Otra vez encuentro el retrato de mi madre a los treinta y ocho años;
helo aquí:
Es de noche; las puertas de la casita de campo están cerradas. Un perro
ladra de cuando en cuando. La lluvia de otoño azota los vidrios de las
ventanas, y el viento produce al chocar con las ramas de los plátanos
intermitentes y melancólicos silbidos.
Me encuentro en una habitación grande, pero casi desamueblada. Hay en el
fondo de ella una alcoba con una cama de pabellón formado con tela de
cuadros azules y blancos: al lado de la cama se encuentran sobre dos
bancos de madera dos cunas, grande la una, pequeña la otra. Es el
dormitorio de mi madre y de mis hermanas. En el fondo de la habitación
hay una chimenea en la que arden cepas y sarmientos, produciendo un gran
fuego. Esta chimenea es de piedra blanca y está medio destrozada a
fuerza de martillazos, al igual que los adornos flordelisados de los
armarios. En la superficie de uno de ellos había grabadas las armas del
rey, y por esta razón está vuelto al revés. Las vigas del techo están
ennegrecidas por el humo, y sobre al suelo sin alfombras ni tarimas, hay
algunos ladrillos rotos en mil pedazos, en cuyos fragmentos se conocen
las señales de los clavos que llevaban en los zapatos los campesinos,
cuando convirtieron en sala de baile esta habitación. Las paredes,
recubiertas de yeso, dejan ver la descarnada piedra a la manera de un
pobre andrajoso que enseña las carnes a través de su vestido hecho
trizas.
En uno de los ángulos se halla un viejo clavicordio sobre el que hay
papeles de música: es el _Adiós del pueblo_, composición de Juan Jacobo
Rousseau. En medio de la sala, una mesita de juego cubierta con un
tapete verde apolillado, y sobre ella dos candelabros de latón. Apoyado
el codo sobre esta mesa, hay un hombre sentado y con un libro en la
mano. Sus miembros robustos indican que aún conserva el vigor de la
juventud. Sus ojos son azules y su frente ancha. Cuando se ríe descubre
una brillante y blanca dentadura. Su tocado revela algunos restos de
antigua grandeza y cierta rudeza de carácter. Suspendidos de un clavo
están en una de las paredes los arreos militares: el casco, las placas
doradas, el sable, las pistolas de reglamento, como indicando que aquel
hombre hizo uso de ellas en algún tiempo, y que ahora está retirado del
servicio.
El lector habrá comprendido que este hombre es mi padre.
En un canapé de paja y sentada entre la chimenea y la alcoba, hay una
mujer que parece joven a pesar de sus treinta y cinco años cumplidos.
Aún conserva su talle la esbeltez de la niña de quince años, y sus ojos
negros, la vivacidad y expresión de tiempos pasados. Al través de su
piel blanca como la leche, se distingue el azul de las venas y el rojo
de la sangre cuando el rubor o la expresión la enciende.
Sus finos cabellos, negros como el azabache, caen sobre los hombros, de
suerte que le dan todo el aspecto de una jovencíta. Nadie diría que
tiene más de treinta años. La belleza de esta mujer, pura y perceptible
en sus detalles, es completa en el conjunto exterior por su gracia
natural, y en el interior por aquella belleza de alma que parece
iluminar los cuerpos por dentro.
Esta mujer se encuentra medio vuelta de espaldas sobre su asiento, y
sostiene en sus brazos a una niña que duerme tranquilamente. A su lado,
y sentada también, hay otra niña de algo más edad, cuya cabecita rubia
reposa sobre las rodillas de su madre.
Esta mujer es mi madre, y las dos niñas mis hermanas mayores. Las otras
dos, que son las más pequeñas, duermen en las cunas colocadas en la
alcoba.