Unía el duque de Orleans a este título el de conde de Beaujolais, y por
esta causa tenía el derecho de nombrar cierto número de damas para el
cabildo de Salles. Mi madre fue nombrada a los quince o dieciséis años.
Conservaba todavía un retrato suyo de aquella época, además del que
todas sus hermanas y mi padre mismo, me han hecho infinidad de veces al
relatarme su vida.
Está representada con el mismo uniforme del colegio. Vese en él a una
joven alta y delgada, de talle flexible, de blanquísimos brazos,
cubiertos hasta el codo por mangas ajustadas de un tejido negro. Sobre
su pecho ostenta la crucecita de oro del capítulo. Caen por ambos lados
de su gallarda cabeza, sus flotantes cabellos negros, y sobre éstos un
velo de encaje menos negro aún que los rizos que orlan su cara, de un
blanco mate pálido que resplandece mejor entre aquella oscuridad de
colores.
A causa del tiempo, han desaparecido un tanto los colores y frescura de
los dieciséis años, pero los rasgos son aún tan puros y recientes, que
los colores no se han secado todavía en la paleta. Se encuentra a
primera vista en su fisonomía, aquella sonrisa interior de la vida,
aquella ternura inagotable en la mirada que revela en todo su ser una
extraordinaria bondad: rayos de luz de una razón serena empapada en
serenidad, flotando como una caricia eterna en su mirada un tanto
profunda y otro tanto velada por los párpados, como si quisiera evitar
que se escapase todo el fuego y todo el amor que se encerraba en sus
hermosos ojos. Al ver este retrato se comprende muy bien toda la pasión
que semejante mujer debió inspirar a mi padre, y todo el respeto y
veneración que debía inspirar después a sus hijos.
A pesar de esto, tampoco mi padre era indigno por ningún concepto de
atraerse las simpatías de una mujer amorosa y sensible. No era demasiado
joven: contaba treinta y ocho años. Pero para un hombre como él, que
debía morir joven todavía de cuerpo y espíritu a los noventa años, con
todos sus dientes, todos sus cabellos y en toda la varonil belleza de
una vejez fuerte, treinta y ocho años representaban la flor de la
existencia.
Era de elevada estatura, porte militar, líneas varoniles y carácter
severo. La altivez y la franqueza leíanse en su fisonomía a primera
vista. No afectaba ingenuidad y gracia, y eso que poseía en su interior
y en alto grado ambas cualidades. A pesar de su temperamento fogoso,
parecía indiferente y frío en el exterior, creyendo, sin duda, que un
hombre como él debía avergonzarse de manifestar demasiada sensibilidad.
Dudo que hubiera otro hombre en el mundo que dudase más de sus virtudes
y que envolviese con todo el pudor de una mujer las severas perfecciones
de un héroe. Yo mismo tardé en conocerle muchos años.
Le creía duro y áspero, cuando no era más que justo y rígido.
Eran sus gustos sencillos e inocentes como su alma.
Patriarca y militar: he aquí el hombre.
La caza y el bosque, mientras permanecía en el campo; el resto del año,
su regimiento, su caballo, sus armas, la ordenanza escrupulosamente
observada y ennoblecida por el entusiasmo del soldado: éstas eran todas
sus ocupaciones. Nada ambicionaba, y mostrábase cumplidamente satisfecho
con su grado de capitán de caballería. La estimación de sus camaradas
era lo único que, procurando conservarlo con delicadeza suma, encontraba
digno de envidia, y su única ambición.
Consideraba el honor de su regimiento como el suyo propio, y sabía de
memoria los nombres de los oficiales y soldados de todos los
escuadrones. Sin la menor ambición de fortuna ni de grados, cifraba todo
su ideal en ser lo que era: un buen militar, teniendo el honor por alma
y el servicio del rey por religión. Pasábase los seis meses del año de
guarnición en una ciudad y los otros seis en su pequeña casa de campo,
con su esposa y sus hijos. En una palabra, el hombre primitivo un tanto
modificado por el militar; he aquí mi padre.
La Revolución, las desgracias, los años y las ideas fueron modificando
su manera de ser y se completaron en su vejez. Yo mismo puedo asegurar
por mi parte haber visto cómo su espléndida y fácil naturaleza se
desenvolvía después de los sesenta años de existencia. Parecíase a las
encinas que vegetan y se rejuvenecen de continuo hasta el día en que el
hacha del leñador rompe su tronco. A los ochenta años continuaba
modificando sus ideas y buscando la perfección de ellas.