He visitado á Victoriano Sardou en su casa del Boulevard Courcelles,
casa magnífica y fastuosamente amueblada, que podría servir de escenario
á un drama de gran espectáculo: tapices soberbios visten las paredes: la
tonalidad obscura del mobiliario insinúa algo de la complexión soñadora
y romántica de su sueño; todo allí es penumbra y quietud; de los
levantados techos cuelgan complicadas arañas de bronce.
Conocí á Sardou una tarde de invierno. Al entrar en su despacho el gran
dramaturgo, que sabía el objeto de mi visita, salió á mi encuentro,
alargándome sus dos manos con efusión seductora de cordialidad y
agasajo; fué uno de esos gestos admirables que, suprimiendo de cuajo las
frialdades ambagiosas de la etiqueta, equivalen á una intimidad de
varios años.
Sardou es de mediana estatura, viste limpiamente, pero con el descuido
de los hombres que llegaron á abuelos, y no usa joyas. Todos los rasgos
de su semblante afeitado y cetrino acusan resolución y osadía; el mentón
es vigoroso, la nariz larga parece reír entre dos pómulos muy fuertes,
el labio superior se escapa hacia adentro dando á la boca el «rictus»
irónico de Voltaire; una larga melena gris cubre sus orejas y su cuello;
bajo las cejas despeinadas por los años, los ojos, escépticos y agudos,
parecen repetir lo que Schopenhauer escribía á un amigo suyo: «Estos
jóvenes vienen á conocerme para poder vanagloriarse, cuando viejos, de
haberme visto en carne y hueso y de haberme hablado...» Nada en él, sin
embargo, descubre al humorista bilioso; el ademán es copioso y alegre y
fácil la risa; sobre aquella cabeza, menos grave que la de Wagner, á
quien también se parece, ni el fastidio ni el desengaño hicieron blanco
nunca.
Victoriano Sardou nació en 1831, y sus primeros años se deslizaron bajo
el bello cielo provenzal. Ya en París, sus padres quisieron dedicarle al
profesorado; pero él empezó á estudiar medicina, atraído, más que por
una verdadera curiosidad científica, por el aspecto trágico de las salas
de disección. Bien pronto las exigencias de la vida le obligaron á
abandonar los estudios. Aquellos tiempos fueron terribles; la miseria le
expulsaba de todas partes; para poder comer, unas veces daba lecciones
de griego y de latín, otras escribía biografías en _La Europa Artista_,
ó pasaba las tardes pescando á orillas del Sena...
Entretanto, su buen talento y su inquebrantable tenacidad, le
permitieron escribir varias obras dramáticas: entre ellas «Bernardo
Palissy», «Nuestros íntimos», «Flor de Liana» y «Reina Ulfra», que la
famosa Raquel no quiso representar.
La fatalidad perseguía á Sardou. El primer drama que estrenó se titulaba
«La Taberna», y fué estrepitosamente silbado por los estudiantes,
enemigos del segundo Imperio: todo contribuyó al fracaso de la obra;
hasta la circunstancia de apagarse el gas cuando comenzaba la escena más
interesante... A pesar de lo ocurrido con «La Taberna» en el teatro
Odeón, Carlos Desnoyers aceptó «Flor de Liana» para el Ambigú; pero
Desnoyers fallecía poco después, y su sucesor perdió el manuscrito.
Féval pide á Sardou un drama _raro_, que no recuerde nada conocido, y
Sardou escribe «El jorobado», que debía interpretar Mélingue; pero éste,
que era muy celoso y no quería aparecer ridículamente á los ojos de su
mujer, se negó á representarlo. El actor Montigny rechazó la comedia
«París del revés», que Scribe halló _inmunda_; y la censura prohibió los
ensayos de «Cándido».
Con estos reveses el destino se dió por satisfecho, la ola amarga había
pasado, y el joven luchador, ya bien templado el ánimo por la
desgracia, iba á caminar, sin tropiezos, hacia la victoria. Su obra «Las
primeras armas de Fígaro», estrenada por Déjazet, fué un éxito que le
valió ser llamado «el nieto de Beaumarchais». Casi al mismo tiempo
triunfaba en el teatro del Palacio Real con «Gentes nerviosas», y poco
después robustecía su fama con «El señor Garat», y la lindísima comedia
«Patas de mosca».
--Cincuenta años hace que escribo para el teatro--me dice Sardou,--y el
éxito aún sigue sonriéndome. Ahí está «La bruja», estrenada ayer... Como
para La Fontaine, mi preocupación única es gustar, lo que logro
examinando escrupulosamente los gustos de mi siglo. Ya sé que la crítica
no es benévola conmigo, pero crea usted que los autores que maldicen del
público y hablan de corregir sus gustos, es porque no poseen el arte de
agradarle.
El matrimonio había de marcar en la inspiración del autor de
«Divorciémonos» un nuevo y felicísimo oriente. Esta es la época ó fase
_moral_ de su obra, y coincide con ciertos pruritos de recogimiento y
honestidad que la desenfadada sociedad del Segundo Imperio sintió
después de veinte años de orgía. Nadie mejor que Victoriano Sardou, que
había frecuentado las veladas de Compiégne y los bailes de las Tullerías
y salvado á la emperatriz en la terrible jornada del 4 de Septiembre,
podía responder á tal deseo: así sus éxitos se multiplicaron. A este
período deben referirse las obras «Patria», y «El odio»; sus deliciosas
comedias «La familia Benoiton» y «Viejos muchachos», y sus dramas
«Serafina» y «Rabagás», en quien unos vieron á Emilio Ollivier y otros á
Gambetta.
No discutiré aquí el teatro de Sardou, del que conozco más de cuarenta
obras; pero, aun censurando, en general la labor del autor de «La Tosca»
y de «Madame Sans-Géne», cuyas rebuscadas artificiosidades repugnan
cuantos creen que la belleza y la verdad teatrales pueden convivir sin
estorbarse, no cabe negar que sus fábulas están hábilmente compuestas,
que las escenas chorrean pasión y enérgico colorido y que sus
personajes, y muy especialmente sus mujeres, tienen algo extraño y
atrayente sobre todo encomio.
Como otros muchos autores, Victoriano Sardou acostumbra á escribir, no
ya los cróquis ó siluetas de aquellos argumentos que más tarde habrá de
desarrollar, sino también pensamientos, frases dispersas, citas,
artículos de periódicos en los que subrayó con lápiz rojo algunas
palabras, y otros pequeños elementos cuya significación y alcance sólo
él sabe, y que luego su imaginación y su memoria, laborando juntas,
sabrán interpolar entre los hilos del nuevo drama. Estas notas, escritas
ligeramente de sobremesa, en el paseo, yendo de cacería ó en el mismo
coche que le lleva ó le trae del ensayo, forman más de cien grandes
legajos; algunas fueron apuntadas hace veinte años.
Para trabajar, Sardou elige aquella «situación» que ha de ser «motivo»
capital ó escena culminante del drama, y seguidamente comienza á
preparar cuantos episodios han de anteceder y de seguir á dicho momento;
de tal modo que éste sea consecuencia obligada de cuanto le precede y
también origen fatal y único de lo que le sigue.
Realizado este trabajo preliminar, Sardou se sienta á escribir. En él,
como en Daudet, la producción es violentísima; produce de un tirón,
rápidamente y como delirando. A veces se le oye exclamar: «¡Ah,
tunanta!»... O bien: «¡Ah, miserable, ya eres mío!...» La cólera de sus
personajes le quema, irritándole hasta el paroxismo, obligándole á
salpicar el primer original de sus obras de interjecciones y frases
soeces. También, según las circunstancias, llora ó ríe.
--No es raro--dice,--hallar huellas de lágrimas en mis manuscritos.
Terminada la obra, Victoriano Sardou, que es, simultáneamente, un
«visual» y un «auditivo», dedica toda su atención á ponerla en escena. A
su juicio, es tan difícil presentar bien un drama, como escribirlo.
Sardou, que se indignó hasta el insulto contra el famoso Irwing, porque
éste había representado el papel de Robespierre con botas de reverso y
no con medias blancas de seda, no permite que nada quede encomendado á
la discreción ó cuidado de los actores. El lo vigila todo, desde el
ornato del escenario hasta la forma y calidad de los muebles: si sobre
una mesa, verbi gracia, ha de haber algunos libros, él determinará
cuántos serán y de qué tamaño. Las mismas actrices, aun las más
rebeldes, aceptan su autoridad, consultándole el corte y color de los
trajes que vestirán la noche del estreno. Sardou dá su opinión, que es
irrevocable.
--Si no lo hiciese así--dice sonriendo con su risa mordiente como un
epigrama,--todas querrían presentarse vestidas de rojo, para mejor
llamar la atención del público.
Esta hegemonía que el gran dramaturgo ejerce sobre la gente de teatro,
naturalmente indócil y orgullosa, proviene de sus muchos triunfos, de su
dilatada experiencia, y, principalmente, de sus portentosas facultades
de actor.
Sardou, con quien han trabajado, desde Déjazet y Felia, hasta Rosa Bruck
y Mounet-Sully, imita acabadamente el ademán y la voz de todos los
actores; entre su pensamiento y su acción hay siempre harmonía perfecta,
el ritmo y desembarazo de sus movimientos, son impecables. Cuando un
actor no halla una expresión ó la justa entonación de una frase,
Sardou, que presencia el ensayo desde una butaca, no puede reprimir su
impaciencia y brinca al escenario.
--Esto--exclama,--se dice así...
He tenido varias veces el gratísimo placer de verle ensayar, y declaro
que la gallardía, donaire y brioso apasionamiento de este anciano de
setenta y tres años, son magistrales. Todos lo reconocen así y nadie se
atreve á contradecirle; y probablemente muchos de los artistas que hoy
ocupan lugares eminentes en la escena francesa, se congratulan
secretamente de que Victoriano Sardou no haya querido nunca ser actor.
* * * * *
Mí última conversación con Victoriano Sardou ha sido interesante y muy
larga. El insigne dramaturgo, me habla de su niñez, de su abuelo, que
sirvió como médico en los ejércitos del primer Imperio, de cómo conoció
á Lamartine dirigiendo á caballo un motín popular, de su primera
entrevista con la Déjazet, de la fe inmutable que siempre tuvo en sí
mismo, de su soberbia posesión de Marly le Roi...
A través de su relato pintoresco, frívolo, lleno de travesuras y de
risas, recuerdo el duro camino que el autor de «Fernanda» ha recorrido
antes de llegar á tan alto. Y entonces me acomete esa curiosidad que
inspiran todos aquellos que, viniendo de muy abajo, subieron mucho: los
grandes artistas, los reyes del oro, los exploradores que violaron el
secreto de las cumbres inaccesibles... y que se traduce en esta
pregunta:
--Diga usted, usted que trepó tan arriba: ¿qué piensa usted del mundo?
¿Hay, en efecto, horizontes que yo no sabré nunca? ¿Qué conoce usted que
yo no haya visto?
A estas interrogaciones que, al cabo, no me decido á formular, los ojos
burlones y penetrantes de Sardou parecen responder:
--No se apure usted; no se inquiete usted; lo extraordinario no ha
existido jamás. Schélling tiene razón: «Todo es uno y lo mismo.»