Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa del Puerto
de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que pertenecíamos
al ejército de Aréizaga, muchos canarios de Alburquerque, que habían
llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A este General
debió el poder supremo no haber caído en poder de los franceses, pues
con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía en Écija las
avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la defensa de la
isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones de Sevilla.
Esto pasaba a principios de febrero, y en los mismos días se nos dio
orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea del puente de
Suazo para acá, ¡triste es decirlo! no había ni un palmo de terreno
defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se juntaban
allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia, toda la
vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de repentino
peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre afluye al
corazón, de donde sale después con nuevo brío.
Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano de
sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros de
agua salada, tenían para mí el encanto del hogar nativo, y más aún
las peñas donde se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea
en la mano de aquel brazo que se adelanta para depositarla en medio
de las olas. Yo veía desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba
mi pecho. ¿Quién no se enorgullece de tener por cuna la cuna de la
moderna civilización española? Ambos nacimos en los mismos días, pues
al fenecer el siglo se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la
gestación de una cultura que hasta mucho después no se encarnó en las
entrañas de la madre España. Mis primeros años, agitados y turbulentos,
fuéronlo tanto como los del siglo, que en aquella misma fecha vio
condensada la nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el
doble cerco de las olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en
febrero de 1810 aún no había nada de esto, y Cádiz solo era para mí el
mejor de los asilos que la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad
de mi infancia, llena de ternísimos recuerdos, y tan soberbiamente
bella que ninguna otra podía comparársele. Cádiz ha sido siempre
la Andalucía de las ondas, graciosa y festiva dentro de un círculo
de tempestades. Entonces asumía toda la poesía del mar, todas las
grandezas del comercio. Se multiplicaban en aquellos meses su poesía,
grandeza y gloria, porque iba a contener dentro de sus blancos muros
el conjunto de la nacionalidad con todos sus elementos de vida en
plena efervescencia, los cuales, expulsados del gran territorio, se
refugiaban allí, dejando la patria vacía.
A las puertas de Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más
vivamente anhelo contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en
tantos y tan variados sucesos, así particulares como históricos. La
historia, al llegar a esta isla y a esta peña, es tan fecunda, que ni
ella misma se da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan
estrecho nido. Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en
lo ajeno. Para no perder la costumbre, comienzo con una aventura mía,
en que nada tiene que ver la rebuscona historia, pues hasta hoy no
he tenido empeño en comunicarla a nadie, ni aunque la comunicara, se
inmortalizaría en láminas de bronce, y fue lo siguiente:
Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con
Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga,
donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía
por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y
nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo
encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas
verdes celosías dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero
que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y
las risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo.
Cuanto menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con
la dificultad de hablarlas crecía su deseo de poner fin gloriosamente
a una aventura, que hasta entonces había tenido pocos lances. Una
tarde quiso le acompañase yo en su centinela al pie de la reja, y tuve
la suerte de que mi presencia modificara la monótona esquivez de las
bellas damas, las cuales hasta entonces ni a billetes, ni a señas, ni
a miradas lánguidas habían contestado más que con las risas consabidas
y los ceceos burlones. Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la
indecible satisfacción de recibir respuesta en un billete que cayó,
cual bendición del cielo, delante de nosotros. En él decía la hermosa
desconocida que estaba dispuesta a abrir la celosía para expresarle
de palabra su gratitud por los amorosos rendimientos, y añadía que
hallándose en gran compromiso por causa de un suceso doméstico que
no podía revelar, solicitaba para salir de él la ayuda del galán,
juntamente con la de su amigo.
Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento
para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos
mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor
también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos
a tener una sabrosa aventura o a ser víctimas de una broma, acudimos
por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos abriose esta, y una
voz de mujer, cuyo acento, aunque dulce, no me pareció revelar persona
de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas palabras:
--Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no
se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que
solicita. Mi esposo, el señor Duque de los Umbrosos Montes, duerme
a estas horas; mas no puedo dejarle pisar a usted el recinto de
este _arcásar_, que mi celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi
hermosura, en cárcel de mi libertad, y en muerte de mi vida. El más
leve rumor despertaría al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor
y carcelero mío. Pues _verasté_: mi honra depende de que al punto una
persona de confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a
llevar un recado urgentísimo, sin lo cual mi situación es tal, que no
esperaré a que venga la rosada aurora para _arrancalme_ la vida con un
veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta
botellita.
Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar
aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de
nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto
a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran
pedirle, y entonces la misma que antes hablaba, añadió:
--¡Oh! gracias, _invito_ militar; así lo esperaba yo de su galantería
y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances, cual lo prueban
las voces de la fama que han traído a mis orejas sus _hasañas_. Bueno,
pues _verasté_. Mi criada, que es esta guapa y gallarda donsella que a
mi lado ve usted, se llama Soraida; irá a Cádiz en un frágil esquife
que Perico el botero tiene preparado en el muelle; pero como es grande
su cortedad, deseo vaya acompañada de ese vuestro leal amigo, que está
ahí oyéndonos como un marmolejo.
Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi
amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía
qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación:
--¡Oh! Gracias, _insine amigo del valiente Otelo_. Ya lo esperaba yo
de su _malanimidad_. Pues _oigasté_, señor militar. Mientras este fiel
amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella en la difícil comisión que
mi amenasado honor le encomienda, nosotros nos quedaremos aquí pelando
la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté se entera?, tendré ocasión
de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi pecho.
No había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta de la casa y
apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto
negro, la cual, llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que
rápidamente la siguiese, diciéndome:
--Señor oficial, vamos, que es tarde.
No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida
al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que fuera, no me
permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo siempre:
--Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!... No mire usted
atrás ni se detenga, que estoy de prisa.
Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía
que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer
arrogante y que me revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la
alta calidad a que pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado
que no era criada, y después de oírla y sentir el contacto de su
vestido, ningún hombre se habría equivocado respecto a su clase. Yo
estaba algo aturdido por lo inusitado de la aventura, y una dulce
confusión embargaba mi alma. Venían a mi mente indicios, recuerdos, y
aquella mujer llevaba en los pliegues de su vestido un ambiente que no
era nuevo para mí. Pero al principio ni aun pude formular claramente mi
sospecha. La desconocida me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa
por las calles del Puerto, hablando de esta manera:
--Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas?
--¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse?
--Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una dama.
--Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene usted
ánimo, iré sola.
--Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en el
frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos
Montes...
La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de su voz
resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente cambiaron
en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre las
nebulosas dudas.
--Adelante --dijo al ver que me detenía--. Ya estamos en el muelle.
El botero está allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece
tranquilo.
Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie
de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el
descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé
cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme
su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar.
--¡Oh, señora Condesa! --exclamé besándole tiernamente las manos--.
¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!...
--Gabriel --me contestó--, ha sido realmente una felicidad que me hayas
encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio.
--Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me
halle.
--Criado, no: ya esos tiempos pasaron. ¿En dónde has estado?
--En Zaragoza.
--¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas posición
y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los desgraciados
y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar la grandeza.
Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy bien. Así te
quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has buscado?... Ya no
nos quieres.
--Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia recibí?
Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos lo esperaba, se
digna usía servirse de mí.
--No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el mismo;
no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por Inés?
--Señora --dije anonadado--, no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha
cambiado más que yo.
--Tal vez.
--¿Inés vive?
--Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo
que la verás, la verás.
Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía comprender
su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su hija. Su
benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a darle las
gracias.
--¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel!
Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche,
sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer
compañero ni custodio más a propósito.
--Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están
cerradas a estas horas?
--Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta
travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta
de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba
dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando
al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro que
estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora te
hallas. Así te deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues
no lleva sus charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese
uniforme que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya
usted a hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico,
bien, bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de
tus abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos
estos! He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con
ello... Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo
has venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí
tu corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo
vas teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad?
Yo también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho...
Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la
tierra.
El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero, fijo en la popa,
manejaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la
cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba
cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de
la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la
negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían
correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el
mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi
brazo a la Condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes
cabezadas de la embarcación. Los tres marinos no pronunciaron una sola
palabra en todo el trayecto.