XXVI

Imposible pintar a ustedes nuestra profunda consternación al vernos

esclavos de Francia, y considerando la situación del desgraciado

Álvarez, solo, en poder de sus verdugos. Nuestra propia suerte de

prisioneros nos causaba menos pesar que la de aquel heroico veterano,

condenado por su valor sublime a ser juguete de una cruel soldadesca, a

quien le entregaron para que se divirtiese martirizándole.

Encerráronnos en Pertús en una inmunda cuadra, donde con centinelas de

vista nos tuvieron hasta el día siguiente, en cuya alborada, cuando

nos llevaban fuera del pueblo, verificamos un acto honroso, con el

cual quiero poner fin a mi narración. Allí, sobre unas peñas desde

las cuales se divisaban a lo lejos los cerros y vertientes de España,

nos dimos las manos y juramos todos morir antes que resignarnos a

soportar la odiosa esclavitud que la canalla quería imponernos. Desde

aquel instante principiamos a concertar un hábil plan para fugarnos,

cual tantos otros que, llevados a Francia, habían sabido volver por

peligrosos caminos y medios a la patria invadida.

Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que solo a mí se

refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de nuestra

residencia en Francia, y de los medios que empleamos para regresar

a España. Éramos seis, y solo tres volvimos. Los demás, cogidos

_infraganti_, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno en Boulou.

¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso? ¡Cuántos

de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que los

franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o de

Madrid! Con la relación de mis padecimientos en la frontera, de las

diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las

mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdá

hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que

ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de

Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo

y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances

en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada hacia

atrás, como parecen exigírmelo mis raros oyentes, deseosos de saber qué

fue de Siseta, así como de sus hermanos Badoret y Manalet.

No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido sin

saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña con

intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer

llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que

también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen

allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos

ve toda su familia, y el único consuelo de sus tristes días. La hija

del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente

la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un

convento; mas Siseta procura arrancarle sus melancolías, y la induce

a que aspire al matrimonio en la seguridad de encontrar buen esposo.

No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo,

y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de

la Religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre

espíritu huérfano y solitario.

Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército para

marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en dos

docenas de cepas, y un número no menor de frondosos olivos, y por mi

parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder soltar

el grave peso de las armas y tornar a mi pueblo, donde no pienso hacer

al tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme.

Con lo que Siseta ha heredado y lo que yo poseo, tenemos lo suficiente

para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable la vida, pues

no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a altos empleos,

a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y zozobras. Hoy

peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos de la milicia,

y de todos los presentes soy quizás el único que no sueña con ser

general.

Otros anhelan gobernar el mundo, sojuzgar pueblos y vivir entre el

bullicio de los ejércitos; pero yo, contento con la soledad silenciosa,

no quiero más ejército que los hijos que espero ha de darme Siseta.

* * * * *

Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he reproducido con toda

fidelidad en su parte esencial, valiéndome como de poderoso auxiliar

del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi buen amigo me regaló

más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que dije al comenzar

el libro, y es que las modificaciones introducidas en esta relación

afectan solo a la superficie de la misma, y la forma de expresión

es enteramente mía. Tal vez haya perdido mucho la leyenda de Andrés

al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño en

uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que en

su vasta longitud se hallase el trazo de una sola pluma.

Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron interpretaciones

diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el castillo de Figueras;

y como ya desde antes de entrar en Andalucía habíamos sabido la

misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más grande sin duda

de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó el suceso de

distinto modo.

--Dícese que le envenenaron --afirmó uno-- en cuanto llegó al castillo.

--Yo creo que Álvarez fue ahorcado --opinó otro--, pues el rostro

cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su

Excelencia, indica que murió por estrangulación.

--Pues a mí me han dicho --añadió un tercero--, que le arrojaron a la

cisterna del castillo.

--Hay quien afirma que le mataron a palos.

--Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue

encerrado en un calabozo, donde le tuvieron tres días sin alimento

alguno.

--Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería

a hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la

vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo

del grande hombre.

Discutimos largo rato, sin poder poner en claro la clase de muerte que

había arrebatado del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y

patriotas; pero como su fin era evidente, convinimos, por último, en

que el esclarecimiento del medio empleado para exterminar tan terrible

enemigo del poder imperial, afectaba más al honor francés que al

ejército español, huérfano de tan insigne jefe. Y si verdaderamente

fue asesinado, como se ha venido creyendo desde entonces acá, la

responsabilidad de los que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie,

bastaría a exceptuar entonces a Francia de la aplicación de las leyes

de la guerra en lo que tienen de humano. Que murió violentamente parece

indudable, y mil indicios corroboran una opinión que los historiadores

franceses no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es

creíble que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero

un poder que, si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía

indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó

luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes

ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino.

Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia

de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan

a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según

su criterio tan solo de las menudencias de la vida. Por esta causa

se atreven tranquilamente, y sin que su empedernido corazón palpite

con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a mil

fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas

razones de Estado, intereses de esta o de la otra nación; y a veces, si

se les deja, sobre el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen

mover y voltear a pueblos inocentes, a millares de individuos que solo

quieren el bien. Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde

al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen

con él a la pelota.

Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes,

se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador

se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es

pequeño, y aplaude y admira un delito tan solo porque es perpetrado en

la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la

observación lo mismo que el achicamiento, que hace perder el objeto en

las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque, a mi juicio, Napoleón I

y su imperio efímero, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de

los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba

policía, tan solo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas,

apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a

reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho, y sostenerse en

constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de

desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas

voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si

despojar a un viajante de su pañuelo se llama _robo_, para expresar la

tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los

idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los

diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar

los _grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos

por otros..._, etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una

policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar.

Pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe

poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a

sus dueños los objetos perdidos y restableciendo el imperio moral, que

nunca está por tierra largo tiempo.

Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla; pero

al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de Castro,

el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto

extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he podido

menos de extender la vista para observar todo lo que había en derredor,

encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo de Figueras

contempló en el patio del castillo una mañana del mes de enero de 1810.

Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes

catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los

criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente

impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de

caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse.

Gerona · 第 28 / 31 题