EL PÚBLICO

Examinando atentamente y con algo de mala intención las obras de

nuestros novelistas, no es difícil sorprender en ellas inseguridades de

desarrollo, titubeos y frivolidades de concepto, que atestiguan cuán

menguado ó somero es el lastre científico de sus autores. ¿Y cómo no,

cuando para muchos de ellos, todo, en literatura, es cuestión de

forma?...

A este reproche justísimo los aludidos podrían redargüir que los libros

de «vulgarización científica» de los naturalistas y de los médicos

adolecen del defecto contrario: todos ellos descubren un desconocimiento

«práctico» de los hombres y de las cosas, la ignorancia que tienen de la

vida esas buenas almas, apacibles y sabias, que maduraron en la

austeridad candorosa de los laboratorios y de las bibliotecas; son obras

frías, en las que falta ese complejo perfume de vicios, de virtudes, de

alegrías ingenuas y también de recóndito dolor, que constituye lo que

apropiadamente podríamos llamar «olor á humanidad».

Yo estoy seguro de que si el amenísimo Gustavo Le Bon, después de

estudiar concienzudamente «el alma» de los pueblos asirio y caldeo, y de

buscar en Herodoto, y de aprenderse de memoria páginas de Suetonio y de

Salustio, se hubiese tomado el trabajo de frecuentar durante dos ó tres

temporadas los bastidores de un teatro, hubiera podido aljofarar con

muchos y muy nuevos y curiosos «puntos de vista» su famoso libro

«Psicología de las multitudes».

Nada, en efecto, ayuda tanto á escrutar la vida, como la «contrafigura

de la vida»; es decir, el teatro, porque sobre el escenario, ante el

resplandor de la batería y entre rocas de madera y muros y horizontes de

trapo, laten el amor, los celos, la ambición, la codicia, el disimulo,

todas las ruindades y pasiones, en fin que riñen y se cotizan en el

cruel mercado humano; que es la farándula, lector, «un mundo» abreviado

ó miniaturizado, «del mundo»...

Así, para conocer pronto á un pueblo, no nos detengamos á examinar sus

museos, ni sus bibliotecas, ni sus periódicos, ni menos sus costumbres,

pues todo esto--lo último especialmente,--exige hondos y sostenidos

sacrificios de atención; nos bastará con estudiar sus teatros. En el

escenario, como sobre un espejo, el ánima de la estirpe se retrata. Poco

importa que «los intelectuales» comulguen en estas ó aquellas tendencias

estéticas, pues todas esas «modas de belleza» son accidentales y

pasajeras: lo importante para el _turista_ que por primera vez se asoma

á una ciudad, es «el rebaño», la multitud abigarrada y omnipotente; y

ésta, en sus juicios, siempre fué inconsciente y unilateral.

El espíritu irreflexivo y nuboso de los pueblos septentrionales vibra en

las obras de Ibsen y de Bjorson, sus dramaturgos predilectos; los

teatros londinenses copian el carácter inglés, frío y correcto, incapaz

de batir palmas en honor de ningún artista; el carácter alemán, carácter

fuerte, enamorado sanamente de la diosa Risa, se refleja en comedias un

poco grotescas, llenas de traviesa hilaridad; como el alma francesa se

burla y coquetea en las obras de Lavedán, de Bataille y de Capus; obras

eclécticas, como dictadas por la gran indulgencia de un supremo

cansancio. En cambio el alma española, hosca y rebelde, reaparece en su

insana afición á los dramas sanguinarios, inspirados por ideas atávicas,

homicidas, de valentía y de honor, como la caliente idiosincrasia

italiana clarinea violenta en las tragedias--tragedias infernales de

sangre y de hollín--con que asombran á Europa Grasso y Aguglia Ferrau

en sus _tournées_.

En estos largos trazos ó contornos, el alma de cada pueblo no varía, y

siempre aparece única y semejante á sí misma. Mas dentro de ésta aun

restan por estudiar muchos detalles, muchos dintornos imprevistos, que

constituyen el gran espíritu temblequeante de las multitudes; y para su

perfecto conocimiento y análisis, nada tampoco más útil que el teatro.

«El público» es un demonio raro, una conciencia que, á pesar de su

propensión á lo rutinario, á lo instituído, ofrece anomalías extrañas,

crisis momentáneas, fuera de toda lógica y razón, en que el espíritu

enorme de la colectividad se retuerce y ríe ó ruge, como una mujer en un

ataque de histerismo.

¿A qué motivos deben achacarse esas contorsiones icarias de la

multitud?... Nadie podría decirlo; pero los comediantes que luchan con

ella diariamente, las adivinan y las temen, por lo mismo que ni su arte,

ni aun la experiencia--madre ubérrima de todo saber--les dá ardides

seguros para combatirlas.

--Hoy el público--dicen,--viene de mal humor.

Este grito de alarma lo dá el apuntador, el traspunte, el racionista,

que, distraídamente, se detuvo á mirar por el agujerillo del telón de

boca, cualquiera... Tratándose de esto, ningún «hombre de teatro» se

equivoca. Si le preguntásemos al que lo dice el «por qué» de su

afirmación, probable sería que no supiese contestarnos. Pero, no

importa: seguros debemos estar de que no yerra y de que el peligro

existe; es algo amenazador que flota en el aire, que vibra, como un

gruñido de cólera, en el estrépito con que los espectadores van ocupando

sus asientos.

La noticia ha corrido por los bastidores, ha penetrado en el saloncillo

de autores, ha llegado también á los «camerinos», donde las actrices

acaban, entre risas, de alegrar con carmín la frescura bermeja de sus

labios. Durante un momento todos quedan preocupados; «hoy el público

viene de mal humor». ¿Qué sucederá cuando el telón se levante?... Y por

las frentes pasa un gesto de inquietud; han sido aquellas palabras como

una corriente de aire frío...

Las mujeres son las más sensibles á esta emoción miedosa: Rosario Pino,

Nieves Suárez, Lolita Bremón (las devotas abundan) antes de salir á

escena se persignan llenas de unción; Ramona Valdivia coge «su papel» y

lo repasa febrilmente, haciendo un último y desesperado esfuerzo de

memoria; la misma María Guerrero, tan dueña de sus nervios y de «su

público», palidece y en el livor del rostro la nariz diríase que se

encorva, y que los ojos, los grandes ojos trágicos, se inmovilizan y

oscurecen.

Y es que todos los artistas, aun los más independientes y de

personalidad más firme, son esclavos de la multitud; el gran enemigo

cuya voluntad multiforme palpita hostil en la amplitud de la sala.

Otras noches, en cambio, «el público está bueno». ¿Por qué? Tampoco se

sabe; pero es así, y actrices y actores acuden entonces al escenario

rientes y tranquilos, como á una fiesta.

Dentro de estos, que podríamos llamar «antojos ó caprichos de la

opinión», hay reglas constantes: el público, v. gr., de los sábados y

domingos, «es malo»; el de las tardes, «bueno», y más accesible que

ningún otro á la emoción de la risa; el público de los estrenos es el

más descontentadizo, pero también el más respetuoso y atento. Pero,

dentro de estas líneas generales, se producen aberraciones

inexplicables: hay en las obras teatrales donaires de situación ó de

frase que unas noches son reídos y otras no; como hay momentos

dramáticos que unas veces dominan en absoluto la atención de la

multitud, y otras, sin razón concreta ninguna, la dejan impasible.

El origen de estas mascaradas del sentir colectivo es lo que los

comediantes ignoran y lo que todavía ningún psicólogo ha explicado. Yo

creo que en tales extravagancias del humor influyen los vaivenes

políticos, las jugadas de Bolsa, y, más que nada, el tiempo; una noche

de lluvia y de ventisca agría el carácter de los espectadores, y, sin

que ellos lo adviertan, les irrita y predispone á la protesta; la noche,

en cambio, que sigue á un día tibio y soleado, inclina á los espíritus á

la indulgencia, el aplauso y la risa. ¡Tan poco somos, tan poco valemos,

que todo el rumbo de nuestras ideas basta á cambiarlo á veces un simple

vaso de vino ó un rayo de sol!

Y es porque el alma del público, esa alma que creemos enorme y terrible,

es, en el fondo, un alma frágil y movible de mujer.

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 18 / 48 题