--¡Cuánto tardamos! --dijo Amaranta con impaciencia.
--El bote va como un rayo. Antes de diez minutos estaremos allá --dije
al ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua--. ¿Tiene usía
miedo?
--No, no tengo miedo --repuso tristemente--, y te juro que aunque las
olas fueran tan fuertes que lanzaran al bote a la altura de los topes
de ese navío, no vacilaría en hacer este viaje. Lo habría hecho sola
si no te hubieras aparecido como enviado del cielo para acompañarme.
Cuando te vi, mi primera idea fue llamarte; pero luego mi criada y
yo discurrimos la invención que oíste, para desorientar al hidalgo
portugués. Quiero que no me conozca nadie.
--La señora Duquesa de los Umbrosos Montes estará a estas horas
trastornando el seso de mi buen amigo.
--Sí, y lo hará bien. Si mi ánimo estuviera tranquilo, me reiría
recordando la gravedad con que dijo las relaciones que le enseñé esta
tarde. Hace poco, como se empeñara en galantearme un viajero inglés,
Dolores quiso pasar por ama y yo por criada; pero él conoció al punto
el engaño. No nos dejaba a sol ni a sombra, y no puedes figurarte las
felices ocurrencias de mi doncella a propósito del caballero británico,
de su aspecto tristón, de sus ardientes arrebatos y de su cojera. Es
a ratos amable y fino, a ratos sombrío y sarcástico; se llamaba Lord
Byron.
--No es extraño que vuecencia enloqueciera a ese señor inglés. Pero ya
llegamos, señora Condesa, y el bote va a atracar en el muelle. Sale la
guardia a darnos el quién vive.
--No importa: tengo pase. Di que llamen a D. Antonio Maella, jefe de la
guardia.
Presentose el oficial, y nos dio entrada sin dificultad, abriéndonos
luego la puerta, por donde pasamos a la Plaza de San Juan de Dios.
Mientras nos acompañaba hasta dicho punto, habló brevemente con
Amaranta.
--Ya la esperaba a usted --le dijo--. Las dos señoras Marquesas tienen
preparado su viaje para mañana, en la fragata inglesa _Eleusis_.
Piensan establecerse en Lisboa.
--Su objeto es alejarse de mí --repuso Amaranta--. Felizmente he tenido
aviso oportuno, y me parece que llego a tiempo.
--Tan callado tenían el viaje, que yo mismo no lo he sabido hasta esta
tarde, por el capitán de la fragata. ¿Piensa usted partir también con
ellas?
--Partiré si no puedo detenerlas.
Al decir esto, la Condesa, sin perder tiempo en contestar a los
cumplidos y finezas del oficial, tomó mi brazo, y obligándome a tomar
paso algo vivo, me dijo:
--Gabriel, no nos detengamos. ¡Cuán inquieta estoy!... Ya te lo
contaré todo después. Figúrate que después que me hacen vivir como en
destierro, separada de lo que más amo en el mundo... ¿qué te parece?
Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecer tal castigo?... Pues sí...
Después que me obligan a vivir allá... Te diré... hasta se han empeñado
en hacerme pasar por afrancesada... Y todo ¿por qué? dirás tú... Pues
nada más sino porque... andemos más a prisa... porque me opongo a que
la hagan desventurada para siempre... Mi tía no tiene sensibilidad,
y nuestra parienta la de Rumblar tiene un rollo de pergaminos en el
sitio donde los demás llevamos el corazón. Además, con los vidrios
verdes de sus espejuelos no ve más que dinero... Gabriel, etiqueta y
soberbia en un lado; soberbia y avaricia en otro... No puedes figurarte
cuán apenadas y tristes están las tres pobres muchachas... Y ahora
quieren llevárselas a Lisboa... ¿qué dices tú a eso?... Todo por alejar
a Inés... ¡Con cuánto secreto han preparado el viaje!... ¡Con qué
habilidad me confinaron en el Puerto, haciendo llegar a los individuos
de la Junta falsas noticias acerca de mí! Por fortuna, soy amiga del
embajador inglés Wellesley... que si no... Pues si mi tía y yo nos
disputamos ardientemente el dirigir a la pobre Inés hacia su mejor
destino... ella va por una senda, yo por otra... lo que yo quiero es
más razonable; y si no, dime tu parecer... Pero ya hablaremos mañana.
¿Te quedarás en la Isla o vendrás a Cádiz? Espero que nos veremos,
Gabrielillo. ¿Te acuerdas cuando eras mi paje en el Escorial, y yo te
contaba aquellas historias?
--Esos y otros recuerdos de aquel tiempo, señora --le respondí-- son
los más dulces de mi vida.
--¿Te acuerdas cuando te me presentaste en Córdoba? --prosiguió
riendo--. Entonces estabas algo tonto. ¿Te acuerdas de cuando en
Madrid fuiste a casa con el Padre Salmón?... ¿Te acuerdas de cuando
te encontré en el Pardo vestido de Duque de Arión?... Después me he
acordado mucho de ti, y he dicho: «¡Dónde estará aquel desgraciado!...»
Creo que Dios te ha cogido por la mano para ponerte delante de mí. Ya
llegamos.
Nos detuvimos junto a una casa de la calle de la Verónica.
--Llama --me dijo la Condesa--. Esta es la casa de una amiga mía de
toda confianza.
--¿Vive aquí la señora Marquesa? --pregunté, tirando de la campanilla
de la reja--. Esta casa no me es desconocida.
--Aquí vive Doña Flora de Cisniega: ¿la conoces? Entremos. Se ven
luces en la sala. Aún están en la tertulia; es temprano. Ahí estarán
Quintana, Gallego, Argüelles, Gallardo y otros muchos patriotas.
Subimos, y en un gabinete interior nos recibió el ama de la casa, en
quien al punto reconocí una amistad antigua.
--¿Está aquí? --le preguntó con ansiedad la Condesa.
--Sí: aunque se embarcan mañana de secreto, han venido esta noche sin
duda para que yo no sospeche su determinación. Pero a mí no se me
engaña... ¿Va usted a la sala? Está muy animada la tertulia. ¡Ay! amiga
mía, esta noche he ganado al _monte_ una buena suma.
--No, no voy a la sala. Haga usted salir a Inés con cualquier pretexto.
--Está en coloquio tirado con el amable inglesito. Pero saldrá. Mandaré
a Juana que la llame.
Después de dar la orden a su doncella, Doña Flora me observó
atentamente, queriendo reconocerme.
--Sí, soy Gabriel, señora Doña Flora; soy Gabriel, el paje del Sr. D.
Alonso Gutiérrez de Cisniega.
Doña Flora, no necesitando más, abalanzose a mí con todo el ímpetu de
su sensible corazón.
--Gabrielillo, ¿es posible que seas tú? --exclamó con chillidos,
estrechándome en sus brazos--. Estás hecho un hombre, un caballero...
¡Qué alto estás! ¡Cuánto me alegro de verte!... ya te he echado de
menos... pero ¡qué buen mozo eres!... ¿Qué tal me encuentras?... Otro
abrazo... ¡Ay!... ¿Por qué me dejaste?... ¡pobrecito niño!
Mientras era objeto de tan ardientes demostraciones de regocijo, sentí
rumorcillo de faldas hacia el corredor que conducía a la pieza en donde
estábamos.