Es Octavio Mirbeau, antes que nada, un gran descontento, un atrevido
removedor de ideas, un «profesor de energías», que diría Barrés, y
también un filántropo. Descendiente de una antigua familia de notarios,
creeríase que en él se reconcentró el espíritu de protesta de todos sus
tataradeudos, almas mollares, pensamientos apagados sin luchas,
voluntades pacíficas envejecidas mansamente en la uniformidad
perdurable, horriblemente triste, de los despachos notariales. Mirbeau
siente odio hacia aquella quietud que encorvó la espalda de sus
predecesores y su verbo, á ratos impetuoso y flamante como el de Hugo,
excita á los vastos combates, desdeña á los hipócritas, maldice de los
rutinarismos sociales y descubre á los vencidos y á los débiles el fuego
santo de las rebeliones.
Mirbeau es normando; desde niño amó el peligro; era ágil, fuerte y
violento; sus compañeros le temían; muchas veces, para acreditar su
valor, se arrojaba ante los coches que pasaban por la carretera de
Tréviéres, su pueblo natal. Cursó la segunda enseñanza en un colegio de
jesuítas, del que salió, como su desdichado «Sebastián Roch», llevando
en el alma, «el odio al cura, odio inagotable y fecundo, capaz de llenar
toda una vida».
A los veintidós años entró, como crítico de artes, en la redacción de
_El Orden_, desde cuyas columnas defendió los atrevimientos
revolucionarios de Rodin, Pissaro, Claudio Monet, etc.; pero la novedad
de sus opiniones y las violencias de su estilo, le dejaban cesante poco
después. Entonces, imitando el ejemplo de un amigo recién venido de
Conchinchina, dedicóse á fumar opio, deseando conocer por sí mismo las
torturas que tanto celebraron Baudelaire y Quincey. El exquisito veneno
de Oriente, le trastornó; dominado por una melancolía invencible, pasaba
los días sentado, sumido en un largo ensueño sin impulsos, esperando las
revelaciones de la Pereza, esa gran amiga de los artistas, que Gautier
llamó «la décima musa»; comiendo un huevo crudo cada veinticuatro horas
y fumándose algunos días ciento ochenta pipas. Esta situación duró
varios meses.
Después de ser subprefecto en Ariege una corta temporada, Octavio
Mirbeau regresó á París, donde reanudó en _Le Gaulois_ sus tareas
periodísticas. De pronto, y cediendo tal vez á una pasión que había de
serle fatal, acometió temerarias operaciones bursátiles, que le
procuraron ganancias copiosas. Pero luego, herido por una gran traición,
huyó de Francia y compró un barco pesquero, sobre el que anduvo
navegando dieciocho meses por los mares británicos, lejos de la
humanidad traidora que le había lastimado.
Vuelto á la vida literaria, publicó «El comediante», folleto terrible,
que le valió una contestación inolvidable de Cocquelin y el odio de
todos los actores, quienes, reunidos en asamblea general, prometieron
dedicar á monsieur Mirbeau «su indiferencia y su desdén». De esto
vengóse Mirbeau, fundando con Pablo Hervieu y Groselande, _Las Muecas_,
hebdomedario satírico que fustigó con crueldades juvenalescas á las
figuras capitales del teatro francés.
Las tres novelas que fijan rotundamente la orgullosa personalidad de
Mirbeau, son «El Calvario», libro admirable, según Bourget, «por la
sencillez magistral de la factura, sus asuntos de punzante sinceridad y
el valor con que desnuda las más secretas heridas del alma».
«El Calvario» es «el fracaso del amor». Mintié, el protagonista, adora á
una mujer indigna, á quien desprecia, pero de la que no puede zafarse.
Algo terrible, superior á su voluntad, le lleva á ella. Una noche,
viéndola dormida, se complace en imaginársela muerta, y siente «en su
fresco aliento un imperceptible olor á podrido». No obstante, la adora;
tiene la atracción de las vorágines; será esclavo suyo hasta morir. Las
mejores páginas que Balzac, Dumas y Daudet consagraron á la descripción
de este pavoroso estado de alma, son muy inferiores al cruel examen que
Mirbeau hace del fatalismo trágico, ineluctable, de las pasiones
infames.
«El abate Julio» es el fracaso del sacerdote obligado, por sus votos, á
no tener familia. El abate Julio, en quien el autor retrató á cierto tío
suyo clérigo, es hombre sencillo, indulgente, lleno de compasión hacia
la humanidad y que olvida los latinajos de ritual junto al lecho de los
moribundos; sus labios piadosos balbucean frases profanas, ingenuas, de
un lirismo místico infinitamente dulce.
«¡Pobre niña--dice,--que te vas al día siguiente de llegar! De la vida
sólo conociste las primeras sonrisas, y te duermes á la hora del
sufrimiento inevitable... ¡Vete á la claridad y al reposo, almita
querida, hermana del alma aromosa de las flores y del espíritu músico de
los pájaros!... Mañana, en el jardín, aspiraré tu perfume en el perfume
de mis rosales, y te oiré cantar sobre las ramas de mis árboles...»
Finalmente, «Sebastián Roch», es el fracaso de la educación, el
infortunio incurable del niño, cuya alma inteligente y dulce
corrompieron maestros infames. Es un libro terrible, pesimista y amargo,
donde aparece, como en los cuadros de Greco, un fondo de hollín poblado
de figuras lívidas.
Consecuencia, derivación ó remate de esta trilogía dolorosa, son «Los
malos pastores», obra sombría donde todo naufraga, porque de todo
triunfan la injusticia, la desesperación y la muerte, como en el drama
de Bjornson, «Más allá de las fuerzas».
Los rasgos más ostensibles de su carácter son la acometividad, la
rebelión, el odio; pero «el odio--como dice Rodenbach,--sólo acredita un
exceso de amor». Aborrece á los poderosos porque el sufrimiento de los
débiles acongoja su corazón. También maldice la guerra: para él, sobre
la idea de Patria, siempre acotada y estrecha, está la idea de
Humanidad; su altruismo llega al suicidio: «No, yo no mataré--dice
Sebastián Roch;--acaso me deje matar; pero no mataré». Y el protagonista
de «El Calvario» besa la frente del prusiano á quien hirió mortalmente
en la batalla.
Actualmente, Octavio Mirbeau tiene poco más de cincuenta años: es un
hombre recio y tranquilo; la serenidad de su ademán revela un gran vigor
latente; su cabeza balzaciana, fuerte y cuadrada, tiene una expresión
noble de severidad tolerante; la nariz es ancha, el bigote rojizo y
áspero; bajo el frontal, que la lucha de las pasiones y del pensamiento
arrugaron, las cejas, algo canosas ya, pintan dos arcos inquietos,
irascibles y enérgicos; al hablar adelanta el mentón con gesto retador y
audaz. Todo acusa la austeridad de un carácter resuelto y severo;
únicamente los ojos azules, un poco húmedos, como propensos al
enternecimiento, descubren el temple íntimo y más alto de aquel espíritu
mejor inclinado á la emoción y al entusiasmo, que á la burla; su cuello
robusto tiene, como dice Goncourt, «el tinte sanguinolento de la piel
del hombre que acaba de afeitarse». Observándole ceñudo y como
preocupado, dispuesto siempre á la exaltación agresiva del impulso, me
acuerdo de Anatolio France, cortés, pálido, inalterable, irónico como un
dios de marfil.
En casa de Mirbeau los colores verde-claro y amarillo del mobiliario
evocan las alegrías del campo y del sol; desde los balcones, abiertos
sobre la Avenida del Boulogne, se ve un gran trozo del Bosque. Aunque
avecindado en París desde hace muchos años, el alma fuerte de Mirbeau
conserva el recuerdo sano de los paisajes normandos; la afición á la
naturaleza, á los horizontes inmensos donde las grandes almas enamoradas
de lo Absoluto, hallan consuelo...