ANTE LA BATERÍA

El famoso actor Edmundo Got habla en sus _Memorias_ del desdichado

estreno de _La mariposa_, obra de Victoriano Sardou, á quien yo conocí

septuagenario y con un rostro burlón y astuto, de vieja histrionisa, y

que tenía en la época á que Got se refiere un semblante reflexivo y

dulce, de institutriz.

_La mariposa_, como se dice en la pintoresca jerga de bastidores, «se

hundió».

«El primer acto--cuenta Got,--obtuvo muchos aplausos; pero los otros dos

fueron silbados y pateados, especialmente el segundo. El peso de la

batalla lo llevábamos Agustina y yo. Agustina, que no consigue acoplarse

del todo al repertorio moderno, empezó á vacilar, como de costumbre, y

acabó por perder la cabeza. Me quedé solo y vencido... ó casi vencido.

No obstante, continué luchando valerosamente...»

Estas palabras, que atestiguan la noble abnegación del célebre

comediante francés, no deben sorprendernos, porque ese heroísmo, que ha

llenado la historia del teatro de anécdotas conmovedoras, es una flor de

hidalguía que brota muy fácilmente en el impresionable y generoso

corazón de los siervos de Téspis. Precisa conocer la vida efusiva,

febril, toda emoción y toda sobresalto, de telón adentro, para medir el

cariño fraternal, la amistad desinteresada y llena de sacrificios, que

liga al autor y á sus intérpretes ante las luces de la batería una noche

de estreno.

Hasta entonces, durante el lento devanar de los ensayos, el dramaturgo

fué una especie de pequeño dictador, sin cuyo consentimiento y

beneplácito ninguna iniciativa prevaleció: los actores le pedían la

entonación verdadera de las frases difíciles, el pintor escenógrafo le

expuso sus bocetos, las actrices le consultaron el color de sus pelucas

y de sus trajes, el guarda-muebles aceptó sus órdenes, sin su aprobación

el director de escena no hubiese hecho nada... Y en este vaivén de

discusiones minúsculas, de reprensiones, de enmiendas, de consejos,

seguidos muchas veces á regañadientes y sólo por el imperio de la

disciplina, ¡cuántas vanidades chafadas, cuántos pequeños orgullos

hervidos, cuántos ocultos rencores surgieron aquí y allá, como espinas,

porque el dramaturgo, á pesar de su amabilidad, de la cortés blandura

que ponía en sus réplicas y de su vigilante empeño en no disgustar á

nadie, no pudo, sin embargo, complacer á todos!... Esa misma

impresionabilidad ardiente que caracteriza á los sacerdotes de la

farándula les hace susceptibles y vidriosos: ayer fué la primera actriz

la que se irritó secretamente contra el autor, porque éste, al enseñarle

ella el sombrero con que pensaba «vestir» la obra, no demostró

entusiasmarse mucho; hoy es el galán quien se disgusta, porque el

dramaturgo, en el ensayo, le corrigió un ademán con demasiada viveza;

mañana, en fin, serán la característica, ó la dama joven, ó el actor

cómico, los que se creerán ofendidos por el desdichado autor, que

preocupado con las multiplicadas peripecias de su obra, al marcharse del

teatro no les saludará con bastante afecto...

Semejante á una gran ráfaga de aire, la noche del estreno tiene la

virtud de barrer todas estas pequeñas impurezas. Nadie, mejor que los

comediantes, sabe cuánto arriesga un autor en esas horas, de las que

acaso dependen, no sólo su porvenir personal, sino también el éxito de

la temporada y los intereses de la comunidad. Hay, pues, que defenderle,

porque aquel hombre es como la bandera en quien van vinculados el

prestigio y la gloria y el dinero de todos. Entonces, frente á la

batería, cara á cara con el público, el dulce y temible enemigo de los

artistas, las pequeñas antipatías se olvidan: hay que vencer, aunque

luego, ya en la intimidad y pasado el peligro, los rencores y los celos

retoñen. Así, no hubo comediante famoso que alguna noche de quebranto y

borrasca, cuando la muchedumbre comenzaba á manifestar con bastoneos y

murmullos su disgusto hacia la obra, no sintiese el deseo heroico de

hacer algo genial, extraordinario, para contener la catástrofe.

Hay muchos actores que, como aquella Agustina de que habla Edmundo Got,

se empavorecen y desconciertan ante la hostilidad del público; pero, en

cambio, otros, los más esclarecidos, gustan de luchar con él brazo á

brazo y de fascinarle con su gesto hasta vencerle y obligarle á juntar

las manos para aplaudir. Acerca de todo esto, don José Echegaray podría

referirnos muchos y muy curiosos lances, especialmente si recordase el

estreno de _La escalinata de un trono_, drama que la trágica María

Guerrero, bella, soberbia, irresistible, defendió como una leona.

Pero tan hermoso espíritu de solidaridad y sacrificio sólo late perenne

en las relaciones de los actores para con el autor. Entre sí, los

comediantes, separados por el deseo de brillar, celosos unos de otros,

se destrozan fieramente en una lucha taimada y sin cuartel: sus

rivalidades personales rebasan los límites de los bastidores y les

acompañan sobre el escenario, y allí se recrudecen. Ante la sala

silenciosa y palpitante, tan fácil al aplauso como á la protesta, los

artistas se despedazan, noblemente unas veces, recurriendo otras á

triquiñuelas de mala ley. Los hombres olvidan su galantería, las mujeres

su misericordia. Si el galán puede «pisarle» una frase ó «robarle un

efecto» á la primera actriz, lo hace, y viceversa. Se acabaron los

sexos; nadie tiene piedad de nadie; la sed de gloria lo envenena todo.

El encono llega al extremo de que el actor cómico, por ejemplo, diga un

chiste que no estaba en su papel, ó deja caer una silla ó haga algo

hilarante y grotesco, sin otro propósito que el de distraer al público

para que no aplauda á otro actor que «se había preparado» un mutis

magistral...

¿Diremos por esto que los comediantes son peores que los demás hombres?

No. ¿Por qué?

¿Acaso todos nosotros, abogados, médicos, ingenieros, comerciantes, en

el gran teatro humano, no hacemos lo mismo?

El teatro por dentro Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc. · 第 7 / 48 题