle del pueblo, por
donde cruzan los aldeanos llevando las herramientas de labranza sobre el
hombro, y algunas veces sobre el otro una cuna con un niño dormido;
sigue después la esposa con otra criatura de pecho, y después una cabra
con su cabrito, que al pasar por la puerta se detiene un momento para
jugar con los perros, y se aleja después dando saltos.
Hay en la otra parte de la calle un horno público para cocer pan, donde
se reúnen al calor de aquel fuego que nunca se extingue, los viejos, los
muchachos y las mujeres. Todo esto es lo que se ve desde una de las
ventanas del salón. La otra permite extender la vista hacia el Norte,
sobre los tejados de algunas casas bajas y las tapias del jardín,
contemplando de esta suerte el horizonte de montañas sembrado por la
nubes, en el que, de cuando en cuando, se junta algún rayo de sol que
alumbra entre aquella sombra las ruinas de un castillo antiguo rodeado
de almenas y torreones, cuya severa figura da carácter al paisaje. Si
entre los fantásticos vapores de la bruma, y a la caída de la tarde,
dirigimos la mirada sobre este castillo, lo vemos desaparecer entre las
sombras. Entonces únicamente queda una montaña negruzca y un barranco
amarillento.
Una ruina sobre el monte o una vela sobre el mar, forman y completan un
paisaje. La tierra es únicamente la escena; la vida, el pensamiento, el
drama están en aquélla que el hombre ha usado o construido. Donde hay
vida, allí hay también interés.
Detrás de la casa está el jardín cercado de piedras, desde cuyo fondo
empieza la montaña a elevarse. La falda de esta montaña es verde,
después árida y desnuda como si en ella no hubiera tierra vegetal. En su
cúspide dibujan una especie de dientes enormes dos piedras peladas. Nada
hay que anime aquella pedregosa sierra: ni un árbol ni una choza. A
causa de esto, sin duda, el jardín produce un encanto misterioso.
Aseméjase a la cuna de un niño que la aldeana haya colocado dentro del
surco mientras trabaja, y al descorrer la cortina del sueño, no puede
ver otra cosa entre las ondulaciones del surco que un estrecho pedazo de
cielo.
El jardín no puede compararse al primitivo que Homero describe al
diseñar el cercado de las siete piedras del viejo Laeter. Entrando, a la
derecha, aparecen ocho cuadros sembrados de legumbres y cercados por
árboles frutales y hierba forrajera; de un cuadro a otro hay un paseo
sembrado de arena; al extremo de estos paseos, algunos troncos de parra
que sustentan un verde artesonado de pámpanos sombreando un banco de
roble. En el fondo del jardín hay otro emparrado de vides de Judea que
se enredan entre los cerezos; una fuente, un pozo y una cisterna que mi
padre mandó abrir a pico en las rocas, para depositar en ella las aguas
pluviales. Rodean esta cisterna varios sicomoros y otras plantas de
anchas hojas que sombrean aquella parte del jardín.
En otoño estas hojas forman sobre el estanque un tapiz que cubre
completamente las aguas.
¡He aquí lo que, por espacio de tantos años, fue el goce, la alegría, el
consuelo a las desdichas sufridas por un padre, una madre y ocho hijos
pequeños!
Este es el edén de mi juventud, donde se albergan mis sentimientos más
tiernos, siempre que desean disfrutar de este consuelo que proporciona
el recuerdo de esa infancia; algo de esa aurora boreal que sólo se
divisa desde la cuna.
¡Parece que forman parte de mi corazón aquellos árboles, aquellas flores
y hasta la tierra del jardín que me parece inmensa! Extraña cosa es que
en un espacio tan reducido puedan reunirse tantos y tan dulces
recuerdos.
La gradería de madera que conducía allí por la cual nos precipitábamos
alegres; las plantas de lechugas que separaban las primeras propiedades
de tierra que nos repartíamos entre todos los hermanos, y que cada uno
cultivaba por su cuenta; el plátano bajo cuya sombra mi padre se sentaba
rodeado de sus fieles perros de caza; los árboles bajo cuya fresca
sombra mi madre rezaba el rosario mientras nosotros corríamos tras las
mariposas; la pared que da frente al Mediodía, junto a la cual tomábamos
el sol alineados como árboles de cercado; los dos viejos nogales, las
tres lilas, las fresas coloreando por entre las hojas, las peras, las
ciruelas, los melocotones glutinosos y brillantes con su goma dorada por
el rocío de la mañana; el emparrado, que buscaba yo al mediodía para
leer tranquilamente mis libros, con el recuerdo que dejaron en mí
aquellas páginas leídas entre continuas impresiones y la memoria de las
conversaciones íntimas tenidas entre este o aquel árbol; el sitio donde
oí, y algunas veces di, mil adioses de despedida al abandonar aquellas
soledades; el otro en el que nos encontramos al regreso, o que
ocurrieron alguna de aquellas escenas tristes propias del drama
conmovedor y tierno de la familia, donde vimos nublarse el rostro
descarnado de nuestro padre y el de nuestra madre que nos perdonaba
cuando arrodillados a sus pies escondíamos el nuestro entre los pliegues
de su ropa; donde mi madre recibió la noticia de la muerte de una hija a
quien amaba; y donde alzó los ojos al cielo pidiendo resignación...
Estas ternezas, estas felicidades, estas imágenes, estos grupos, y, en
fin, estas figuras, existen, andan, viven aún para mí en aquel pequeño
cercado, vivificando mis días más felices. Quisiera yo que el universo
tuviera principio y fin dentro de los muros de aquel pobre pedazo de
tierra.
Este jardín conserva todavía el mismo aspecto; únicamente los árboles,
algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; pero
los surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobre
la arena de las sendas; y cantan los ruiseñores en las noches de estío
entre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mi
madre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.
Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta aún de
la misma calma interrumpida tan sólo por el sonido de la campana al
tocar el _Angelus_ o por el ruido cadencioso de los trillos que baten
las mieses en las eras.
Las hierbas parásitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas,
cardos y malvas azules, agarrándose cruelmente a los rosales, y la
hiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y no
se limita a esto su poder, todos los años adquiere más lozanía, y ya
empieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...
Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de mí mismo y,
ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el césped,
sólo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestro
antiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristes
recuerdos y mis fantásticas apariciones.
Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginación veía la imagen
de esta tierra, más poética sin duda cuanto más distante de ella me
hallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos:
Hay en mi tierra una árida montaña.--Que no produce flores ni frutos, y
aparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estéril
situación.--Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando las
cabras saltan por las rocas.--Y las piedras desprendidas forman otro
monte que crece gradualmente.--Al abrigo de éste, vive alguna cepa, que
busca en vano un árbol donde enredar sus sarmientos.--En vano también,
el arce crece y se arrastra entre los zarzales.--Donde los chicos del
pueblo roban a los pájaros las moras negras como el azabache.--Donde la
pobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.--Donde no se siente
en verano el murmullo de las aguas.--Ni el susurro de las hojas agitadas
por el viento.--Ni el canto del ruiseñor, cuyas melodías de paz
consuelan el alma.--Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, sólo la
cigarra ensordece con sus chirridos.--Todo es sombrío en aquella selva,
que resguarda únicamente la montaña descarnada, en cuyo muro, azotado
por las lluvias y el viento, anotan los años su edad.--Detrás de una
colina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver el
arado cuando por ella pasa.--Ni capas de verdura, ni rocío en el bosque,
ni fuentes murmurantes.--Tan sólo siete tilos que ha olvidado la reja
del labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.--A su sombra soñé
yo durante mi infancia.--Hay entre las rocas un pozo que guarda las
aguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.--Sobre el
terreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, donde
los gorriones recogen alimento para sus hijuelos.--Aquí, instrumentos de
labranza en desorden.--Allá, el aldeano con su pipa encendida esperando
que el viento sople para dar principio a la limpia del montón de trigo
que, mezclado con paja molida, espera ser aventado.
* * * * *
Nada alegra la vista en esta estéril prisión.--Ni los dorados capiteles,
ni las altas torres de las grandes ciudades.--Ni la carretera ni el río
bullicioso.--Ni los terrados de las casas abrasados por el sol de
Mediodía.
* * * * *
Sólo se divisan allá lejos en la escabrosa pendiente.--Las rústicas
techumbres que albergan a los pobres montañeses.--Y la senda tortuosa y
prolongada, que serpentea entre las chozas.--Donde el viejo mece a su
nieto en la cuna hecha de juncos.--En fin, cielo sin color, sol sin
sombra, valles sin verdor... ¡Y es allí donde está mi corazón!--Es allí
donde está la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueños
más felices.--El aspecto de las montañas, cuando el ganado aterido de
frío baja a la llanura.--Los espinos, el viento, la hierba seca, tienen
íntimas melodías, que sólo el alma comprende.--En todos estos sitios se
halla mi corazón; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y los
árboles me conocen y pronuncian un nombre.--¿Qué importa que este
nombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad de
un imperio?--La sangre humana vertida por causa de los
tiranos.--Empequeñece aquella grandeza y convierte los imperios en azote
de Dios.--Y sobre los monumentos de los héroes y de los dioses, el
pastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.
* * * * *
¡Oh! lugares deliciosos y solitarios.--¡Cuántos recuerdos encerráis en
mi alma!--Entre vosotros está el banco donde mi padre descansaba.--La
habitación donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a los
labriegos sus hazañas guerreras.--Cuando les preguntaba los surcos que
trazaba el arado en una hora.--Cuando contaba las peripecias que
ocurrieron a Luis XVI en el cadalso.--Cuando estimulaba a los mozos a
seguir la senda del honor y de la virtud.--También está entre vosotros
la plaza donde mi buena madre nos hacía llevar pan, vino y ropas para
socorrer a los pobres del lugar.--Las cabañas, donde, con mano amiga,
dulcificaba los dolores de sus convecinos.--Donde recogía el último
suspiro de los moribundos.--Donde socorría a las viudas y enjugaba el
llanto de los niños arrodillados ante el cadáver de su padre, mientras
les decía estas palabras:--«A cambio del oro que os doy, rezad por su
alma.»
* * * * *
Allí está la higuera al pie de cuyo tronco mecía nuestras cunas.--La
senda por donde corríamos al oír la campana que nos llamaba a misa
primera.--El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasión y
nos definía a Dios, enseñándonoslo en el grano de trigo encerrado en sus
gérmenes.--En el racimo de uvas chorreando licor.--La vaca transformando
en leche el jugo de las plantas.--En la roca que se abre naturalmente
para dar paso a las aguas.--En la lana de las ovejas robada por las
zarzas para que después con ella puedan hacer los pajarillos su
nido.--En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estaciones
y vivificando los planetas que le rodean.--En todo, en fin, lo que nos
rodeaba; hasta en el más insignificante insecto nos enseñaba el poder
del Criador.
* * * * *
Viñas, praderas, campos y matorrales.--Sois recuerdo perenne de sombras
y de amor.--Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento sus
rubias cabelleras.--Mientras yo encendía hogueras con los espinos y la
hierba seca, donde venían a calentarse los hijos de los pastores.
* * * * *
El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracán se
desencadenaba violento por el valle.--Las rocas, las encinas, el poyo
que hay en la puerta del molino.--Todo permanece en pie, todo ocupa su
puesto.--Pero, ¡ay de mí... han desaparecido algunos de los que os
contemplaban en algún tiempo!...
* * * * *
Como las aristas se dispersan por el aire.--Así se han dispersado los
seres de mi hogar querido.--Hasta las golondrinas dejan de fabricar el
nido cabe las cornisas del tejado.--Y sube por puertas y ventanas, la
hiedra trepadora.--Como queriendo cubrir de luto aquella mansión
querida.
* * * * *
Tengo un presentimiento que me hace sufrir horriblemente.--Un
desconocido no tardará en llegar al pueblo, y a fuerza de oro, se
posesionará de todo cuanto alberga la sombra de mis padres.--Donde están
mis recuerdos más santos, mis afecciones más íntimas.--Entonces, hasta
los pajarillos huirán espantados ante la figura de seres extraños...
¡Dios mío!... ahuyenta de mí semejantes ideas...
* * * * *
Ruego a mis hermanos y sobrinos que me perdonen si he insertado los
versos anteriores en el presente diario.
Yo entiendo que unos y otros no están en disonancia, puesto que son dos
frutos de la misma savia.
Continuemos el manuscrito de mi madre.