Cuando llegué a la calle de Cort-Real, vi allí casi en total ruina la
casa donde se albergaban los míos. Unos vecinos me dijeron que el Sr.
Nomdedeu y su hija estaban aposentados en la calle de la Neu; pero que
no se sabía dónde habían ido a parar Siseta y sus hermanos. Contristado
con tal noticia, fui en busca del doctor, y la primer persona que salió
a mi encuentro fue la señora Sumta, encargándome que no hiciera ruido
porque el señor dormía.
--Aquí encontrarás todos los papeles cambiados, Andresillo --me dijo--,
porque la señorita Josefina se ha puesto buena, y el amo está tan malo,
que se morirá pronto si Dios no lo remedia.
En esto oímos la voz del doctor, que en aposento cercano sonaba,
diciendo:
--Déjele usted entrar, señora Sumta, que estoy despierto. Andrés, amigo
querido, ven acá.
Entré, pues, y D. Pablo, arrojándose de su lecho, me abrazó con cariño,
hablándome así:
--¡Qué placer me das, Andrés! ¡Yo creí que habías muerto! ¡Ven acá,
valiente joven, y abrázame otra vez! ¿Cómo va esa salud? ¿Y ese
estómago? No conviene cargarlo después de tanta privación. ¿Hay
apetito?... Te recomiendo mucho la sobriedad. ¿Tienes heridas? Las
curaremos... Manda lo que gustes, hijo.
Yo, muy confundido, le expresé mi gratitud por tanta benevolencia,
añadiendo que le consideraba como el más generoso y cristiano de los
mortales por pagar con abrazos y cariños los golpes que de mí recibiera.
--Señor --añadí--, yo creí haber muerto al mejor de los hombres, y no
podía vivir con el gran peso de mi conciencia. Veo que usted perdona
las ofensas y abre sus brazos a los que han intentado matarle.
--Todo está perdonado, y si culpa hubo en ti tratándome como me
trataste, mayor fue la mía, que, en mi furor, no reparaba en
quitarte la vida por un pedazo de azúcar. Aquellas, amigo Andrés,
no deben considerarse como acciones libres que constituyen verdadera
responsabilidad, y la horrible situación en que ambos nos hallábamos
nos disculpa a los ojos de Dios. En tan triste momento, la ley suprema
de la propia conservación imperaba sobre todas las leyes; nuestro
carácter, el resultado de las facultades ingénitas, o cultivadas por
el trato, y de los hábitos adquiridos, no existía realmente, y el
torpe bruto en que estamos metidos, rompía salvaje todos los frenos
que se oponían a la satisfacción de sus necesidades. Por mi parte,
puedo decirte que no me daba cuenta de lo que hacía. El espectáculo
de mi pobre hija me trastornaba el poco sentido que aún me hacía
reconocerme como hombre, y delante de mí no había amigos ni semejantes.
Estas relaciones se acaban, se extinguen cuando el brutal instinto
recobra sus dominios, y si veía un pedazo de pan en boca de otro
hombre, parecíame esto un privilegio irritante, que mi egoísmo no
podía tolerar. ¡Ay, qué horroroso padecimiento! ¡Qué vergonzoso estado
moral, y qué degradación del ser más noble que pisa la tierra! Válgame
tan solo la circunstancia de que nada quería para mí, sino todo para
ella. Tengo la seguridad de que a no ser por mi idolatrada hija, yo me
hubiera recostado en un rincón de la casa, dejándome morir sin hacer
esfuerzo alguno por conservar la vida.
--Y la señorita Josefina ha resistido las privaciones tal vez mejor que
nosotros.
--Mucho mejor --añadió Nomdedeu--. Ya me ves a mí que parezco un
cadáver. Pues ella, completamente transfigurada, parece haberse
apropiado toda la salud que a mí me falta. Esto me tenía contentísimo,
Andrés. Pero verás ahora lo que ha pasado. Cuando me dejaste en el
patio de la casa del canónigo, tardé mucho en recobrar el uso de los
sentidos, a consecuencia del gran golpe y de la mucha extenuación.
Por fin, no sé qué manos caritativas me sacaron a la calle, donde
recobré completo acuerdo. Mi sensación principal era una gran sorpresa
de hallarme con vida. Arrastreme hasta entrar en casa, y en las
habitaciones de Siseta encontré a mi hija. La infeliz casi no me
conocía. Iba a perecer de inanición. ¡Dios mío! Quisiera morir, si la
muerte borrara de mi memoria el recuerdo de aquellas horas. Yo decía:
«Señor, antes de ver tal espectáculo, valiera más que quedara exánime
sobre las baldosas de la casa del canónigo.» ¡Ay, amigo Marijuán, no me
preguntes nada sobre esto! Solo te diré que, habiendo salido en busca
de alimentos, al regresar, mi hija ya no estaba allí.
--¿Y Siseta? --pregunté con la mayor inquietud.
--Siseta tampoco --repuso Nomdedeu, inmutándose en sumo grado--. Pero
¿a qué me preguntas por Siseta? Yo no sé nada de ella. Déjame seguir.
Ninguno de los vecinos supo darme razón del paradero de mi hija, y
corrí como un loco por la ciudad buscándola. Felizmente, ni ella ni
yo estábamos allí cuando la casa fue destruida. Pero yo te pregunto:
¿a dónde creerás que había ido mi idolatrada Josefina? Pues nada
menos que a la torre Gironella, donde contemplaba el horrible fuego
con que se defendió aquel fuerte en sus postrimerías. Te asombrarás
de que mi hija fuese a tal sitio. Pues oye. Encontrándose sola en la
casa, la horrible necesidad obligola a salir a la calle, y discurrió
largo tiempo por Gerona implorando la caridad pública, pero sin ser
atendida por nadie. Mientras mayor era su desamparo, mayores esfuerzos
hizo por apegarse a la vida, y aquella naturaleza miserable halló en
sí misma suficiente energía para sobreponerse a la situación. Parece
esto imposible, pero es cierto. Ahora caigo en que a las criaturas de
ánimo apocado nada les conviene tanto como encontrarse lanzadas de
improviso a un gran peligro sin sostén ni ayuda de mano extraña. Pues
bien: Josefina, sola en medio de tantos horrores, huyó por la pendiente
que conduce a los fuertes, creyendo más seguros aquellos sitios. La
vista de los cadáveres que obstruyen el camino prodújole gran espanto,
y mayor aún al ver de cerca la terrible acción que allí se trabara.
Cuando quiso retroceder la pobrecita, le fue imposible, y encontrose
envuelta en el fuego en el momento de la retirada. ¡Oh, incomprensibles
arcanos de la Naturaleza! Si yo hubiera sabido por qué lugares andaba
mi enferma, y todo el Protomedicato hubiérame pedido mi dictamen sobre
su suerte, habría dicho: «Josefina morirá en el acto de verse próxima a
un combate.» Pues no fue así, Andrés. Según me ha contado ella misma,
sintiose con inusitada energía, y sus miembros, desentumecidos como por
milagro, adquirieron una agilidad que jamás habían tenido. Sin hallarse
libre de miedo, inundaba su alma una generosa y expansiva inquietud,
y abundantes lágrimas corrían de sus ojos... A esto añade que luego
volvió dos veces a la ciudad, donde unas señoras, apiadadas de ella,
la dieron alimento; que después, sin saber cómo, viose arrastrada en
el tropel de las que iban a llevar pólvora a las murallas; añade que
durmió dos noches en campo raso; que la señora Sumta, tomándola por su
cuenta, la tuvo más de tres horas en Alemanes, hasta que se retiró de
allí la guarnición, y comprenderás si han sido fuertes los cauterios
aplicados por el azar al espíritu de esa pobre niña. Ahora, Andrés, me
resta decirte que si ella ha adquirido súbitamente bríos y agilidad,
yo he perdido radicalmente mi salud, a consecuencia de los intensos
padeceres físicos y morales de esta temporada, y aquí donde me ves, no
doy dos cuartos por lo que pueda vivir de aquí al domingo que viene.
La alegría que me causa el ver cómo se ha regenerado el organismo
de aquella que es todo mi amor y mi consuelo, ahoga el sentimiento
que podría causarme la propia muerte. Lo que hoy me produce profunda
tristeza es el convencimiento adquirido hace poco de que soy un
detestable médico. Sí, Andrés: yo creí saber bastante, y ahora resulta
que todo lo ignoro, todo, todo. Figúrate que después de adoptar en el
tratamiento de Josefina el sistema de precauciones, de cuidados que
me recomendaban en diverso estilo centenares de libros, salimos con
la patochada de que el mejor sistema es el opuesto al que yo seguí.
¡Y para esto, Dios mío, ha estudiado uno treinta años! ¡Oh! medicina,
medicina, ¡cuán desdeñosa y esquiva eres! ¡Cómo te ocultas al que más
te busca, y qué bien guardas tus encantos! Cuando parece más fácil
tocarte, más rápidamente desapareces, como sombra que de las ansiosas
manos se escapa. ¡Quién me lo había de decir! Yo intentaba curarla con
delicadezas, cuidados y dengues, resguardándola hasta del aire por
temor a que el aire mismo la hiciera daño, y Dios la ha fortalecido
con las crudezas, las molestias, los golpes, los sustos, con el fuego
y el frío, con los peligros y las muertes. Yo evitaba en ella las
fuertes impresiones que me parecía debieran quebrar su naturaleza,
como los martillazos rompen el vidrio, y los fortísimos sacudimientos
de la sensibilidad la han repuesto en su primer ser y estado. Curose
como había enfermado, y este misterio y esta novedad pasmosa confunden
mi inteligencia. Hasta ahora no sabía que la enfermedad curase la
enfermedad, y me muero con mil ideas sobre este oscuro punto... porque
yo me muero, Andrés: en eso sí que no se equivocará mi escaso saber.
Diciendo esto, se tendió de largo a largo en la cama, y a cada rato
exhalaba hondísimos suspiros. Yo le hablé así:
--Sr. D. Pablo: usted, aunque ha padecido bastante, tiene el consuelo
de ver a su hija, no solo con vida, sino con la salud que antes no
tenía; pero yo, ni siquiera puedo asegurar que viven mi adorada Siseta
y sus dos hermanos.
El doctor, al oírme, moviose inquietamente en su lecho con síntomas de
alteración nerviosa, e incorporándose de improviso, me mostró su cara,
desfigurada de un modo notable.
--No me preguntes por Siseta y sus hermanos --dijo con torpe lengua, y
haciendo ademán de apartar un objeto que inspira desagrado--. Yo no sé
nada de ellos. Andrés, más vale que te marches y me dejes en paz.
La señora Sumta, que entró a la sazón, puso el dedo en la sien, mirando
a su amo con expresión de lástima. Con el gesto y la mirada quería
decirme: «No hagas caso, que el amo ha perdido el juicio.»
Perdiéralo o no, lo cierto es que me llenaban de inexplicables
confusiones sus palabras. Interroguele de nuevo; pero él, cerrando los
ojos y extendiendo brazos y piernas, cual exánime cuerpo, aparentaba no
oírme, o realmente aletargado, no me oía.
Josefina entró en seguida y mostró mucha alegría al verme. Por mi
parte, quedeme sorprendido al notar la animación de sus ojos, su color
menos pálido que de ordinario, y al observar la agilidad, la gracia y
desenvoltura que había adquirido en sus movimientos desde que no nos
veíamos. Después de contestar con amables sonrisas a mis cumplidos, que
adivinaba por el movimiento de los labios, me preguntó por Siseta.
--¡Ay! --respondí, expresando con signos mi suprema aflicción--.
Siseta... se ha ido, señorita; no sé dónde está.
--Busquémosla --dijo Josefina con resolución.
--¡Ay! gracias, señorita Josefina... Yo no me puedo tener; pero si
usted me acompaña, sacaré fuerzas de flaqueza para recorrer la ciudad.
En la casa tenían ya comida abundante, que se repartía entre los
diferentes vecinos allegadizos que allí se albergaban, y a mí me dieron
una buena porción. Cuando salí, enlazando mi brazo con el de Josefina,
me sentía tan restablecido, que no necesité buscar apoyo en las paredes
ni arrojarme al suelo cada diez minutos para tomar aliento.