El rasgo típico más seductor y más nuevo de todo el meritísimo edificio
literario de Alfredo Capus es la indulgencia. Como Sócrates, el autor de
«La Vena» cree que «nadie es malo voluntariamente»: los hombres son
buenos ó perversos, leales ó traidores, según las circunstancias, por lo
que éstas debían asumir la responsabilidad total de cuanto el individuo
dice y ejecuta. Capus, que en sus frescas mocedades, traducía y
comentaba á Darwin, aplica al mundo moral cuanto aquel insigne
naturalista escribió relativo á la presión que el medio ejerce sobre el
individuo. Todo es obra del momento, y nunca hay en nuestra alma dos
estados absolutamente idénticos, como no contiene el trascurso del día
dos minutos cuya intensidad luminosa sea matemáticamente igual: lo
máximo suele estar sujeto á lo minúsculo; á veces una simple frase ó
una mirada de ironía, quiebran la recta de una decisión heróica. Nadie
es porfiadamente bueno; nadie, tampoco, es sistemáticamente malo: quien
ayer fué honrado porque estaba ahito, mañana, hallándose hambriento,
puede ser ladrón.
El criterio sincretista de Capus, su tolerancia inextinguible, su
bondad, nunca fatigada, embellecen á sus personajes, aun á los más
torcidos y aviesos, dotándoles de una «amoralidad» frívola, espontánea y
riente, que les hace irresistiblemente simpáticos. ¿Para qué indignarse
contra aquellos vicios que, más que de la maldad ingénita del hombre,
provienen de su triste debilidad y apocamiento? Unicamente las grandes
almas, capaces de juzgarse á sí mismas, sienten el placer del perdón.
«Conozco vuestro carácter--dice el noble Andrés Jossan, protagonista
triunfador de «La Castellana», á Gastón la Rive, vencido, envidioso y
artero;--lo conozco muy bien; «lo he tenido»...
Trepando lógicamente de inducción en inducción y fiel á las bases
primeras de su ética, llega Alfredo Capus á proclamar un fatalismo
nuevo, originalísimo, exquisitamente consolador. A saber: que todos los
hombres, aun los más desgraciados, tienen en su historia un momento en
que el dios Éxito les sonríe y ofrece la mano. Todos, por tanto, debemos
recibir impávidos las injurias de la adversidad, y esperar sin
desmayos, como el árabe que aguardaba ver pasar ante la puerta de su
tienda el cadáver de su enemigo, á que la fortuna generosa nos brinde
sus mercedes.
Esta repartición fatalista de los bienes y de los males, responde
evidentemente á ciertas leyes inviolables por las cuales Capus trata de
medir el porvenir de todos los individuos. No olvidemos que Alfredo
Capus es ingeniero de minas, y que así como antes, en su modo de juzgar
las virtudes y errores humanos, aparece el literato influenciado por el
naturalista defensor de la «adaptación al medio», ahora le vemos sujeto
al criterio inexorable y rigorista del matemático que, sabiendo cómo
todas las palpitaciones cósmicas, desde la rotación de las nebulosas y
de los astros, hasta el primer rebullo vital de la célula, son el
cociente de una suprema operación algebráica, busca el equilibrio del
mundo moral en una especie de fórmula numérica que presida el reparto,
al parecer arbitrario y casual de las bienandanzas y pesadumbres.
En «La Vena» le dice Julián á Carlota:
«Creo que cualquier hombre medianamente dotado y ni muy tonto ni muy
tímido, tiene en su vida una hora de suerte, un instante durante el cual
los demás hombres parecen trabajar para él, en que los frutos vienen á
colocarse al alcance de su mano para que él los coja. Esa hora, Carlota
mía, triste es confesarlo, no nos la dan ni el trabajo, ni el valor, ni
la paciencia. Es una hora que suena en un reloj que nadie ha visto...»
La teoría es tranquilizadora: según ella, los más desdichados deben de
esperar, con resignación alegre, á que el tiempo vuelva en el libro
augusto de los destinos aquella página donde esté la hora feliz de su
victoria.
La activa labor de Alfredo Capus ha producido una obra higiénica, limpia
de pasiones tenebrosas, risueña y simpática, llamada á dejar rastro
firme y original en la historia del teatro contemporáneo.
Discutiendo la finalidad de las obras artísticas, escribía Flaubert:
«El arte, teniendo en sí mismo su razón de existir, no debe ser
considerado como un medio. A pesar de todo el genio que se derroche en
el desenvolvimiento de tal fábula tomada como ejemplo, otra fábula
cualquiera podrá servir para demostrar lo contrario: los desenlaces no
son las conclusiones.»
Esto precisamente marca el gran relieve artístico de Capus, en cuyo
teatro no hay «desenlaces», dando á esta palabra su restringida
significación tradicional. El autor de «Rosina» (la más atrevida de sus
obras), no se propone demostrar esto ó aquello con sus comedias, sino
que todos los caracteres y situaciones de cada obra forman un total
homogéneo, compacto, sin artificiosidades ni suturas, del que se
desprende, á guisa de aroma, una filosofía dulce, fatalista y ecléctica.
Capus, que conoce exactamente la historia de sus personajes, les
acompaña en sus combates, celebrando sin entusiasmo sus virtudes, que él
sabe son cualidades mudables, emigradoras y del momento; censurando por
idéntica razón sin acritud sus extravíos y punibles tolerancias. Por lo
que sus producciones son retales admirables de psicología que, aunque
rigorosamente lógicas en el fondo, se muestran tras esa dulce
incoherencia que hace amable la vida; obras que se desenvuelven
fácilmente, sin convulsiones, redimidas de aquellas terribles y absurdas
líneas verticales con que los cultivadores del antiguo teatro
desfiguraban la realidad.
--¿Nuestro modo de ser?--pregunta Bourget,--¿no es la obra
indestructible de las miradas que nos han seguido y juzgado durante
nuestra infancia?»
Tan hábil observación se cumple en Alfredo Capus, cuya obra literaria es
sagaz remedo ó disimulado trasunto de su propia vida.
A los veinte años, y mucho antes de concluir su carrera de ingeniero,
Capus escribió varios juguetillos cómicos. Después, no queriendo salir
de París, dedicóse al periodismo, y colaboró en _Le Figaro_ casi
diariamente, derrochando en notas breves, redactadas á vuela pluma y
por estilo desenvuelto y brillante, el espíritu socarrón del inmortal
barbero de Beaumarchais. Más tarde la firma de Capus sufrió un
eclipsamiento de varios años, que acaso fueron muy tristes, y durante
los cuales el futuro autor, aleccionado por las hieles de la vida,
adquirió esa filosofía bonachona y paciente que caracteriza toda su
labor.
La primera obra seria de Alfredo Capus fué una novela titulada «Quien
pierde, gana», á la que siguieron de cerca otras dos: «Falsa partida» y
«Años de aventuras». Aquellos libros pasaron inadvertidos ante el gran
público. Capus, que sin duda conocía el mérito de su trabajo, esperó,
sin abatimiento ni pesadumbres, á que la crítica le hiciese justicia.
Como sus tipos mejores, Capus estaba cierto de que los años venideros
desvanecerían la oscuridad en que la indiferencia del presente dejaba su
nombre, y entretanto continuó estudiando, aguardando lo que él mismo
llamaba más tarde la ocasión, «la vena».
Alfredo Capus no sobresale como creador de caracteres; este dón,
inagotable en Balzac, lo disfrutan muy pocos. Entre los personajes de
Capus, el lector advierte puntos numerosos de semejanza, todos se
parecen y él lo reconoce así. «Hay--dice,--una docena, una veintena,
cuando más, de sujetos-tipos.»
«Quien pierde, gana», es el libro donde Alfredo Capus vertió la
originalidad mayor de su espíritu; es el cimiento más fuerte de su obra,
la sangre que riega la entraña de sus comedias mejores.
Su argumento es sencillo.
Farjolle, tahúr de profesión, se enamora de una planchadora llamada
Emma, con quien se casa, y lo hace sin escrúpulos, seguro de que los
celos retrospectivos no han de atormentarle. Farjolle que es pobre, ya
no frecuenta los garitos, pero su espíritu de jugador continúa,
esperanzado y alegre, aguardando «la suerte». Esta llega al fin. Una
antigua oficiala de Emma, que tiene relaciones con el director de un
diario importante, protege á Farjolle, que se dedica al periodismo.
(Asunto de «La Vena».)
Entretanto, Emma burla á su marido con Vélard, que también ayuda á
Farjolle. Este lo sabe, y acompañado de un comisario, sorprende á los
culpables en delito flagrante de infidelidad. Parece entonces que todo
va á concluir, que todo entre ambos cónyuges está roto; pero Emma se
aferra al brazo del esposo, le demuestra que sus relaciones con Vélard
constituyen un capricho frívolo que terminará, sin denuestos ni
lágrimas, en cuanto ella quiera, y Farjolle, optimista y ecléctico, se
deja persuadir. Este resbaladizo incidente llenaba años después el
chistoso segundo acto de «Los maridos de Leontina».
Como los negocios de Farjolle siguen rumbo próspero, el comandante
Baret, antiguo amigo suyo, le entrega una fuerte suma para que la emplee
en algún buen negocio. Así lo hace Farjolle, mas con tan enemiga
fortuna, que lo pierde todo, y Baret, al saberlo y convencerse de que
Farjolle no puede reembolsarle su dinero, le procesa y encarcela. Es una
escena magistral que reaparece casi íntegra en la comedia «Brignol y su
hija».
Emma resuelve la situación rindiéndose al amor del banquero Letorneur,
viejo y rico, quien, amén de pagar los cincuenta mil francos que
salvarán á Farjolle, ofrece á Emma un regalo de doscientos mil francos,
y ella acepta, y el esposo perdona y se aplaca, porque aquella cantidad
les asegura de una vez para siempre un porvenir sin luchas. Este
episodio, que desenlaza el libro, inspira casi todo el tercer acto de
«La bolsa ó la vida».
Farjolle, tolerante escéptico, despreocupado, sostenido por la tenaz
ilusión de que la fortuna ha de visitarle alguna vez, personifica toda
la ética de su autor.
El teatro de Alfredo Capus registra éxitos inmensos. No me extraña.
Capus, cruzado de brazos y sonriendo benévolo ante la superficialidad de
todas las virtudes y defectos humanos, traduce fielmente el espíritu de
nuestra época; época sin ideales, en que los hombres, convencidos de la
levedad de sus méritos, perplejos y acobardados por el desplome de la
vieja fe y el amanecer de una moral nueva, huyen de las afirmaciones
rotundas, y sólo se complacen en la grandeza tolstoiana del perdón.