Pablo Hervieu tiene cuarenta y siete años, ha compuesto doce volúmenes
de novelas y cuentos y nueve obras teatrales: el orden y el trabajo
gobiernan su vida: su voluntad es fortísima, la amplitud de su
conciencia pone entre sus actos concatenación lógica inmutable; idea
despacio y escribe lentamente y por modo casi definitivo, cual si no
quisiera molestarse luego en copiar lo hecho: es, quizás, el único autor
dramático francés que no ha sido silbado.
Hervieu me recibe en su despacho: es una habitación cuadrangular, alegre
y muy clara, con dos ventanas abiertas sobre la Avenue de Boulogne; los
muebles son elegantes y cómodos; ni los cuadros ni los chillones
«bibelotes» japoneses abundan; los libros, no cabiendo ya en los
armarios, invaden el diván y las sillas; es como una marea desbordada
de papel; una biblioteca portátil amenaza desplomarse bajo el peso de
las últimas publicaciones; no obstante, en aquel hacinamiento caótico de
novelas y de revistas, adivinamos cierta ordenación ó clasificación; el
maestro recuerda, aproximadamente, dónde están sus libros, y si quisiera
buscar alguno, es indudable que tardaría en hallarlo pocos minutos.
Por las abiertas ventanas penetran torrentes espléndidos de sol y
canciones de pájaros; estamos á fines de Mayo. El tiempo es magnífico;
en la chimenea, tras un biombo chinesco, arde un buen fuego. Este
detalle me sorprende; Hervieu, advirtiéndolo, sonríe, haciendo ese gesto
dócil del hombre que no sabe rebelarse contra sus hábitos.
--Tiene usted razón... ya hace calor... Pero, en fin, la costumbre...
Pablo Hervieu se halla sentado ante su mesa de trabajo; un cigarrillo
humea entre sus dedos delgados y largos de aristócrata; su ademán es
modesto y sobrio, pero resuelto; habla poco y sin prisa, y levantando
ligeramente la voz al pronunciar las últimas sílabas de cada frase, lo
que acusa ese espíritu enérgico que los grafólogos descubren en los que,
al escribir, dirigen hacia arriba el trazo final de las letras. Tiene el
semblante comunicativo y simpático, la mandíbula fuerte, el mentón
cuadrado; este rasgo y la expresión cavilosa del frontal, traducen bien
su carácter tenaz, reservado, impenetrable tras el mutismo de las
cavilaciones.--«Soy--dice,--como una casa cuyas ventanas tuviesen las
cortinas corridas».
Pero lo que más atrae mi curiosidad, son sus ojos, grandes, quietos y
verdes, de un verde muy claro; ojos distraídos que parecen desdeñar lo
que los labios van diciendo.
Aunque fuerte, Pablo Hervieu es pesimista y escéptico.
«La intimidad--escribe en su libro «Pintados por sí mismos»,--ya lo
sabes, es el medio de decirle á un amigo lo que un enemigo piensa de
él».
Y en otra parte:
«Creo en el poder del amor sexual, del instinto creador. La amistad, la
cordialidad... son sentimientos inseguros, impulsos efímeros, como esos
enternecimientos que experimentamos hallándonos de sobremesa, durante
una digestión agradable...» extraordinario no ha existido jamás.
Schélling tiene razón: «Todo es uno y lo mismo»...
Hablamos de los caracteres que la producción reviste en los grandes
autores. Hervieu no comprende las vehemencias alucinantes de Balzac ó de
Flaubert, ni la fiebre creadora de Daudet: él empieza á escribir poco á
poco, merced á un gran esfuerzo voluntario y sin gozar el flujo
impulsivo de la verdadera inspiración: sus ideas van presentándose
lentamente y como á remolque, alineándose entre los renglones de una
escritura vigorosa y apretada, donde las íes jamás dejan de tener su
punto correspondiente. «Mientras trabajo--dice,--guardo conciencia de mi
esclavitud, soy como el viajero que espera, bajo las tinieblas del
túnel, ver lucir de nuevo la claridad del día.»
Pablo Hervieu empezó escribiendo novelas, y en medio del florecimiento
naturalista entonces imperante, sus libros, prudentemente mondados de
descripciones soporíferas y de chocarrerías malsonantes, marcaron una
tendencia nueva, extraña y personalísima.
«Pintados por sí mismos» es una novela de una tan fortísima, rebuscadora
y punzante psicología, que llega á producir en el lector delicado la
sensación del dolor físico. Los tipos están magistralmente descritos; la
carta con que desenlaza la obra la devota condesa de Pontarmé (que
imagina vivir, como Panglós, «en el mejor de los mundos»), tiende sobre
este libro lleno de infamias, de arterías cobardes y de rastreras
ambiciones, la sonrisa consoladora de una ironía exquisita.
De parecida índole son sus obras «Flirt» y «La armadura», libro de
fuerte y copiosa lógica, donde la sociedad aparece esclavizada, más que
bajo el amor, por el dinero.
No obstante, aquellos libros en que Hervieu dá una nota más seductora y
más original, son «Los ojos verdes y los ojos azules» y «El
desconocido». «En nuestros profundos--escribe el autor,--ocurren
emociones vagas, vertiginosas, por las cuales comprendemos que una
pequeña parte de nosotros mismos ha vivido ya...»
Escuchando al maestro, y bajo la acción sedante de su ademán y de sus
ojos tranquilos, recuerdo las incoherencias maravillosas de esos dos
libros que emulan las páginas mejores de Maupassant, y que un nervioso
no podría leer de noche y á solas. Hoffmann, dando forma y color á sus
excentricidades, jamás supo escribir nada semejante. El «terror», en
Hervieu, como en Maupassant, no se vé, y he aquí su fuerza; es la fuerza
de «Lo otro», de lo que nadie sabe; el poder atrayente y poderoso de los
cuartos cerrados, de los viejos retratos, de los cortinajes que el
viento estremece suavemente ante la puerta de las habitaciones á
oscuras...
Un determinismo absoluto y perfectamente razonado rige lo maravilloso en
Hervieu. A Hervieu le enamoran los locos y cuanto hay de independiente y
sobrenatural en su desvarío; el protagonista de «El desconocido» es un
demente «lógico». La emoción trágica de este libro es poderosísima; un
ambiente de manicomio lo envuelve; la afición fisonomista del héroe, que
se complace en dar noticias estupendas para estudiar las rayas que el
pánico ó la cólera pintarán sobre el rostro de su interlocutor; el guiño
suigenérico de aquel médico covail que muestra los caninos al reír ¡sólo
los caninos! en virtud de un peregrino fenómeno atávico de ferocidad;
sus consideraciones acerca de la muerte y de la posición en que debemos
dejar los ojos de los cadáveres... todo tiene una originalidad
imborrable.
Hace tiempo que Pablo Hervieu no publica novelas. ¿Por qué? ¿Obedece
este cambio á un sesgo nuevo de su inspiración, ó á una idea de
lucro?...
A mis preguntas Hervieu ha respondido con un ambagioso alzamiento de
hombros; probablemente ni él mismo lo sabe: al principio imaginó
novelas, y escribió novelas; luego quiso escribir para el teatro, y nada
le impidió llevar adelante su propósito; en los caracteres ordenados y
tenaces como el suyo, la inspiración es siempre esclava dócil de la
voluntad.
El sagacísimo psicólogo Alfredo Binet divide á los autores dramáticos en
«grafistas», ó improvisadores que escriben al correr de la pluma;
«oidores», que, como Curel, autosugestionados por su concepción, «oyen»
lo que sus personajes dicen y trabajan cual si escribiesen al dictado; y
«articuladores», en quienes persiste una relación constante entre la
palabra y el yo consciente. Pablo Hervieu pertenece á estos últimos.
«Estoy completamente solo--dice,--soy yo, quien habla... quien hace
esfuerzos para expresar lo que siente...»
A su juicio, lo capital es el argumento de la obra y la trabazón,
vigorosamente lógica, de las situaciones; la calidad de los muebles, la
disposición y ornato del escenario, no le preocupan. En cambio, el
público le asusta; jamás está contento de sí mismo; á veces, la objeción
más leve de un actor inteligente, le mueve á descomponer toda una
escena. Sin embargo, es un carácter resuelto, refractario á dejar
inconcluído aquello que empezó. «Comprendo--dice,--la indignación, la
lucha, las escenas de fuerza, mejor que el enternecimiento». Este rasgo
culminante de su psicología alcanza á sus personajes, aun á los
secundarios: todos son lógicos y fuertes; «todos tienen menton...»
El teatro de Hervieu no es «un teatro con tesis», como algunos mal
informados creyeron; sí un «teatro de ideas», teatro veraz, lógico, un
poco triste, real, en fin... donde siempre aparece «la dolorida pequeñez
humana de hinojos ante los grandes precipicios sociales».
Brunetiere afirma que Pablo Hervieu tiende á crear la tragedia moderna,
despojándola de aquel aburrido carácter histórico que siempre tuvo. Esta
es la gran novedad de su obra. ¿Acaso las costumbres contemporáneas son
incapaces de remontarnos á la emoción trágica? ¿Acaso lo irremediable ha
huído de la vida?
La condición inevitable y suprema de la tragedia es la «fatalidad»:
distínguense, desde luego, lo trágico de la «situación», y lo trágico
del «carácter». En ambos casos importa que la escena sólo pueda
desenlazarse de «un modo», y que las voluntades presas en tal conflicto
ó torneo, no puedan seguir más de un camino: inútilmente la razón
aconseja y la prudencia y la ternura suplican juntando las manos; los
acontecimientos continúan su curso, los personajes avanzan como
autómatas empujados por la espalda. «¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?
¿Qué necesito hacer?...» Esto se lo preguntaron Edipo, Orestes, Hamleto,
Don Alvaro... ¡todos!... Pero sus dudas no aprovechan, sus reticencias
también son vanas; callan lo que debieran decir, hacen lo que no
quisieran hacer, y, como fuera de sí mismos, marchan hacia lo
Inevitable, que es la desesperación, la muerte, la sublimidad en el
horror. Sean cuales fueren los grados que alcance la civilización, lo
trágico existirá siempre: el determinismo ha reemplazado sin ventaja,
pero tampoco con mengua, la antigua teoría de la fatalidad; y Pablo
Hervieu, fiel á las leyes inexorables del derecho y de la lógica,
resucita, gracias al Código, la leyenda de Némesis.
Recordemos el argumento de «La ley del hombre», y los dos terribles
conflictos de «Las tenazas». ¿Qué hará aquella mujer á quien su marido,
escudado en la legalidad, no quiere devolver su independencia? ¿Qué hará
aquel hombre que no puede recobrar el hijo que la ley confió á la
madre?... Nada: la fatalidad de lo establecido, de lo vigente, les
sujeta por el cuello, forzándoles á caer de rodillas.
¿Y «El Dédalo»?
Su artículo me enseña un artículo, muy bien escrito, de «Zeda». El
ilustrado crítico de _La Epoca_, pregunta: «¿Resuelve ó no resuelve el
divorcio los conflictos matrimoniales? Este es el problema que plantea
Hervieu en su «Dédalo».
Hervieu sonríe.
--No me he propuesto exponer nada--dice,--ni resolver nada. Componiendo
esta obra, sólo quise describir los tormentos de dos hombres á quienes
la ley hubiese autorizado á desposarse con la misma mujer.
Continuamos hablando. Durante la entrevista, que ha sido larga, Pablo
Hervieu ha guardado su actitud respetuosa y amable; su frase siempre fué
breve y exacta, y ni el entusiasmo ni la ironía descompusieron en un
ápice el ritmo sereno de su ademán; sus ojos avizores no cesaron de
mirarme fijamente, saliendo al tropiezo de mi pensamiento, como ganosos
de conocer mis penas, mis ambiciones, mi historia... todo eso que los
hombres no se cuentan nunca. El silencio de Pablo Hervieu tiene la
expresión inquietante de una pregunta; callando, parece repetir lo que
su mano escribió:
«Haz que yo pase por todo aquello por donde tú pasaste...»