Yo no tardé en reponerme, y transcurridos pocos días me presenté a mi
amo D. Francisco Satué, quien me dio una malísima noticia.
--Disponte para el viaje --me dijo, dándome uniforme, tahalí y espada,
para que en todo ello comenzase a ejercitar mis altas funciones.
--¿Pues a dónde vamos, mi capitán?
--A Francia, bruto --me respondió con su habitual rudeza--. ¿No sabes
que somos prisioneros de guerra? ¿Crees que nos dejan aquí para muestra?
--Señor, yo creí que nadie se metería ya con nosotros.
--Estamos en Gerona como enfermos; pero quieren que vayamos a
convalecer a Perpiñán. Nos detienen tan solo porque el Gobernador no
se halla en situación de poder ser llevado en un carro de municiones.
--¡Ojalá no lo estuviera en cien meses!
--Bárbaro, ¿qué dices? --gritó amenazándome.
--No, mi capitán; no es que yo desee otra cosa que la salud de nuestro
queridísimo Gobernador D. Mariano Álvarez de Castro; pero eso de
llevarle a uno a Perpiñán es casi tan malo como lo que hemos pasado.
Pero pues así lo mandan los que pueden más que nosotros, sea, y por
mí no ha de quedar. No a Perpiñán, sino al fin del mundo iré con mis
jefes, mayormente si llevamos entre nosotros al gran gobernador.
Yo hablaba así, echándomelas de bravo; pero en realidad sentía profunda
pena al caer en la cuenta de que era un prisionero de guerra, de cuya
libertad y residencia los franceses disponían a su antojo. ¡Desgraciado
el que en la guerra pone su afición en lugares y personas que no han
de poder seguir tras él en los frecuentes e inesperados viajes a que
impulsan la victoria o la desdicha!
Cuando volví al lado de Siseta, casi derramando lágrimas me expresé así:
--Prenda mía, ¿ves cuán desgraciado soy?... Ahora me llevan a Francia
como prisionero de guerra, con todos los demás militares que estamos
aquí, desde D. Mariano hasta el último ranchero. ¡Si te pudiera llevar
conmigo, Siseta!... Pero mi capitán, el Sr. D. Francisco Satué, es el
primer perseguidor de muchachas que hay en toda Cataluña, y le tengo
miedo. Ahora me ocurre, Siseta, que mientras yo tomo el camino de esa
condenada Francia, a quien vería de buena gana comida de lobos, tú con
tus dos hermanos debes marcharte a la Almunia de Doña Godina, donde
está mi madre, y esperarme allí, cuidándome las haciendas, hasta que me
suelten, o Dios disponga de la vida de este pecador.
Siseta me contestó dándome esperanza, y asegurando que convenía
aguardar con serenidad el cumplimiento de nuestro destino, sin
desconfiar de la bienhechora Providencia. Convinimos al fin en que no
era una gran desventura que yo fuese a Francia, y por su parte halló
muy prudente refugiarse en la Almunia, mientras yo volvía. La verdadera
dificultad era la absoluta carencia de medios para vivir dentro de
Gerona, lo mismo que para ausentarse. Éramos pobres hasta el último
grado, y después de pasar tantos y tan penosos trabajos, Siseta y sus
hermanos estaban destinados a sostenerse de la caridad pública. Pero
Dios no abandona a las criaturas desvalidas, y he aquí cómo vino en
nuestra ayuda por inesperados caminos. ¿De qué manera? ¿Cuándo? Esto,
los mismos acontecimientos que voy contando os lo dirán.
Pero déjenme acudir a casa del Sr. D. Pablo Nomdedeu, de cuya salud
me han dado muy malas noticias al volver de casa del talabartero, a
donde llevé el tahalí de mi amo para que le echase una pieza. Déjenme
ir allá, que a pesar de las cuestiones desagradables que tuvimos, no
deja de ser el Sr. D. Pablo un entrañable amigo mío, a quien quiero de
todas veras. Lo malo es que no puedo ir tan pronto como deseara, porque
en la calle de Cort-Real, la mucha gente que allí se junta en animados
corrillos, me detiene el paso. ¿Qué ocurre? ¿Tenemos un cuarto sitio?
No es nada: parece que los franceses, cansados de haber cumplido hasta
ayer de mala gana las principales cláusulas de la capitulación, han
acordado solemnemente romperlas. Así me lo dijo el Padre Rull, a quien
vi muy sofocado entre el gentío, refiriendo con énfasis declamatorio
los pormenores del suceso.
--Esto es una desvergüenza --decía--, y un Emperador que tales cosas
hace es un pillo... nada, un pillo. ¿Qué me importa que oigan los
franceses? No bajaré la voz, no, señores. Lo dicho, dicho. En la
capitulación se acordó que los regulares serían respetados, y ahora
salimos con que nos llevan a Francia. ¿Pues qué, las órdenes son cosas
de juego? ¿Somos chicos de escuela, para que hoy se nos diga una cosa y
mañana otra?
--También yo voy a Francia, Padre Rull --le dije--, y consolémonos uno
con otro, que frailes y soldados hacen buena miga, y la carga se lleva
mejor en dos hombros que en uno.
--Nada, hijos míos: iremos a donde nos lleven, y soportaremos sus
crueldades con paciencia, como nos lo manda Nuestro Señor Jesucristo.
Si así lo habéis querido vosotros, ¿qué se ha de hacer? Ved aquí las
consecuencias de capitular cuando todavía podía haberse tirado una
temporadita más, comiendo lo que había. A Francia, pues, y fíese
usted de palabras de _cerdos_. Nosotros confiábamos ingenuamente en
el cumplimiento de lo pactado, cuando vierais aquí que esta mañana se
presenta en la santa casa un oficialejo, el cual, con voces torpes y
destempladas, dijo que nos preparásemos para tomar mañana el caminito
de Francia, porque S. M. el Emperador lo había dispuesto así desde
París. Por lo visto, nos temen tanto como a los soldados. Y díganme
ustedes ahora: ¿qué va a ser de Gerona sin frailes?
Cada uno contestaba al Padre Rull según sus ideas, cuál con enojo, cuál
festivamente; pero al fin todos los que le oíamos convinimos en que
lo del viaje era una grandísima picardía de S. M. el Emperador de los
franceses. Cuando me retiré de allí, quedaba el buen fraile sermoneando
a sus amigos sobre la preeminencia que siempre alcanzaron las órdenes
religiosas en los tratados de las naciones.
Llegué a casa del Sr. Nomdedeu, y desde mi entrada conocí que la salud
del buen médico no debía de ser buena, por las señales de consternación
que noté en el semblante de Josefina lo mismo que en el de la señora
Sumta. Esta me dijo:
--Andresillo, no hables al amo de Siseta ni de los chicos; porque
siempre que se le nombran, le da como un desmayo.
Josefina me preguntó por los míos, y al instante le comuniqué con la
alegría de mis ojos el infeliz encuentro de mi novia y sus hermanos.
--Todos se salvan, menos mi buen padre --dijo tristemente la joven.
Al instante entré a ver al enfermo, quien me recibió con su habitual
bondad. Junto a su lecho estaba un hombre en quien reconocí a uno de
los escribanos de Gerona.
Indudablemente D. Pablo iba a hacer testamento. Su aspecto y figura no
podían ser más tristes; al punto se echaba de ver que aquella lámpara
tenía ya muy poco aceite. La postrimera luz brillaba, sí, como próxima
a extinguirse, con viva claridad, y la irregular llama, tan pronto
grande como chica, espantaba con sus oscilaciones deslumbradoras. Unas
veces el espíritu del buen doctor se empequeñecía con extraordinario
aplanamiento; otras se agrandaba, tomando proporciones superiores a las
de la vida común; y con este variar angustioso, síntoma de todo fuego
que se apaga luchando entre la combustión y la muerte, la lengua del
médico pasaba de un mutismo invencible a una locuacidad mareante.
Cuando entré, respondió a mis preguntas con monosílabos, que
salían difícilmente de su sofocado pecho; pero al poco rato se fue
despabilando, y a ninguno de los presentes nos dejaba meter baza: él se
lo decía todo sin mostrarse cansado.
--¿Conque aseguras tú que no moriré? Ilusión, amigo mío; ilusión de tu
buen deseo. Dios me ha leído ya la sentencia, y en esto no hay ni puede
haber duda alguna. Yo cumplí mi misión; ahora estoy de más.
--¡Señor, anímese con mil demonios! --exclamé fingiendo
entusiasmarme--. Pues qué, ¿ahora que Gerona está libre de hambres y
muertes, se ha de ir el hombre mejor de toda la ciudad? Levántese de
esa cama vamos por ahí a ver las murallas rotas, los fuertes deshechos,
las casas arruinadas, testigos de tanto heroísmo. Fuera pereza. Eso no
es más que pereza, D. Pablo.
--Pereza es, sí; pero la pereza última y definitiva, la del viajero
que, habiendo andado toda la jornada, se arroja sin aliento en el
camino, convencido que no puede más. Pereza es, sí, la mejor de todas,
porque lleva al más dulce, al más placentero de los sueños: la muerte.
¡Ay, qué postrado me siento! Pues qué, ¿era posible que después de tan
colosales esfuerzos en lo físico y en lo moral, siguiese yo viviendo?
No una vida como la mía, sino cien robustas y vigorosas habríanse
consumido en esta lucha con la naturaleza que yo sostuve durante tanto
tiempo; porque decirte, Andrés, el sinnúmero de dificultades que
vencí, sería el cuento de nunca acabar. Baste referirte que, en pocos
días, busqué, fomenté y desarrollé en mí cualidades que no tenía; en
pocos días, transformado hasta lo sumo, encontreme con sentimientos y
pasiones que antes no tenía, y todo fue como si una serie de hombres
diversos se desarrollaran dentro de mí propio. Yo estoy asombrado de
lo que hice, y ahora comprendo qué inmenso tesoro de recursos tiene
el hombre en sí, si sabe explotarlo. Al fin, Andrés, mi pobre hija
alargó sus días hasta el fin del cerco, y cuando los sanos y robustos
sucumbieron, ella, enferma y endeble, se ha salvado. He aquí premiados
dignamente mi amorosa solicitud y mis colosales esfuerzos. Esta
tierna niña, que es todo mi amor, está hoy delante de mí alegrando mi
vista y mi alma con el color de sus mejillas. Basta este espectáculo
a consolarme de todas mis penas, y si me entristece la muerte es
porque mi hija y yo nos separamos ahora. Dios lo permite así, porque
ya ella no necesita de mis constantes cuidados, y la savia vital que
milagrosamente ha adquirido le dará bríos para subsistir por sí sola,
sin el apoyo de estas manos fatigadas, que reclama la tierra, ansiosa
de carne.
--Sr. D. Pablo --le dije dominando mi melancolía--, deseche usted esos
tristes pensamientos, que son la primera y única causa de su mal; mande
a la señora Sumta que traiga y aderece un par de chuletas, que ya las
hay buenas en Gerona, sin ser de gato ni de ratón, y cómaselas en paz
y en gracia de Dios, con lo cual, o mucho me engaño, o no habrá muerte
que le entre en largos años.
--Esto no va con chuletas, amigo Andrés. Mi cuerpo rechaza todo
alimento, y no quiere más que morirse. Está echando a voces el alma,
increpándola para que se vaya fuera de una vez.
--Más consumidos y extenuados estaban otros, y sin embargo han vivido,
y por ahí andan hechos unos robles. Y si no, ahí tenemos el ejemplo de
Siseta, a quien dimos todos por muerta, y viva y sana está, gracias a
Dios.
--¿Vive Siseta? --preguntó Nomdedeu con profundo interés y cierta
exaltación que no pudo disimular.
--Sí, señor: tan viva está como sus dos hermanos.
--¿Estás seguro de ello?
--Segurísimo.
--¿Y no tiene heridas en su cuerpo gentil, ni golpes en su cabeza,
ni rasguños en su piel, ni le falta brazo, pierna, dedo u otra parte
alguna de su estimable persona?
--No, señor: nada le falta --repuse jovialmente--, o al menos no tengo
yo noticia de ello.
--¿Y los muchachos, aquellos juguetones y traviesos rapaces, están
vivos y sanos?
--También, señor doctor, y todos muy deseosos de venir a ofrecer a
usted sus respetos con la cortesía que les es propia, saltando y
chillando.
--¡Oh, loado sea Dios! --exclamó con cierto arrobamiento contemplativo
el infortunado doctor.
Dicho esto, permaneció un rato meditando u orando, que ambas funciones
podían deducirse de su recogida y silenciosa actitud, y luego,
reposadamente, me habló así:
--Me has proporcionado indecible consuelo al darme noticias tan
lisonjeras de la familia del Sr. Mongat, porque me atormentaba la
sospecha y recelo, la terrible certidumbre de que yo había ocasionado
un gran mal a esos muchachos y a su bondadosa hermanita, cuando después
del lamentable accidente del pedazo de azúcar, entré en casa de Siseta.
Mi hija iba a morir de inanición. Yo pedía a la señora Sumta que nos
diera algo que comer, y la señora Sumta no nos daba nada. Yo pedía
a Dios que enviase algo del cielo, y Dios tampoco quería enviarme
nada. Siseta estaba allí; sus hermanos entraron haciendo ruido, y la
insolente vitalidad que revelaban sus ágiles cuerpos despertó en mi
alma un sentimiento que no te podré pintar, aunque por espacio de
cien años te hable y agote todos los recursos de todas las lenguas
conocidas. No: aquel sentimiento es una anomalía horrorosa en el ser
humano, y solo es posible que exista durante cortísimos intervalos
en días que muy rara vez contará el tiempo en su infinita marcha. Yo
miraba a los chicos, yo miraba a su hermana, y sentía un insaciable y
sofocante anhelo de hacerlos desaparecer de entre los seres vivientes.
¿Por qué, amigo mío? Esto sí que no sabré decírtelo, porque yo mismo no
lo entiendo. No creas que conturbaba mi cerebro el repugnante instinto
de la antropofagia: no, no es nada de eso. Era un sentimiento del
linaje de la envidia, Andrés; pero mucho, muchísimo más fuerte: era
el egoísmo llevado al extremo de preferir la conservación propia a la
existencia de todo el resto de la humana familia; era una aspiración
brutal a aislarme en el centro del planeta devastado, arrojando a
todos los demás seres al abismo, para quedarme solo con mi hija; era
un vivísimo deseo de cortar todas las manos que quisieran asirse a la
tabla en que los dos flotábamos sobre las embravecidas olas. Pintar
todo lo que yo odié en aquel momento a los dos hermanos y a la pobre
muchacha, sería más difícil que pintarte los horrores del infierno,
abrazando lo grande y lo pequeño, el conjunto y los pormenores de la
mansión donde el hombre impenitente expía sus culpas. Cada inhalación
de su aliento al respirar, me parecía un robo; cada átomo de aire que
entraba en sus pulmones, un tesoro arrancado al conjunto de elementos
vitales que yo quería reunir en torno mío y de mi hija. Los malditos
se repartían un pedazo de pan, un pedacito de pan, Andrés, amasado con
todo el trigo y con toda el agua de la creación, para mi regalo. En
aquella crisis del egoísmo, yo no comprendía que el universo, con sus
mil mundos, con sus inagotables recursos y prodigios, existiese para
nadie más que para Josefina y para mí.
Detúvose el doctor fatigado, y yo, queriendo apartar de su mente ideas
que le hacían más daño que el mal físico, le dije:
--Mande usted a paseo, Sr. D. Pablo, esas vanas imaginaciones que le
están secando el cerebro. Siseta y sus hermanos están buenos, amigo, y
yo le aseguro a usted que no se los ha comido. ¿A qué pensar más en eso?
--Calla, Andrés, y déjame seguir --dijo reposadamente--. No son vanas
imaginaciones lo que cuento, pues lo que yo sentía real existencia
tenía dentro de mí. Me falta decirte que reconocí la horrible
metamorfosis de mi espíritu, pues no puedo darle otro nombre, y me
decía: «No, yo no soy yo. Dios mío, ¿por qué has consentido que yo
sea otro?» Efectivamente, yo no era yo. ¡Qué horrorosas lobregueces
rodeaban los ojos de mi espíritu, así como los de mi cuerpo!...
Aquellos condenados chicos estaban comiendo, Andrés; llevaban a la
boca unos pedazos de pan, y delante de mí tenían la audacia de ofrecer
una parte a su hermana. ¡Cómo quieres tú que esto viera impasiblemente
quien dentro tenía, difundidos por su sangre y haciendo cabriolas en
las sutiles cuerdas de sus nervios, los millares de demonios que yo
llevaba conmigo! Al ver cómo mordían con sus insolentes dientecillos;
al verles tragar con tanta desvergüenza, duplicose en mí el furor
contra ellos y les increpé, diciéndoles no estar dispuesto a consentir
que nadie viviese delante de mí. Andrés, amigo; Andrés de mi corazón,
yo tomé un cuchillo y lo esgrimía, como quien intenta matar moscas a
estocadas; corría hacia ellos, corría hacia Siseta y la señora Sumta;
pero en mi salvaje insensatez no me faltaba un pensamiento humano que
me detuviese en los arranques brutales de aquel desbordado apetito de
matar. Los chicos, que de improviso salieron, regresaron con otros
de su edad, y sus chillidos y provocativas risas me enardecieron
más. Desde entonces mis ojos nublados no vieron más que sangrientos
objetos; entrome un delirio salvaje, durante el cual sentía detestable
complacencia en herir acaso en el vacío, descargando golpes a todos
lados contra cuerpos que me rodeaban y azuzaban sin cesar. Creo que
después de dar vueltas por la casa, salí a la calle, y mi brazo
vengativo iba destruyendo en imaginarios cuerpos a toda la familia
humana. Hablaba mil inconexos desatinos; contemplaba con gozo a los
que creía mis víctimas; buscaba la soledad, insultando a cuantos
se me ofrecían al paso; pero la soledad no llegaba nunca, pues de
cada víctima surgían nuevos cuerpos vivos que me disputaban el aire
respirable, la luz y cuantos tesoros de vida hermosean y enriquecen
el vasto mundo... No sé qué habría sido de mí si unos frailes no me
hubieran sujetado en la calle de Ciudadanos, llevándome a cuestas largo
trecho. ¡Ay, amigo mío! En mi cerebro, que era una masa de bullidoras
burbujas, cual si hirviera puesto al fuego, retumbaron estas palabras:
«Es lástima que el Sr. Nomdedeu se haya vuelto loco.» Y al recoger
esta idea, mi alma pareció disponerse a recobrar su perdido asiento.
Luego los frailes dijeron: «Démosle un poco de estas lonjas de cuero
de sillón que hemos cocido, a ver si se repone...» Les pregunté por mi
hija, y respondiéronme que no tenían noticia de las hijas de nadie.
Encontreme con un poco de fuerza regular, no exaltada y anómala como
la que me había impulsado a tantos disparates, y quise marchar a mi
casa... Caí al suelo... perdí el cuchillo... una monja me ofreció su
brazo y llegué a mi casa. Ni Siseta, ni sus hermanos, ni Josefina, ni
la señora Sumta estaban ya allí. Las monjas me dieron un poco de corcho
frito, que no pude comer, y les pregunté por mi hija. Todo lo que había
pasado se me presentó como los recuerdos de un sueño; pero aunque
adquirí el convencimiento de no haber extinguido todo el linaje de los
nacidos, no estaba seguro de la invulnerabilidad de mis ciegos golpes.
«Yo he matado algo,» me dije para mí; y esta idea me causaba hondísima
pena. Me reconocía como yo mismo exclamando: «Pablo Nomdedeu, ¿fuiste
tú quien tal hizo?»
--Basta ya, amigo mío --dije interrumpiéndole, al advertir que los
recuerdos de sus locuras empeoraban al buen doctor--. Más adelante
nos contará usted tan curiosas novedades. Ahora procure descabezar un
sueño, entre tanto que la señora Sumta adereza las chuletas consabidas.
--Calla, Andrés, y no quieras gobernar en mí --repuso--. Yo dormiré
cuando lo tenga por conveniente. Déjame concluir, que ya no falta
mucho. Los enfermeros del hospital fueron los que me proporcionaron
algún alimento que se podía comer, con lo cual me encontré
relativamente bien, y pude salir en busca de mi hija. Ya sabes cómo la
encontré al fin, y lo que le aconteció. Por mi parte, hijo, yo mismo,
después de la horrorosa crisis que había pasado, me espantaba de verme
asistiendo enfermos que sin duda lo estaban menos que yo, y heridos que
no tenían llagas tan terribles en su cuerpo como la que yo tenía en el
alma. ¡Ay, Andrés! Nomdedeu estaba herido de muerte. Las penas sufridas
con tanta paciencia desde mayo, me han labrado este profundo mal que
ahora siento y que me llevará dentro de poco al seno de Dios. Me admiro
de haber resistido tanto, y digo que tuve fuerza de cien hombres. No,
uno solo es incapaz de tanto. D. Mariano Álvarez tenía para resistir
el estímulo de la gloria y del agradecimiento patrio; yo no he tenido
ante mí sino espectáculos lastimosos y un porvenir oscuro. El esfuerzo
ha sido grande; la tensión, inmensa: por eso la cuerda se ha roto, y me
voy, me voy, hija mía, Andrés, señora Sumta y demás presentes. Bastante
he hecho. El que crea haber hecho más, que levante el dedo.
Josefina y la señora Sumta lloraban, y yo, cuando el enfermo calló,
procuraba consolarle con tiernas palabras. Poco más tarde fueron a
verle Siseta y sus hermanos, con cuya visita pareció muy complacido el
enfermo, y a todos prodigó cariños y congratulaciones, obsequiándoles
con una excelente comida. Después se durmió, y al caer de la noche,
hora en que por encargo suyo volvió el escribano acompañado de tres
personas de la intimidad de D. Pablo, este nos llamó a todos diciendo
que iba a dictar su testamento, el cual hizo en regla, nombrando por
heredera de casi todos sus bienes a su hija Josefina, con una cláusula,
sobre la cual debo llamar a ustedes la atención, para que conozcan la
generosidad de aquel ejemplar sujeto. Además de que el doctor dejaba
a Siseta y sus hermanos los veinticuatro alcornoques que tenía en la
parte de Olot, dispuso que en caso de morir sin sucesión la señorita
Josefina, pasase el total de los bienes a Siseta y sus hermanos,
recomendando a aquella y a esta que viviesen juntas para perpetuar la
amistad y buenos servicios de que la infeliz enferma había sido objeto
por parte de los míos durante el sitio. La fortuna del doctor era
harto exigua, pues la finca de Castellá, devastada por los franceses,
valía bien poco, y lo demás consistía en diversos grupos de alcornoques
diseminados por la comarca ampurdanesa y en sitios a los cuales los
herederos no se aventurarían a emprender viaje por saber el corcho
de que eran dueños. También a mí y a la señora Sumta nos dejó varias
mandas, aunque la mía más era honorífica que de provecho, por consistir
en el Diario de las peripecias del sitio, redactado de puño y letra por
el mismo doctor. El ama de gobierno pescó todos los muebles y ropas que
de la casa pudieron salvarse.
Luego que el testamento fue hecho, administraron al enfermo el Santo
Viático, y cumplida esta ceremonia, quedose Nomdedeu muy postrado,
hablando poco y con dificultad, mirándonos a ratos con estúpido
asombro y cerrando después los ojos para entregarse a un inquieto
sueño. Exceptuando Manalet, que se durmió en el suelo, todos velamos,
dispuestos a asistirle con la mayor solicitud y esmero; pero el infeliz
D. Pablo no necesitó largo tiempo de nuestra asistencia. Cerca de la
madrugada abrió los ojos, llamó a su hija, y abrazándola tiernamente,
le habló así:
--¿Te quedas tú, hija mía? ¿Te quedas aquí cuando yo me voy? ¿De modo
que no te veré más? Entonces toda la eternidad será infierno para
mí... Josefina, ven, sígueme, ponte el manto, que nos vamos. Mi hija
no se apartará de mí ni un solo momento... Después de pasar juntos
las grandes penas, ¿hemos de separarnos cuando todo ha concluido? No,
Josefina. Vámonos juntos, o nos quedaremos aquí, en Castellá. Paseemos
por nuestra huerta viendo cómo van saliendo los pepinos, y no nos
cuidemos de lo que pasa en Gerona. Mira qué tomates, hija, y observa
cómo van tomando color esos pimientos... ¿Ves? Por ahí viene la señora
Pintada pavoneándose con sus diez y ocho pollos: entre ellos hay seis
patitos, que son los más guapos, los más salados y los más monos de
todos. Llegan al estanque, y sin que la madre pueda impedirlo con
cacareadas amonestaciones... ¡zas! al agua todos. Mira cómo se asusta
la señora Pintada y los llama. Pero ellos... sí, que si quieres...
Hija mía, los perales no pueden con más peras: algunas están maduras.
¿Pues y los melocotones? Me parece que la cabra ha mordido en las
matas de estas remolachas... ¡pero quia! ¡si es Dioscórides, el burro
de nostramo Mansió! Míralo, allí está haciendo de las suyas. ¡Eh,
fuera! Le llamo Dioscórides por lo grave y sesudo. El gran sabio de
la antigüedad me perdone... ¿Has visto las palomas, Josefina? Veamos
si anoche se han comido las ratas algunos huevos de los que aquellas
están sacando... ¡Eh, nostramo Mansió, que Dioscórides se come la
huerta! Amárrelo usted... El pobre hortelano no me oye... ¿Qué ha de
oír si está limpiándole las babas a su nieta? Ven acá, Pauleta: toma
la mano de Josefina, y vamos a ordeñar la vaca. ¡Qué hermoso está el
ternerillo! No acercarse mucho, que el otro día dio una cornada a
nostramo... A ver, Josefina: trae el cántaro. Mansió dice que yo no
sé hacer esta maniobra, y yo le desafío a él y a todos los nostramos
de la comarca a que hagan mejor que yo esta operación del ordeñar. No
temas, Esmeralda, no te hago daño: pisch, pisch... Esta atmósfera del
establo te sienta muy bien, hija, y a mí me agrada en extremo... Ya
viene tranquila, dulce, grave, amorosa y callada la incomparable noche,
en cuyo seno tan bien reposa mi alma. ¿Oyes las ranas, que empiezan
a saludarse diciéndose: _¿Cómo estáis? Bien, ¿y vos?_ ¿Oyes los
grillos disputando esta noche sobre el mismo tema de anoche? ¿Oyes el
misterioso disílabo del cuco, que parece la imagen musical más perfecta
de la serenidad del espíritu? Ya vienen los labradores del trabajo.
¡Con qué gusto alargan los bueyes su hocico adivinando la proximidad
del establo! Oye los cantos de esos gañanes y de esos chicos, que
vuelven hambrientos a la cabaña. Ahí los tienes. Mira cómo rodean a
la abuela, que ya ha puesto el puchero a la lumbre. El humo de los
techos, formando esbeltas columnas sobre el cielo azul, discurre luego,
y vaporosamente se extiende a impulsos del suave viento que viene
de la montaña a jugar en las copas de estos verdes olmos, de estas
oscuras encinas, de estos lánguidos sauces, de estos flacos chopos,
cuyas charoladas hojas brillan con las últimas luces de la tarde... La
oscuridad avanza poco a poco, y el cielo profundo ofrece sobre nuestras
cabezas un tranquilo mar al revés, por cuyo diáfano cristal en vano
tratamos de lanzar la vista para distinguir el fondo. ¡Oh! quedémonos
aquí, hija mía, y no nos separemos ni salgamos más de este lugar
delicioso. Todo está tranquilo: los cencerros de las ovejas suenan con
grave música a lo lejos; el cuco, el grillo y la rana no han acabado
aún de poner en claro la cuestión que les tiene tan declamadores. El
viento cesa también, cierra los ojos, extiende los brazos y se duerme.
Ya no humean los techos; Esmeralda se echa sobre la fresca yerba,
y su hijo, abrigándose junto a ella, hociquea buscando en el seno
materno lo que nosotros hemos dejado. Nostramo Mansió duerme también, y
Dioscórides, escondiendo el ojo brillante bajo la negra ceja, sumerge
el cerebro en profundo sopor. Las palomas han dejado de arrullarse,
los conejos se esconden en sus guaridas, meten los pájaros bajo el ala
la inteligente cabeza, y la señora Pintada se retira pausadamente al
corral con sus diez y ocho hijos, incluso los patos, que van dejando
en el suelo la huella de sus palmas mojadas. El mundo reposa, hija;
reposemos nosotros también. El cielo está oscuro. Todo está oscuro y
no se ve nada. Mi espíritu y el tuyo anhelaban ha tiempo esta profunda
tranquilidad por nadie ni por nada turbada. Reposemos; no hay sol ni
luna en el cielo, y solo el lucero nos envía una luz que viene recta
hasta nosotros como un hilo de plata. Míralo, Josefina, y descansa tu
frente en mi hombro. Yo reposaré mi cabeza sobre la tuya, y así nos
dormiremos apoyados el uno en el otro. Todo ha callado y no se ve más
que el lucero... ¿Lo ves?
Después de esto, nada más dijo en este mundo el Sr. Nomdedeu.
Algún tiempo después de espirar, nos costó gran trabajo desasir de los
brazos helados del doctor a su desconsolada hija, cuyo estado era tan
lastimoso que daba ocasión a augurar una segunda catástrofe.