Más abajo, sobre la hierba que ostenta hermosas manchas de sombra y de
luz, una joven con cabellera rubia y ojos azules, de talle esbelto y
flexible cual las que se mecen al rumor del Océano, dibuja en un libro
que apoya en sus rodillas; reproduce una parte del paisaje que se ofrece
a sus ojos, vivificado por hermosos tonos de sombra y de luz, por el
humo de las cabañas, por el grupo de cabras que hay en lo alto de los
riscos. A cada rasgo la distrae con sus gritos de alegría una hermosa
niña de cuatro años. Esta criatura se deleita descubriendo y cogiendo
para su madre un ranúnculo de botón de oro entre el musgo; viene luego a
esparcir su cosecha a puñados sobre la hoja dibujada para recibir en
recompensa un beso, y corriendo, vuelve a buscar flores entre la hierba,
y cuando se arrodilla para coger una mariposa posada en una flor,
ocultándose enteramente su cuerpo bajo el flotante velo de sus cabellos
dorados por el sol, en su lugar, en vez de un cuerpo infantil,
creeríamos que hay una madeja de seda puesta al sol como hacen las
lavadoras de capullos.
En la semioscuridad del fondo más espeso del encinar, un joven observa
de lejos esta escena campestre de esparcimiento doméstico; con paso
desigual va de una encina a la otra sin que el césped deje percibir el
ruido de sus pasos; tiene en sus manos un libro en blanco deteniéndose a
intervalos para borronear en él algunas líneas.
Lo que yo escribí aquel día, helo aquí: ¡Dios mío, quién creyera que
estos versos habían de trocarse tan pronto en lágrimas!