En la pendiente opuesta al camino, interrumpido por este espacio,
cuarenta y cinco encinas seculares, olvidadas por los leñadores, forman
un grupo sin orden y a bastante distancia una de otra, cerca de la
torrentera. Los brezos de color rosado, violeta y blancos, tapizan con
un tejido tan aterciopelado y variado como la lana de Esmirna los
espacios que hay entre las matas. Sus copas, agitadas durante tantos
años por el viento Sur, están algo calvas; sus ramas inferiores,
especialmente las de las encinas de en medio del grupo, se ennegrecen y
secan; cuelgan de ellas en su extremo un manojito de hojas amarillentas
que van cayendo poco a poco con las ráfagas del viento equinoccial,
produciendo un ruido seco y repentino, que hace huir y chillar de
espanto a los grajos y los mirlos. Sobre el borde del barranco se
inclinan las siete encinas que forman la fachada del bosque, cuyos
troncos fuertes y robustos las denuncian por las más viejas; sus
ramajes, los más espesos, carecen de aquellas saetas negras, preferidas
por los tordos, que sirven de atalaya a los pájaros y atestiguan la
senectud de los árboles; extienden sus ramas acodilladas en la pendiente
de la cañada, y sus raíces, casi a flor de tierra, hinchan el césped y
el musgo que las cubre.
V
Al pie de la más corpulenta de aquellas encinas, la más inmediata al
bosque, yo encendía hogueras en mi infancia; a pesar de tantas lluvias
de invierno, el humo ennegrece aún aquella corteza ruda. Siendo joven,
allí escribí con lápiz muchas melodías poéticas que cruzaron mi
imaginación conmoviéndola, como la tibia brisa primaveral hacía mover
las ramas armoniosamente sobre mi cabeza. Allí, en días más dichosos,
estábamos con los viejos y los niños de la familia pasando felizmente
las horas caldeadas del día como en un salón de verano. Nada faltaba
allí para el mueblaje natural de un lugar de reposo y de delicias; ni
los pilares rústicos, formados por las cuarenta y cinco encinas
diseminadas por la pintada alfombra, ni el artesonado inimitable del
follaje agitado por el hálito intermitente que reanima al caminante, ni
la melodiosa música de ruiseñores y pinzones que cantan cerca del nido
donde empolla la hembra, ni el blanco cojín de musgo seco formado junto
al tronco de los árboles, ni el sonoro curso del arroyo filtrando entre
las matas tiernas de los juncos, tanto más lustrosos cuanto más oscuros,
para ir a perderse entre los prados, ni el vapor que rodea las montañas,
agrupadas como panorama griego, que vistas entre las ramas, parece que
se admira un cuadro desde una ventana abierta entre ondulantes cortinas.