CÓMO ESTUDIAN LOS ACTORES

¿Quién podría medir las miríadas de ideas, de voliciones, de recuerdos,

de anhelos, vertiginosamente minúsculos, que cooperan al génesis de una

obra literaria?

Es evidente, con evidencia vertical que no necesita limitaciones ni

comentarios, que los agentes capitales de la producción mental son el

«momento nervioso» por que atravesaba el artista, la orientación

pasajera de su espíritu, la cantidad de sangre que circulaba por los

capilares de su cerebro durante aquellas horas de convulsión creadora; y

un poco detrás, las grandes tendencias de su carácter, sus alegrías ó

sus abatimientos recientes, su idiosincrasia y otros varios detalles

étnicos, que ponen á la historia de cada individuo un largo proemio.

Pero aún hay otros factores: son todas las lecturas, todas las

impresiones que fué recogiendo en su camino por la vida, todas sus

ufanías y desengaños de un instante, todo ese «polvillo de realidad» que

sobre el espíritu va depositando la experiencia, lo que desde lejos,

desde muy lejos, influye más ó menos eficazmente en el definitivo entono

y arquitectura de la obra artística. Sumemos todo ello, y teóricamente

(porque el humano cálculo nunca puede descender á profundidades tan

arcanas), veremos cómo el fruto de Belleza, sea libro, página musical,

lienzo ó escultura, es el cociente de cuantas ideas surcaron el alma del

artista desde su niñez más remota, el acorde sinfónico de cuanto ha

oído, la síntesis pasmosa de todo lo que ha visto.

La fisiología ó mecánica de ese maravilloso fenómeno que llamamos

pensamiento, es bien sencilla: el artista recibe directamente las

impresiones sensitivas, las amolda á su temperamento, las devuelve

después. Nada más.

La labor del comediante, en cambio, es más compleja, porque en ella

interviene otro elemento inspirador: el autor. Quiero decir que el

«cómico», al mismo tiempo que busca personalmente en la naturaleza los

insustituibles acicates inspiradores de su arte, ha de examinarla á

través del criterio de los dramaturgos que interpreta, y componérselas

de modo que el estudio «directo», que es el de la naturaleza, y el

tortuoso ó «reflejo», que es el de los autores, se complementen y

fortifiquen de suerte tal, que lo «vívido» confirme lo leído, y esto, á

su vez, ratifique y corrobore lo por él visto y escuchado.

Aquí reside la dificultad suprema del arte teatral, el abismo de

imperfección que constriñe á los grandes comediantes á esfuerzos

inacabables de observación y estudio. Téngase presente que el escritor,

cuando produce, «ve» y «oye» simultáneamente á sus personajes, cual si

tras el «telón corrido» de la frente las ideas maniobrasen en un

diminuto escenario, y que más tarde el actor, si quiere ser perfecto, ha

de hallar dentro de sí mismo aquella voz y aquellos gestos que antes

vibraron en el cerebro del artista genuinamente creador.

«Es necesario--dice Iffland,--que el actor se aplique á explicarnos por

qué razones el personaje es tal como allí aparece, y qué circunstancias

depravaron su alma; siendo, en suma, el paladín oficioso del carácter

que representa.»

Ello supone una fusión completa, una identificación sin omisiones ni

suturas, entre el dramaturgo y el comediante, un dilatado trabajo de

penetración que éste habrá realizado para capturar cuantas vibraciones

agitaron el alma de aquél. Así no debe extrañar que actores como

Zacconi, como Novelli, como Coquelin, esos reyes del gesto que han

bordado las perfecciones supremas de su arte, tengan un repertorio

pequeño; los Balzac no abundan; la intensidad, grata á los atenienses,

generalmente se logra á expensas de la cantidad, que admiran los

bárbaros. Hay tipos, como el de Hamleto, cuyo estudio bastaría á llenar

la vida de un actor. «Mis meditaciones acerca de este carácter--dice

Macready,--han perdurado hasta el final de mi carrera».

Para obtener tan elevadísimos grados de selección, el comediante no sólo

habrá de pulir su espíritu, sino también educar su rostro, su voz y sus

ademanes, de suerte que todo ello, en un preciso momento, vibre al

servicio de la misma expresión.

«La vida--escribe Rafael Salillas,--es una obra que se desenvuelve en

nuestro interior y que tiene en la fisonomía su escenario, un escenario

que cambia, que no es el mismo en la sucesión de los tiempos, que

empieza por ser un teatro Guignol y se muda en teatro cómico y dramático

y trágico, y lírico también y de todas las variedades conocidas: género

chico y género grande.»

Lo que el ilustrado médico dice, refiriéndose á las evoluciones por que

pasa la cara de los niños, es perfectamente aplicable al semblante de

los actores. Considérese que, como el mar acepta todas las presiones del

viento, así la fisonomía del comediante queda obligada á traducir

cuantas impresiones le imponga el dramaturgo. Estos, ya lo sabemos,

jamás saben expresar acabadamente lo que piensan, y todas sus

creaciones, aun las más perfectas, son aspectos ó «aproximaciones» de un

ideal estético, que el abismo infranqueable que divorcia al fondo de la

forma, hace inaccesible. El tormento de la frase lo han padecido los

genios mayores; si Shakespeare hubiese podido decir todo lo que quiso,

su gloria sería infinitamente más grande. Toda obra, por tanto, deja en

el ánimo de su creador la inquietud de algo inconcluído, de algo no

dicho, que inmediatamente le impulsa á escribir otra... y otra después.

Así el semblante de los actores: sus facciones deben aspirar á poseer

aquella movilidad que el autor lleva en el pensamiento; sus ojos, sus

labios, su entrecejo, constituirán un libro de infinitos tomos, un

«devenir» inacabable. Es el escenario, unas veces cómico, otras trágico,

por donde sucesivamente resbalan todas las gracias, todas las muecas

torvas, todos los guiños del juvenil contento, de las pasiones, de la

melancolía viril. Cada expresión nueva, por tanto, que el actor

descubra, debe constituir una verdadera y legítima obra de arte.

Análogas consideraciones podrían hacerse á propósito de la voz. Como los

ojos, la garganta de un actor excelente puede expresarlo todo, ó, al

menos, «apuntar» panoramas psíquicos muy diversos, que no es más

generoso en policromias el espectro solar, que lo es la escala

cromática en penumbras y matices de armonía.

Lo acredita así la costumbre que muchos profesores franceses de

declamación tienen de que sus alumnos traduzcan, con una frase vulgar

cualquiera, estados de ánimo diferentes. Por ejemplo, el discípulo habrá

de exclamar:

--¡Hola..., un perro!...

Alternativamente, según las inflexiones de la voz, estas tres palabras

le servirán para revelar alegría, terror, cólera, fastidio,

indiferencia. Todo el encanto radicará en la dicción, en la distribución

hábil, apenas perceptible, de los acentos, en la suavidad con que la

intención resbale de una sílaba en otra. Es una gimnasia de inagotables

actitudes, un dinamismo altamente educador, que suelta, fortalece y

sutiliza la anatomía del aparato vocal. ¿Se me dirá que tantos

refinamientos son excesivos?... ¡No! De esto y de bastante más necesitan

ser capaces los buenos actores. ¿Acaso ellos, sobre el escenario del

teatro, no deben hallar, como nosotros en el escenario de la vida, la

exactitud de esos gritos ó de esas modulaciones que, en determinados

momentos, son como miniaturas maravillosas de cuanto fuimos y hemos de

ser?

M. Andrieux dividía á los comediantes en tres grupos: los que «cantan»,

los que «gritan» y los que «hablan».

Vulgarmente, los artistas dramáticos empiezan «gritando» sus papeles.

Esto suele indicar exceso de facultades, y también emoción, falta de

imperio sobre sí. Es un defecto que la misma Sara Bernhardt ha padecido:

á la vista del público, un estremecimiento nervioso la obligaba á

crispar los dientes, y por entre sus mandíbulas cerradas la voz pasaba

sibilante, con una dureza metálica que después muchos actores,

equivocadamente, han querido imitar. Otros comediantes «cantan»; éstos

son peores: son los esclavos del «latiguillo» odioso, los siervos del

ritmo, en quienes la costumbre de «oírse» mata el hechizo avasallante de

la emoción. Para obviar ambos defectos, el actor necesita tener presente

que la perfección suma de su arte es «la naturalidad». El actor que,

sabiendo de memoria su papel, lo diga, no como quien «repite», sino como

quien «improvisa», esto es, hablando desenfadadamente unas veces,

tartamudeando otras, según acontece en la vida, habrá conseguido darnos

la sensación de la realidad.

A estas excelencias, que pudiéramos denominar adquiridas ó de estudio,

necesita el actor añadir una gran capacidad de asimilación y cualidades

físicas nada vulgares. Un comediante bizco, patizambo ó jorobado, por

mucho genio que tenga, nunca logrará imponerse ni agitar el corazón de

las multitudes. Como los profetas, como los oradores, como todos los que

triunfaron con el gesto, el actor necesita ser bello. A despecho de los

siglos, Grecia y Roma viven en nosotros. Adoramos la línea. A

«Cuasimodo» le perdonamos el extravío de su espina dorsal, porque

sabemos que, bajo su joroba de bufón, hay un buen mozo.

Dumas (hijo) creía que un comediante podía triunfar sólo con la

emotividad, con lo que él denominaba «el demonio interior». El veterano

crítico Francisco Sarcey, se muestra más iconólatra; proclama la

importancia de la forma. «Al público--dice,--se le seduce con una buena

figura y una voz expresiva. Lo demás es obra del instinto».

El antiguo comediante y luego profesor del Conservatorio,

M. Worms, también reconoce la supremacía de la escultura.

«Primeramente--escribe,--las cualidades físicas son indispensables: la

voz, que tan decisiva influencia ejerce sobre el público; la mirada, ese

reflejo intenso del pensamiento, sin el cual no puede haber comediante

bueno; un temperamento nervioso y sensible; la capacidad de

«exteriorizar» rápidamente, un don de observación robusta, y memoria,

capacidad que desempeña papel importantísimo en el funcionamiento ó

dinámica de todas estas facultades.»

Coquelin, más astuto, establece ciertas clasificaciones: para traducir á

los clásicos exige una irreprochable «dicción»; para la interpretación

de obras inferiores, una buena presencia, y en la voz un «tic»

agradable.

Mounet-Sully, sólo quiere que el comediante tenga «sensibilidad,

imaginación». Pero esto es raro: los actores todos, desde Mélingue á

Luciano Guitry, piden para sus compañeros, antes que genio, elegancia y

belleza.

A propósito de esto, podrían citarse muchas anécdotas. Cuentan que

cierta noche, M. Dormeuil, director del antiguo teatro del Palais-Royal,

le dijo á Derval, al hermoso Derval, que entonces empezaba su carrera y

tenía el pelo muy rubio y las cejas muy abundantes y negrísimas:

--Hijo querido, quítese usted esas cejas; hoy se las ha pintado usted

demasiado.

Sorprendido el actor, repuso:

--¿Cómo? ¿Que me las borre?... ¡Pero si son mías!

El bondadoso M. Dormeuil reparó mejor.

--Es cierto--dijo.--¡Oh! Usted triunfará pronto. En usted esas cejas

constituyen una originalidad y un contraste más.

La observación es justa. Como Derval, otros muchos actores han acelerado

la hora de sus éxitos, merced á la expresión sugestiva de sus facciones.

Sirva de ejemplo Antonio Vico: yo creo que la mitad de su poder trágico

residió en el bosque hirsuto, terriblemente amenazador y elocuente, de

sus cejas irritables.

Claro es que, por obra de ese poder mejorador que la función ejerce

sobre el órgano, así como la gimnasia desenvuelve los músculos del

acróbata, de modo análogo la costumbre de fingir una y otra vez las

mismas expresiones, perfecciona las particularidades fisonómicas de los

artistas de teatro, educa la línea de los labios, dá expresión á la

frente y al mento, agranda los ojos, de suerte que hallaremos

constantemente en los actores veteranos una diversidad de miradas y de

guiños, que nunca tiene el rostro del comediante joven.

Pero la educación del semblante no basta: la distancia que separa al

escenario de las butacas, la riqueza de las decoraciones, y más que

nada, el resplandor de la batería «comen» mucho; es decir, merman la

importancia de las figuras, las empequeñecen y emborronan, y de ello ha

nacido el _maquillaje_ ó arte de fortalecer ó «abultar» las expresiones,

de modo que éstas puedan llegar al público en su absoluta intensidad y

pureza.

El _maquillaje_ es al semblante lo que éste es á la idea: algo que lo

reanima, que le dá plasticidad y relieve, una especie de careta ó de

«segundo rostro», que, unido al primero, al rostro real, coopera á la

«materialización» perfecta, acabada, del pensamiento del autor.

Todos los grandes artistas de teatro han reconocido la importancia del

_maquillaje_, cuya invención se atribuye á Daniel Bac, famoso actor bufo

de en tiempos del segundo imperio. El célebre Lafont no tardaba nunca

menos de tres horas en pintarse; y M. Febvre se extraña de que en los

Conservatorios no haya una clase especial donde los alumnos puedan

aprender, razonadamente, el arte de caracterizarse.

El _maquillaje_, en efecto, constituye una especie de rinconcito de la

ciencia, cuyo discreto cultivo requiere ciertos conocimientos

anatómicos. Caracterizarse como suelen hacerlo José Santiago ó Simó

Raso, que supo ofrecernos en «El rayo verde» y en «Los malhechores del

bien» dos «cabezas» inolvidables, es muy difícil. Requiere saber todos

los secretos habladores de la fisonomía: las arrugas por donde corre la

burla, los pliegues del abatimiento, los surcos de la desconfianza y de

la cólera; y conocer también, como un pintor, la armonía que debe mediar

entre las pelucas y añadidos y las expresiones del semblante, el modo de

ensanchar los ojos, de aviejar la boca, de dar á los labios aquella

expresión y aquel color más en consonancia con las palabras que han de

decir.

Además, estos minuciosos detalles coadyuvan á esa autosugestión, tan

preciosa para el arte del comediante. El traje influye en el actor: la

trusa y la espada inspiran por educación, acaso por atavismo, pruritos

romancescos de aventuras y conquistas; un traje de labriego predispone á

las zancadas desvaídas, á los ademanes torpes; una peluca de «viejo»

induce á encorvarse hacia adelante y á deslizar temblequeos de

ancianidad en las manos y en la voz.

Cuenta Ginisty, á propósito de esto, la historia tierna y conmovedora de

cierto actor fracasado que, no pudiendo ya presentarse en público,

servía de segundo apunte y para hacer «una voz» desde bastidores. La

noche en que se estrenó la comedia «Un señor ó una señora», el anciano

actor debía representar, «desde dentro», el papel de un postillón. Para

lo cual, cediendo á su inveterada costumbre de caracterizarse, se vistió

de pies á cabeza, y se tiñó la nariz y las mejillas de rojo, dándose de

ese modo á sí mismo la impresión de que era un cochero borracho. Sus

camaradas le embromaban por aquel celo, que estimaban inútil.

Pero él repuso:

--No lo creáis: esto me ayuda á «entonar las palabras».

Amén del examen constante, insaciable, de la obra que han de

representar, los actores deben aplicarse á rebuscar en la realidad

cuantos elementos puedan robustecer las impresiones que las lecturas les

proporcionan, y dar á la ficción escénica visos de hecho verdadero y

vívido.

Como los pintores, como los novelistas, los actores buscan en la calle,

en el ateneo ó en la taberna, datos ó croquis que luego adaptarán á las

figuras ó caracteres que quieren interpretar. Algunos comediantes que,

como Coquelin y Pepe Santiago, saben algo de dibujo, tienen un álbum

donde apuntan ligeramente las cabezas y los gestos que más interesaron

su atención.

Regnier de Maligny, en su «Manual del comediante», dice que éstos

necesitan conocer los tipos reales y estudiar principalmente:

«En «el campo», la voz, los ademanes, sencillos y francos, de los

campesinos. En «las iglesias», á los verdaderos y á los falsos devotos.

En «las audiencias», á los abogados, á los fiscales y á los jueces. En

«los hogares de los nobles y de los ricos», á los criados y á los

subalternos arrogantes. En «los palacios de los príncipes», á los que

los custodian y á cuantos van allí de visita. En «los cementerios», á

los parientes verdaderamente afligidos y á los herederos que aparentan

estarlo».

Los consejos de este viejo «Manual», un poco pueril, son, en el fondo,

de una exactitud insuperable. Jamás la agilidad creadora del genio

iguala la fecundidad inexhausta de la naturaleza; todos los caracteres

que novelistas y dramaturgos desde Corneille hasta Rostand, han

inventado, no suman la muchedumbre de tipos, de temperamentos y de

familia, que pueden pasar ante nuestro balcón en el espacio brevísimo de

una hora. Algunas de esas «huellas» que la realidad dejó en la formación

ó ideación de un personaje escénico, han pasado á la historia. Garrick

declara en sus «Memorias» que los gritos, muecas y lívida desesperación

de cierto amigo suyo que perdió el juicio porque una hija de dos años se

le había caído á la calle desde un balcón, le sirvieron después para

componer el borrascoso carácter del «rey Lear».

Después de tan múltiples y prolijas meditaciones, llegan los ensayos

llamados «de mesa», que algunos directores de escena tan peritísimos

como Fernando Díaz de Mendoza, estiman adversos á la espontaneidad que

debe dar gracia y frescura á la labor del comediante; luego los ensayos

de conjunto ó generales, donde cada actor se habitúa á conocer el

verdadero sitio que ocupa en la obra con relación á los otros

personajes, y, finalmente, la noche, siempre pavorosa y terrible, del

estreno.

La actriz inglesa Cristina Nilsson, dice: «No son artistas los que

pretenden ignorar esa hiperestesia dolorosa que precede á los «débuts».

Son contados los artistas que, como el malogrado Antonio Perrín,

conservan, en medio de la sobresaltada emoción general, el amistoso buen

humor de su sangre fría. Vico, en los entreactos, permanecía absorto.

María Tubau rehuye toda conversación. Pepe Rubio busca la soledad y va y

viene, la vista fija en el suelo, las manos cruzadas á la espalda. Son

noches de fiebre en que, de telón adentro, nadie nos estrecha la mano,

en que parece que nadie nos conoce...

El pánico de esas horas crueles obliga á muchos comediantes á adoptar

ciertas precauciones. Algunos buscan á sus nervios un acicate en el

ayuno; otros procuran irritarse momentáneamente, artificialmente, para

no sentir el «miedo al público». Talma, por ejemplo, antes de salir á

escena, arremetía á su criado, le abofeteaba, le insultaba:

--¡Traidor... miserable... ponte de rodillas!...

Esto le permitía autosugestionarse mejor; después se iba. En la mucha ó

poca rudeza de aquellos golpes, conocía el pobre servidor la tensión

nerviosa en que su amo se hallaba.

--Hoy--decía,--M. Talma me ha pegado muy fuerte; trabajará bien.

Otros artistas, por el contrario, buscan la codiciada perfección en la

serenidad, en cierta laxitud íntima que les deja sentir mejor. Así,

Adelaida Ristori, la víspera de los grandes estrenos, visitaba un

cementerio, y leyendo los epitafios se conmovía hasta el llanto con

aquellas expresiones del «humano dolor». Y Fanny Kemble, horas antes de

interpretar por primera vez el papel de «Julieta», se fué al parque de

San Jaime á leer el libro de Blum, titulado: «Principales caracteres de

las Santas Escrituras», «porque aquello--dice,--servía de excelente

sedativo á la exaltación de mi cerebro».

El público, que al penetrar en un teatro adquiere con el billete de su

localidad el derecho á que le diviertan, desconoce todos esos obstáculos

que amargan los éxitos, fáciles al parecer, del comediante. Estos, por

su parte, también los ignoran. Si los supiesen, al salir del

Conservatorio, la carrera del arte escénico aparecería ante ellos como

una cuesta agria, inhospitalaria, casi inaccesible, que tratarían de

subir muy pocos.

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 19 / 48 题