IX

La época en que el calendario señala el aniversario de los muertos está

en consonancia con el duelo y horror de los sepulcros. La Naturaleza

gime como los corazones, y los elementos al expirar el año parecen

retorcerse entre las convulsiones de una agonía triste.

El prolongado equinoccio renovando durante la noche sus furiosos

resoplidos parecidos por su regularidad a suspiros de muerte; las

furiosas ráfagas de viento chocando contra los muros; los silbadores

torbellinos llevándose consigo ¡Dios sabe dónde! nubes de hojarasca

muerta, en medio de las cuales parece que se oyen como gritos de

angustia; los graznidos siniestros de los cuervos despertados por el

choque de las ramas que van rompiéndose, las bruscas sacudidas de la

tempestad conmoviéndolo todo: aseméjanse, en verdad, a espíritus

escapados de sus tumbas empujándose, chocando y gimiendo arremolinados

por el viento.

¿Quién no ha creído oír muchas veces, entre los bramidos del huracán,

voces que nos llaman por nuestros propios nombres? ¿cuántas veces las

hemos oído llamar a las vidrieras y a las puertas como para hacerse

abrir por la fuerza las habitaciones desiertas en las cuales vivieron

sus almas en algún tiempo?

Yo gozo con semejante tumulto recogiéndome en el frío que en mí produce

la calentura de la agitación, y medio tendido al calor del fuego del

invierno, sobre las mismas losas abrillantadas por las pisadas de

aquellos que están tendidos para siempre no lejos de mí, y abrazándome a

propósito, durante esta noche de recuerdos, a cuanto me resta de sus

vestigios venerados. Dieciocho pequeños volúmenes encuadernados en

cartón de diversos colores están esparcidos junto a mí sobre la

alfombra; tan pronto entreabro y leo aquel o el de más allá, reflexiono

sobre las fechas del principio y el fin de cada uno sin cansarme de leer

y releer, llorando o sonriendo tristemente.

Uno de ellos contiene EL MANUSCRITO DE MI MADRE.

Mi madre, según tengo dicho en mis _Confidencias_, no escribía por

escribir solamente, menos aún para ser admirada; escribía, digámoslo

así, para ella sola con el objeto de encontrar en un registro los

acontecimientos domésticos de su vida, un espejo moral de sí misma,

donde pudiese verse y compararse frecuentemente con lo que ella misma

había sido en otras épocas o era a la sazón, y mejorarse de continuo.

Semejante costumbre, observada por mi madre hasta su muerte, dio por

resultado la existencia de quince o veinte pequeños volúmenes de

confidencias íntimas entre ella y Dios, que he tenido la dicha de

examinar; en ellos he vuelto a ver y veo continuamente a mi madre viva

cuando siento de nuevo la necesidad de refugiarme en su seno.

No escribió mi madre con esa energía de conceptos y brillantez de

imágenes que caracterizan el don de expresar. Hablaba con la sobria y

clara sencillez de quien no se rebusca jamás dentro de sí propio, ni

pide a las frases otra cosa sino que le den a conocer tal como él es,

como no pidió jamás a sus vestidos sino que la vistiesen, sin fijarse en

que pudieran servirle de adorno. La superioridad no se observa en su

estilo; permanecía en su alma, y ésta residía en el corazón

principalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de la

mujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. De

suerte que únicamente por la simpatía se siente el hombre unido a ellas.

Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyuga

dulcemente.

X

Dueño de estos recuerdos íntimos, he pensado muchas veces en si debía

esconderlos en el cajón más profundo de mi secreter o entresacar de

ellos un pequeño extracto acompañado de algunas observaciones para la

familia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no se

evaporen por completo sin haber sido, cuando menos, leídos de sus

nietezuelos.

Este pensamiento ha renacido en mí con mayor fuerza al sentir las

vibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y que

parece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora para

recordármelo.

Acumúlanse los años, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempo

comienza a empañar las hojas con el tinte pálido del otoño. Me hallo en

uno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que el

pensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activa

remontándose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite a

la cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin,

de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada.

Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrará estas páginas; y

sólo quien haya llorado su muerte encontrará este libro interesante. A

pesar de los variados espectáculos que representan a la mirada del

hombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en su

fondo un solo punto más interesante de que haya concurrido en una sola

alma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegrías, penas y

vicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujer

ignorada entre la oscura y tranquila vida doméstica.

Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazón;

pero una lágrima, ya sea producida por la caída de un imperio o por el

hundimiento de una cabaña, contiene siempre la misma cantidad de agua y

de amargura...

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 16 / 235 题