En un salón de la Comedia Francesa y guardado respetuosamente entre los
cristales de una vieja vitrina, hay un zapatito, un zapatito blanco, de
tacón muy levantado y punta muy fina, que perteneció á Raquel. Y el
cronista, que conocía la doliente historia de la gran trágica, se
preguntaba atónito:
«¿Cómo bajo esos pies tan pequeños, tan frágiles, tan lindos, más hechos
para holgar entre pieles que para correr descalzos sobre el polvo ó la
nieve de los caminos, ha podido pasar media Europa?...»
Porque Raquel (Elisa Félix era su verdadero nombre) fué hija de bohemios
y hasta los diez años ella y sus hermanos siguieron á sus padres por
todas las carreteras de Alemania y de Suiza. Sucia, desgreñada, curtida
por los vientos y el sol, desnuda de pie y pierna, el cuerpecito
raquítico y asexual vestido de andrajos, la pobre niña durmió al raso,
donde la noche la sorprendía; y fué de villorrio en villorrio pidiendo
limosna, apurando todas las hieles de desdén que tiene para los mendigos
la caridad pública; y en las calles de Lyón bailó, al son de la
pandereta que golpeaba su padre, sobre la tragedia de sus piececitos
ensangrentados...
Desde Lyón, la familia, andando siempre, se trasladó á París. Allí la
niña también bailó por las calles y cantaba esas tonadillas alegres,
canciones de bohemia que parecen flotar sobre los caminos como un
perfume rústico y que los nómadas aprenden nadie sabe dónde. Su voz de
contralto y las graciosas muecas y arrumacos de su rostro atraían á la
gente.
Entre estos curiosos, acertó á detenerse una tarde M. Choron, profesor
de canto y fundador de la Real Institución de Música Religiosa. La voz
de la niña mendiga le interesó: era extensa y dulce, y había en ella un
ardor extraño. Choron llamó á la futura histrionisa con un gesto.
--¿Qué edad tienes?--la preguntó.
--Once años.
--¿Quieres que yo te enseñe á cantar?
--Sí, señor; ¡ya lo creo!...
Su respuesta fué rápida, terminante; en su cara cobreña, los grandes
ojos artistas brillaron de ambición. La diosa Fortuna acababa de pasar
junto á Raquel, y Raquel la siguió...
Meses después, Elisa Félix dejaba la escuela de canto para concurrir á
la clase libre de declamación que explicaba Saint-Aulaire, comediante
meritísimo, frío, correcto, cuya técnica había de dejar en el espíritu
de su discípula huella perdurable y excelente. En aquella época, Raquel
no pensaba dedicarse á la tragedia; prefería la comedia; sus días de
hambre no habían podido secar la vena caudalosa de su buen humor. Era
indócil, endiablada, aventurera y alegre como un muchacho. Sus
compañeras la llamaban _Pierrot_, y ella misma firmó con este pseudónimo
muchas cartas íntimas que Mlle. Valentina Thomson ha publicado más
tarde.
La primera entrevista de Raquel con el gran actor Samson, que luego
había de dirigirla y favorecerla eficazmente, merece relatarse.
Pequeña, desmirriada, sin otro encanto que el prestigio de sus ojos
magníficos, la pobre niña acababa de cumplir quince años y representaba
doce apenas. Inconsolable, su madre repetía:
--¡Qué desgracia! M. Samson, cuando te vea, dirá que todavía eres muy
joven.
Entonces, con objeto de dar á su hija mayor plasticidad y
representación, la astuta mujer endosó á Raquel varios trajes, unos
encima de otros: ya que no podía ser alta, sería ancha. Raquel, bajo su
disfraz, reía á carcajadas: aquella truhanería, de verdadera bohemia, la
hacía feliz. De este modo, las dos mujeres se presentaron en casa de M.
Samson, que las esperaba. Al ver á Raquel, el célebre actor tuvo una
ruda explosión de sinceridad.
--Imposible, señorita--dijo,--¿por qué vamos á perder el tiempo? Usted
no sirve para el teatro; está usted demasiado gorda... usted ya no
crece...
Hija y madre se miraban consternadas. ¿Qué hacer?... Al fin, la madre,
reconociéndose autora única de aquel descalabro, confesó su superchería.
--Todo esto--balbuceaba,--M. Samson... todo esto... ¿sabe usted?... es
trapo.
El comediante se echó á reír.
--Pues hágame usted el favor de desnudar á esta señorita--repuso,--y
sabré á qué atenerme.
Raquel ingresó en el Conservatorio en 1836, y al año siguiente apareció
como primera actriz sobre el escenario del Teatro Gimnasio, y en un
drama histórico de escaso mérito, titulado _La vandeana_. Nerviosa,
vehemente, dotada de impetuosidades sobrehumanas, poseedora de una voz
capaz de repetir todos los alaridos dantescos de la tragedia, con ella
resucitaron las heroínas sangrantes y solemnes de Corneille y de Racine:
_Cinna_, _Safonisbe_, _Andrómaca_, _Ifigenia_... Pero siempre, á
despecho de tantos triunfos, persistía en ella el recuerdo romántico de
_La vandeana_, su primer drama, con el que salió de la obscuridad y que,
según la frase feliz de Julio Janin, fué para Raquel «_La Marsellesa_ de
sus días de hambre...»
La mendiga que bailaba al son de la pandereta bohemia en las calles de
Lyón y de París, murió agasajada, envidiada, rica; la que anduvo
descalza y alegre por tantos caminos, marchó rápidamente por el de la
gloria. Tenía, al finar su vida, treinta y ocho años. ¿Qué actriz, en
menos tiempo, habrá subido más alto?