Una escena de este delicioso sitio y de aquel dulce tiempo está fija en
mis ojos y en mi corazón, cada vez que veo amarillear con el último rayo
de sol las ramas medio desnudas del bosque de encinas.
En las raíces del árbol más viejo, que es también el más inclinado que
forman los de la orilla, está sentada una mujer anciana, doblada por los
años cual el árbol, sus manos hilan maquinalmente con la rueca llena de
lana más blanca que sus cabellos. De vez en cuando, cambia algunas
palabras con una joven en lengua extranjera. Su fisonomía revela la
tranquilidad de un día sereno que acaba, aguardando del cielo su
salario y renace en la tierra contemplando otras generaciones.
Otra mujer, joven aún, tiene en sus manos un libro medio cerrado, que
abre a menudo para leer un breve rato y volverlo a cerrar como si
reflexionara lo leído. En la expresión de su fisonomía se observa que
aquel libro ocupa su imaginación en las cosas eternas: la meditación
piadosa hace bajar a ratos sus párpados, largos y casi transparentes,
luego dirige hacia el cielo el globo pensativo de sus ojos. Su cara, un
tanto ascética, está pálida; hay en ella las delicadas líneas de una
perfecta hermosura moral.
Mejor que un cuerpo es la envolvente de un alma; los trazos de una
sonrisa tierna y graciosa moderan su austeridad hasta cuando ora. Su
mirada, irradiación de celeste luz, se dirige hacia cuanto la rodea, y
cuando la dirige hacia mí, se detiene y se enternece. Se comprende que
es una madre contemplando la felicidad de su hijo.