LAFONTAINE

Aquella noche, después de cenar, los dos viejecitos cayeron en la cuenta

de que á Enrique Thomas, que ya pasaba de los dieciséis años, era

necesario enseñarle un oficio. En una carrera no había que pensar; los

pobres, como ellos, no deben poner el hito de sus ambiciones tan alto.

--Si fuese carpintero...--dijo el padre:--porque en París los

carpinteros ganan mucho.

--Mejor sería ebanista.

--O sastre...

Hubo un silencio.

--¿Y si le hiciésemos cura?--exclamó la madre.

Y la opinión de la buena viejecita, que era muy católica, prevaleció.

Enrique Thomas entró en un seminario.

Repentinamente, el futuro actor, que más tarde había de pasar á la

posteridad bajo el seudónimo de «Lafontaine», se halló con las manos

cargadas de libros soporíferos, que le hablaban de asuntos trascendentes

y graves, y preso el suelto y gallardo cuerpo juvenil entre los negros

pliegues de una sotana. Fué su primer disfraz.

Desde las ventanas del seminario, en las horas dulces de asueto, Enrique

Thomas oteaba el campo verde, y desde el remoto horizonte, voces

aventureras, voces de libertad y rebeldía, fascinaban su alma peregrina

de bordelés. Cada camino que se alejaba serpeando, cada buque que salía

del puerto, susurraban en sus oídos una canción de adioses. Sin duda

eran interesantes la Metafísica aristotélica y la _Suma_ de Tomás el

divino; pero más bello era «vivir» enamorado de unos labios rojos,

dormir al pie de un árbol, saludar desde la cresta de un monte la salida

del Sol.

Y una madrugada, Enrique Thomas, alucinado por los trinos arpados de las

alondras, brincó los altos muros que circuían la huerta del seminario y

huyó de Burdeos. Su éxodo fué breve. Otra mañana, un gendarme le detuvo,

le pidió «sus papeles», y hallándole indocumentado, le volvió á la casa

paterna.

¡Pobre fugitivo!... Sus progenitores no tuvieron para él ningún gesto

cordial: apenas le hablaron; en sus sobrecejos, endurecidos por la

cólera, no había perdón.

--Si no quieres ser cura, serás grumete--ordenó el padre.

Y pocos días después, Enrique Thomas salió de Burdeos en un bergantín,

peor para él que un presidio. Allí, bajo la férula tiránica del patrón,

trepó á las vergas, mondó patatas, hizo guardias penosas. Aquella

existencia duró tres meses, y fué para él lo que para muchos toreros la

primera cornada. Lafontaine sintió el miedo de vivir, el horror

silencioso de esa lucha por el pan, que sólo desenlaza la muerte.

Cuando regresó á Burdeos declaró que no volvería al mar, y

sucesivamente, trató de ser carpintero, herrero, broncista, sastre...

Pero su complexión bohemia era más fuerte que su voluntad, y como antes

en el seminario, ahora en el taller su alma de vagabundo languidecía.

¡Qué tediosos los días: las noches qué largas, qué iguales!...

Lafontaine huyó otra vez, y sus biógrafos le encuentran en París

vendiendo de casa en casa las obras por entregas que publicaba el editor

Lachatre: novelas folletinescas, libros de viajes, libros de Historia,

de Geografía, de Arquitectura. Enrique Thomas iba leyéndolos por las

calles, devorado su espíritu por una comezón repentina de saber, y luego

los vendía, empleando para ello su pintoresca y abundante verbosidad

meridional. Su clientela adoraba en él; era simpático, envolvente,

inagotable. Jamás tuvo el editor Lachatre un representante igual.

Cierta noche Lafontaine vió en el teatro de la Porte-Saint-Martín á

Frédérick Lemaitre, al gran Frédérick, romántico y enorme como Hugo, «y

su alma--dice Daudet,--experimentó esa trepidación reveladora que sólo

sienten los artistas y los amantes». Enrique Thomas se decretó un

porvenir.

--Seré actor--dijo.

A la noche siguiente fué á visitar al viejo y popularísimo Sevestre,

protector de los comediantes jóvenes y especie de cacique ó de

gobernador general de todos los pequeños teatros de los arrabales

parisinos. Contaba á la sazón Lafontaine poco más de veinte años: era de

mediana estatura y recio de hombros, y al mirar ladeaba la cabeza en un

gesto resuelto y simpático de desafío; tenía la boca byroniana, triste y

audaz; los ojos, fulgurantes; el mento, conquistador; la nariz,

respingueña y cínica; el ademán, amplio; la frase frondosa y colorista.

Todo en él era fuego, conversación, impulso; el gesto se adelantaba á la

palabra; la palabra á la idea. Su alma parecía un desbordamiento.

Tanta vivacidad y tanta belleza impresionaron las viejas pupilas, llenas

de experiencia, de Sevestre.

--¿Tú has trabajado alguna vez?--le preguntó.

--Nunca.

--Entonces...

--Pero no importa. He visto representar á Frédérick, y sé que sirvo; lo

sé... ¡Me atrevería á hacer lo que él hace!...

Había en sus afirmaciones exaltación inquebrantable, fe inmensa,

contagiosa; ¡demonio de muchacho!... Y Sevestre, bonachón, se dejó

convencer, y Enrique Thomas «debutó». Su viril hermosura interesó á las

mujeres; sus ojos, ardientes, emocionaron; su voz, metálica,

admirablemente templada, como la de Talma, para orquestar la furiosa

sinfonía de las pasiones, hizo vibrar las almas. El público aplaudió, y

Enrique Thomas, después de trabajar algún tiempo en los teatros de

Sceaux y de Grenelle, pudo pisar el escenario glorioso de la

Porte-Saint-Martín.

Su primer maestro fué Frédérick Lemaitre. El famoso actor, que entonces

llegaba al cénit deslumbrante de su celebridad, sintió hacia el

aventurero bordelés un afecto paternal; él mismo le decía cómo debe

estudiarse; refrenaba sus intemperancias, corregía la exaltación

meridional de sus gestos y la dureza hirviente de su voz. Por las

noches, después de la función, le llevaba á su casa, y allí le obligaba

á sacudir el sueño y á meditar sus «papeles». Lafontaine se rebelaba,

juraba á grandes voces que él no «podía sentir así», que su ademán era

otro; quería marcharse... Pero Frédérick le dominaba con su experiencia

y le imponía el grillete de su voluntad.

--Esto se dice así--repetía,--nada más que así.

Y Enrique Thomas, agotado, enervado, casi doloroso, concluía por

someterse.

Muchos años después pasó al teatro del Gimnasio, y allí, bajo la

autoridad durísima del veterano Montigny, siempre descontento y regañón,

acabó de perfeccionarse en su arte. A Montigny todo le parecía mal.

--No levante usted tanto los brazos; no abra usted tanto los ojos...

Baje usted la voz... ¿Pero por qué se encoge usted de hombros? ¿No

comprende usted que ese ademán rara vez puede ser elegante?...

¡Oh! Montigny era peor aún que Frédérick... A Lafontaine, rabioso,

despechado, se le saltaban las lágrimas; su alma inquieta de

seminarista, de grumete, de repartidor de obras por entregas, toda su

alma díscola y errante, protestaba iracunda contra tantas y tan

estrechas imposiciones. Pero al cabo cedía y su técnica se refinaba.

No obstante, Enrique Thomas fué siempre un actor tempestuoso,

arrebatado, que estuvo más cerca de Mounet-Sully que del circunspecto

Le-Bargy. En «Kean» obtuvo un éxito inmenso. Había algo en él que le

ponía fuera de sí mismo. Mas no por esto su prestigio menguaba; al

contrario. Las mujeres le adoraban, y más de una noche, al salir del

teatro y en medio de las sonrisitas envidiosas de sus compañeros, se vió

en el dulce compromiso de subir á un coche que no era el suyo.

* * * * *

Yo conocí á Lafontaine á fines de 1897, en Versalles. Era muy viejecito.

Del antiguo seminarista bordelés, del bizarro galán joven del teatro del

Gimnasio, ya no quedaba nada: los ojos habían perdido su mocero

ardimiento; los labios, pálidos, temblaban en el óvalo pulcramente

afeitado del rostro enjuto; el ademán era frío y borroso; el busto se

inclinaba hacia la tierra; en el mento, antes desafiador y petulante, ya

no quedaba voluntad. Caminaba á pasos lentos y breves, y al hacerlo se

apoyaba en un bastón. Por lo tristes y lo blancos, de nieve parecían sus

cabellos.

Residía en Versalles hacía mucho tiempo, sin otra compañía que su

esposa, viejecita como él, á quien adoraba; y en la decoración fastuosa

de aquellos jardines, que sirvieron de refugio á los amores de Luis XIV,

el rey libertino y magnífico, la figura delgada, vestida de negro, del

anciano actor parecía más fúnebre.

Una tarde de Diciembre, Lafontaine y su esposa paseaban por el bosque, y

la color gris del cielo nuboso y el crujir de las hojas caídas y el

silencio de las fuentes heladas debían tener para ellos elocuencia muy

triste. De pronto, un árbol se desplomó sobre la anciana, aplastándola.

Lafontaine lanzó un grito, su mejor grito tal vez, y perdió el

conocimiento. Su corazón estalló. Cuando le recogieron estaba muerto.

Los periódicos hablaron de él muy poco, porque entonces el _affaire_

Dreyfus lo llenaba todo. _Le Journal_, al dar la noticia, añadía:

«A su entierro no fué nadie.»

¡Nadie!

¡Oh, lectora! A ti, que de haberle conocido joven, acaso le hubieses

amado también, ¿no te espanta la horrible negación, el vacío espantoso,

el abismo de ingratitud, contenidos en esas dos sílabas?...

«¡Nadie!»

«Sic transit gloria mundi.»

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 17 / 48 题