Jamás creyó mi padre que la Revolución le impidiera guardar fidelidad al
honor de su bandera.
Una casita en el campo medio arruinada y quinientos pesos de renta, no
eran lo suficiente para sostener con algo de holgura a su esposa y a los
muchos hijos que rodeaban la mesa a la hora de comer.
Ciertamente que tenía la satisfacción de su conciencia, el amor de su
mujer y su confianza en Dios, pero esto no era suficiente para
satisfacer las necesidades materiales de la vida.
Educada mi madre entre el fausto de la corte, contentábase con
resignación viviendo alegre en aquella casa sin muebles ni adornos de
lujo, y con aquel jardincito cercado de pedruscos.
Más de una vez oí decir, tanto al uno como al otro, que en aquella
soledad pasaron los días más felices de su vida.
A pesar de la escasez de medios, mi madre despreciaba siempre la
riqueza. Recuerdo que una vez me dijo señalando con el dedo nuestros
campos de Milly: «Hijo mío, esto es bien pequeño, pero sabiendo limitar
nuestro deseo a lo que poseemos, resulta grande; la felicidad está en
nosotros mismos, y ensanchando los límites de nuestros viñedos no
conseguiremos la felicidad. No se mide la dicha por la yunta como la
tierra; se mide sí, con la resignación que Dios ha dado al pobre como al
rico.»