Durante este conmovedor y breve día de otoño, me esfuerzo para que el
trato de los vivos no me distraiga en modo alguno de mi trato con las
almas de los que no existen. Con placer me interno por los senderos
menos frecuentados del bosque, donde los árboles conservan todavía tanta
cantidad de hojas amarillentas que interceptan los pálidos rayos del
sol, de las cuales también como lluvia constante tantas van cayendo,
hojas muertas que pisamos, que nos dicen que todo está muerto, que todo
muere, que todo morirá. La Naturaleza es durante este mes una inmensa
elegía que se asocia íntimamente con la eterna elegía del corazón
humano.
* * * * *
Voy y vengo por la hierba húmeda sin otro objeto que pisar las huellas
de los seres queridos que no hace mucho iban delante de mí, detrás de mí
o a mi lado por esta senda. Mis pies se paran por sí mismos como si a
cada instante se clavaran en el suelo, delante de los añosos árboles
aislados por el lindero del bosque, debajo de los cuales, por casualidad
o por costumbre, se reunían de ordinario los ancianos, las madres, los
niños, parientes y amigos, cuyas voces creo oír aún, confusas, tiernas o
infantiles entre el murmullo ya sordo, ya argentino del arroyo
inmediato. ¡Ay de mí! no volverán a sentarse en estas raíces, pero han
dejado tal multitud de recuerdos, que hay momentos en que me parece que
sólo están alejados de mí algunos pasos, que he equivocado el árbol o el
claro del bosque para reunirme con ellos, y que voy a verles y oírles al
doblar la senda.