LA MONTANSIER

Hace un siglo que en cierta habitación reservada del teatro Vaudeville,

de París, se conserva el sillón de aquella mujer extraordinaria que se

llamó «la Montansier». El amigo que camina delante de nosotros, nos

dice, deteniéndose y bajando un poco la voz:

«...Aquí se sentaba la Montansier para dirigir sus ensayos».

Es un sillón canonjil, amplio y cómodo, de respaldo y asiento cuadrados,

entre cuyos brazos tranquilos creemos ver agitarse la figurilla picante

y grácil, llena de movilidad y de iniciativas, de la famosísima

empresaria del Palais Royal. Y hay alrededor del viejo mueble olvidado,

como una evaporación de silencio, de melancolía y de paz.

Margarita Brunet nació en Bayona el año de 1730. Sus padres eran obreros

modestos. Una tarde llegaron á la ciudad varios artistas de aquellos

que á mediados del siglo XVIII llevaban á través de Europa, y sobre una

carreta, la alegría pícara de sus almas ingraves. Los rostros

pintarrajeados de los cómicos, sus trajes vistosos, los acordes

carnavalescos de su charanga, que tronaba en la plaza, agitaron el

espíritu, hasta allí tranquilo, de la joven, con un viento de libertad.

Sería bonito huir, romper lo ordenado, entregarse á la atracción de esos

horizontes donde la diosa Aventura celebra diariamente, en la vaguedad

ondulante de todos los caminos, sus ritos de poesía y misterio.

Y alucinada por «la alegría que pasa», Margarita Brunet, sin despedirse

de nadie y sin amar á ninguno de sus raptores, siguió á la farándula...

Cuando llegó á París, tenía veinte años, y fué á instalarse en casa de

su anciana tía, Mme. Montansier, mercera de la calle San Roque. La

futura actriz era entonces una muchacha menudita, pizpireta, gran

conversadora, diabólica de puro insinuante. Sus labios, rebosantes de

risas y de gracia, su palidez meridional y la hermosura de sus ojos

negros, rindieron la admiración de muchos viejos nobles que, á la puesta

del sol, paseaban la majestad de sus largos casacones bordados bajo los

árboles de las Tullerías. Algunos la protegieron generosamente, y

Margarita, á quien todos apellidaban «la Montansier», tuvo, como las

reinas medioevales, una «Corte de Amor».

A los treinta años conoció á Neuville, un actor que representaba en

teatrillos de ínfimo orden papeles de segundo galán; el admirable

Neuville, tolerante y discreto, con quien la Montansier ya vieja y

gloriosa, había de casarse treinta y cuatro años más tarde. Realmente,

Margarita Brunet, con este último rasgo de fidelidad, tan en desarmonía

con su olvidadizo temperamento, no hizo más que pagar una deuda sagrada:

Neuville, en efecto, fué quien, al mismo tiempo que conquistaba aquel

corazón ingrato, fijó su destino. Deslumbrado bajo las pupilas

fulgurantes y arcanas de su ídolo, el modesto actor repetía:

«Has nacido para actriz. ¿Por qué no te atreves? Yo te aseguro que en

los «papeles» de reina, habías de estar muy bien.»

Al cabo, la Montansier se decidió, y protegida por algunos personajes

acaudalados, tomó en arrendamiento el teatro de Rouen. Así comenzó su

carrera de empresaria aquella mujer excepcional, que mandó construir el

teatro del Havre y tuvo en París dos teatros suyos, por los cuales,

durante sesenta años, desfilaron las actrices y actores más célebres de

aquella época: Mlle. Mars, la intérprete feliz de Molière y de Marivaux;

la Monvel, las hermanas Sainval, el célebre Dugazón, maestro de Talma;

el gracioso Brunet, el solemne Grammont, que murió decapitado;

Tiercelin... y otros muchos. Y los autores festivos entonces más en

boga: Dorvigny, Martainville, Aude...

El primer «paso largo» hacia la Fortuna lo dió Margarita Montansier en

Versalles, hallándose de directora en la «Sala» de la calle Sator.

Representábase aquella noche una obra de Fabart, titulada «Los

Segadores», y el coro cantaba alegremente alrededor de una olla en la

que humeaba una sopa de coles. El olor de la frugal comida impresionó á

la reina María Antonieta, quien de incógnito y acompañada de la princesa

de Lamballe, presenciaba la función desde un palco proscenio. María

Antonieta quiso probar la sopa, y de este modo, ella y la Montansier se

conocieron y fueron amigas. Poco después, y merced al favor de la Reina,

Margarita construyó en la calle Réservoirs otro teatro más grande y

lujoso, que llegó á ser una especie de «antesala» de la Comedia

Francesa, ya que allí debían examinarse todos los artistas que aspiraban

á pisar el escenario sagrado de la calle Richelieu.

Tantos quehaceres no bastaban á satisfacer ni la actividad ni la

ambición de la joven actriz, quien la noche del 12 de Abril de 1790,

abría, con el nombre de «Teatro Montansier», las puertas del clásico

coliseo del Palais-Royal. La inauguración fué un éxito completo.

Representáronse «Los esposos descontentos», ópera cómica de Dubuisson y

Storace, y «El sordo», comedia en tres actos, de Desforgues; y el

público, que había pagado los palcos á dos y tres libras, no cesó de

aplaudir á los artistas. La Montansier y Neuville estaban encantados; el

empresario, un buen abate llamado Bouyon, que amaba á la Montansier

paternalmente, y á quien años después, en un motín, colgaron de un

farol, se frotaba las manos...

Amén de una inteligencia siempre despierta y de una voluntad que jamás

conoció los desmayos y cobardías de la fatiga, la Montansier poseía el

don de la oportunidad; esa rara virtud, casi omnipotente, que guarda el

hito de todas las victorias.

En el mes de Junio de aquel mismo año, el Gobierno, que anhelaba

celebrar el primer aniversario del asalto de la Bastilla y comprendía

que los trabajos de demolición estaban muy atrasados, invitó al pueblo á

tomar parte en ellos.

«Esta invitación cívica--dicen Bordier y Chartón en su «Historia de

Francia»,--electrizó todas las cabezas; las mujeres participaron del

general entusiasmo y lo propagaron; los estudiantes, los seminaristas,

hasta los mismos frailes, dejaban sus claustros y corrían al Campo de

Marte, con un pico al hombro».

La Montansier no fué la última en corresponder al patriótico

llamamiento, y secundada por el obediente Neuville, cerró su teatro y

acudió al Campo de Marte, al frente de una risueña compañía compuesta de

autores, músicos y comediantes. Muchas mujeres imitaron su ejemplo, y

esto aumentó su popularidad. Ella, finalmente, decretó el traje que las

parisinas que deseasen contribuir á la patriótica labor, debían de usar.

Era algo muy frívolo, muy de bazar, pero muy bonito: un trajecillo de

muselina gris, que disimulase bien el polvo; medias y zapatos del mismo

color, y un ancho sombrero de paja adornado por una escarapela. En los

diminutos azadones que esgrimían, ardían flores y cintas tricolores...

Además de actriz notable y de empresaria de iniciativas y recursos

inagotables, fué la Montansier una de esas mujeres envolventes en

quienes el arte de sumar simpatías y de saber servirse de ellas, es algo

innato y natural. Así, en su casa, que un corredor ponía en comunicación

con su teatro, Margarita reunía todas las noches á los prohombres de

aquella época de furiosas tormentas políticas, y bajo los ojos

conciliadores, un poco burlones, de la actriz, los Montañeses y los

Girondinos deponían sus odios pasajeramente y se daban las manos.

Sentados indolentemente sobre los largos divanes de aquella casa

indulgente, artistas llenas de belleza y de gracia, y hombres temibles

llenos de voluntad, hablaban de política ó charlaban de amor: allí se

conocieron el actor Volange y el duque de Orleans; allí nació la amistad

de Bonaparte, desconocido aún, y de Talma; por allí pasaron también las

cabezas poderosas que poco después, y una tras otra, habían de

acrecentar la fama siniestra de Guillotín: Camilo Desmoulins, San Jorge,

Barrás, Dantón, Marat, Robespierre...

Cuando Francia sufrió la acometida de las naciones coaligadas, la

Montansier, queriendo disipar el mal recuerdo de su amistad con la

difunta María Antonieta, organizó y puso bajo las órdenes inmediatas de

Neuville un lucido batallón compuesto de actores, autores, figurantes y

maquinistas. También se alistaron como cantineras y Hermanas de la

Caridad, varias actrices. Este pelotón de voluntarios se portó

bizarramente en la sangrienta jornada de Jemmaques, donde el general

Dumouriez se cubrió de gloria. Entonces la Montansier, que así sabía

vencer como sacar partido de sus victorias, formó una compañía

dramática, al frente de la cual corrió á reunirse con sus compañeros, y

sobre el mismo campo de batalla dió, para recreo y esparcimiento de las

tropas, una función teatral al aire libre.

Estos rasgos magistrales de ingenio y de oportunismo, no bastaron, sin

embargo, á serenar la desconfianza que inspiraba á los demagogos, y la

Comunne la encarceló, so pretexto de que el «Teatro Nacional»,

levantado por la Montansier en la plaza de Louvois, y que luego se llamó

«Teatro de la República y de las Artes», fué construído «con objeto de

poder quemar á mansalva la Biblioteca Nacional».

Cuando la Montansier recobró la libertad, su voluntad, nunca domada, aun

tuvo bríos para dirigir otras campañas teatrales, organizar compañías

nuevas y exigir al Gobierno, como indemnización á los daños que la había

ocasionado injustamente, ¡siete millones de francos!...

Pero ya la Montansier se sentía vieja, usada; sus antiguos amigos y

protectores habían muerto, y su espíritu, aunque siempre animoso, había

perdido aquella elasticidad rebelde de los años tempranos. Entonces la

célebre aventurera miró á Neuville, el bondadoso Honorato, su primero y

también su último amor, y se casó con él...

Falleció la Montansier el día 13 de Julio de 1820, á la edad de noventa

años. El público que concurría á los jardines del Palais-Royal, conocía

de vista á esta viejecita de cabellos plateados, que todas las tardes,

desde su ventana, posaba la mirada de sus largos ojos inteligentes sobre

aquella multitud, donde ya no quedaba ninguno de los hombres que la

amaron.

Con esta mujer empieza la historia del Teatro francés en el siglo

XIX...

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 20 / 48 题