¿Dónde buscaremos a Siseta? ¿Dónde?... «¡Siseta!» gritábamos por todos
lados, en las ruinas, en la puerta de las casas enteras, en las plazas,
en las murallas, en las cortaduras, en los montones de escombros; pero
ninguna voz conocida nos respondía. En diversos puntos de la ciudad,
los franceses se ocupaban en tapar con tierra los hoyos donde habían
sido arrojados los cadáveres, y miles de cuerpos desaparecían de la
vista de los vivos para siempre... «¡Oh! --exclamaba yo con la mayor
angustia--, ¡si estará ahí Siseta!»
Hubiera querido escarbar con mis manos todas las fosas, por cerciorarme
de que no yacía en ellas la persona perdida. Visitamos luego los
hospitales, y en ninguno de ellos aparecieron tampoco Siseta ni sus
hermanos; preguntamos de puerta en puerta a todos los conocidos, a
los vecinos todos, y nadie nos dio razón ni noticia alguna. Pasando a
Mercadal, lo recorrimos todo, y al volver miré al fondo del río por ver
si entre sus turbias aguas se distinguía el cuerpo de Siseta. Pregunté
por ella a los españoles y a los franceses, que no me entendieron; pero
ambas naciones carecían de noticias acerca de mi amiga; subí a los
tejados, bajé a los sótanos, la busqué en plena luz y en la profunda
oscuridad; pero el rayo de sus ojos, para mí superior a todas las
claridades, no brillaba en ninguna parte.
Por último, cuando llegábamos cerca del puente de San Francisco de
Asís, creí distinguir una lastimosa figura de muchacho, en la cual,
aunque con mucha dificultad, pude reconocer la persona del buen
Manalet. No era posible determinar la forma de su vestido, que era un
andrajo, por cuyas rasgaduras los brazos y piernas en completa desnudez
asomaban. Su rostro cadavérico, sus manos negras, su cuello manchado
de sangre, sus pies heridos, su mirar temeroso, me causaron profunda
pena. Le llamé, con el alma dividida entre una animosa esperanza y un
inmenso dolor, y él corrió a abrazarme con los ojos llenos de lágrimas.
Pasado el primer momento de su alegría, la presencia de Josefina al
lado mío produjo en el ánimo del pobre chico vivísima inquietud;
mirábala con ojos azorados, e hizo algún movimiento para huir de
nosotros. Deteniéndole, tuve valor para preguntarle por su hermana.
--Hermana Siseta --me dijo--, no está, no la busquen ustedes. Se ha ido
con Gasparó. Los dos...
Al decir _los dos_ señalaba la tierra.
Yo, poseído de profundo dolor, no me reconocía satisfecho con sus vagas
noticias, y quería saber más; seguí tras él, pero mi corto andar no me
permitió alcanzarle, y hube de resignarme al terrible padecimiento de
la duda; porque, en efecto, las afirmaciones de Manalet no resolvían mi
perplejidad, y las palabras, el razonamiento, la inquietud del infeliz
chico indicaban que algún misterio, para mí ignorado, existía en la
desaparición de Siseta.
--Señorita Josefina --dije a mi acompañante, expresando como me fue
posible el desaliento y la desesperación--, no conseguiremos nada.
Volvamos a la calle de la Neu.
Ambos, muy tristes y desanimados, nos detuvimos en el puente, mirando
a los transeúntes, que vagaban sin cesar de un lado a otro, y como yo,
buscaban personas queridas que el desorden de los últimos días había
hecho desaparecer. Las fosas sobre las cuales se echaba tanta tierra,
iban poco a poco destruyendo los rastros que habrían podido guiar en
sus exploraciones a padres, esposas e hijos, y la necesidad de enterrar
pronto hacía que muchas familias se quedasen en completa ignorancia
respecto a la suerte de los suyos.
Nos sentamos junto al puente. Josefina me miraba en silencio,
compadecida de mi dolorosa perplejidad, y yo interrogaba al cielo,
cansado ya de interrogar a la tierra y a los hombres. De repente, la
hija del doctor diome un ligero golpe en la cabeza, y agitando los
brazos en dirección del río, señaló una casa de las que se levantan con
los cimientos dentro del Oñar, a espaldas de la plaza de las Coles y de
la calle de la Argentería. Al principio no distinguí nada; pero ella,
con el rostro alterado, la mirada chispeante y el índice extendido
hacia un punto fijo, dirigió mi atención al tejado de una de aquellas
casas, de cuyo alero, un muchacho se descolgaba trabajosamente por
una cuerda. Era Badoret. Al instante grité fuertemente: «¡Badoret!
¡Badoret!» y el chico, que oyó mi voz, saludome con la mano en el
momento de poner pie firme en un balcón, desde el cual parecía querer
avanzar al puente saltando de una casa a otra. Los irregulares aleros,
balconajes, miradores y cuerpos salientes de aquella orilla del río,
permitían este viaje sin gran peligro. Por fin, Badoret llegó a donde
estábamos, y pude notar que su aspecto era más lastimoso que el de su
hermano.
--Andrés --me dijo--, ¿han entrado los franceses?
--Sí --le respondí--. ¿En dónde estás metido que no lo sabes? ¿Has
resucitado acaso?
--¿De modo que ya hay algo que comer?
--Sí: todo lo que quieras... ¿Y Siseta?
--Siseta está durmiendo desde ayer. ¿Quieres verla? La llamamos y no
quiere despertar.
--¿Pero dónde os habéis metido? ¿Dónde está Siseta?
--¿Hay ya que comer? No hemos vuelto a ver a Napoleón, Andrés. ¿Cuánto
darán ahora por él?
--Anda al diablo con Napoleón. Llévame a donde está tu hermana.
--En el tejado.
--¡En el tejado!
--Sí: la llevamos entre todos, porque el Sr. Nomdedeu la quería matar.
--¡Matarla! ¡Estás loco!
--Sí: para comérsela.
No pude reprimir la risa, a pesar de que mi ánimo no estaba para burlas.
--El Sr. Nomdedeu --prosiguió Badoret--, se volvió loco y quiso
comernos a todos.
--Estáis tontos sin duda --repliqué--. Llévame a donde está Siseta.
--¡Como no vayas por donde yo he venido!... De la casa del canónigo
donde estamos, se pasa por el tejado a la del droguero de la calle de
la Argentería; pero de esta no se puede salir a la calle porque está
cerrada... Por la bodega, se pasa a una casa del otro extremo que está
quemada, y por las tejas se baja a los balcones del río. Si puedes
hacer que te abran la puerta de la casa del droguero que está en la
calle de la Argentería junto a la plaza de las Coles, entrarás mejor
que yo he salido.
--Vamos allá --dije con resolución--. Si ese señor droguero no nos
quiere abrir la puerta, la derribaremos a puñetazos.
Por fortuna, no me pusieron obstáculos a que entrara por la casa
indicada, lo cual verifiqué dejando a Josefina en la inmediata de la
calle de la Neu. Subí al tejado, y saltando con grandes esfuerzos y
peligros de techo en techo, llegamos Badoret y yo a las buhardillas de
la casa del canónigo. Allí en un lóbrego aposento del desván, donde
antaño tuvo su vivienda el ama de gobierno del Sr. Ferragut, yacía la
pobre Siseta sin movimiento ni sentido sobre miserable colchón. La
llamé con fuertes voces, incorporela en el lecho, y la infeliz abrió
los ojos, pero sin aparentar reconocerme. Mi gozo al ver que vivía fue
inmenso; pero aún dudaba que pudiese tornar a la vida, y no pensé más
que en prodigarle toda clase de socorros. Recorrí la casa aturdidamente
sin darme cuenta de lo que buscaba, y vi en distintas habitaciones
hasta una docena de chicos de ocho a doce años, en quien reconocí a
los amigos que acompañaban a Badoret y Manalet en todas sus correrías;
pero el estado de aquellos infelices niños era atrozmente lastimoso y
desconsolador. Algunos de ellos yacían muertos sobre el suelo, otros se
arrastraban por la biblioteca sin poderse tener, uno estaba comiéndose
un libro, otro saboreaba el esparto de una estera.
--¿Qué ha pasado aquí? --pregunté a Badoret.
--¡Ay, Andrés! no podemos salir por ninguna parte. Estábamos encerrados
hace dos días. A nuestra casa no se podía pasar, porque siete paredes
llenaron el patio hasta arriba. No teníamos que comer, ni donde
encontrarlo... Esta mañana buscamos Manalet y yo una salida. Él se
descolgó por la calle de la Argentería, y yo por donde me viste... pero
a mí se me está ya pegando la lengua al cielo de la boca, no puedo
moverme, y me caigo muerto también.
Diciéndolo, Badoret cerró los ojos y se extendió de largo a largo en el
suelo. Algunos de sus camaradas lloraban, llamando a sus madres, y por
todos lados el espectáculo de aquella desolación infantil contristaba
mi alma. Resuelto a obrar con prontitud, pasé por el tejado a las casas
inmediatas, llamé, pedí socorro, logré que me oyeran y que acudiesen
en mi auxilio algunos vecinos, y bien pronto reuní en los desiertos
lugares donde se hallaba mi infeliz amiga gran número de víveres y no
pocas personas caritativas.
La primera en quien probamos nuestros recursos fue Siseta, que tardó
mucho en recobrar su acuerdo, inspirándome serias inquietudes; pero
al fin me reconoció, y vencida su repugnancia a tomar los alimentos
que le ofrecíamos, convenciéndose al fin de que no le dábamos animales
inmundos ni horribles manjares, entró en un período de fortalecimiento
que indicaba enérgica disposición de la naturaleza a recobrar su
primitivo equilibrio y asiento. Badoret cobró sus fuerzas con más
rapidez, y a la media hora ya hablaba como una taravilla arengando a
sus amigos. Para algunos de estos llegó tarde el remedio, y no nos
dieron más trabajo que entregar sus cuerpos a las pobres madres que a
recogerlos venían después de buscarlos inútilmente por toda la ciudad.
--Hermana Siseta ha despertado al fin --me dijo Badoret, tragándose
medio pan--. Yo pensé que íbamos a quedarnos aquí para que se regalaran
con nuestro pellejo Napoleón, _Sancir_, _Agujerón_ y los demás que
andaban por acá. No estamos todos vivos, Andrés, porque Pauet no
resuella, y Sisó, que estaba tan rabioso contra los _cerdos_, se
ha quedado tieso en la biblioteca con medio libro en el cuerpo y
otro medio en la mano. Así quisiera yo ver al condenado de D. Pablo
Nomdedeu, que quiso hacer con nosotros un guisote. Ya estamos libres de
caer al fondo de la cazuela con sal y agua, y eso de que la señorita
Josefina se le almuerce a uno, no tiene gracia... Los _marranos_ están
ya dentro de Gerona... ¡Vaya... y decían que D. Mariano no les dejaría
entrar! Si es lo que yo digo... mucha facha, mucho boquear, y después
nada.
--No desatines, y cuéntame por qué trajísteis aquí a tu hermana.
--Pregúntaselo a D. Pablo y a la señora Sumta. Nosotros le llevamos
a hermana Siseta siete reales que habíamos ganado. Hermana Siseta
estaba llorando, con Gasparó en brazos. Un caballero entró en la casa,
y con malos modos mandó que enterrásemos al niño. Entonces hermana
Siseta le dio muchos besos, y yo le cargué para llevarle a la fosa;
pero me daba lástima y estuve con él a cuestas todo el día, hasta que
al fin... Manalet echaba la tierra y yo la apretaba con las manos
para que quedase bien. Pero luego quisimos volverle a ver, sacamos la
tierra... ¡Ay! Andresillo: después la tornamos a echar y ya no le vimos
más... Al volver a casa, D. Pablo entró suspirando y dando gemidos, y
dijo que traía todos los huesos rotos. Después pidió algo de comer a
la señora Sumta, y la señora Sumta se puso también a echar suspiros y
regüeldos. La señorita Josefina, tendida en el suelo, se chupaba los
dedos; D. Pablo empezó a gritar llamando al santo acá y al santo allá,
y luego a todos nos daba con la punta del pie, diciendo: «Levantaos
y salid a buscar algo para mi hija.» Después del entierro, habíamos
comprado con los siete reales un pan negro y duro, y se lo dimos a mi
hermana. ¡Si vieras qué ojos le echó D. Pablo! Siseta es más tonta...
¿creerás que no quiso el pan, y mandó que se lo diéramos a la señorita
Josefina? Pero yo dije: «Sí, para ella está», y dando la mitad a
Manalet empezamos a comérnoslo. La señora Sumta, saltando encima de mí,
me quitó mi parte; pero Manalet se comió toda la suya de un tragón,
atacándosela con los dedos para que le pasara por el gañote. Entonces,
amigo Andrés, el Sr. Nomdedeu fue arriba, y bajando al poco rato con
un gran cuchillo, nos dijo: «Diablillos desvergonzados, puesto que no
servís más que de estorbo, os comeremos.» Yo me reí, y Manalet se puso
a temblar y a llorar; pero yo le decía: «No seas burro; primero nos le
comeríamos nosotros a él, si tuviera algo más que huesos. La señora
Sumta sí que está gordita.» Cuando la vieja oyó esto me amenazó con
el puño, y Don Pablo volvió a decir... «Sí: nos los comeremos, ¿por
qué no?...» Después la señorita Josefina se abrazó a su padre, y este
se puso a llorar soltando lagrimones como balas, y luego la arrullaba
en sus brazos como a un chiquillo. ¡Pobre D. Pablo! De veras me daba
lástima... Arrullando a su hija le cantaba como a los niños, y después
decía: «Señora Sumta, traiga usted una taza de caldo.» Al oír esto, no
podía menos de reírme, y dije: «Pues ya que va a la cocina la señora
Sumta, tráigame a mí un par de perdices, porque estoy desganado, y no
quiero más.» Los dos se pusieron furiosos; pero el médico parecía loco,
y todo se le volvía gritar: «Señora Sumta, traiga usted caldo para mi
hija; tráigalo pronto, o la mato a usted...» ¡Si le hubieras visto,
Andrés! Echaba chispas por los ojos, y con los pelos amarillos tiesos
sobre el casco, parecía nada menos que un demonio... En esto pasaron
mis amigos por la calle, llamáronme, yo salí con ellos, y al poco rato,
cuando iba por la calle de Ciudadanos, veo venir a Manalet corriendo
y llorando, que decía: «Hermano Badoret, ven pronto, que D. Pablo
nos quiere matar a todos.» Chico, eché a correr con todos mis amigos
hacia casa. ¿Has visto un gato rabioso cómo tira la zarpa, enseña los
dientes, bufa y salta? Pues así estaba D. Pablo. Dejando a su hija
en el suelo, venía hacia nosotros, nos amenazaba con el cuchillo,
golpeaba con el pie a mi hermana, luego parecía querer matarse a él
mismo, y a todo esto gritaba: «¡Quiero acabar con el género humano!...»
Esto lo dijo muchas, muchísimas veces. Mis amigos estaban muertos de
miedo, y yo cogí unas tenazas para tirárselas a la cabeza. Pero no me
dio tiempo, porque sin soltar su cuchillo salió a la calle, gritando
siempre que iba a acabar con todo el género humano, y entonces Manalet
dijo: «Vámonos de aquí, y llevémonos a Siseta.» Dicho y hecho: éramos
doce; entre los más grandes cargamos a mi hermana, que estaba como un
cuerpo muerto, sin mover brazo ni pierna, y la llevamos a la casa del
canónigo; Manalet, lleno de miedo, iba delante chillando: «A prisa,
a prisa, que viene otra vez con el cuchillo...» ¡Ay! Amigo Andrés,
cuando nos vimos en esta casa, respiramos. Luego, porque la pobrecita
no estuviera sobre la baldosa del patio, la subimos a este aposento con
grandísimo trabajo, poniéndola en la cama donde la ves. La llamamos, y
no nos respondía. Entonces nos ocurrió que debíamos buscarle algo que
comer; pero no hallábamos salida más que por los tejados, y antes nos
asparían que pasar otra vez a nuestra casa. Aquí de los apuros, chico:
llegó la noche y nos moríamos de hambre. Pauet y Sisó anduvieron por
los techos comiéndose las yerbas y el musgo que nacen entre las tejas.
Yo bajé a la bodega... ni rastro de Napoleón. Se han ido todos al
otro lado del Oñar, corriéndose hacia el campo enemigo... Pues como
te iba contando, vino después de la noche el día, y después del día
otra noche, y luego amaneció el día de hoy y nosotros sin comer. Se
me olvidaba contarte que oímos caer la bomba en nuestra casa, y yo
dije: «Ahí me las den todas. Si ha cogido a Nomdedeu, bien empleado le
está por bruto...» Amigo, desde el tejado nos asomábamos a los patios
de todas las casas de por aquí; llamábamos a la gente para que nos
socorriera; pero no nos hacían caso. Verdad es que muchos de los que
veíamos abajo estaban muertos. Mis amigos se acobardaron ¡pobrecitos!
como unos gallinas, y Sisó dijo que se iba a comer una de sus manos. Yo
les llevé a la biblioteca, dándoles permiso para que sacaran el vientre
de mal año con los libros, y así fueron tirando algunos. ¡Qué día,
qué noche, Andrés! Mi hermana no nos respondía cuando la llamábamos,
y Manalet me dijo: «Hermano, yo me voy a tirar del tejado a la calle
para traer algo de comida a Siseta...» Estuvimos mirando las rejas
y los balcones para ver si podía saltar, y, por fin, Manalet se fue
escurriendo, no sé cómo, sentando los pies en los clavos, y las manos
en las rejas, y bajó a la calle por junto a la plaza. Yo bajé también
por donde me viste, y con esto te digo todo, porque ya no hay nada más
que contar.
--Bien, Badoret; veo que acertaste en trasladar aquí a tu hermana,
pues aunque no me parezca cierto, como dijiste, que D. Pablo quisiera
merendarse a tu familia, ese es un hombre a quien la desgracia de su
hija exalta y enfurece, y capaz es de cometer cualquier atrocidad.
Ahora, gracias a Dios, estamos libres de tales horrores, porque el
sitio ha concluido, y hay en Gerona víveres abundantes.
Al caer de la tarde, Siseta, sus dos hermanos y los camaradas de estos
que habían escapado a la muerte, no ofrecían cuidado. Al día siguiente
trasladé a mis amiguitos a una casa de la calle de la Barca, donde nos
dieron asilo.