EDMUNDO ROSTAND

Doce años hace que conocí á Edmundo Rostand; fué una tarde de invierno,

en la redacción de _Le Gaulois_. Días antes se había estrenado «Cyrano»,

y aquel éxito, sin precedentes en la historia del teatro, parecía ceñir

á la figura delicada del joven autor un halo de oro y de luz. Un

apretado grupo de literatos y periodistas rodeaba al poeta. Era éste un

hombre de mediana estatura, frágil, y vestido con arreglo á las leyes de

la más estricta elegancia inglesa. Bajo la ancha frente, su rostro,

según aparece en la hermosa caricatura que le hizo Cappiello, se

modelaba sobre la línea vertical de un perfil lleno de voluntad. Hablaba

en voz baja, y sus manos, débiles y blancas, accionaban muy poco.

Parecía distraído. Su aspecto, al mismo tiempo, era amable y glacial.

Eugenio Rostand, padre del poeta, fué en sus mocedades un versificador

estimable que tradujo á Cátulo bastante bien, y que más tarde dedicóse

ahincadamente á la fundación de Bancos populares, de habitaciones para

obreros y otras obras benéficas. De aquel filántropo, que ofrendó á la

caridad un inolvidable y largo poema de buenas acciones, heredó su hijo

la delicadeza sentimental, la exaltada ternura femenina que aroman toda

su obra y ponen en cada una de sus estrofas la fragancia de una lágrima

y el bálsamo evangélico de una caricia.

Nació Edmundo Rostand en Marsella en 1868. A los veinte años publicó un

libro de versos á lo Teodoro de Banville, titulado «Musardises»

(Frivolidades ó Pasatiempos), que ofreció en una dedicatoria alada,

rebosante de ingenio melancólico y dulce, á «sus buenos amigos los

fracasados».

«Personnages funambulesques,

Laids, chevelus et grimaçants,

Pauvres dons Quichottes grotesques

Et cependant attendrissants...»

Aquella obra sin pretensiones pasó inadvertida; era un libro que estaba

bien y nada más. Poco después Rostand, en unión de Enrique Lee, un autor

hoy completamente olvidado, escribió en cuatro noches, y con destino al

teatro de Cluny, un «vaudeville» en cuatro actos titulado «El guante

rojo». La crítica actual nada dice de aquel vago engendro, del que ni

siquiera tengo noticia que llegara á estrenarse. Al año siguiente el

poeta, modesto y obscuro, desposaba á cierta señorita de notable belleza

y distinción, que también publicaba versos bajo el seudónimo de

«Rosamunda Gérard», y á quien los literatos que concurrían á las

reuniones de Leconte de Lisle habían aplaudido fervorosamente más de una

vez.

«Rosamunda», que estudiaba la declamación con Féraudy, y Edmundo

Rostand, distraían sus ocios y los de sus amigos íntimos representando

comedias. En cierta ocasión, no teniendo nada que ensayar, el futuro

dramaturgo escribió un diálogo en verso titulado «Los Pierrots».

«Rosamunda» cogió el manuscrito y se lo llevó á Féraudy para que lo

leyese, y éste, entusiasmado, habló de ello con Julio Claretie, quien

impresionable y optimista como buen meridional, llamó á Rostand á su

despacho de la Comedia Francesa para decirle que su obrita le había

gustado mucho y que pensaba estrenarla.

Reunido el Comité encargado de la admisión y revisión de obras, el

diálogo de Rostand, á pesar de los esfuerzos de Féraudy, que lo leyó

magistralmente, fué rechazado por unanimidad.

Aquel mismo día había muerto Banville, y el recuerdo de sus «Pierrots»

emborronaba sin duda, el mérito de los de Rostand. Claretie estaba

desesperado. «Nunca me consolaré--escribía luego al futuro autor de

«Cyrano»--de ver desvanecerse esa pompa irisada de jabón...» Para

recobrarse del descalabro sufrido, Julio Claretie pidió á Rostand «otro

acto», asegurándole que, por lo menos, sería leído. El poeta (lo ha

confesado él mismo después, corroborando así la teoría, un poco

fatalista, de Capus), «_sintió_ en aquel momento pasar la fortuna», y

repuso:

--Le traeré á usted tres actos.

Así fué; al mes siguiente, Edmundo Rostand, que trabaja muy de prisa,

cumplía lo ofrecido, entregando á Claretie el manuscrito de «Les

Romanesques». El poeta leyó su obra ante el Comité; la lectura duró una

hora y quince minutos. Transcurrieron varios días sin que el fallo de

aquél se conociese; molestado en su amor propio, Rostand reclamó de

Claretie una contestación categórica. Al cabo, los miembros del Comité,

señores graves, llenos en casos tales de impertinente y campanuda

suficiencia, declararon que la obra sería admitida «siempre que su

lectura no durase más de una hora». Realmente no era mucho exigir.

Alegre y confiado, Rostand empezó su tarea por acostumbrarse á leer más

de prisa, suprimió las acotaciones, abrevió las explicaciones

concernientes á la «mise en scène», pero no sacrificó ni un solo verso.

Reunido nuevamente el Comité, Mounet-Sully sacó su reloj, del que ni un

instante apartó los ojos. Esta vez la lectura de «Les Romanesques» duró

una hora justa; la obra fué admitida.

«Fué aquella--dice el poeta,--mi entrada en la escuela de la paciencia.»

Transcurrieron dos años. El poeta se hallaba en Luchon cuando el

bondadoso Claretie le escribió rogándole que fuese á París, sin pérdida

de tiempo, para leer su comedia á la compañía. Hízolo así Rostand, y su

obra ya estaba definitivamente corregida y sacada de papeles, cuando M.

de Curel entregó el original de «L'Amour brode». El autor novel quedó

postergado; era natural. Pasaron otros tres ó cuatro meses, y Rostand,

¡al fin!... pudo leer su comedia. La impresión fué excelente: el papel

de «Sylvette» lo interpretaría Mlle. Reichenberg; M. Le Bargy,

representaría el de «Percinet»; Féraudy se embozaría en la capa y

ceñiría la espada del bravucón y delicioso «Straforel».

Inmediatamente comenzaron los ensayos, y, ¡caso raro!... según los

actores iban dominando sus papeles, su entusiasmo del primer momento

decrecía. Este malestar fué en aumento: Le Bargy, Féraudy, Leloir,

Laugier... todos aconsejaban á Rostand que retirase su obra; aun era

tiempo; ¿para qué ir á un fracaso que tantos comediantes experimentados

y meritísimos estimaban seguro?... El poeta llegó á creer que se había

equivocado, y que sus amigos los actores tenían razón. Mlle. Reichenberg

era la única que le animaba; ni un instante, en el tráfago enervante de

los ensayos, decayó su fe; la exquisita actriz, confiada y alegre,

sostuvo la voluntad, ya vacilante, de Rostand, y le infundió ánimos para

llegar al estreno.

La obra, efectivamente, triunfó; el primer acto, sobre todo, risueño,

pintoresco, rebosante de frescura y de elegante frivolidad, hipnotizó al

público; á cada verso de «Sylvette» ó de «Straforel», contestaban los

espectadores con un aplauso. Julio Claretie, el verdadero «descubridor»

de Rostand, reventaba de gozo. Esto ocurría en la Comedia Francesa la

noche del 21 de Mayo de 1894.

Citaré, á propósito de «Les Romanesques», una anécdota muy curiosa:

Una noche, Edmundo Rostand, que, según decía Coquelin, posee facultades

extraordinarias de actor, interpretó en Marsella y en honor de sus

conterráneos, el papel de «Percinet». Al terminar la representación, un

empresario inglés ofreció al poeta doscientos francos diarios por

trabajar en Londres. Sonriendo, el ilustre autor repuso:

--¡Pero si yo no soy actor!... Soy Edmundo Rostand...

--¡Ah! En tal caso--replicó su interlocutor, imperturbable,--mejoro mi

oferta. ¿Le convienen á usted cuatrocientos francos?...

La proposición, efectivamente, era tentadora, pero Rostand la rechazó;

los tiempos varían: el gran Molière, en su lugar, seguramente la

hubiese aceptado.

En 1895, y sobre el escenario de la Renaissance, estrenó Sara Bernhardt

«La princesa lejana». Son cuatro actos brumosos y tristes, vagamente

simbólicos, escritos sin duda bajo la turbia luz de las literaturas

septentrionales, entonces en auge. No obstante, el verbo conciso y

diáfano, con limpidez meridiana, del excelso poeta latino, derramaba

sobre las vaguedades del conjunto relieves preciosos. El asunto de la

obra tiene melancolías de égloga. Un viejo príncipe solitario concluye

por enamorarse ciegamente de cierta princesa, de quien todos le refieren

bellísimos y peregrinos lances, y no quiere morir sin conocerla.

«Ils en parlèrent tant que soudain, se levant,

Le prince, le poète épris d'ombre et de vent,

La proclama sa dame, et, depuis lors fidèle,

Ne rêva plus que d'elle et ne rima que d'elle,

Et s'exalta si bien pendant deux ans qu'enfin,

De plus en plus malade et pressentant sa fin,

Vers sa chère inconnue il tenta le voyage,

Ne voulant pas ne pas avoir vu son visage...»

La dotación del buque donde el anciano príncipe «enamorado de la sombra

y del viento», se embarca, la componen foragidos, piratas y aventureros

de la peor especie. No importa. La nave así parece un corazón

avanzando, á despecho de los ruines instintos que lo muerden, hacia la

perfección del Ideal.

La Prensa, que quería ver á Rostand más cerca de Regnard que de Ibsen,

maltrató á «La princesa lejana». Pero ello no bastó para que su autor,

que parecía complacerse en pulsar y examinar minuciosamente todos los

registros variadísimos de su inspiración, estrenase dos años después «La

Samaritana». A pesar de sus innegables bellezas líricas, esta obra, que

el poeta calificaba de «evangelio en tres cuadros», gustó poco. El poeta

cometió la torpeza--su imprevisión merece llamarse así,--de sacar á

escena á Jesús, y la figura del divino apóstol del perdón, es demasiado

subjetiva, demasiado abstracta para encerrada entre bambalinas. El

público, unánimemente, la rechazó; fué una caída á plomo.

«Cyrano de Bergerac» se estrenó el 28 de Diciembre de 1897. ¿Cómo en

poco más de tres años pudo Rostand salvar la enorme distancia de

perfección que separa «Les Romanesques» del magnífico «Cyrano?»...

Porque «Cyrano de Bergerac» es algo sublime, arquetipo, maravillosamente

armónico, donde todas las vibraciones innúmeras de la carne y del

espíritu humanos dejaron prendidos un suspiro y un matiz; obra

admirable, alternativamente pintoresca y sombría, alegre y trágica,

caballeresca, triste, heróica unas veces á lo Bayardo, y otras,

elegante, frívola y burlona á lo Luis XIV, noble siempre, latina, en

fin, hasta en sus quintas esencias más íntimas y depuradas, ella sola

embebió y conserva en la catarata refulgente y sagrada de sus

alejandrinos toda el alma y toda la inspiración de Edmundo Rostand.

El éxito alcanzado por «Cyrano» no tiene precedentes en la historia del

teatro. A su autor, que asistió al estreno y aun tomó parte en la

representación disfrazado de cortesano de Luis XIII y como comparsa, la

crítica le ensalzó, y diputándole inmortal, buscóle un puesto de honor

entre los dioses del arte. Ningún dramaturgo había llegado á la gloria

antes que él; cuando iba por los «boulevards», el público se detenía

paria verle pasar; los autores le espiaban, le imitaban; diariamente la

Prensa hablaba de él; hasta los mueblistas y los sastres explotaron la

popularidad sin fronteras del poeta: hubo «sillones Rostand», «chalecos

Rostand», corbatas y cuellos «á lo Rostand». Aquel nombre glorioso,

repetido por millones de labios, volaba por los hilos del telégrafo de

un continente á otro y llenaba el mundo: hasta las estrellas parecían

saberlo.

Después del estreno de «L'Aiglon», drama en seis actos, que si no

emborronó, tampoco mejoró en un ápice el prestigio de su autor, éste,

que siempre fué hombre de constitución delicada y voluntad apacible, y

por lo mismo inclinado á la vida rústica, se retiró á su magnífica

posesión de Villa Arnaga, en Cambo.

Para ser feliz, cierto poeta oriental necesitaba fabricar una casa cuyos

sólidos muros hablasen de su breve tránsito por la tierra á la

posteridad; engendrar un hijo que prolongase su raza, y escribir un

libro que eternizase su espíritu. De igual opinión debe de ser Edmundo

Rostand: sus hijos Juan y Mauricio aseguran la conservación de su

apellido, y «Cyrano», por sí solo, le garantiza la inmortalidad. ¿Por

qué no tener también una casa?... Y con este pensamiento, el gran poeta

levantó esa Villa Arnaga, que, si no es la más excelsa de sus obras,

tampoco es la peor.

Ocupa el palacete de Rostand la cima de un altozano situado en la

confluencia de los ríos Nive y Arnaga. Un trozo del bien cuidado jardín

que la rodea es copia afortunada del «Petit Trianon» versallés. Los

terrenos colindantes, sembrados de encinares, son feraces y agrestes, y

en la quietud estrellada de las noches de estío se oye la voz del Nive,

espumoso y violento. El paisaje, rudo y tranquilo, tiene una majestad

religiosa: á un lado, el terreno deriva en ondulaciones suaves hacia

Bayona; al otro aparecen los Pirineos, con sus lomas nevadas, y la

vecindad de Roncesvalles habla al «turista» de heroísmos centenarios. El

mismo Rostand dirigió y compuso la arquitectura, á trozos vasca y á

trozos bizantina, de su hotel. Las habitaciones, decoradas por Juan

Veber, Enrique Martín, Gastón La Touche, Mlle. Dufau y otros artistas,

ofrecen perspectivas espléndidas. El gabinete de «Rosamunda» lo pintó

Veber con asuntos tomados de los cuentos de Perrault: un mundo

extravagante y encantador de ogros, de gnomos encapuchados, de paisajes

feéricos, donde los árboles tienen formas humanas, evocan las

extraordinarias aventuras de «La bella dormida en el bosque» y de

«Cendrillon».

La luz y las pinturas de cada estancia están armónicamente dispuestas;

entre aquellas elevadas paredes, que los azules cerúleos, los tonos

verdes claros, los violetas y los amarillos llenan de sol y de panoramas

de Arcadia, las habitaciones, amuebladas fastuosamente, parecen más

grandes.

En ese retiro, Edmundo Rostand pasó varios años, y su silencio, ¡caso

raro! preocupaba á la opinión. De tarde en tarde los críticos

preguntaban: «¿Qué hace Rostand?...»

A fines de 1902 llegó á París la noticia de que el desterrado de Arnaga

había concluído de escribir una comedia maravillosa, arquetipa:

«Chantecler».

«Es superior á Cyrano de Bergerac», clarineaban los periódicos.

Inmediatamente el gran Coquelin toma el tren para Cambo. Mame. Rostand

le recibe, y sus grandes ojos, pensativos y dulces, reflejan melancolía

profunda.

--No puede usted ver á Edmundo--dice;--Edmundo está enfermo.

El insigne comediante explica su deseo, ruega, se exalta, llega á la

cólera, y al fin, consigue su propósito. Rostand se muestra abatido, y

le estrecha las manos fríamente.

--Mi obra, en efecto--declara,--está terminada. Puse en ella toda mi

alma. Sólo me falta corregirla. Pero crea usted que estoy desanimado: á

trozos me disgusta, á trozos me agrada. ¿La verdad?... Ignoro lo que he

hecho.

Coquelin quiere conocerla: para eso ha ido á Cambo. El poeta se

defiende; al cabo, con la «bonhomie» de un dios que se resignase á

descender unos momentos de su altar, coge el manuscrito de «Chantecler»

y lee. ¡Admirable! Coquelin se entusiasma, grita, llora; su corazón, su

gran corazón, donde cupo «Cyrano», estalla de júbilo. Rostand le escucha

conmovido: ¿es posible que aquella comedia sea su obra mejor? Al

principio duda; luego, poco á poco, dignamente, se deja persuadir y

ofrece al actor emprender sin pérdida de tiempo la corrección de

«Chantecler».

De regreso á París, Coquelin alquila un teatro para ir arreglando la

«mise en scène» de la nueva comedia, y continuamente y en todas partes

repite los versos esplendorosos del «Himno al Sol», que oyó de labios

del maestro y que se trajo robados en la memoria. Su entusiasmo es

círculo de fuego donde se abrasan cuantos le rodean; los rotativos

propalan la noticia, que, al rebasar las fronteras francesas, es

recogida por la Prensa de todas las naciones y vuelve á París ensalzada,

magnificada. El estreno de «Chantecler» se convierte en un asunto de

interés mundial.

Transcurren varios meses, durante los cuales la curiosidad pública,

lejos de descaecer con la espera, se exacerba é irrita. De pronto,

Coquelin aparece desesperado: Rostand se halla gravemente enfermo de

neurastenia; los médicos le han prohibido trabajar. Un periódico

indiscreto pregunta: «¿Está loco Edmundo Rostand?»... Y cuenta que sus

criados le han hallado metido en un baño sin agua y completamente

vestido ¡Pobre Coquelin!

Pasan otros dos años; de tarde en tarde, á intervalos prudentemente

calculados, los diarios hablan del maestro: el recuerdo de «Chantecler»

persiste triunfador.

Al cabo, el poeta, ya recobrado de sus achaques, llega á París para

dirigir por sí mismo los ensayos y decorado de su obra; y cuando parece

que las dificultades que se oponían al estreno están vencidas... muere

Coquelin.

La desaparición del famoso _coq_ levanta entre los grandes comediantes

parisinos formidable revuelo: todos quieren sustituirle: Le Bargy

declara que, por representar «Chantecler», está dispuesto á salir de la

Comedia Francesa; los «societaires» de la Casa de Molière protestan; el

asunto llega á la Cámara, y las discusiones continúan, hasta que Edmundo

Rostand entrega su comedia á Luciano Guitry. ¡Buena elección! Lentamente

las discusiones de los actores van encalmándose, y con la noticia de que

los ensayos han empezado, la curiosidad ardiente del público recibe un

terrible y definitivo espolazo. También se habla de la «mise en scène»,

que será fastuosa y originalísima. Jusseaume, Paquereau y d'Amable, han

pintado las decoraciones; los trajes son soberbios: algunos han costado

doce mil francos. Las plumas empleadas en el vestuario pesan novecientos

kilos y valen más de seis mil duros. Pero no hay que impacientarse:

Rostand no quiere que su comedia se estrene hasta pasado el primer

aniversario del fallecimiento de Coquelin. Es una delicadeza respetuosa

que todos aplauden.

Al cabo, los periódicos fijaron la fecha del estreno de «Chantecler», é

inmediatamente una multitud hipnotizada se arremolinó ante las taquillas

del teatro de la Porte Saint-Martín. En pocos días el importe de las

localidades vendidas para las primeras representaciones de la obra,

ascendió á la enorme suma de doscientos mil francos. «Todo París», ora

por legítima curiosidad, ora por «snobismo», quería verla. El Sena,

desbordándose, suspendió la tan esperada función. Transcurrieron ocho ó

diez días. El río comenzó á bajar, la circulación iba restableciéndose

rápidamente, el sol devolvió su regocijo habitual á las calles

inundadas... Y por cuarta ó quinta vez, los periódicos anunciaron el

estreno de «Chantecler».

Este se celebró, al fin, en la noche del 7 de Enero de 1910, y ante la

misma batería que hace trece años alumbró los últimos momentos

magníficos de «Cyrano de Bergerac».

En la historia general de la literatura tropezamos con otras obras

similitudinarias de la de Rostand: «Las aves», de Aristófanes, por

ejemplo, y «El reino de los caballos», de Swift; á Goethe también le

tentó el mismo asunto.

Julio Claretie dice que los antecedentes de «Chantecler» deben de

buscarse en la famosa «Historia cómica de los estados é imperios del

Sol», que publicó en la primera mitad del siglo XVII aquel gran

extravagante, mitad sabio, mitad espadachín, que se llamó Cyrano de

Bergerac. En este libro memorable habla su autor de su odio á las aves

nocturnas y de la libertad que dió al loro que una prima suya tenía

encerrado en una jaula; y asegura que los pájaros sostienen entre sí

largas conversaciones, y que él mismo había aprendido el arte de

entenderse con ellos; añadiendo otros muchos pormenores donosos á

propósito del severo proceso que las aves incoaron contra él, y del que

salió libre y sano merced á la bondadosa intervención de cierta urraca

amiga suya.

Edmundo Rostand ha dicho que el asunto de «Chantecler» se le ocurrió

bruscamente una tarde que, al regresar á Villa Arnaga, entró en el

corral de una casa de labor á beber un vaso de leche. Mientras le

servían, el poeta examinó el sitio donde estaba: sobre un montón de paja

y de estiércol había varias gallinas, un pato, un perro, un mirlo en una

jaula... y todos parecían sostener animado diálogo. De pronto las

conversaciones cesaron: ¿por qué?... Lentamente, muy orondo, muy

teatral, el mirar impertinente y dominador, un gallo se acercaba...

--«¡Chantecler!»...--pensó Rostand.

Y ya no vaciló: la obra estaba hecha.

Poco á poco, influenciado por la quietud montaraz y bravía de la región

vasca, el poeta fué empapándose de todos los colores, de todos los

gritos de la naturaleza, que habían de vibrar más tarde en las estrofas

del extraño poema que iba componiendo. Su comedia sería de «animales»,

porque el lirismo de una obra poética no armoniza con el horrible

prosaísmo de la indumentaria moderna; y por otra parte, es imposible

vestir con trajes de los siglos XV ó XVI personajes que han de pensar y

hablar modernamente.

Todas estas dificultades--ha declarado el mismo Rostand al periodista

Emilio Berr,--se obviaban sustituyendo á los hombres por animales.

¿Acaso unos y otros, en lo que tienen de más esencial, no son

idénticos...?»

El primer acto de «Chantecler» se desarrolla en un corral: el segundo en

una eminencia desde donde se columbra un valle: amanece; el tercero, en

una huerta: el cuarto, en una selva; es de noche.

Argumento:

Una faisana, ligeramente herida por un cazador, cae en el corral donde

impera «Chantecler», hermoso y sultán. La belleza frágil y mimosa de la

hembra conquista y rinde la voluntad arisca del gallo, quien, en un

soberbio «Himno al Sol», la descubre su amor. Varios pájaros nocturnos,

en quienes el poeta personifica los malos instintos, celosos de

«Chantecler», quieren exterminarle, y para ello le preparan una

emboscada, en la que un gallo inglés, de espolones acerados, ha de darle

muerte. «Chantecler», sin embargo, triunfa de su enemigo, y sigue á su

faisana al bosque, donde espera vivir libre de envidias y de rencores.

Una vez allí, ella, á fuer de hembra envolvente y dominadora, quiere

aprisionarle entre los hilos de su cariño, torcer su porvenir, impedirle

que cante. Discuten... Pero «Chantecler», más fuerte que Reinaldos, no

olvida la sagrada misión que debe cumplir sobre la tierra, é impone á su

amada su voluntad.

* * * * *

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 25 / 48 题