III

Hay especialmente uno de estos lugares, donde mis ojos no se cansan de

buscar a los que no volverán jamás. Está a algunos centenares de pasos

de la casa. Para ir al bosque se sigue un camino con espinos por ambos

lados, que atraviesa un gran campo pedregoso y un prado en declive,

donde grupos de bueyes reflejan en sus marmóreos lomos los rayos del sol

de estío. Esta senda sin sombra ni hierba, hace desear la fresca y

sombreada bóveda del bosque que se ve mecido por la brisa en la ladera

de la montaña, al extremo del campo árido. Bastante fatigado se llega a

los primeros álamos y alisos de la plantación, cuyas raíces humedecen

constantemente las filtraciones y los regueros de la colina. La humedad

que se nota en este sitio, recuerda las inmediaciones de los arroyos.

Pronto desaparecen los alisos, a medida que el suelo se eleva o caldea:

los viejos troncos agujereados; las hayas, cuya corteza tigrada como

tejido parece de musgo dorado; los castaños, con sus ramas extendidas

como los cedros, con hojas agudas cual lanzas, bordan el camino. Este se

corta repentinamente junto a una pendiente brusca, inundada de luz,

deslumbradora y ardorosa. Hay allí una cañada muy honda, cuya pendiente

es muy rápida; penetra por un lado en la oscuridad del bosque y continúa

por la otra parte entre los campos cultivados y la hermosa pradera.

La vegetación silvestre, rumiada de continuo por las cabras y los

carneros, crece allí fina y dorada como el raro plumón que el viento

siembra y también él derriba en las yermas y escabrosas rocas de los

Alpes. Las flores de este campo no crecen más de lo que alcanza el

vellón de un carnero; es menester bajarse para verlas; pero su aroma es

delicioso, y cuando se cogen para desenrollar sus hojas con los dedos y

examinar su textura, sus corolas, sus estambres o sus colores, el

corazón admira a la Providencia, que se ha tomado tanto cuidado para

estas germinaciones del musgo como para los vegetales gigantescos de las

selvas. Las abejas, los zánganos, las mariposas y tantos insectos alados

sin nombre que las chupan al calor del sol, se complacen revoloteando en

el ambiente perfumado de la cañada, llena de vida, de movimiento y de

zumbidos.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 9 / 235 题