CARTAS DE MUJERES

En las interesantes «Memorias de Sara Bernhardt», hay un episodio

sencillísimo sobre el cual probablemente la atención de muchos lectores

resbalará distraída, pero que me impresionó fuertemente por ser un

«momento interior» que retrata con admirable fidelidad esa agridulce

emoción de orgullo y de coquetería que constituye cuanto las almas

artistas encierran de más indeclinable y substancial.

Sara, la Unica, era muy niña todavía, y en el convento donde se hallaba,

la comunidad se apercibía á celebrar la visita del anciano «monseñor» de

Sibour, arzobispo de París. Para mayor amenidad y brillo de la fiesta,

la hermana Teresa había compuesto una obrita teatral, dividida en tres

cuadros, y titulada «Tobías recobrando la vista», que debía ser

interpretada por las alumnas mayores.

Pero á última hora la pequeña Sara intervino en la representación, y

declamó su papel con tan sincera emoción y tan acabado arte, que

«monseñor», maravillado, hubo de felicitarla. La futura actriz, fuera de

sí, loca de alegría, vibrando de orgullo, rompió á llorar.

Transcurrieron muchos meses, y aquella emoción purísima perduraba en la

niña, y bañaba en luz radiante su almita ambiciosa. Una mañana supo que

«monseñor» de Sibour había muerto asesinado... ¿Qué sintió entonces

Sara?

Ella lo declara, sin sospechar tal vez el alcance inmenso de su

confesión. Sentí--dice,--que el asesino me había herido á mí también y

despojado de algo precioso, pues «acababa de robarme mi pequeña gloria».

¿Comprendéis?... Hasta allí Sara vivió halagada secretamente por la

admiración que sus aptitudes de artista inspiraron á «monseñor», y

pensando: «El cree en mi talento y se acuerda de mí». Pero el bondadoso

anciano ya había muerto: cerráronse sus ojos á la luz, tinieblas

perdurables invadieron su memoria, y de su cerebro huyó con la vida el

recuerdo de Sara. Por eso la niña volvió á llorar, porque se reconocía

menos admirada que antes, porque acababa de ver desvanecerse «su pequeña

gloria».

Traigo á colación esta anécdota, porque ella explica con limpidez y

sobriedad aquel prurito á la vez desinteresado y egoísta, que todos los

artistas tienen de eternizarse en la memoria de los demás.

Despreciadores de lo circunstancial y adjetivo, no parecen dolerse ni

del comer modesto ni del sobrio vestir, pero en cambio, aspiran á lo más

alto, á la admiración y rendimiento de los espíritus, á que todos les

recuerden, á que así el académico, como el burgués modesto, como el

obrero, sepan sus nombres de memoria.

Así no es extraño que siempre me produzcan vivo y purísimo alboroto

espiritual esas cartas de felicitación que, de cuando en cuando,

recibimos los que escribimos para el público. Generalmente son de

mujeres, y es lógico que sea así, pues las mujeres leen más que nosotros

y en sus almas ardientes y blandas, prontas al entusiasmo, no es difícil

suscitar el cosquilleo exquisito de la emoción.

Estas cartas, antes de romper la nema de sus sobrecitos perfumados, me

producen una inquietud semejante á la que en la adolescencia nos

causaban los billetitos amorosos; pero más alquitarada, más

refinadamente egoísta. «Me admira--pienso--y como me admira, me quiere

algo; que yo, en mis libros, desnudé mi alma, y «Ella» la encontró

hermosa...»

Días atrás el correo me trajo una de estas dulces sorpresas. Era una

tarjetita femenina, sin fecha y sin firma, que olía á violetas. ¿Cómo se

llama su autora? ¿Dónde reside?... Lo ignoro, pues ni el cartoncito ni

el sobre lo decían. ¡Oh, el misterio, el poético misterio, á la vez

lancinante y sabroso!... Lectora, cuya alma sensible adivino, leyendo

astutamente entre líneas el dolor de mi alma: yo, para quererte, no

necesito conocer la blancura de tus manos, ni saber si son tus ojos

hermosos, ni de qué color tienes los cabellos. Me basta con la seguridad

de que hay lágrimas en ti para mis penas, y en tus labios jóvenes

sonrisas de hermana para mis alegrías; le basta á mi vanidad con tus

cartas anónimas, que caen sobre mi mesa de trabajo como flores cogidas

en el silencio de tu rincón provinciano, y á mi voluntad laboriosa con

la convicción de que tú has de leerme.

Este platonismo, este refinamiento sentimental que atribuyo á los

artistas, no es exagerado. Un artista, cuanto más grande, mayor

importancia otorga á la gloria. Ser admirado constituye «la mitad» de su

vida, acaso «toda su vida»; es una sed rara que, no habiendo de calmarse

nunca, á ratos, sin embargo, parece satisfacerse con una gota: así lo

más frívolo, una carta, un simple apretón de manos, nos embriaga. Ello

explica las lágrimas que arrancó á Sara Bernhardt el asesinato de

«monseñor» de Sibour.

Todos los que viven del arte son egoístas, con egoísmo implacable y

feroz. Yo mismo, viendo pasar un entierro, me he olvidado del muerto

para pensar: «Ese que va ahí me conocía tal vez...»

Y, como Sara, he comprendido que la desaparición de aquella vida mermaba

un poco mi pequeña popularidad.

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 15 / 48 题