La época en que el calendario señala el aniversario de los muertos está
en consonancia con el duelo y horror de los sepulcros. La Naturaleza
gime como los corazones, y los elementos al expirar el año parecen
retorcerse entre las convulsiones de una agonía triste.
El prolongado equinoccio renovando durante la noche sus furiosos
resoplidos parecidos por su regularidad a suspiros de muerte; las
furiosas ráfagas de viento chocando contra los muros; los silbadores
torbellinos llevándose consigo ¡Dios sabe dónde! nubes de hojarasca
muerta, en medio de las cuales parece que se oyen como gritos de
angustia; los graznidos siniestros de los cuervos despertados por el
choque de las ramas que van rompiéndose, las bruscas sacudidas de la
tempestad conmoviéndolo todo: aseméjanse, en verdad, a espíritus
escapados de sus tumbas empujándose, chocando y gimiendo arremolinados
por el viento.
¿Quién no ha creído oír muchas veces, entre los bramidos del huracán,
voces que nos llaman por nuestros propios nombres? ¿cuántas veces las
hemos oído llamar a las vidrieras y a las puertas como para hacerse
abrir por la fuerza las habitaciones desiertas en las cuales vivieron
sus almas en algún tiempo?
Yo gozo con semejante tumulto recogiéndome en el frío que en mí produce
la calentura de la agitación, y medio tendido al calor del fuego del
invierno, sobre las mismas losas abrillantadas por las pisadas de
aquellos que están tendidos para siempre no lejos de mí, y abrazándome a
propósito, durante esta noche de recuerdos, a cuanto me resta de sus
vestigios venerados. Dieciocho pequeños volúmenes encuadernados en
cartón de diversos colores están esparcidos junto a mí sobre la
alfombra; tan pronto entreabro y leo aquel o el de más allá, reflexiono
sobre las fechas del principio y el fin de cada uno sin cansarme de leer
y releer, llorando o sonriendo tristemente.
Uno de ellos contiene EL MANUSCRITO DE MI MADRE.
Mi madre, según tengo dicho en mis _Confidencias_, no escribía por
escribir solamente, menos aún para ser admirada; escribía, digámoslo
así, para ella sola con el objeto de encontrar en un registro los
acontecimientos domésticos de su vida, un espejo moral de sí misma,
donde pudiese verse y compararse frecuentemente con lo que ella misma
había sido en otras épocas o era a la sazón, y mejorarse de continuo.
Semejante costumbre, observada por mi madre hasta su muerte, dio por
resultado la existencia de quince o veinte pequeños volúmenes de
confidencias íntimas entre ella y Dios, que he tenido la dicha de
examinar; en ellos he vuelto a ver y veo continuamente a mi madre viva
cuando siento de nuevo la necesidad de refugiarme en su seno.
No escribió mi madre con esa energía de conceptos y brillantez de
imágenes que caracterizan el don de expresar. Hablaba con la sobria y
clara sencillez de quien no se rebusca jamás dentro de sí propio, ni
pide a las frases otra cosa sino que le den a conocer tal como él es,
como no pidió jamás a sus vestidos sino que la vistiesen, sin fijarse en
que pudieran servirle de adorno. La superioridad no se observa en su
estilo; permanecía en su alma, y ésta residía en el corazón
principalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de la
mujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. De
suerte que únicamente por la simpatía se siente el hombre unido a ellas.
Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyuga
dulcemente.
X
Dueño de estos recuerdos íntimos, he pensado muchas veces en si debía
esconderlos en el cajón más profundo de mi secreter o entresacar de
ellos un pequeño extracto acompañado de algunas observaciones para la
familia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no se
evaporen por completo sin haber sido, cuando menos, leídos de sus
nietezuelos.
Este pensamiento ha renacido en mí con mayor fuerza al sentir las
vibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y que
parece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora para
recordármelo.
Acumúlanse los años, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempo
comienza a empañar las hojas con el tinte pálido del otoño. Me hallo en
uno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que el
pensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activa
remontándose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite a
la cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin,
de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada.
Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrará estas páginas; y
sólo quien haya llorado su muerte encontrará este libro interesante. A
pesar de los variados espectáculos que representan a la mirada del
hombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en su
fondo un solo punto más interesante de que haya concurrido en una sola
alma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegrías, penas y
vicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujer
ignorada entre la oscura y tranquila vida doméstica.
Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazón;
pero una lágrima, ya sea producida por la caída de un imperio o por el
hundimiento de una cabaña, contiene siempre la misma cantidad de agua y
de amargura...