XVII

En aquel tiempo, después de haber los hombres de la Convención repartido

a su capricho las provincias de Francia, ejercían sobre ellas un poder

sanguinario y absoluto, en nombre del orden público.

La vida de las familias dependía casi siempre de una palabra o de una

firma de los representantes del pueblo. En tal estado las cosas, no era

de extrañar que mi madre creyera suspendida sobre la cabeza de su esposo

el hacha del verdugo. Algunas veces tuvo la idea de arrojarse a los pies

de los delegados de la Convención y pedirles la libertad de mi padre.

Los consejos de éste la hicieron desistir de sus propósitos por algún

tiempo, pero a instancias del resto de la familia, que también se

hallaban encerrados en las cárceles de Autún, decidiose al fin, y pudo

conseguir de las autoridades de Mâcón un pasaporte para Dijón y Lyón.

¡Cuántos temores, cuántas súplicas, cuántas idas y venidas, cuántos

disgustos le costó el conseguir hablar solamente con uno de aquellos

representantes del poder revolucionario!

Muchas veces, este representante, con el cual mi madre había por fin

conseguido hablar, era un hombre brutal y grosero, que se negaba a oír

los lamentos de una mujer desolada o la despedía con amenazas,

culpándola de pretender enternecer a los encargados de administrar

justicia. Otras, sin embargo, era algún hombre sensible y piadoso, pero

la presencia de sus compañeros no le permitía obrar con arreglo a sus

ideas, y rechazaba con la boca lo que con el corazón otorgaba. Javoques,

el representante de mejor carácter entre todos aquellos procónsules, fue

quien sirvió a mi madre tan bien como las circunstancias y su deber le

permitieron, y quien la recibió en audiencia escuchando con respeto y

atención cuanto le expuso.

El día que la recibió en audiencia, me llevaba a mí en brazos, sin duda

para que la piedad encontrase dos motivos para manifestarse: la de una

mujer joven y madre, y la de una inocente criatura.

Javoques, después de haberla hecho tomar asiento y deplorado el

sentimiento que le causaba el haber de ejercer sus rigurosas funciones,

me tomó en sus brazos y me colocó sobre sus rodillas: mi madre, creyendo

que me dejaría caer, hizo un movimiento de temor.

«No temas, ciudadana--le dijo:--también nosotros los republicanos

tenemos hijos.» Al ver que yo sonreía jugando con su escarapela

tricolor, añadió: «A fe mía que tienes un niño bien hermoso para ser

hijo de un aristócrata. Debes educarlo para la patria y hacer de él un

buen ciudadano.» Después de esto, le dijo algunas palabras que se

referían a mi padre, y le hizo tener alguna esperanza en su libertad.

Acaso a esta entrevista fue debido el que no lo encausaran y lo dejaron

olvidado en la cárcel. En aquella época, toda formación de una causa,

equivalía a una sentencia de muerte.

De regreso a Mâcón, mi madre volvió a encerrarse en su pequeña casita

junto a las Ursulinas. Cuando la noche estaba oscura y apagados los

faroles de la calle, se deslizaba desde el aposento de mi padre hasta el

desván, una cuerda llena de nudos, por medio de la cual se valía para

pasar junto a los seres que idolatraba, algunas horas deliciosas e

intranquilas a la vez.

Más de un año transcurrió de esta manera.

El 9 de Termidor abriéronse las prisiones y fue libre mi padre. Los

viejos y enfermizos parientes de mi madre, volvieron también a mi

casita, y poco después murieron tranquilamente en su propio lecho, que

no fue poca suerte. El horroroso temporal había pasado sobre ellos.

Ninguno de sus hijos había perecido durante aquel huracán

revolucionario.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 23 / 235 题