El pueblo fue una noche a arrancar de su hogar a mi abuelo, a pesar de
sus ochenta y cuatro años, a mi abuela, casi tan anciana como él y
enfermiza, a mis dos tíos y tres tías, religiosas que habían sido
arrojadas ya de sus respectivos conventos.
Colocaron a esta respetable familia dentro de un carro escoltado por
gendarmes, y la condujeron en medio de un espantoso alboroto y de gritos
de muerte hasta Autún. Había en este pueblo una inmensa cárcel destinada
a encerrar todos los sospechosos de la provincia.
Mi padre, por una excepción de la cual ignoro la causa, fue separado del
resto de la familia y encerrado en la cárcel de Mâcón. Mi madre, que me
amamantaba a la sazón, fue depositada sola en la casa de mi abuelo, bajo
la salvaguardia de algunos soldados del ejército revolucionario. ¡Y aún
causará asombro el que aquellos en quienes data la vida de estos
siniestros días, hayan aportado con su conocimiento cierto sabor de
tristeza y cierta impresión melancólica al genio francés! Virgilio,
Cicerón, Tíbulo, y el mismo Horacio, que imprimieron semejante carácter
al genio romano, ¿no habían nacido por cierto, como nosotros, durante
las espantosas luchas civiles de Roma, entre el barullo de las
proscripciones de Mario, de Syla o de César?
¡Es preciso no olvidar las impresiones de terror o de piedad que
agitaron las entrañas de las mujeres romanas, durante el tiempo que
llevaron en ellas a aquellos hombres! ¡Es preciso calcular cuan amargada
sería por las lágrimas la leche de que mi madre misma me nutría,
mientras la familia sufría un prolongado cautiverio del que sólo la
muerte debía librarla, mientras el esposo adorado estaba sobre las
gradas del cadalso y ella permanecía encerrada en su desierta casa,
guardada por los feroces soldados que espiaban sus lágrimas considerando
su cariño como un crimen e insultando su dolor!