XII

Unía el duque de Orleans a este título el de conde de Beaujolais, y por

esta causa tenía el derecho de nombrar cierto número de damas para el

cabildo de Salles. Mi madre fue nombrada a los quince o dieciséis años.

Conservaba todavía un retrato suyo de aquella época, además del que

todas sus hermanas y mi padre mismo, me han hecho infinidad de veces al

relatarme su vida.

Está representada con el mismo uniforme del colegio. Vese en él a una

joven alta y delgada, de talle flexible, de blanquísimos brazos,

cubiertos hasta el codo por mangas ajustadas de un tejido negro. Sobre

su pecho ostenta la crucecita de oro del capítulo. Caen por ambos lados

de su gallarda cabeza, sus flotantes cabellos negros, y sobre éstos un

velo de encaje menos negro aún que los rizos que orlan su cara, de un

blanco mate pálido que resplandece mejor entre aquella oscuridad de

colores.

A causa del tiempo, han desaparecido un tanto los colores y frescura de

los dieciséis años, pero los rasgos son aún tan puros y recientes, que

los colores no se han secado todavía en la paleta. Se encuentra a

primera vista en su fisonomía, aquella sonrisa interior de la vida,

aquella ternura inagotable en la mirada que revela en todo su ser una

extraordinaria bondad: rayos de luz de una razón serena empapada en

serenidad, flotando como una caricia eterna en su mirada un tanto

profunda y otro tanto velada por los párpados, como si quisiera evitar

que se escapase todo el fuego y todo el amor que se encerraba en sus

hermosos ojos. Al ver este retrato se comprende muy bien toda la pasión

que semejante mujer debió inspirar a mi padre, y todo el respeto y

veneración que debía inspirar después a sus hijos.

A pesar de esto, tampoco mi padre era indigno por ningún concepto de

atraerse las simpatías de una mujer amorosa y sensible. No era demasiado

joven: contaba treinta y ocho años. Pero para un hombre como él, que

debía morir joven todavía de cuerpo y espíritu a los noventa años, con

todos sus dientes, todos sus cabellos y en toda la varonil belleza de

una vejez fuerte, treinta y ocho años representaban la flor de la

existencia.

Era de elevada estatura, porte militar, líneas varoniles y carácter

severo. La altivez y la franqueza leíanse en su fisonomía a primera

vista. No afectaba ingenuidad y gracia, y eso que poseía en su interior

y en alto grado ambas cualidades. A pesar de su temperamento fogoso,

parecía indiferente y frío en el exterior, creyendo, sin duda, que un

hombre como él debía avergonzarse de manifestar demasiada sensibilidad.

Dudo que hubiera otro hombre en el mundo que dudase más de sus virtudes

y que envolviese con todo el pudor de una mujer las severas perfecciones

de un héroe. Yo mismo tardé en conocerle muchos años.

Le creía duro y áspero, cuando no era más que justo y rígido.

Eran sus gustos sencillos e inocentes como su alma.

Patriarca y militar: he aquí el hombre.

La caza y el bosque, mientras permanecía en el campo; el resto del año,

su regimiento, su caballo, sus armas, la ordenanza escrupulosamente

observada y ennoblecida por el entusiasmo del soldado: éstas eran todas

sus ocupaciones. Nada ambicionaba, y mostrábase cumplidamente satisfecho

con su grado de capitán de caballería. La estimación de sus camaradas

era lo único que, procurando conservarlo con delicadeza suma, encontraba

digno de envidia, y su única ambición.

Consideraba el honor de su regimiento como el suyo propio, y sabía de

memoria los nombres de los oficiales y soldados de todos los

escuadrones. Sin la menor ambición de fortuna ni de grados, cifraba todo

su ideal en ser lo que era: un buen militar, teniendo el honor por alma

y el servicio del rey por religión. Pasábase los seis meses del año de

guarnición en una ciudad y los otros seis en su pequeña casa de campo,

con su esposa y sus hijos. En una palabra, el hombre primitivo un tanto

modificado por el militar; he aquí mi padre.

La Revolución, las desgracias, los años y las ideas fueron modificando

su manera de ser y se completaron en su vejez. Yo mismo puedo asegurar

por mi parte haber visto cómo su espléndida y fácil naturaleza se

desenvolvía después de los sesenta años de existencia. Parecíase a las

encinas que vegetan y se rejuvenecen de continuo hasta el día en que el

hacha del leñador rompe su tronco. A los ochenta años continuaba

modificando sus ideas y buscando la perfección de ellas.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 18 / 235 题