Apenas hubieron probado el deseado bienestar, cuando les fue preciso
interrumpirlo, separándose ¡quién sabe si para no volverse a ver! Llegó
el momento de la emigración. En esta primera época, no fue la emigración
lo que debía ser más tarde; un refugio contra las persecuciones o contra
la muerte. Fue una especie de contagio que existía entre la nobleza
francesa. El ejemplo dado por los nobles cundió y casi todos los
regimientos perdieron sus oficiales. Necesitaban grande firmeza de
carácter para resistir aquella epidemia que tomó el nombre de honor.
Mi padre tuvo esta firmeza y no emigró.
Solamente cuando se exigió a los oficiales del ejército un juramento que
rechazaba su conciencia de servidores del rey, presentó su dimisión.
Pero el 10 de Agosto se aproximaba, se le sentía venir.
Sabíase de antemano que el fuerte de las Tullerías sería atacado, que
los días del rey correrían peligro; que la Constitución de 1791, pacto
provisional de conciliación lo que debía ser más tarde: un refugio
contra las derribado o elevarse triunfante entre ríos de sangre. Los
amigos que aún quedaban a la monarquía y los hombres personalmente
unidos al rey, se contaron y unieron para ir a reformar la guardia
constitucional de Luis XVI.
Mi padre fue uno de estos hombres de corazón.
Mi madre, que a la sazón me llevaba en su seno, no hizo el menor
esfuerzo para detenerle. Aun en medio de sus lágrimas, no comprendió
ella nunca la vida sin honor, ni vaciló un minuto entre el dolor y el
deber.
Mi padre partió sin esperanza, pero sin vacilar un momento. Combatió con
la guardia constitucional y con los suizos para defender el castillo.
Cuando Luis XVI abandonó el palacio, la lucha se convirtió en matanza.
Mi padre fue herido de un tiro de fusil. Cuando a pesar de ello
procuraba escaparse, fue detenido frente a los Inválidos al intentar
atravesar el río. Conducido a Vaugirard se le encerró en una cueva por
algunas horas. Después fue reclamado y salvado por el jardinero de un
pariente suyo, quien, estando de oficial municipal de la Commune, le
reconoció casualmente.
Al escapar así de la muerte, volvió al lado de mi madre, encerrándose en
la más profunda oscuridad del campo hasta el día que las persecuciones
revolucionarias no permitieron a los partidarios del antiguo régimen
otro asilo que la prisión o el patíbulo.