XXVII

Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa del Puerto

de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que pertenecíamos

al ejército de Aréizaga, muchos canarios de Alburquerque, que habían

llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A este General

debió el poder supremo no haber caído en poder de los franceses, pues

con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía en Écija las

avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la defensa de la

isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones de Sevilla.

Esto pasaba a principios de febrero, y en los mismos días se nos dio

orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea del puente de

Suazo para acá, ¡triste es decirlo! no había ni un palmo de terreno

defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se juntaban

allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia, toda la

vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de repentino

peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre afluye al

corazón, de donde sale después con nuevo brío.

Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano de

sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros de

agua salada, tenían para mí el encanto del hogar nativo, y más aún

las peñas donde se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea

en la mano de aquel brazo que se adelanta para depositarla en medio

de las olas. Yo veía desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba

mi pecho. ¿Quién no se enorgullece de tener por cuna la cuna de la

moderna civilización española? Ambos nacimos en los mismos días, pues

al fenecer el siglo se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la

gestación de una cultura que hasta mucho después no se encarnó en las

entrañas de la madre España. Mis primeros años, agitados y turbulentos,

fuéronlo tanto como los del siglo, que en aquella misma fecha vio

condensada la nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el

doble cerco de las olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en

febrero de 1810 aún no había nada de esto, y Cádiz solo era para mí el

mejor de los asilos que la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad

de mi infancia, llena de ternísimos recuerdos, y tan soberbiamente

bella que ninguna otra podía comparársele. Cádiz ha sido siempre

la Andalucía de las ondas, graciosa y festiva dentro de un círculo

de tempestades. Entonces asumía toda la poesía del mar, todas las

grandezas del comercio. Se multiplicaban en aquellos meses su poesía,

grandeza y gloria, porque iba a contener dentro de sus blancos muros

el conjunto de la nacionalidad con todos sus elementos de vida en

plena efervescencia, los cuales, expulsados del gran territorio, se

refugiaban allí, dejando la patria vacía.

A las puertas de Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más

vivamente anhelo contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en

tantos y tan variados sucesos, así particulares como históricos. La

historia, al llegar a esta isla y a esta peña, es tan fecunda, que ni

ella misma se da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan

estrecho nido. Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en

lo ajeno. Para no perder la costumbre, comienzo con una aventura mía,

en que nada tiene que ver la rebuscona historia, pues hasta hoy no

he tenido empeño en comunicarla a nadie, ni aunque la comunicara, se

inmortalizaría en láminas de bronce, y fue lo siguiente:

Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con

Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga,

donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía

por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y

nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo

encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas

verdes celosías dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero

que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y

las risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo.

Cuanto menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con

la dificultad de hablarlas crecía su deseo de poner fin gloriosamente

a una aventura, que hasta entonces había tenido pocos lances. Una

tarde quiso le acompañase yo en su centinela al pie de la reja, y tuve

la suerte de que mi presencia modificara la monótona esquivez de las

bellas damas, las cuales hasta entonces ni a billetes, ni a señas, ni

a miradas lánguidas habían contestado más que con las risas consabidas

y los ceceos burlones. Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la

indecible satisfacción de recibir respuesta en un billete que cayó,

cual bendición del cielo, delante de nosotros. En él decía la hermosa

desconocida que estaba dispuesta a abrir la celosía para expresarle

de palabra su gratitud por los amorosos rendimientos, y añadía que

hallándose en gran compromiso por causa de un suceso doméstico que

no podía revelar, solicitaba para salir de él la ayuda del galán,

juntamente con la de su amigo.

Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento

para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos

mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor

también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos

a tener una sabrosa aventura o a ser víctimas de una broma, acudimos

por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos abriose esta, y una

voz de mujer, cuyo acento, aunque dulce, no me pareció revelar persona

de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas palabras:

--Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no

se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que

solicita. Mi esposo, el señor Duque de los Umbrosos Montes, duerme

a estas horas; mas no puedo dejarle pisar a usted el recinto de

este _arcásar_, que mi celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi

hermosura, en cárcel de mi libertad, y en muerte de mi vida. El más

leve rumor despertaría al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor

y carcelero mío. Pues _verasté_: mi honra depende de que al punto una

persona de confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a

llevar un recado urgentísimo, sin lo cual mi situación es tal, que no

esperaré a que venga la rosada aurora para _arrancalme_ la vida con un

veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta

botellita.

Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar

aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de

nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto

a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran

pedirle, y entonces la misma que antes hablaba, añadió:

--¡Oh! gracias, _invito_ militar; así lo esperaba yo de su galantería

y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances, cual lo prueban

las voces de la fama que han traído a mis orejas sus _hasañas_. Bueno,

pues _verasté_. Mi criada, que es esta guapa y gallarda donsella que a

mi lado ve usted, se llama Soraida; irá a Cádiz en un frágil esquife

que Perico el botero tiene preparado en el muelle; pero como es grande

su cortedad, deseo vaya acompañada de ese vuestro leal amigo, que está

ahí oyéndonos como un marmolejo.

Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi

amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía

qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación:

--¡Oh! Gracias, _insine amigo del valiente Otelo_. Ya lo esperaba yo

de su _malanimidad_. Pues _oigasté_, señor militar. Mientras este fiel

amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella en la difícil comisión que

mi amenasado honor le encomienda, nosotros nos quedaremos aquí pelando

la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté se entera?, tendré ocasión

de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi pecho.

No había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta de la casa y

apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto

negro, la cual, llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que

rápidamente la siguiese, diciéndome:

--Señor oficial, vamos, que es tarde.

No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida

al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que fuera, no me

permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo siempre:

--Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!... No mire usted

atrás ni se detenga, que estoy de prisa.

Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía

que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer

arrogante y que me revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la

alta calidad a que pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado

que no era criada, y después de oírla y sentir el contacto de su

vestido, ningún hombre se habría equivocado respecto a su clase. Yo

estaba algo aturdido por lo inusitado de la aventura, y una dulce

confusión embargaba mi alma. Venían a mi mente indicios, recuerdos, y

aquella mujer llevaba en los pliegues de su vestido un ambiente que no

era nuevo para mí. Pero al principio ni aun pude formular claramente mi

sospecha. La desconocida me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa

por las calles del Puerto, hablando de esta manera:

--Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas?

--¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse?

--Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una dama.

--Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene usted

ánimo, iré sola.

--Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en el

frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos

Montes...

La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de su voz

resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente cambiaron

en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre las

nebulosas dudas.

--Adelante --dijo al ver que me detenía--. Ya estamos en el muelle.

El botero está allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece

tranquilo.

Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie

de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el

descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé

cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme

su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar.

--¡Oh, señora Condesa! --exclamé besándole tiernamente las manos--.

¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!...

--Gabriel --me contestó--, ha sido realmente una felicidad que me hayas

encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio.

--Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me

halle.

--Criado, no: ya esos tiempos pasaron. ¿En dónde has estado?

--En Zaragoza.

--¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas posición

y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los desgraciados

y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar la grandeza.

Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy bien. Así te

quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has buscado?... Ya no

nos quieres.

--Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia recibí?

Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos lo esperaba, se

digna usía servirse de mí.

--No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el mismo;

no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por Inés?

--Señora --dije anonadado--, no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha

cambiado más que yo.

--Tal vez.

--¿Inés vive?

--Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo

que la verás, la verás.

Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía comprender

su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su hija. Su

benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a darle las

gracias.

--¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel!

Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche,

sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer

compañero ni custodio más a propósito.

--Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están

cerradas a estas horas?

--Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta

travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta

de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba

dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando

al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro que

estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora te

hallas. Así te deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues

no lleva sus charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese

uniforme que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya

usted a hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico,

bien, bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de

tus abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos

estos! He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con

ello... Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo

has venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí

tu corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo

vas teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad?

Yo también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho...

Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la

tierra.

El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero, fijo en la popa,

manejaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la

cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba

cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de

la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la

negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían

correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el

mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi

brazo a la Condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes

cabezadas de la embarcación. Los tres marinos no pronunciaron una sola

palabra en todo el trayecto.

Gerona · 第 29 / 31 题