En aquel tiempo, después de haber los hombres de la Convención repartido
a su capricho las provincias de Francia, ejercían sobre ellas un poder
sanguinario y absoluto, en nombre del orden público.
La vida de las familias dependía casi siempre de una palabra o de una
firma de los representantes del pueblo. En tal estado las cosas, no era
de extrañar que mi madre creyera suspendida sobre la cabeza de su esposo
el hacha del verdugo. Algunas veces tuvo la idea de arrojarse a los pies
de los delegados de la Convención y pedirles la libertad de mi padre.
Los consejos de éste la hicieron desistir de sus propósitos por algún
tiempo, pero a instancias del resto de la familia, que también se
hallaban encerrados en las cárceles de Autún, decidiose al fin, y pudo
conseguir de las autoridades de Mâcón un pasaporte para Dijón y Lyón.
¡Cuántos temores, cuántas súplicas, cuántas idas y venidas, cuántos
disgustos le costó el conseguir hablar solamente con uno de aquellos
representantes del poder revolucionario!
Muchas veces, este representante, con el cual mi madre había por fin
conseguido hablar, era un hombre brutal y grosero, que se negaba a oír
los lamentos de una mujer desolada o la despedía con amenazas,
culpándola de pretender enternecer a los encargados de administrar
justicia. Otras, sin embargo, era algún hombre sensible y piadoso, pero
la presencia de sus compañeros no le permitía obrar con arreglo a sus
ideas, y rechazaba con la boca lo que con el corazón otorgaba. Javoques,
el representante de mejor carácter entre todos aquellos procónsules, fue
quien sirvió a mi madre tan bien como las circunstancias y su deber le
permitieron, y quien la recibió en audiencia escuchando con respeto y
atención cuanto le expuso.
El día que la recibió en audiencia, me llevaba a mí en brazos, sin duda
para que la piedad encontrase dos motivos para manifestarse: la de una
mujer joven y madre, y la de una inocente criatura.
Javoques, después de haberla hecho tomar asiento y deplorado el
sentimiento que le causaba el haber de ejercer sus rigurosas funciones,
me tomó en sus brazos y me colocó sobre sus rodillas: mi madre, creyendo
que me dejaría caer, hizo un movimiento de temor.
«No temas, ciudadana--le dijo:--también nosotros los republicanos
tenemos hijos.» Al ver que yo sonreía jugando con su escarapela
tricolor, añadió: «A fe mía que tienes un niño bien hermoso para ser
hijo de un aristócrata. Debes educarlo para la patria y hacer de él un
buen ciudadano.» Después de esto, le dijo algunas palabras que se
referían a mi padre, y le hizo tener alguna esperanza en su libertad.
Acaso a esta entrevista fue debido el que no lo encausaran y lo dejaron
olvidado en la cárcel. En aquella época, toda formación de una causa,
equivalía a una sentencia de muerte.
De regreso a Mâcón, mi madre volvió a encerrarse en su pequeña casita
junto a las Ursulinas. Cuando la noche estaba oscura y apagados los
faroles de la calle, se deslizaba desde el aposento de mi padre hasta el
desván, una cuerda llena de nudos, por medio de la cual se valía para
pasar junto a los seres que idolatraba, algunas horas deliciosas e
intranquilas a la vez.
Más de un año transcurrió de esta manera.
El 9 de Termidor abriéronse las prisiones y fue libre mi padre. Los
viejos y enfermizos parientes de mi madre, volvieron también a mi
casita, y poco después murieron tranquilamente en su propio lecho, que
no fue poca suerte. El horroroso temporal había pasado sobre ellos.
Ninguno de sus hijos había perecido durante aquel huracán
revolucionario.