XX

Fui primero hollado y pisoteado, y sobre mi cuerpo algunos patriotas

se empinaban para ver mejor hacia afuera; pero pronto me apartaron

de allí, y sentí el contacto de suavísimas manos. Pareciome que

unos pájaros del cielo bajaban a posarse sobre mi cuerpo dolorido,

trayéndole milagroso alivio. Aquellas manos eran las de unas monjas.

Diéronme de beber y me curaron, diciéndose unas a otras:

--El pobrecillo no vivirá.

Ignoro dónde estaba, y no me es posible apreciar el tiempo que

transcurría. Solo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos

adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba oscurísima noche. En el

cielo había algunas tristes estrellas que fulguraban con blanca luz.

Sentía entonces agudísimos dolores; pero todo se extinguió prontamente,

y cayendo en profundo sopor, vivía con largas interrupciones de

sensibilidad. Otra vez abrí los ojos, y vi que se estaban batiendo.

Las monjas acudieron de nuevo a mí, y su asistencia me produjo muy

vivo consuelo. Yo no hablaba, no podía hablar; pero un accidente harto

original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre

la mucha gente que por allí en distintas direcciones discurría, vi un

muchacho en quien hube de reconocer a Badoret.

Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas

piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a

su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y

llamé al muchacho. Este, que se inclinaba a examinar a los que allí en

diversos puntos yacían, acercose a mí y me dijo:

--Andrés, ¿tú también te has muerto?

--¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano?

--¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza

del Vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no

llora ni chilla.

--¿Y tu hermana?

--Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos y

no nos responde.

Iba a preguntarle por Josefina; pero me faltó valor, se me extinguió

la facultad de hablar, y nublándose mis ojos, vi desaparecer a Badoret

saltando con su lúgubre carga sobre los hombros.

La fiebre traumática se apoderó de mí con gran intensidad,

reproduciéndome los hechos que habían precedido a la situación en que

me encontraba. Siseta aparecía a mi lado con su hermano en los brazos,

y yo le decía:

--Prenda mía, ya no podemos ir a sentarnos a la sombra de los olivos

que tengo en la Almunia, porque mi conciencia va detrás de mí

acusándome sin cesar, y tengo que huir y correr hasta que encuentre un

sitio lejano a donde ella no pueda seguirme. No volveré a entrar jamás

en tu casa, porque allí junto está, tendido en cruz sobre el suelo, D.

Pablo Nomdedeu, a quien maté porque me quería quitar mi azúcar. Yo me

voy a donde no me vea gente nacida. Dame tu mano. Adiós.

Al decir esto, besaba la mano de una señora monja.

Otras veces creía sentir el contacto de un brazo junto al mío, y

exclamaba:

--¡Ah! es usted, Sr. D. Pablo Nomdedeu. Los dos hemos muerto y nos

juntamos en lo que llamábamos allá _la otra vida_; solo que usted

camina hacia el cielo, y yo voy derecho al infierno. Aquí donde

estamos, entre estas oscuras nubes, ya no hay odios ni resentimientos.

Me pesa de haberle matado a usted, y válgame el arrepentimiento. ¿Cómo

había de consentir en darle a usted el azúcar? No, Sr. D. Pablo, no lo

consentiré jamás. ¿Aún insiste usted en quitármela, cuando, despojado

de la vestidura corporal, volamos los dos por esta región donde no

hay ruido, ni luz, ni nada? ¿Aun aquí, equivocándonos de caminos, nos

encontramos para reñir? Pero no, siga usted adelante y no se detenga

a quitarme lo mío. Dios me perdonará mi crimen: yo fui atacado por

usted, yo me defendía, y una bestia feroz que se metió dentro de mí,

le mató a usted. Fue sin duda aquel infame Napoleón. ¡Oh! ¿Por qué

quise apropiarme el aparente cuerpo de tan fiero demonio? Sí, ya te

estoy viendo delante de mí... Allá voy, no me llames más. Vagando por

estos espacios donde no hay ruido, ni luz, ni nada, yo creí que no te

presentarías delante de mí; pero aquí estás. Cierra esos ojillos negros

como cuentas de azabache; no claves en mí tus dientes más blancos que

el marfil, ni enrosques esa culebra que llevas por cola. Ya sé que te

pertenezco desde que cayó el artesón sobre ti, y tus tramas infernales

me pusieron en el caso de matar a aquel santo varón, buen amigo,

excelente padre y honrado patriota. Iré contigo al infierno, que será

mi expiación. No vuelvas el horrendo hocico hacia atrás, que ya te

sigo. Los arcángeles celestiales me azuzaron como a un perro cuando me

acerqué a las puertas del Paraíso, y ahora camino hacia abajo. Adiós,

Nomdedeu: ya te veo allá arriba. Brillas como una estrella; pero tu

resplandor no ilumina esta oscuridad en que me hallo. El calor de las

llamas que despides por la boca, infame Napoleón, me está abrasando; me

ahogo en una atmósfera de fuego, y sed espantosa seca mi boca. ¿No hay

quien me dé un vaso de agua?

Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua.

Luego tornaba a los mismos delirios, que variaban a cada instante, ora

terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso completo

de mis sentidos, y con el entendimiento claro y sin nubes. Vi el cielo

encima, en derredor mucha gente y a mi lado un fraile. No se oían

cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible.

--Hijo mío --me dijo el fraile--, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa

herida del pecho no es mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te

alimentara bien, curarías como otros muchos.

--¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos?

--Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia.

--¿Qué?

--Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir.

--¡Enfermo! --exclamé con sorpresa--. Yo creí que D. Mariano no podía

estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él...

--Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado

el mando al teniente de rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está

en cama, nadie considera posible la defensa. Solo hay mil hombres

disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas se

celebra junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este

día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la

rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no

piensa más que en comer.

--Padre --dije yo--, si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo

de madera. No puedo resistir más.

El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo que

era. Después hablé así:

--¿Su Paternidad está aquí auxiliando a los moribundos? Yo, aunque

Dios en su infinita misericordia me conserve por ahora la vida, quiero

confesar un gran pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran

peso, no podré vivir. Por allí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto

de hambre o de miedo. No: yo debo declarar que le he matado porque me

quiso quitar un pedazo de azúcar.

--Hijo mío --repuso el fraile--, o estás aún delirando, o confundiste

con otro el Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este

hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de

curar a diestro y siniestro.

--¡Cómo! ¿Será posible? --exclamé con estupefacción--. ¿Vive el Sr. D.

Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me

devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio.

No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase

huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful

Mongat? ¿Sabe por ventura si vive?

--Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Solo sé que la casa donde

vivía el señor Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido destruida por una

bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron,

excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar.

--¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! --dije--. Pero parece que

me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy?

--Esta es la cama en que murió Periquillo del Roch, asistente del Sr.

D. Francisco Satué, que es, como sabes, edecán del Gobernador. Cuando

murió Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por

asistente.

--¿Conque Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El

corazón me dice que no ha muerto, y que no soy, por lo tanto, viudo.

--¿Eres casado?

--Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive. ¿Y dice Su Paternidad

que no ha muerto el Sr. Nomdedeu?

--Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien tiene

aspecto de un muerto que anda, que de persona viva.

--¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve?

--Anda, aunque cojo.

--¿Y abre los ojos?

--Sí: sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de

los escombros.

--¿Y habla?

--Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir.

--¿Pero es el mismo, o un remedo de Don Pablo, una sombra que viene del

otro mundo a figurar que pone vendas?

--El mismo, aunque de puro desfigurado apenas se le conoce.

--¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado?

--No dudes que vive; pero también te aseguro que no doy dos ochavos por

lo que le queda de razón.

En todo aquel día no me pude mover, aunque notaba de hora en hora

bastante mejoría. La curiosidad y el afán me devoraban, anhelando saber

la suerte de los míos, y aunque la certidumbre de no ser matador de

Nomdedeu había dado gran tranquilidad a mi espíritu, el no saber el

paradero de Siseta me entristecía en sumo grado. Sin moverme de allí

supe que la plaza estaba a punto de rendirse, y que había ido a tratar

con el General francés el español D. Blas de Fournás. Esto tenía muy

irritados a los fantasmas que con nombre de hombres discurrían aún arma

al brazo por las murallas destruidas, y fue preciso a Fournás, cuando

salió de la plaza, ocultar el verdadero motivo de su viaje.

Álvarez, según oí, se agravaba por instantes, y recibió los Sacramentos

el mismo día 9; pero aun en tal situación insistía en no rendirse,

repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que despierto.

Muchos patriotas se resistían a creer que fuera cierto lo de la

rendición, y la posibilidad de entregarse al extranjero causaba más

horror que la muerte y el hambre; verdad es que muchos tenían la loca

esperanza de que llegasen socorros.

Por la tarde empezó a susurrarse que al día siguiente entrarían los

_cerdos_, y los patriotas acudieron a casa del Gobernador, la cual,

casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los aposentos

donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas, metiéndose

por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo rato

pidiendo a Su Excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza.

Dicen que Álvarez en su delirio oyó los populares gritos, e

incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. Enfermos o

heridos los que aún vivíamos, con diez mil cadáveres esparcidos por las

calles, alimentándonos de animales inmundos y substancias que repugna

nombrar, nuestro más propio jefe debía ser y era un delirante, un

insensato, cuyo grande espíritu perturbado aún se sostenía varonil y

sublime en las esferas de la fiebre.

Al día siguiente pude dar algunos pasos sin alejarme mucho. De buena

gana habría hecho una excursión por la ciudad visitando la casa de

Siseta; pero las señoras monjas que tan cariñosamente me cuidaban,

impidiéronmelo. El capitán D. Francisco Satué llegose a mí, y me

hizo saber que había resuelto tomarme por asistente en reemplazo de

Periquillo del Roch, y agradecido yo a su bondad, me tomé la libertad

de decirle:

--Mi capitán, ¿sabe usía por dónde anda Siseta? Supongo que usía conoce

a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat.

Satué no se dignó contestarme, y volvió la espalda, dejándome solo con

mis horrorosas dudas. Yo preguntaba a todos; pero nadie me hablaba

sino de la capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa cuando

todavía existía pegado a las esquinas el bando de D. Mariano: «_Será

pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien se oiga

la palabra capitulación u otra equivalente._»

Según oí decir, los franceses habían dado una hora de tiempo para

arreglar la capitulación; pero nuestra Junta pedía un armisticio

de cuatro días, prometiendo cumplirlo si al cabo de dicho plazo no

venía el socorro que desde noviembre estábamos esperando. El Mariscal

Augereau no quiso acceder a esto, y, por último, después de muchas idas

y venidas de un campo a otro, firmáronse las condiciones de nuestra

rendición a las siete de la noche del 10.

En este convenio, como en todos los que hicieron los franceses en

aquella guerra, se pactó lo que luego no había de ser cumplido:

respetar a los habitantes, respetar la religión católica y las vidas

y haciendas, etc... Todo esto se escribe y se firma sobre un tambor

dentro de una tienda de campaña; pero luego las órdenes expedidas desde

París por la gran rata, obligan a poner en olvido lo acordado.

--¡Bonito final! --me dijo el Padre Rull, que me había asistido

durante el penoso mal--. ¡Y que hayamos venido a esto después de

haber resistido siete meses! ¿Y todo por qué, amigo Andrés? Porque

no se reparten dos pavos por barba al día, y porque alguno se ha

visto obligado a mantenerse chupando el jugo de un pedazo de estera.

Dioscórides dice que el esparto contiene substancias alimenticias. ¡Oh!

Si Álvarez no hubiera caído enfermo; si aquel hombre de bronce pudiera

aún levantarse de su lecho, y venir aquí, y alzar el bastón en la mano

derecha... Ya sabes, Andrés, que la guarnición debe salir mañana de

la plaza con los honores de la guerra, marchando a Francia prisionera.

Creo que os pondrán a tirar del carro de Napoleón cuando salga a

paseo... Los _cerdos_ se nos meterán aquí mañana a las ocho y media, y

parece han acordado no alojarse en las casas, sino en los cuarteles.

¿Lo crees tú? Ya verás cómo no lo cumplen. Me parece que les veo

echando a los vecinos a la calle para acomodarse sus señorías en las

pocas casas que han dejado en pie. Y ahora te pregunto yo: ¿qué harán

de nosotros, los pobres frailes? Amigo, con Gerona se acabó España,

y con la salud de Álvarez se acabaron los españoles bravos y dignos.

Muchachos, ¡viva D. Mariano Álvarez de Castro, terror de la Francia!

Durante la noche, los vecinos y los soldados, sabedores ya de las

principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las

arrojaron al río, y al amanecer, los que podían andar, que eran los

menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis

unas cuantas armas, si tal nombre merecían algunos centenares de

herramientas viejas y fusiles despedazados. Los enfermos nos quedamos

dentro de la plaza, y tuvimos el disgusto de ver entrar a los señores

_cerdos_. Como no nos habían conquistado, sino simplemente sometido por

la fuerza del hambre, nosotros les mirábamos de arriba a bajo, pues

éramos los verdaderos vencedores, y ellos al modo de impíos carceleros.

Si no existiese el goloso cuerpo, y solo el alma viviera, ¿pasarían

estas cosas?

En honor de la verdad, debo decir que los franceses entraron sin

orgullo, contemplándonos con cierto respeto; y cuando pasaban junto a

los grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino. Muchos

se resistieron a comerlo; pero al fin la fuerza instintiva era tal,

que aceptamos lo que a las pocas horas de su entrada nos ofrecieron.

Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres

que, estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de

depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer! ¡qué

novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía, después

de larga ausencia, a ser apoyo del alma. Se admiraba uno de tener

claros ojos para ver, piernas para andar y manos con que afianzarse en

las paredes para ir de un punto a otro. Los rostros adquirían de nuevo

poco a poco la expresión habitual de la fisonomía humana, y se iba

extinguiendo el espanto que aun después de la rendición causábamos a

los franceses.

Dadme albricias, porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos

para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la derecha

mano en un palo, y con la izquierda en las paredes de las casas. No

creáis que el andar por las calles de Gerona en aquellos días era cosa

fácil, pues ninguna vía pública estaba libre de hoyos profundísimos,

de montones de tierra y piedras, además de los miles de cadáveres

insepultos que cubrían el suelo. En muchas partes, los escombros de

las casas destruidas obstruían la angosta calle, y era preciso trepar

a gatas por las ruinas, exponiéndose a caer luego en las charcas que

formaban las fétidas aguas remansadas. El viaje a través de aquellos

montes, lagos y ríos, era tan fatigoso para mí, que a cada poco trecho

me sentaba sobre una piedra para tomar aliento. Mas cuando ya no era

posible pensar en batirse, y cuando estaba aplacado el terrible ardor

de la guerra, producíame indecible espanto la vista de tantos muertos;

y al examinar los horrorosos cuadros que se desarrollaban ante mi

vista, cerraba a veces los ojos temiendo reconocer en una mano helada,

la mano de Siseta; en la punta de un vestido, la punta del vestido de

Siseta; en una piedrecita encarnada, las cuentas de coral que adornaban

las lindas orejas de Siseta.

Gerona · 第 22 / 31 题