LA CAMARGO

En los libros del amenísimo Arsenio Houssaye y en la interesante

«Correspondencia» de Diderot con Grimm hallamos abundantes noticias

relativas á María Ana Camargo, la bailarina más célebre de la Gran

Opera, de París, en el siglo XVIII.

Aunque nacida en Bruselas, por las venas de la Camargo corría sangre

española, y la pequeñez de sus manos, la finura de sus torsos y la

brevedad de sus pies, decían claramente la distinción de su raza,

familia noble que había dado á la Iglesia arzobispos y cardenales. En

los varios retratos que de ella hizo Nicolás Lancret, el único pintor

que ha rivalizado con Watteau en frivolidad y elegancia, la Camargo

aparece en la plenitud deslumbradora de su gracia.

En el óvalo nacarino, ligeramente carnoso, del rostro, los grandes ojos

italianos llameaban tempestuosos y alegres; tenía la nariz respingueña y

corta, voluntarioso el mento, la boquirrita breve y roja, como la herida

de un florete; alrededor de la nieve de su frente sajona, los cabellos

latinos, encrespados y negrísimos, tejían un marco de ébano. Y luego, su

cuerpo, admirable escultura, trepidante y flexible, donde se unían á las

redondeces blanquísimas de Rubens, las impacientes nerviosidades

goyescas.

Enamorada del apuesto conde de Melun, María Ana huyó de su casa, á los

dieciocho años, una noche, llena de perfumes y de estrellas, del mes de

Mayo de 1728.

A partir de aquel momento, su vida fué un vértigo de oro y de glorias,

una disipación sin freno, un perpetuo festín. Sus ruidosos éxitos de

bailarina restaban gravedad á sus extravíos; el reflexivo «Mercurio de

Francia» elogió su arte muchas veces; los poetas más notables de su

época festejaron su belleza, y si algunos satirizaron sus locuras, lo

hicieron suavemente; el mismo Voltaire, en el apogeo entonces de su

autoridad de su gloria, compuso en honor de María Ana y de mademoiselle

Sallé estos versos famosos:

Ah! Camargo que vous êtes brillante!

Mais que Sallé, grands dieux, estravissante!

Que vos pas sont lègers, que les siens sont dansants! Elle est

inimitable, et vous êtes nouvelle!

Les Nymphes sautent comme vous,

et les Grâces dansent comme elle.

La Camargo, frívola, interesada, caprichosa, perversa, enamorada siempre

de la belleza, de la distinción y del dinero, es, dentro de la sociedad,

galante y artista, que formaron las fastuosidades del Rey-Sol y de Luis

XV, su hijo, como un símbolo de carne rosa.

Fué aquel un período admirable de desafíos á primera sangre y de

madrigales. Los lacayos gozaban de la confianza de sus señores, y en el

gabinetes de las damas principales los abates componían versos; en los

bailes palatinos, las marquesas, utilizando los trenzados ceremoniosos

del minué, se dejaban oprimir los dedos. Había, para todos los errores,

una inagotable tolerancia; el bizarro marqués de Fimarcon se escapaba

por las noches, disfrazado de mujer, de la cárcel, adonde le llevó un

sucio asunto de intereses, para ir á los bastidores de la Opera; otro

noble remitía á la bailarina señorita de Pélissier 20.000 francos en un

billetito, donde le declaraba su amor, y el mismo venerable cardenal de

Fleury sonreía bonachón y se encogía de hombros ante las lamentaciones

del modesto burgués que iba á pedirle justicia contra el raptor de su

hija....

María Ana Camargo usó largamente de aquella libertad de costumbres. A su

amor estuvieron ligadas las figuras más ilustres: el conde de Clermont,

rico como un príncipe oriental, el valiente Marteille, muerto en el

campo de batalla; el marqués de Lourdis, pendenciero y libertino; y vió

á sus pies á Vitry, á quien llamaban «el hermoso pastor», y al caballero

de Rieux, de belleza apolina, y al brillante duque de Richelieu,

seductor irresistible, cuyos tacones colorados habían pasado por todos

los _boudoirs_ nobles de la Corte, y conoció también al veterano Gruer y

al músico Royer, ante quienes, una noche de locura, ella y otras dos

célebres bellezas de la Opera representaron «El juicio de París»...

El tiempo, entretanto, continuaba su obra devastadora; pasaron los años,

muchos, cerca de cuarenta, y una mañana la Camargo lloró ante el espejo

viendo que sus mejillas habían perdido su frescura, que sus ojos no

tenían brillo y que eran grises sus cabellos. Entonces, majestuosa y

triste como una reina que abdica, pidió su retiro, que Luis XV la otorgó

con una pensión vitalicia de 1,500 libras. Abandonada por sus

adoradores, y olvidada del público, María Ana se refugió en su hotel de

la calle de San Honorato, donde vivió varios años entregada á sus

cacatúas, á sus perros y á sus gatos; aquellos serían sus últimos

amantes, los más fieles.

Y ya la Camargo era muy viejecita, ya parecía que todo á su alrededor

había concluído, cuando el buen dios Azar vino á consolarla

permitiéndola dar al mundo un adiós romántico, de inmensa ternura, que

fué como violeta humilde entre el manojo de calientes claveles de su

vida.

Cierta tarde, la antigua bailarina recibió la visita de un señor anciano

que dijo llamarse Mateo Breuil. Frisaba en los sesenta años, vestía de

negro y era hombre enjuto de carnes y de ademanes ceremoniosos y

pausados. En su semblante, cruelmente arrugado por las emociones, había

tristeza y dulzura.

Al ver á María Ana, que le observaba atenta, el desconocido se inclinó

respetuoso.

--Ya sé, señorita--dijo,--que mi nombre no despierta en usted ningún

recuerdo.

--En efecto...

--No me extraña: Yo nunca he sido presentado á usted; no me he atrevido

á tanto; sus ojos, sus grandes ojos, que un tiempo fueron alegría de

Francia, me hubiesen anonadado...

Muy sorprendida, la Camargo repuso:

--¿Y bien? No comprendo...

El señor Breuil continuó:

--Usted estaba muy lejos de mí, porque volaba muy alto; los hombres más

ricos, los más célebres, los más nobles, solicitaban su amor, y yo, que

lloraba por usted desde mi plebeyo asiento de «paraíso», era pobre y

vulgar. ¿Cómo alcanzarla?... Pero los años han pasado, y con ellos los

brillantes cortejadores que usted tuvo se fueron; ahora se halla usted

sola, y por lo mismo, tal vez, un poco triste. Y yo, María Ana, que la

quiero á usted con un amor inextinguible, que se impone á la fealdad y á

la vejez, yo, que he conquistado una fortuna y permanezco soltero porque

de todas las mujeres que he conocido me separaba la imagen de usted y la

seguridad de que algún día seríamos el uno del otro, vengo á ofrecerla á

usted mi libertad. Nos casaremos, si usted quiere. Mi mano es ésta...

Hablando así, el señor Breuil, los ojos arrasados en lágrimas, se había

hincado de rodillas. La escena era demasiado tierna para no interesar el

corazón artista de la Camargo, y sus manos trémulas estrecharon

cordialmente las viejas manos de su adorador.

--No--dijo,--casados, no; ¿para qué? La edad de las pasiones está ya

lejos. Seremos amigos, nada más que amigos...

Y el Sr. Breuil repuso:

--Lo que usted quiera.

Todas las tardes se reunían, y charlando de sus lejanas mocedades

pasaron horas muy bellas. El concluyó por instalarse en el piso segundo

del hotel de María Ana. Nunca salían á la calle. Por las noches rezaban,

jugaban al ajedrez, leían novelas y componían música. Y era dulce, con

dulzura inexpresable, el ocaso de aquellos dos ancianitos, que ante la

proximidad de la Nada juntaban la nieve de sus cabezas.

Murió María Ana Camargo el día 29 de Abril de 1770, y su cuerpo, vestido

de blanco, reposa en la iglesia de San Roque. Cerró sus ojos el señor

Breuil, el único de sus amados que no conoció la miel de sus besos.

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 16 / 48 题