Adiós, señores; me voy a Francia, me llevan. Los sucesos que he
referido habíanme hecho olvidar que era prisionero de guerra, como los
demás defensores de la plaza, y era forzoso partir. Solamente en razón
de mi enfermedad me fue permitido, como a otros muchos, el permanecer
allí desde el 10 hasta el 21, de modo que con el mal acababa la dulce
libertad.
Adiós, señores; me voy, adiós, pues tanta prisa me daba aquella
canalla, que no digo para despedirme de mis caros oyentes, pero ni aun
para abrazar a Siseta y sus hermanos me alcanzaba el breve tiempo de
que disponía. Notificada la marcha, nos señalaron hora, nos recogieron,
y haciéndonos formar en fila, camina que caminarás, a Francia. Los
castigos impuestos por contravenir el programa de circunspección
que nos habían recomendado, eran: la pena de muerte para el conato
de fuga; cincuenta palos por hablar mal de José Botellas, cantar el
_dígasme tú, Girona_, o nombrar a D. Mariano Álvarez.
--Adiós, Siseta; adiós, Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos
míos. Cuidado con lo que os he advertido. El prisionero os escribirá
desde Francia, si antes no logra burlar la vigilancia de sus crueles
carceleros. Adiós. No os mováis de aquí, mientras yo no os lo mande,
ni penséis por ahora en tomar posesión de vuestros alcornoques, que
eso y mucho más se hará más adelante. Acompañad a la desgraciada hija
del gran D. Pablo, y alegrad sus tristes horas. Adiós: dad otro abrazo
a Andrés Marijuán, a quien llevan preso a Francia por haber defendido
la patria. Tengo confianza en Dios, y el corazón me dice que no he de
dejar los huesos en la tierra de los _cerdos_. Ánimo: no lloréis, que
el que ha escapado de las balas, también escapará de las prisiones, y,
sobre todo, no es de personas valerosas el lagrimear tanto por un viaje
de pocos días. Salud es lo que importa, que libertad... ella sola se
viene por sus pasos contados, sin que nadie lo pueda impedir. Adiós,
adiós.
Así les hablaba yo al despedirme, y por cierto que carecía
completamente del ánimo y entereza que a los demás recomendaba,
faltándome poco para dar al traste con mi seriedad; pero convenía en
aquella ocasión blasonar de hombre de hierro. Mi gravedad era ficticia,
y no hay heroísmo más difícil que aquel que yo intentaba al despedirme
de Siseta y sus hermanos. La verdad es que tenía el corazón oprimido,
como si mano gigantesca me lo estrujara para sacarle todo su jugo.
Siseta se quedó en la calle de la Neu, agobiada por profunda aflicción;
Badoret y Manalet me acompañaron hasta más allá de Pedret, y no fueron
más adelante porque se lo prohibí, temiendo que con la oscuridad
de la noche se extraviaran al regresar. Salimos, pues, en la noche
del 21. Delante iba, rodeado de gendarmes a caballo, el coche en
que llevaban a D. Mariano Álvarez; seguían los oficiales, entre los
cuales estaba mi amo; dos o tres asistentes completábamos el primer
grupo de la comitiva. Más atrás marchaba toda la clase de tropa,
soldados convalecientes de heridas o de epidemia en su mayor parte. La
procesión no podía ser más lúgubre, y el coche del Gobernador rodaba
despaciosamente. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en voz
alta y alegre nuestros carceleros. Los españoles íbamos mudos y tristes.
Hicimos alto en Sarriá, donde se nos agregaron los frailes que habían
salido antes que nosotros con el mismo destino, y con Sus Paternidades
a la cabeza nada faltó para que la comitiva pareciese un jubileo. Daba
lástima verlos, porque si entre ellos había jóvenes robustos y recios
que resistían el rigor de la penosa jornada, no faltaban ancianos
encorvados y débiles que apenas podían dar un paso. La gendarmería
les arreaba sin piedad, y lo más que se les concedió fue que alguno
de nosotros les ofreciera apoyo llevándoles del brazo. El Padre Rull
sofocaba su impetuosa cólera, y marchando delante de todos con
resuelto paso, revolvía sin duda en su mente proyectos de venganza. Los
legos, que cargaban repletas alforjas, repartían graciosamente en cada
descanso raciones de pan, queso, frutas secas y algún vino, de lo cual
algo se rodaba siempre hacia la parte seglar de la caravana, aunque no
mucho. Algunos gendarmes franceses, más humanos que sus jefes, también
nos ofrecían no poca parte de sus víveres.
De este modo llegamos a Figueras a las tres de la tarde del 22,
y sin permitirle descanso alguno, fue el Gobernador enviado al
castillo de San Fernando. Frailes y soldados quedaron en el pueblo,
y solamente subimos con aquel los del servicio del propio General o
de sus ayudantes. Marchamos todos tras el coche, y al entrar en la
fortaleza, la debilidad de D. Mariano era tal, que tuvimos que sacarle
en brazos para transportarle de la misma manera al pabellón que le
habían destinado, el cual era un desnudo y destartalado cuartucho sin
muebles. Entró el héroe con resignación en aquella pieza, y echose
sin pronunciar queja alguna sobre las tablas, que a manera de cama le
destinaron. Los que tal veíamos, estábamos indignados, no comprendiendo
tan baja e innoble crueldad en militares hechos ya de antiguo a tratar
enemigos vencidos y rivales poderosos; pero callábamos por no irritar
más a los verdugos, que parecían disputarse cuál trataba peor a la
víctima. Luego que se instaló, trajeron al enfermo una repugnante
comida, igual al rancho de los soldados de la guarnición; pero
Álvarez, calenturiento, extenuado, moribundo, no quiso ni aun probarla.
De nada nos valió pedir para él alimentos de enfermo, pues nos
contestaron bruscamente que allí no había nada mejor, y que si durante
el cerco habíamos sido tan sobrios, comiésemos entonces lo que había.
Con la resignación y entereza propias de su grande alma, resistió
Álvarez estas miserias y bajas venganzas de sus carceleros; y solo le
vimos inmutado cuando el Gobernador del castillo, que era un soldadote
de mediana graduación, brusco, fatuo y muy soplado, empezó a dirigirle
impertinentes preguntas. La insolencia de aquella canalla nos tenía
ciegos de ira, pues no solo el Gobernador de la plaza, sino oficialejos
de la última escala, se atrevían a hacer preguntas tontas e importunas
a nuestro héroe, que ni siquiera les hacía el honor de mirarles.
Las preguntas eran, no solo contrarias a la cortesía, sino al espíritu
militar, pues en todas ellas se le pedía cuenta a nuestro jefe del
gran crimen de haber defendido hasta la desesperación la ciudad que el
Gobierno de su patria le había confiado. No parecían militares los que
con insultos y burlas groseras mortificaban al hombre de más temple
que en todo tiempo se pusiera delante de sus armas. Álvarez, siempre
caballero, aun en presencia de gente de tal ralea, les respondió
sencillamente:
--«_Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo en mi
lugar._»
Tan sublime concepto no lo comprendían la mayor parte, y solamente
algunos oficiales distinguidos, penetrándose del indigno papel que
estaban haciendo, se apresuraron, después de la respuesta del General,
a poner fin al denigrante interrogatorio.
Mi amo enviome al instante al pueblo en busca de carne para aderezar
la comida del enfermo, y gracias a mi prontitud y diligencia, pronto
pudimos servirle una comida mediana. Delante de los franceses, que nos
negaban todo auxilio, Satué puso el puchero, soplaba el fuego otro
oficial español, y convertidos todos en cocineros, nos disputábamos,
chicos y grandes, el honor de asistir al enfermo. Pasó bien la noche;
pero serían las dos de la madrugada, cuando con estrépito llamaron a
la puerta del pabellón, diciéndonos que nos dispusiéramos a seguir el
viaje a Francia. Álvarez, que dormía profundamente, despertó al ruido,
y enterado de la continuación de la jornada, dijo sencillamente:
--Vamos allá.
Quiso incorporarse sobre las tablas en que con nuestros capotes le
habíamos arreglado un mal lecho, y no pudo...¡Tan agotadas estaban
sus fuerzas!... Pero en brazos le llevamos nosotros al coche, y con
un frío espantoso, azotados por la lluvia de hielo y pisando la nieve
que cubría el camino, emprendimos el de la Junquera. Una precaución
ridícula habían añadido los franceses a las que antes tomaran para
custodiarnos. Esto hace reír, señores. Además de la fuerte escolta
de caballos, sacaron también de Figueras dos piezas de artillería,
que iban detrás de nosotros, amenazándonos constantemente. Es que
su recelo de que nos escapásemos era vivísimo, y con ninguna de las
cautelas ordinarias creían segura la persona de D. Mariano Álvarez,
inválido y casi moribundo. Éramos muy pocos en aquella segunda
jornada, porque los frailes y la tropa quedáronse en Figueras hasta el
amanecer. Ignoro si para tener a raya las fogosidades del Padre Rull,
se pertrecharon también con un par de baterías de campaña y algunos
regimientos de línea.
En la Junquera nos detuvimos muy poco tiempo; siguiendo luego por
Francia adelante, llegamos a Perpiñán a las siete de la noche del
mismo día 23, y después de detenernos en casa del Gobernador, nos
llevaron al Castillet, fortaleza de ladrillo, de airosa vista, obra del
Rey D. Sancho, la cual habrán visto cuantos hayan estado en aquella
ciudad. Sin más ceremonias, destinaron para habitación de Álvarez un
tenebroso aposento a manera de calabozo, con más humedades que muebles,
y tan lóbrego y sucio, que el mismo D. Mariano, a pesar de su temple
resignado y fuerte, no pudo contenerse, y exclamó con indignación:
--«_¿Es este sitio propio para vivienda de un General? ¿Y son ustedes
los que se precian de guerreros?_»
El alcaide, que era un bárbaro, alzó los hombros, pronunciando algunas
palabrotas francesas, que me pareció querían decir poco más o menos:
--Es preciso tener paciencia.
Luego, dirigiéndose a los de la comitiva, aquel caritativo personaje
nos dijo que estaba dispuesto a darnos de comer lo que quisiéramos,
pagándolo previamente en buena moneda española. La moneda española
ha sido siempre muy bien recibida en todo país donde ha habido manos.
Dándole las gracias, pedímosle lo que nos pareció más necesario, y
aguardamos la cena, aposentados todos en la inmunda pocilga. Nuestro
primer cuidado fue improvisar con los capotes una cama para nuestro
Gobernador, cuya fatiga y debilidad iban siempre en aumento. El
cancerbero volvió al poco rato con unos manjares tan mal guisados, que
no se podían comer, lo cual no fue parte a impedir que nos lo cobrase a
peso de oro; pero se los pagamos con gusto, suplicándole, unos en mal
francés y otros en castellano, que nos hiciera el favor de no honrarnos
más con su interesante presencia.
Pero él, o no entendió, o quiso mostrarnos todo el peso de su
impertinencia, y a cada cuarto de hora venía a visitarnos, poniéndonos
ante los ojos, que en vano querían dormir, la luz de una deslumbradora
linterna. Esto mortificaba a todos; pero principalmente al enfermo,
que por su estado necesitaba reposo y sueño, y así se lo dijimos al
alcaide, añadiéndole que como no pensábamos fugarnos, podía eximirnos
de sus repetidos reconocimientos. Él nos respondía con amenazas soeces;
quedábamos luego a oscuras, y nos vencía el dulce sueño; pero no
habíamos transportado los umbrales de esta rica y apacible residencia
del espíritu, cuando la luz de la linterna volvía a encandilar nuestros
ojos, y el alcaide nos tocaba el cuerpo con su pata para cerciorarse
por la vista y el tacto de que estábamos allí.
Satué, furioso y fuera de sí, me dijo en uno de los pequeños intervalos
en que estábamos solos:
--Si ese bestia vuelve con la linterna, se la estrello en la cabeza.
Pero D. Mariano calmó su arrebato, condenando una imprudencia que
podía ser a todos funestísima. La noche fue, por tanto, y merced a
las visitas del alcaide, penosa y horrible. Por la mañana nos hizo
el honor de visitarnos el comandante de la plaza, el cual habló
largamente con Álvarez, tratándole con cierta benevolencia cortés que
nos agradó; mas luego hizo recaer la conversación sobre un suceso de
que no teníamos noticia, y allí dio rienda suelta a las groserías y los
insultos. Parece que algunos oficiales de los trasladados a Francia
inmediatamente después de la rendición de Gerona, se habían fugado, en
lo cual obraron cuerdamente, si padecieron el martirio de la linterna
del señor alcaide. Al hablar de esto, el comandante les prodigó delante
de nosotros vocablos harto denigrantes, añadiendo:
--Pero por fortuna hemos pescado a once de los prófugos, y han sido
arcabuceados hace dos días. Buscamos a los demás.
Álvarez se sonrió, y dijo:
--«_¿Conque volaron, eh?..._»
Y en su rostro por un instante dibujose ligera expresión festiva.
A pesar de que el comandante de Perpiñán no era hombre de mieles,
prometió a Álvarez dejarle descansar todo aquel día, poniendo freno a
las importunidades del de la candileja, y nos dispusimos para dormir;
pero ¡ay! estábamos destinados a nuevos tormentos, entre los cuales el
mayor era presenciar cómo padecía en silencio, sin hallar alivio en sus
males ni piedad en los hombres, el más fuerte y digno de los españoles
de aquel tiempo; estábamos entre gente que hacía punto de honra el
mudar las coronas del heroísmo en coronas de martirio sobre la frente
del que no se abatió, ni se dobló, ni se rompió jamás mientras tuvo un
hálito de vida que sostuviera su grande espíritu.
Serían, pues, las diez de la mañana, cuando el alcaide nos hizo ver su
cara redonda, encendida y brutal, de rubios pelos adornada, y aunque
por la claridad del día venía sin linterna, demostronos desde sus
primeras palabras que no venía a nada bueno. Díjonos aquel simpático
pedazo de la humanidad que nos dispusiéramos a salir todos; y como le
indicáramos que el enfermo, a causa de la horrorosa fiebre, no podía
moverse, repuso que vendría quien le hiciese mover. D. Mariano nos dio
el ejemplo de la resignación, incorporándose en su lecho y pidiendo
su sombrero. Le levantamos en brazos; trató de andar por su propio
pie, mas no siéndole posible, le condujimos fuera del aposento, y
bajamos todos en triste procesión, mudos y abrumados de pena. Fuera del
castillo vimos dos filas de gendarmería indicándonos el camino hacia
la muralla, y la curiosa multitud nos contemplaba con lástima. Aquel
espectáculo no podía ser más triste, y con el alma oprimida y llena de
angustia dije para mí: «Nos van a fusilar.»