Fui primero hollado y pisoteado, y sobre mi cuerpo algunos patriotas
se empinaban para ver mejor hacia afuera; pero pronto me apartaron
de allí, y sentí el contacto de suavísimas manos. Pareciome que
unos pájaros del cielo bajaban a posarse sobre mi cuerpo dolorido,
trayéndole milagroso alivio. Aquellas manos eran las de unas monjas.
Diéronme de beber y me curaron, diciéndose unas a otras:
--El pobrecillo no vivirá.
Ignoro dónde estaba, y no me es posible apreciar el tiempo que
transcurría. Solo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos
adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba oscurísima noche. En el
cielo había algunas tristes estrellas que fulguraban con blanca luz.
Sentía entonces agudísimos dolores; pero todo se extinguió prontamente,
y cayendo en profundo sopor, vivía con largas interrupciones de
sensibilidad. Otra vez abrí los ojos, y vi que se estaban batiendo.
Las monjas acudieron de nuevo a mí, y su asistencia me produjo muy
vivo consuelo. Yo no hablaba, no podía hablar; pero un accidente harto
original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre
la mucha gente que por allí en distintas direcciones discurría, vi un
muchacho en quien hube de reconocer a Badoret.
Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas
piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a
su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y
llamé al muchacho. Este, que se inclinaba a examinar a los que allí en
diversos puntos yacían, acercose a mí y me dijo:
--Andrés, ¿tú también te has muerto?
--¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano?
--¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza
del Vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no
llora ni chilla.
--¿Y tu hermana?
--Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos y
no nos responde.
Iba a preguntarle por Josefina; pero me faltó valor, se me extinguió
la facultad de hablar, y nublándose mis ojos, vi desaparecer a Badoret
saltando con su lúgubre carga sobre los hombros.
La fiebre traumática se apoderó de mí con gran intensidad,
reproduciéndome los hechos que habían precedido a la situación en que
me encontraba. Siseta aparecía a mi lado con su hermano en los brazos,
y yo le decía:
--Prenda mía, ya no podemos ir a sentarnos a la sombra de los olivos
que tengo en la Almunia, porque mi conciencia va detrás de mí
acusándome sin cesar, y tengo que huir y correr hasta que encuentre un
sitio lejano a donde ella no pueda seguirme. No volveré a entrar jamás
en tu casa, porque allí junto está, tendido en cruz sobre el suelo, D.
Pablo Nomdedeu, a quien maté porque me quería quitar mi azúcar. Yo me
voy a donde no me vea gente nacida. Dame tu mano. Adiós.
Al decir esto, besaba la mano de una señora monja.
Otras veces creía sentir el contacto de un brazo junto al mío, y
exclamaba:
--¡Ah! es usted, Sr. D. Pablo Nomdedeu. Los dos hemos muerto y nos
juntamos en lo que llamábamos allá _la otra vida_; solo que usted
camina hacia el cielo, y yo voy derecho al infierno. Aquí donde
estamos, entre estas oscuras nubes, ya no hay odios ni resentimientos.
Me pesa de haberle matado a usted, y válgame el arrepentimiento. ¿Cómo
había de consentir en darle a usted el azúcar? No, Sr. D. Pablo, no lo
consentiré jamás. ¿Aún insiste usted en quitármela, cuando, despojado
de la vestidura corporal, volamos los dos por esta región donde no
hay ruido, ni luz, ni nada? ¿Aun aquí, equivocándonos de caminos, nos
encontramos para reñir? Pero no, siga usted adelante y no se detenga
a quitarme lo mío. Dios me perdonará mi crimen: yo fui atacado por
usted, yo me defendía, y una bestia feroz que se metió dentro de mí,
le mató a usted. Fue sin duda aquel infame Napoleón. ¡Oh! ¿Por qué
quise apropiarme el aparente cuerpo de tan fiero demonio? Sí, ya te
estoy viendo delante de mí... Allá voy, no me llames más. Vagando por
estos espacios donde no hay ruido, ni luz, ni nada, yo creí que no te
presentarías delante de mí; pero aquí estás. Cierra esos ojillos negros
como cuentas de azabache; no claves en mí tus dientes más blancos que
el marfil, ni enrosques esa culebra que llevas por cola. Ya sé que te
pertenezco desde que cayó el artesón sobre ti, y tus tramas infernales
me pusieron en el caso de matar a aquel santo varón, buen amigo,
excelente padre y honrado patriota. Iré contigo al infierno, que será
mi expiación. No vuelvas el horrendo hocico hacia atrás, que ya te
sigo. Los arcángeles celestiales me azuzaron como a un perro cuando me
acerqué a las puertas del Paraíso, y ahora camino hacia abajo. Adiós,
Nomdedeu: ya te veo allá arriba. Brillas como una estrella; pero tu
resplandor no ilumina esta oscuridad en que me hallo. El calor de las
llamas que despides por la boca, infame Napoleón, me está abrasando; me
ahogo en una atmósfera de fuego, y sed espantosa seca mi boca. ¿No hay
quien me dé un vaso de agua?
Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua.
Luego tornaba a los mismos delirios, que variaban a cada instante, ora
terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso completo
de mis sentidos, y con el entendimiento claro y sin nubes. Vi el cielo
encima, en derredor mucha gente y a mi lado un fraile. No se oían
cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible.
--Hijo mío --me dijo el fraile--, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa
herida del pecho no es mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te
alimentara bien, curarías como otros muchos.
--¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos?
--Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia.
--¿Qué?
--Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir.
--¡Enfermo! --exclamé con sorpresa--. Yo creí que D. Mariano no podía
estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él...
--Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado
el mando al teniente de rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está
en cama, nadie considera posible la defensa. Solo hay mil hombres
disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas se
celebra junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este
día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la
rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no
piensa más que en comer.
--Padre --dije yo--, si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo
de madera. No puedo resistir más.
El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo que
era. Después hablé así:
--¿Su Paternidad está aquí auxiliando a los moribundos? Yo, aunque
Dios en su infinita misericordia me conserve por ahora la vida, quiero
confesar un gran pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran
peso, no podré vivir. Por allí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto
de hambre o de miedo. No: yo debo declarar que le he matado porque me
quiso quitar un pedazo de azúcar.
--Hijo mío --repuso el fraile--, o estás aún delirando, o confundiste
con otro el Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este
hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de
curar a diestro y siniestro.
--¡Cómo! ¿Será posible? --exclamé con estupefacción--. ¿Vive el Sr. D.
Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me
devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio.
No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase
huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful
Mongat? ¿Sabe por ventura si vive?
--Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Solo sé que la casa donde
vivía el señor Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido destruida por una
bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron,
excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar.
--¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! --dije--. Pero parece que
me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy?
--Esta es la cama en que murió Periquillo del Roch, asistente del Sr.
D. Francisco Satué, que es, como sabes, edecán del Gobernador. Cuando
murió Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por
asistente.
--¿Conque Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El
corazón me dice que no ha muerto, y que no soy, por lo tanto, viudo.
--¿Eres casado?
--Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive. ¿Y dice Su Paternidad
que no ha muerto el Sr. Nomdedeu?
--Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien tiene
aspecto de un muerto que anda, que de persona viva.
--¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve?
--Anda, aunque cojo.
--¿Y abre los ojos?
--Sí: sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de
los escombros.
--¿Y habla?
--Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir.
--¿Pero es el mismo, o un remedo de Don Pablo, una sombra que viene del
otro mundo a figurar que pone vendas?
--El mismo, aunque de puro desfigurado apenas se le conoce.
--¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado?
--No dudes que vive; pero también te aseguro que no doy dos ochavos por
lo que le queda de razón.
En todo aquel día no me pude mover, aunque notaba de hora en hora
bastante mejoría. La curiosidad y el afán me devoraban, anhelando saber
la suerte de los míos, y aunque la certidumbre de no ser matador de
Nomdedeu había dado gran tranquilidad a mi espíritu, el no saber el
paradero de Siseta me entristecía en sumo grado. Sin moverme de allí
supe que la plaza estaba a punto de rendirse, y que había ido a tratar
con el General francés el español D. Blas de Fournás. Esto tenía muy
irritados a los fantasmas que con nombre de hombres discurrían aún arma
al brazo por las murallas destruidas, y fue preciso a Fournás, cuando
salió de la plaza, ocultar el verdadero motivo de su viaje.
Álvarez, según oí, se agravaba por instantes, y recibió los Sacramentos
el mismo día 9; pero aun en tal situación insistía en no rendirse,
repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que despierto.
Muchos patriotas se resistían a creer que fuera cierto lo de la
rendición, y la posibilidad de entregarse al extranjero causaba más
horror que la muerte y el hambre; verdad es que muchos tenían la loca
esperanza de que llegasen socorros.
Por la tarde empezó a susurrarse que al día siguiente entrarían los
_cerdos_, y los patriotas acudieron a casa del Gobernador, la cual,
casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los aposentos
donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas, metiéndose
por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo rato
pidiendo a Su Excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza.
Dicen que Álvarez en su delirio oyó los populares gritos, e
incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. Enfermos o
heridos los que aún vivíamos, con diez mil cadáveres esparcidos por las
calles, alimentándonos de animales inmundos y substancias que repugna
nombrar, nuestro más propio jefe debía ser y era un delirante, un
insensato, cuyo grande espíritu perturbado aún se sostenía varonil y
sublime en las esferas de la fiebre.
Al día siguiente pude dar algunos pasos sin alejarme mucho. De buena
gana habría hecho una excursión por la ciudad visitando la casa de
Siseta; pero las señoras monjas que tan cariñosamente me cuidaban,
impidiéronmelo. El capitán D. Francisco Satué llegose a mí, y me
hizo saber que había resuelto tomarme por asistente en reemplazo de
Periquillo del Roch, y agradecido yo a su bondad, me tomé la libertad
de decirle:
--Mi capitán, ¿sabe usía por dónde anda Siseta? Supongo que usía conoce
a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat.
Satué no se dignó contestarme, y volvió la espalda, dejándome solo con
mis horrorosas dudas. Yo preguntaba a todos; pero nadie me hablaba
sino de la capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa cuando
todavía existía pegado a las esquinas el bando de D. Mariano: «_Será
pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien se oiga
la palabra capitulación u otra equivalente._»
Según oí decir, los franceses habían dado una hora de tiempo para
arreglar la capitulación; pero nuestra Junta pedía un armisticio
de cuatro días, prometiendo cumplirlo si al cabo de dicho plazo no
venía el socorro que desde noviembre estábamos esperando. El Mariscal
Augereau no quiso acceder a esto, y, por último, después de muchas idas
y venidas de un campo a otro, firmáronse las condiciones de nuestra
rendición a las siete de la noche del 10.
En este convenio, como en todos los que hicieron los franceses en
aquella guerra, se pactó lo que luego no había de ser cumplido:
respetar a los habitantes, respetar la religión católica y las vidas
y haciendas, etc... Todo esto se escribe y se firma sobre un tambor
dentro de una tienda de campaña; pero luego las órdenes expedidas desde
París por la gran rata, obligan a poner en olvido lo acordado.
--¡Bonito final! --me dijo el Padre Rull, que me había asistido
durante el penoso mal--. ¡Y que hayamos venido a esto después de
haber resistido siete meses! ¿Y todo por qué, amigo Andrés? Porque
no se reparten dos pavos por barba al día, y porque alguno se ha
visto obligado a mantenerse chupando el jugo de un pedazo de estera.
Dioscórides dice que el esparto contiene substancias alimenticias. ¡Oh!
Si Álvarez no hubiera caído enfermo; si aquel hombre de bronce pudiera
aún levantarse de su lecho, y venir aquí, y alzar el bastón en la mano
derecha... Ya sabes, Andrés, que la guarnición debe salir mañana de
la plaza con los honores de la guerra, marchando a Francia prisionera.
Creo que os pondrán a tirar del carro de Napoleón cuando salga a
paseo... Los _cerdos_ se nos meterán aquí mañana a las ocho y media, y
parece han acordado no alojarse en las casas, sino en los cuarteles.
¿Lo crees tú? Ya verás cómo no lo cumplen. Me parece que les veo
echando a los vecinos a la calle para acomodarse sus señorías en las
pocas casas que han dejado en pie. Y ahora te pregunto yo: ¿qué harán
de nosotros, los pobres frailes? Amigo, con Gerona se acabó España,
y con la salud de Álvarez se acabaron los españoles bravos y dignos.
Muchachos, ¡viva D. Mariano Álvarez de Castro, terror de la Francia!
Durante la noche, los vecinos y los soldados, sabedores ya de las
principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las
arrojaron al río, y al amanecer, los que podían andar, que eran los
menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis
unas cuantas armas, si tal nombre merecían algunos centenares de
herramientas viejas y fusiles despedazados. Los enfermos nos quedamos
dentro de la plaza, y tuvimos el disgusto de ver entrar a los señores
_cerdos_. Como no nos habían conquistado, sino simplemente sometido por
la fuerza del hambre, nosotros les mirábamos de arriba a bajo, pues
éramos los verdaderos vencedores, y ellos al modo de impíos carceleros.
Si no existiese el goloso cuerpo, y solo el alma viviera, ¿pasarían
estas cosas?
En honor de la verdad, debo decir que los franceses entraron sin
orgullo, contemplándonos con cierto respeto; y cuando pasaban junto a
los grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino. Muchos
se resistieron a comerlo; pero al fin la fuerza instintiva era tal,
que aceptamos lo que a las pocas horas de su entrada nos ofrecieron.
Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres
que, estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de
depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer! ¡qué
novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía, después
de larga ausencia, a ser apoyo del alma. Se admiraba uno de tener
claros ojos para ver, piernas para andar y manos con que afianzarse en
las paredes para ir de un punto a otro. Los rostros adquirían de nuevo
poco a poco la expresión habitual de la fisonomía humana, y se iba
extinguiendo el espanto que aun después de la rendición causábamos a
los franceses.
Dadme albricias, porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos
para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la derecha
mano en un palo, y con la izquierda en las paredes de las casas. No
creáis que el andar por las calles de Gerona en aquellos días era cosa
fácil, pues ninguna vía pública estaba libre de hoyos profundísimos,
de montones de tierra y piedras, además de los miles de cadáveres
insepultos que cubrían el suelo. En muchas partes, los escombros de
las casas destruidas obstruían la angosta calle, y era preciso trepar
a gatas por las ruinas, exponiéndose a caer luego en las charcas que
formaban las fétidas aguas remansadas. El viaje a través de aquellos
montes, lagos y ríos, era tan fatigoso para mí, que a cada poco trecho
me sentaba sobre una piedra para tomar aliento. Mas cuando ya no era
posible pensar en batirse, y cuando estaba aplacado el terrible ardor
de la guerra, producíame indecible espanto la vista de tantos muertos;
y al examinar los horrorosos cuadros que se desarrollaban ante mi
vista, cerraba a veces los ojos temiendo reconocer en una mano helada,
la mano de Siseta; en la punta de un vestido, la punta del vestido de
Siseta; en una piedrecita encarnada, las cuentas de coral que adornaban
las lindas orejas de Siseta.