VI

Una escena de este delicioso sitio y de aquel dulce tiempo está fija en

mis ojos y en mi corazón, cada vez que veo amarillear con el último rayo

de sol las ramas medio desnudas del bosque de encinas.

En las raíces del árbol más viejo, que es también el más inclinado que

forman los de la orilla, está sentada una mujer anciana, doblada por los

años cual el árbol, sus manos hilan maquinalmente con la rueca llena de

lana más blanca que sus cabellos. De vez en cuando, cambia algunas

palabras con una joven en lengua extranjera. Su fisonomía revela la

tranquilidad de un día sereno que acaba, aguardando del cielo su

salario y renace en la tierra contemplando otras generaciones.

Otra mujer, joven aún, tiene en sus manos un libro medio cerrado, que

abre a menudo para leer un breve rato y volverlo a cerrar como si

reflexionara lo leído. En la expresión de su fisonomía se observa que

aquel libro ocupa su imaginación en las cosas eternas: la meditación

piadosa hace bajar a ratos sus párpados, largos y casi transparentes,

luego dirige hacia el cielo el globo pensativo de sus ojos. Su cara, un

tanto ascética, está pálida; hay en ella las delicadas líneas de una

perfecta hermosura moral.

Mejor que un cuerpo es la envolvente de un alma; los trazos de una

sonrisa tierna y graciosa moderan su austeridad hasta cuando ora. Su

mirada, irradiación de celeste luz, se dirige hacia cuanto la rodea, y

cuando la dirige hacia mí, se detiene y se enternece. Se comprende que

es una madre contemplando la felicidad de su hijo.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 11 / 235 题