¡Oh, qué trance tan amargo, y qué horrenda hora! Eso de que a sangre
fría le quiten a uno la preciosa existencia, lejos de la patria,
ausente de las personas queridas, sin ojos que le lloren, en soledad
espantosa y entre gente que no ve en ello más que la víctima inmolada
a los intereses militares, es de lo más abrumador que puede ofrecerse
a la contemplación del espíritu humano. Yo miraba aquel cielo, y no
era como el cielo de España; yo miraba la gente, oía su lengua extraña
modulando en conjunto voces incomprensibles, y no era aquella gente
tampoco como la gente de acá. Sobre todo, Siseta no estaba allí, y el
vacío de su ausencia no lo habrían llenado cien vidas otorgadas en
cambio de la que me iban a quitar. Me ocurrió protestar contra aquella
barbarie, gritando y defendiéndome contra miles de hombres; pero la
realidad de mi impotencia me aplastaba con formidable pesadumbre. Dejé
de ver lo que tenía ante los ojos, y mi intensa congoja me hizo llorar
como una mujer. Mostraban entereza mis compañeros; pero ellos no habían
dejado en Gerona ninguna Siseta.
Al llegar a la muralla, vimos formados en fila a los frailes y
soldados que nos habían seguido. Algunos legos y ancianos lloraban;
pero el Padre Rull despedía llamas de sus negros y varoniles ojos.
En tan supremo trance, el fraile patriota, rabiando de enojo contra
sus verdugos, había olvidado la principal página del Evangelio.
Nos pusieron también a nosotros en fila, y la persona de Álvarez
fue confundida entre los demás sin consideración a su jerarquía.
Permanecimos quietos largo rato, ignorando qué harían de nosotros, en
terrible agonía, hasta que apareció un oficialejo barrigudo, que con
un papelito en la mano nos iba nombrando uno por uno. Tanto aparato,
la cruel exhibición ante el populacho, el despliegue de tan colosales
fuerzas contra unos pobres enfermos muertos de hambre, de cansancio y
de sueño, no tenía más objeto que pasar lista. ¡Ay! Cuando adquirí la
certidumbre de que no nos fusilaban, los franceses me parecieron la
gente más amable, más caritativa y más humana del mundo.
Volvimos al castillo, donde hallamos una gran novedad. El aposento
donde pasamos la noche se había considerado como un gran lujo de
comodidades para estos pícaros _insurgentes y bandidos_, que tan
heroicamente defendieron la plaza de Gerona, y nos destinaron a una
lóbrega mazmorra sin aire, empedrada de guijarros agudísimos, entre
cuyos huecos se remansaban fétidas aguas. Doble puerta con cerrojos
muy fuertes la cerraba, y un mezquino agujero abierto en el ancho muro
dejaba entrar solo al mediodía un rayo de luz, insuficiente para que
nos reconociésemos las caras. Protestamos; el mismo Álvarez reprendió
ásperamente al alcaide; pero este ni aun siquiera tuvo la dignación de
contestarnos otra cosa más que la oferta de servirnos una buena comida,
si se la pagábamos bien. El ilustre enfermo se empeoraba de hora en
hora, y desde aquel día comprendimos que se nos iba a morir en los
brazos, si no se instalaba en lugar más higiénico. Haciendo un esfuerzo
el mismo Álvarez, escribió una carta al General Augereau, notificándole
los malos tratamientos de que era objeto; pero no tuvo contestación.
Y seguía lo de la linterna por la noche, en cuya obra caritativa se
esmeraba el maldito francés regordete y rubio, amén de robarnos con
la perversa cena que nos ponía. Si el Gobernador necesitaba alguna
medicina, no había fuerzas humanas que la hiciesen traer, por temor de
que se envenenara, y registrándonos escrupulosamente, fuimos despojados
de todo instrumento cortante para evitar que tratásemos de poner fin a
aquella deliciosa vida con que nos regalaban.
En aquella inmunda pocilga estuvimos hasta que concluyó con diciembre
el funestísimo año 9, enfermos todos, y más que enfermo, moribundo
el gran Álvarez, que al resistir tan fuertes padecimientos, mostró
tener el cuerpo tan enérgico y vigoroso como el alma. Durante las
largas y tristes horas, departía con nosotros sobre la guerra,
contábanos su gloriosa historia militar, y nos infundía esperanza
y bríos, augurando con elevado discernimiento el glorioso fin de
la lucha con los franceses y el triunfo de la causa nacional. Su
extraordinario espíritu, superior a cuanto le rodeaba, sabía abarcar
los acontecimientos con segura perspicacia, y oyéndole, oíamos la voz
poderosa de la patria que llegaba al calabozo excavado en extranjero
suelo.
Al fin, nuestro doloroso encierro en aquella mazmorra donde nos
consumíamos, viendo extinguirse la noble vida del defensor de Gerona,
tuvo fin una noche en que el alcaide entró a decirnos que nos
vistiéramos a toda prisa porque nos iban a internar en Francia. Esta
noticia, a pesar de alejarnos de España, nos produjo inmensa alegría,
porque ponía fin al encierro, y no aguardamos a que la repitiese el
panzudo hombre de la linterna, demostrándole de diversos modos el gran
gusto que sentíamos por perderle de vista, lo mismo que a su aparato.
Nos sacaron de Perpiñán con numerosa escolta, y con nosotros iban los
frailes. El jefe de la gendarmería dio orden de fusilar a todo señor
fraile que tratase de huir, y nos pusimos en marcha.
Pero en este viaje la Providencia nos deparó un hombre generoso y
caritativo que, a escondidas de los franceses, sus compatriotas,
prodigó al ilustre enfermo solícitos cuidados. Era el mismo cochero
que le conducía, el cual, condolido de sus males, e ignorando que
fuese un héroe, mostró sus cristianos sentimientos de diversos modos.
Agradecidos de su bondad, quisimos recompensarle; pero no consintió en
admitir nada, y como los gendarmes le mandaran que avivase el paso de
las caballerías para marchar más a prisa, él, sabiendo cuánto daño
hacía al paciente la celeridad de la carrera, fingió enfermedades en el
escuálido ganado y desperfectos en el viejo coche para justificar el
tardo paso con que andaba. Todos los de a pie, que éramos los más, le
agradecimos en el alma la pereza de su vehículo.
Después de descansar un poco en Salces, hicimos noche en Sitjans, y
nunca a tal punto llegáramos, porque haciendo bajar de su coche al
General, le aposentaron con los demás de su séquito en una caballeriza
llena de estiércol, y donde no había cama ni sillas, ni nada que se
pareciese a un mueble, siquier fuese el más mezquino y pobre. Agotada
la paciencia ante tanta infamia, y viendo cuán poco adecuado era aquel
inmundo sitio para quien por su categoría, y además por su lastimoso
estado, tenía derecho a todas las consideraciones, no pudimos contener
la explosión de nuestro enojo, y con durísimas palabras increpamos
al jefe de la gendarmería. Este, después de amenazarnos, pareció
aplacarse, comprendiendo sin duda la justicia de nuestra reclamación,
y al fin, después de vacilar, vino a decir en suma que el alojamiento
no era cuenta suya. Por último, el cochero, con orden o por simple
tolerancia del jefe de la fuerza, introdujo en la cuadra una cama en
que descansó algunas horas el desgraciado enfermo, cuya prodigiosa
resistencia parecía tocar ya al último límite.
A la mañana siguiente, cuando nos poníamos de nuevo en marcha,
aparecieron unos guardias a caballo que traían una orden para el jefe
que nos conducía, y abriendo el pliego en nuestra presencia, nos dio
a conocer su contenido, el cual no era otra cosa sino que _Monsieur
Álvarez_ debía volver a España. Esto nos alegró sobremanera, por la
esperanza de ver pronto a la patria querida, y hasta sospechamos si,
apiadados de nuestra desgracia, se dispondrían aquellos caballeros a
dejarnos en libertad luego que traspasásemos la frontera. Los frailes
y la gente de tropa que no pertenecía a la comitiva del enfermo,
creyéronse también destinados a pisar pronto el suelo español, y
mostráronse muy alegres; pero los gendarmes al punto les sacaron de su
risueño error, mandándoles seguir adelante, por Francia adentro. Nos
despedimos de ellos tiernamente, recogiendo encargos, recados, cartas
y amorosas memorias de familia, y volvimos la cara al Pirineo. D.
Mariano, al saber que se variaba de rumbo, dijo:
--«_Como no me vuelvan al Castillet de Perpiñán, llévenme a donde
quieran._»
Excuso enumerar los miserables aposentamientos, los crueles tratos
que se sucedieron desde Sitjans a la frontera española. Ni sé cómo
por tanto tiempo y a tan repetidos golpes resistió la naturaleza del
hombre contra quien se desplegaba tan gran lujo de maldad. Por último,
señores, concluiré refiriendo a ustedes la última escena de aquel
terrible _via crucis_, la cual ocurrió en la misma frontera, un poco
más allá de Pertús. Es el caso que cuando con el mayor gozo habíamos
pisado la tierra de España, se presentaron unos guardias a caballo con
nuevas órdenes para los gendarmes. El jefe mostrose muy contrariado,
y habiéndose trabado ligera reyerta entre este y uno de los portadores
del oficio, oímos esta frase, que, aunque dicha en francés, fácilmente
podía ser comprendida:
--_Monsieur Álvarez_ debe volver, pero los edecanes y asistentes no.
Al punto comprendimos que se nos quería separar de nuestro idolatrado
General, dejándonos a todos en Francia, mientras a él se le llevaba
otra vez solo, enteramente solo, al castillo de Figueras. Esto causó
desolación en la pequeña comitiva. Satué, cerrando los puños y
vociferando como un insensato, dijo que antes se dejaría hacer pedazos
que abandonar a su General; otros, creyendo mal camino para convencer a
nuestros conductores el de la amenaza y la cólera, suplicamos al jefe
de los gendarmes que nos dejase seguir. El mismo enfermo indicó que si
se le separaba de sus fieles compañeros de desgracia, la residencia
en España le sería tan insoportable al menos como la prisión en el
Castillet. Suplicamos todos en diverso estilo que nos dejasen asistir
y consolar a nuestro querido Gobernador; pero esto fue inútil. Como
complemento de los mil martirios que con refinado ingenio habían
aplicado al héroe, quisieron someter su grande alma a la última prueba.
Ni su enfermedad penosísima, ni sus años, ni la presunción de su
muerte, que se creía próxima y segura, les movieron a lástima; tanta
era la rabia contra aquel que había detenido durante siete meses frente
a una ciudad indefensa a más de cuarenta mil hombres, mandados por
los primeros generales de la época; que no había sentido ni asomos
de abatimiento ante una expugnación horrorosa en que jugaron once mil
novecientas bombas, siete mil ochocientas granadas, ochenta mil balas,
y asaltos de cuyo empuje se puede juzgar considerando que los franceses
perdieron en todos ellos veinte mil hombres.
Cansados de inútiles ruegos, pedimos al fin que se permitiera acompañar
y servir al General a uno de nosotros, para que al menos no careciese
aquel de la asistencia que su estado exigía; pero ni esto se nos
concedió. La agria disputa inspiró al mismo Álvarez las palabras
siguientes:
--«_Todas estas son estratagemas de que se valen los franceses para
mortificar a aquel a quien no han podido hacer bajar la espalda._»
Bruscamente nos quisieron apartar del coche en que iba; pero
atropellando a los que nos lo impedían, nos abalanzamos sobre él,
y unos por un costado, otros por el opuesto, le besamos las manos
regándolas con nuestras lágrimas. Satué se metió violentamente dentro
del coche, y los gendarmes le sacaron a viva fuerza, amenazándole con
fusilarle allí mismo si no se reportaba en las manifestaciones de
su dolor. El General, despidiéndonos con ánimo sereno, nos dijo que
renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra
suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa
nacional, y que, aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba
con aquella idea. Recomendonos la prudencia, la conformidad, la
resignación, y él mismo dio a sus conductores la orden de partir, para
poner pronto fin a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el
nuestro. El cupé partió a escape, y nos quedamos en Francia, sujetados
por los gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir
las demostraciones de nuestra ira. Seguimos desesperados y con los ojos
llenos de lágrimas el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y
cuando dejamos de verle, Satué, bramando de ira, exclamó:
--Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie
lo vea.