Cuenta Ceferino Palencia que hace bastante tiempo, hallándose él en
Buenos Aires con su compañía, fué á visitarle á su cuarto del teatro un
caballero de nacionalidad italiana, verdadero hombre de mundo,
inteligente, elegante y buen mozo. Representaba cuarenta años. Aquel
señor, que había viajado mucho y trataba personalmente á todas las
actrices y actores célebres de Europa, prodigó á María Tubau las más
fervorosas alabanzas.
--Conozco--prosiguió,--varias comediantas que la aventajan en la
interpretación de ciertos papeles, pero dudo que ninguna la iguale en la
riqueza de sus aptitudes, ni en la asombrosa variedad y extensión de su
repertorio.
No sabiendo cómo corresponder á tantas lisonjas, Ceferino Palencia dióse
á encomiar exaltadamente la labor de las artistas italianas: en teatro,
como en pintura, como en ciencias, Italia sería siempre la más gloriosa
de las naciones latinas. Y concluyó:
--Para mí, una de las mejores, por no decir la mejor de las trágicas
contemporáneas, es Eleonora Duse. ¡Qué voz, qué fuerza emotiva, qué
agilidad de expresión tiene!... ¿No opina usted lo mismo?
El interpelado, que había palidecido hasta la lividez, repuso con un
gesto ambiguo. Palencia, aunque sorprendido por aquella frialdad que
atribuyó á un exceso de modestia patriótica, continuó elogiando el arte
extraordinario de la Duse. A cada momento, y á guisa de ilustraciones
interpoladas en el curso de su apasionada jaculatoria, preguntaba:
--¿La ha visto usted en _La dama de las camelias_? ¿La ha visto usted en
_Fedora_?... ¿Y en _Lucrecia Borgia_?... ¿Y en _María Estuardo_?...
Según Ceferino Palencia hablaba, el semblante del caballero italiano iba
nublándose; endurecía sus facciones el fuego de un rencor violento y
recóndito; temblaban sus labios. De pronto, perdiendo el dominio de si
mismo, gritó imperativo:
--¡Señor Palencia!... Yo le ruego, yo le suplico... que no hable jamás
de Eleonora Duse delante de mí.
Estaba rojo, sus manos se crispaban coléricas, su respiración se
convirtió en jadeo fragoroso. Después, recobrándose prestamente en una
transición de voz y de ademán que sus compatriotas Novelli y Zacconi
hubiesen admirado, agregó:
--Perdone usted mi incorrección: no he podido contenerme... El solo
nombre de esa mujer funesta me vuelve loco... Ha de saber usted que yo
soy el marido de Eleonora Duse...
El cronista ignora la historia íntima de la insigne actriz italiana,
pero no duda de su intensidad. Pasiones de fragua y fieros dolores deben
de haber asolado á esa pobre alma, á la vez dulce y sombría. La
existencia de este infierno interior se transparenta en los recursos
insuperables de su arte, en el abismo negro de sus ojos, cargados con la
enorme tristeza de haber visto pasar la dicha, en la nerviosa elocuencia
de sus manos lívidas, en todas las actitudes de su cuerpo raquítico,
delgado, desprovisto de atractivos sensuales, y sin embargo, tan
imponente en los arrebatos homicidas de la tragedia, y tan envolvente,
tan adorable, tan refinadamente femenino, en las horas azules de la
caricia. La gran artista, rival de Sara, sufrió mucho, porque toda su
vida fué de amor, y ese padecer acerbo informa su arte y lo fecunda.
Para desesperarse, como para reír, no necesita Eleonora Duse recurrir á
la vulgaridad de los gestos aprendidos: con asomarse á su propio corazón
habrá hecho bastante. Yo la he visto llorar, lectora; ¿la viste tú
también?... Y si tuviste esa fortuna, ¿no es cierto que en ella el
llanto, más que una ficción, parece un recuerdo?
Acerca de todo esto, un excelso poeta, Gabriel D'Annunzio, podría
referirnos una historia bien triste.
En estos días ha corrido por París la noticia absurda y grotesca de que
Eleonora Duse, que desde hace mucho tiempo vive retirada en Florencia,
se casaba con un opulento modisto de la Ciudad-Sol.
Indignada la ilustre actriz, escribe al director de una revista
francesa:
«Vivo muy alejada de todo y no doy motivos á la prensa para que se ocupe
de mí. Hoy leo la ridícula noticia, lanzada por la Agencia Stéfani, de
mi matrimonio. ¿Quién ha podido inventar eso? He telegrafiado á M. Worth
lo siguiente: «Espero de su caballerosidad que desmienta tal noticia, se
lo suplico. Yo con mi silencio no debo autorizar ese «se dice»
calumnioso y contrario á la línea de conducta de toda mi vida.»
Este telegrama es, sencillamente, el retrato de un alma. Eleonora Duse,
cansada, envejecida, fatigada de sufrir esa inquietud imprecisa y sin
nombre que tortura á los artistas y que raras veces halla término y
reposo, porque más que amor, es deseo de amar, empieza á aborrecer la
popularidad. Para ella, como para otras muchas histrionisas célebres, el
olvido es bálsamo precioso; la que así sobre los escenarios de la
farándula, como en el gran teatro de la vida, fué siempre protagonista
envidiada, ahora solicita un puesto obscuro de comparsa. ¡Por piedad! Un
poco de silencio, un poco de reposo; que no se hable de ella, que los
periódicos no repitan su nombre más, que cuando vaya por la calle nadie
vuelva la cabeza para mirarla: la exclamación admirativa: «Ahí va la
Duse...» que antes llenaba sus oídos de orgullo, ogaño la asusta y la
hiere, y es para su pobre alma desilusionada, un azote.
Vivir, sí, pero vivir en paz, alejada de sí misma, cual si asistiese al
desenlace sereno de su propia historia; vivir en la sombra, en el
olvido, que tiene la serenidad augusta de la muerte...
¿Se comprende ahora el asco con que Eleonora Duse habrá recibido la
noticia estúpida de su matrimonio?...