Cuando el día desciende, entro en mi casa a paso lento; me encierro en
mi habitación, la más alta y abandonada de la casa, desde la cual se
domina el viejo campanario de la aldea: desde allí se sienten muy bien
los ecos de la campana y los silbidos del viento. Parece que la
naturaleza y la religión se han puesto de acuerdo en día semejante para
dirigir hacia los sepulcros el pensamiento de los vivos.
El infatigable campanero, asido a la cuerda de las campanas, no cesa de
tocar desde el mediodía del primero de noviembre hasta el amanecer del
siguiente. Aquel célebre clamoreo evoca en los corazones recuerdos de
aquéllos sobre cuyos corruptos cuerpos ha resonado muchas veces el
azadón del sepulturero. Aquella campana, recalentada por los incesantes
golpes del badajo, parece que se agita por la fiebre, y que a cada paso
ha de romperse torturada por tanto martilleo.
Tales fueron las impresiones que yo experimenté en día semejante y que
me inspiraron las siguientes estrofas: