Y constante como era, logró vencer, en unión de mi madre (no sin tener
que superar grandes obstáculos), todas las dificultades de la fortuna y
las preocupaciones de familia que se interpusieron entre ambos.
Casáronse en el tiempo en que la Revolución removió todas las
edificaciones humanas y hasta la tierra en que se asentaban.
La Asamblea constituyente había realizado su obra. Sabía por la fuerza
de una razón sobrehumana, por decirlo así, los privilegios y
preocupaciones sobre los cuales descansaba el antiguo orden social de
Francia.
Habían los tumultos populares removido ya, como remueven las olas los
vientos precursores de los temporales, el palacio de Versalles, el
fuerte de la Bastilla y el Municipio de París.
Los primeros temblores que removieron los cimientos creíase que serían
una ligera tempestad sin consecuencias.
No existía escala para medir la altura a que debía alcanzar el
desbordamiento de las nuevas ideas.
Mi padre no había abandonado el servicio a pesar de su casamiento: él no
veía en todo aquello más que la bandera que debía seguir, el rey a quien
defender, algunos meses de lucha contra el desorden y algunas gotas de
sangre que derramar en el cumplimiento de su deber.
Los primeros relámpagos de una tempestad que debía sumergir un trono
secular y conmover a Europa durante medio siglo a lo menos, se perdieron
para mi madre y para él, entre las primeras alegrías de su amor y las
perspectivas primeras de su felicidad.
Yo recuerdo haber visto cierto día una rama de sauce desgajada del
tronco por la tempestad de la noche, flotando a la mañana sobre las
aguas desbordadas del Saone. Un ruiseñor hembra empollaba todavía en su
nido flotante, mientras el macho revoloteaba sobre las aguas espumosas
que pretendían tragarse aquella dulce mansión de amor.