Imposible pintar a ustedes nuestra profunda consternación al vernos
esclavos de Francia, y considerando la situación del desgraciado
Álvarez, solo, en poder de sus verdugos. Nuestra propia suerte de
prisioneros nos causaba menos pesar que la de aquel heroico veterano,
condenado por su valor sublime a ser juguete de una cruel soldadesca, a
quien le entregaron para que se divirtiese martirizándole.
Encerráronnos en Pertús en una inmunda cuadra, donde con centinelas de
vista nos tuvieron hasta el día siguiente, en cuya alborada, cuando
nos llevaban fuera del pueblo, verificamos un acto honroso, con el
cual quiero poner fin a mi narración. Allí, sobre unas peñas desde
las cuales se divisaban a lo lejos los cerros y vertientes de España,
nos dimos las manos y juramos todos morir antes que resignarnos a
soportar la odiosa esclavitud que la canalla quería imponernos. Desde
aquel instante principiamos a concertar un hábil plan para fugarnos,
cual tantos otros que, llevados a Francia, habían sabido volver por
peligrosos caminos y medios a la patria invadida.
Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que solo a mí se
refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de nuestra
residencia en Francia, y de los medios que empleamos para regresar
a España. Éramos seis, y solo tres volvimos. Los demás, cogidos
_infraganti_, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno en Boulou.
¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso? ¡Cuántos
de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que los
franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o de
Madrid! Con la relación de mis padecimientos en la frontera, de las
diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las
mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdá
hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que
ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de
Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo
y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances
en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada hacia
atrás, como parecen exigírmelo mis raros oyentes, deseosos de saber qué
fue de Siseta, así como de sus hermanos Badoret y Manalet.
No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido sin
saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña con
intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer
llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que
también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen
allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos
ve toda su familia, y el único consuelo de sus tristes días. La hija
del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente
la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un
convento; mas Siseta procura arrancarle sus melancolías, y la induce
a que aspire al matrimonio en la seguridad de encontrar buen esposo.
No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo,
y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de
la Religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre
espíritu huérfano y solitario.
Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército para
marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en dos
docenas de cepas, y un número no menor de frondosos olivos, y por mi
parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder soltar
el grave peso de las armas y tornar a mi pueblo, donde no pienso hacer
al tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme.
Con lo que Siseta ha heredado y lo que yo poseo, tenemos lo suficiente
para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable la vida, pues
no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a altos empleos,
a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y zozobras. Hoy
peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos de la milicia,
y de todos los presentes soy quizás el único que no sueña con ser
general.
Otros anhelan gobernar el mundo, sojuzgar pueblos y vivir entre el
bullicio de los ejércitos; pero yo, contento con la soledad silenciosa,
no quiero más ejército que los hijos que espero ha de darme Siseta.
* * * * *
Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he reproducido con toda
fidelidad en su parte esencial, valiéndome como de poderoso auxiliar
del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi buen amigo me regaló
más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que dije al comenzar
el libro, y es que las modificaciones introducidas en esta relación
afectan solo a la superficie de la misma, y la forma de expresión
es enteramente mía. Tal vez haya perdido mucho la leyenda de Andrés
al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño en
uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que en
su vasta longitud se hallase el trazo de una sola pluma.
Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron interpretaciones
diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el castillo de Figueras;
y como ya desde antes de entrar en Andalucía habíamos sabido la
misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más grande sin duda
de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó el suceso de
distinto modo.
--Dícese que le envenenaron --afirmó uno-- en cuanto llegó al castillo.
--Yo creo que Álvarez fue ahorcado --opinó otro--, pues el rostro
cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su
Excelencia, indica que murió por estrangulación.
--Pues a mí me han dicho --añadió un tercero--, que le arrojaron a la
cisterna del castillo.
--Hay quien afirma que le mataron a palos.
--Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue
encerrado en un calabozo, donde le tuvieron tres días sin alimento
alguno.
--Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería
a hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la
vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo
del grande hombre.
Discutimos largo rato, sin poder poner en claro la clase de muerte que
había arrebatado del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y
patriotas; pero como su fin era evidente, convinimos, por último, en
que el esclarecimiento del medio empleado para exterminar tan terrible
enemigo del poder imperial, afectaba más al honor francés que al
ejército español, huérfano de tan insigne jefe. Y si verdaderamente
fue asesinado, como se ha venido creyendo desde entonces acá, la
responsabilidad de los que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie,
bastaría a exceptuar entonces a Francia de la aplicación de las leyes
de la guerra en lo que tienen de humano. Que murió violentamente parece
indudable, y mil indicios corroboran una opinión que los historiadores
franceses no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es
creíble que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero
un poder que, si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía
indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó
luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes
ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino.
Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia
de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan
a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según
su criterio tan solo de las menudencias de la vida. Por esta causa
se atreven tranquilamente, y sin que su empedernido corazón palpite
con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a mil
fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas
razones de Estado, intereses de esta o de la otra nación; y a veces, si
se les deja, sobre el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen
mover y voltear a pueblos inocentes, a millares de individuos que solo
quieren el bien. Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde
al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen
con él a la pelota.
Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes,
se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador
se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es
pequeño, y aplaude y admira un delito tan solo porque es perpetrado en
la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la
observación lo mismo que el achicamiento, que hace perder el objeto en
las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque, a mi juicio, Napoleón I
y su imperio efímero, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de
los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba
policía, tan solo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas,
apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a
reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho, y sostenerse en
constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de
desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas
voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si
despojar a un viajante de su pañuelo se llama _robo_, para expresar la
tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los
idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los
diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar
los _grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos
por otros..._, etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una
policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar.
Pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe
poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a
sus dueños los objetos perdidos y restableciendo el imperio moral, que
nunca está por tierra largo tiempo.
Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla; pero
al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de Castro,
el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto
extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he podido
menos de extender la vista para observar todo lo que había en derredor,
encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo de Figueras
contempló en el patio del castillo una mañana del mes de enero de 1810.
Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes
catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los
criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente
impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de
caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse.