Muerto mi abuelo, toda su fortuna había de pasar por entero a su hijo
mayor, según las costumbres de la época; pero las leyes nuevas habían
suprimido los mayorazgos, así como también los votos de pobreza, de
manera que las hermanas de mi padre que los habían hecho, quedaban de
ellos relevadas, y por esta circunstancia debían proceder al reparto de
bienes.
Eran éstos de alguna importancia, y estaban divididos entre Borgoña y el
Franco-Condado.
Si mi padre hubiera reclamado la parte que le correspondía, del mismo
modo que lo hicieron sus hermanas, hubiera cambiado su suerte por
completo, obteniendo algunas de las magníficas posesiones territoriales
y que debían repartirse entre la familia.
No fue así; sus escrúpulos le impidieron violar las intenciones de mi
abuelo, a pesar de ser recientes las leyes revolucionarias que suprimían
los mayorazgos. Estas leyes las encontraba muy justas, pero a su
entender, violaban la autoridad paterna y le parecía faltar a un deber
de conciencia pidiendo el cumplimiento de esta ley contra su hermano
mayor.
Renunció, pues, a la herencia legal de sus padres, y se hizo pobre
pudiendo con una sola palabra hacerse rico.
Fueron repartidos los bienes entre los hermanos y hermanas, y él no
quiso nada. Únicamente quedaba como propiedad suya, porque así estaba
consignado en los capítulos matrimoniales, la pequeña propiedad de
Milly, que sólo producía de renta unos quinientos pesos anuales.
La revolución había suprimido también los sueldos que sus padres y sus
hermanos disfrutaban en la casa de Orleans. Los príncipes de esta
familia escribían alguna vez a mi madre desde el destierro donde se
encontraban, y mitigaban, sin duda, los dolores, recordando en las
cartas los bellos días de su infancia.