Cuando oímos hablar del alma de una persona, nos gusta conocer
exteriormente la envoltura que la encierra. He aquí el retrato de mi
madre, tal como está trazado en las primeras páginas de las notas
confidenciales de su vida.
Alicia de Roys, tal fue el nombre de mi madre, hija de M. Roys, director
general de la hacienda del señor duque de Orleans. Mme. de Roys, su
esposa, segunda aya de los hijos del duque, fue favorita de aquella
bellísima y virtuosa duquesa de Orleans, que la Revolución respetó a
pesar de haber destruido su palacio y de haber mandado sus hijos al
destierro y su marido al patíbulo.
M. y Mme. de Roys habitaban en el palacio real durante el invierno y en
el de Saint-Cloud los veranos.
En este palacio nació y creció mi madre, pasando su infancia en compañía
del rey Luis-Felipe, niño también. Ambos pasaron la niñez en medio de la
familiaridad respetuosa que se establece generalmente entre los niños de
una misma edad aproximadamente, que reciben iguales lecciones y
participan de las mismas inocentes distracciones.
¡Cuántas veces nuestra madre nos hablaba de la educación de este
príncipe, que una revolución había desterrado de su patria, y que otra
revolución debía levantar sobre su trono! No existe una fuente, una
arboleda, ni un cuadro solamente en los jardines de Saint-Cloud que no
conociéramos antes de haberlos visto. ¡Cuántas veces los nombraba al
recordar su infancia! Saint-Cloud había sido para ella su _Milly_, su
cuna, el lugar en el cual todos sus primeros pensamientos e impresiones
habían germinado, florecido, crecido y vegetado con las exuberantes
plantaciones del magnífico parque.
Los personajes que tuvieron más resonancia durante el siglo XVIII,
quedaron en su memoria profundamente grabados.
Mme. de Roys, su madre, fue mujer de gran mérito. Sus funciones en el
palacio del primer príncipe de la sangre, atraían a su alrededor muchos
personajes célebres de la época. El mismo Voltaire, durante su triunfal
y último viaje a París, hizo una visita de atención a los jóvenes
príncipes.
Mi madre, que no contaba a la sazón más que siete u ocho años, asistió a
la visita, y aunque muy niña, comprendió por las impresiones que se
manifestaban en torno suyo, que estaba viendo un personaje superior a un
emperador.
Aquella actitud soberana de Voltaire, sus vestidos, su porte, en fin, y
sus palabras, quedaron impresas en su memoria de niña, como quedan los
seres antidiluvianos sobre las piedras que forman las montañas.
Dalembert, Laclos, Mme. de Genlis, Buffon, Florián, el historiador
inglés Gibbon, Grimm, Morellet, M. Necker. Los hombres de Estado, los
literatos y los filósofos de su tiempo vivían en la sociedad de Madame
de Roys, distinguiéndose entre todos ellos al más inmortal, a Juan
Jacobo Rousseau.
Aunque mi madre era muy religiosa, conservaba cierta tiernísima
veneración por este grande hombre; sin duda porque veía que a más de su
gran genio, atesoraba un generoso corazón. Y si ella no participaba de
las ideas religiosas del gran genio, sentía las bellezas de su alma.