Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo al
mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles:
--Si trabajáis un poco más, no os faltarán otros respetables sujetos
que llevar al mercado. Dejad este para mí, que lo necesito, y coged a
Saint-Cyr, a Duhesme, a Verdier y a Augereau.
Haciendo, pues, nuevas y valiosas presas, se marcharon.
Yo atravesaba la puertecilla, mejor dicho, el agujero que comunicaba el
patio de la casa de Ferragut con la mía, cuando mi cabeza tropezó con
otra cabeza. Nos topamos el Sr. Nomdedeu y yo, él queriendo entrar y yo
queriendo salir.
--Detente un rato más, Andrés --me dijo con agitación--, y ayúdame.
¡Pero qué hermoso animal tienes ahí! ¿Cuánto pides por él?
--No lo vendo --repliqué con orgullo.
--Es que yo lo quiero --me dijo con firmeza, deteniéndome por un
brazo--. ¿Sabes que se ha muerto Gasparó? Mi hija se muere también,
es decir, quiere morirse; pero yo no lo permito, no lo permitiré, no
señor; estoy decidido a no permitirlo.
--Nada de eso me importa, Sr. Nomdedeu --repuse--. ¿Cómo está Siseta?
--¿Siseta? Se morirá también. He aquí una muerte que importa poco.
Siseta no tiene padre que se quede sin hija. ¿Me das lo que llevas ahí?
--Usted bromea. Adiós, Sr. Nomdedeu. Por aquella puerta se baja a donde
hay mucho de esto.
--¡Oh! ¡qué repugnante sitio! --exclamó el doctor--. Pero ¿qué llevas
ahí? Un niño Jesús de alfeñique. Dámelo, Andrés, dámelo. ¡Azúcar, Dios
mío! ¡Azúcar! ¡Qué rayo de luz divina!
--No puedo darlo tampoco. Es para Siseta.
El doctor se puso lívido, más lívido de lo que estaba, y mirome con una
expresión rencorosa que me llenó de espanto. Le temblaban los labios,
y a cada instante llevábase las convulsas manos a su amarillo cráneo
desnudo. Me infundía lástima; me infundía además su vista poderoso
egoísmo, y le detestaba, sí, le detestaba, sobre todo desde que tuvo la
audacia de mirar con sus ávidos ojos el niño Jesús sin piernas que yo
llevaba.
--Andrés --me dijo--, yo quiero ese pedazo de azúcar. ¿Me lo darás?
Examiné rápidamente a Nomdedeu. Ni él tenía armas, ni yo tampoco.
--Si no me lo das, Andrés --prosiguió--, yo estoy dispuesto a que se
pierda mi alma por quitártelo.
Diciendo esto, el doctor, sin darme tiempo a tomar actitud defensiva,
arrojose sobre mí y me hizo caer al suelo. Clavome las manos en los
hombros, y digo que me clavó, porque parecía que sus manos de hierro,
horadando mi carne, se hundían en la tierra. Luché, sin embargo,
en aquella difícil posición, y conseguí incorporarme. La fuerza de
Nomdedeu era vigorosa, pero de poca consistencia, y se consumía toda en
el primer movimiento. La mía, muscular e interna, carecía de rápidos
impulsos, pero duraba más. ¡Oh, qué situación, qué momento! quisiera
olvidarlo, quisiera que se borrara por siempre de mi memoria; quisiera
que aquel día no hubiese existido en la esfera de lo real. Pero todo
fue cierto y lo mismo que lo voy contando. Yo pesé sobre D. Pablo, como
él había pesado sobre mí, y pugné por clavarlo en el suelo. Yo no era
hombre, no: era una bestia rabiosa, que carecía de discernimiento para
conocer su estúpida animalidad. Todo lo noble y hermoso que enaltece
al hombre había desaparecido, y el brutal instinto sustituía a las
generosas potencias eclipsadas. Sí, señores: yo era tan despreciable,
tan bajo como aquellos inmundos animales que poco antes había visto
despedazando a sus propios hermanos para comérselos. Tenía bajo mis
manos, ¿qué manos? bajo mis garras a un anciano infeliz, y sin piedad
le oprimía contra el duro suelo. Un fiero secreto impulso que arrancaba
del fondo de mis entrañas, me hacía recrearme con mi propia brutalidad,
y aquella fue la primera, la única vez en que, sintiéndome animal puro,
me gocé de ello con salvaje exaltación. Pero no fui yo mismo, no,
no; lo repetiré mil veces: fue otro quien de tal manera y con tanta
saña clavó sus manos en el cuello enjuto del buen médico, y le sofocó
hasta que los brazos de este se extendieron en cruz, exhaló un hondo
quejido, y, cerrando los ojos, quedose sin movimiento, sin fuerzas y
sin respiración.
Me levanté jadeante y trémulo, con el juicio trastornado incapaz de
reunir dos ideas, y sin lástima miré al desgraciado que yacía inerte en
el suelo. El niño de alfeñique cayóseme de las manos, y Napoleón, que
durante la lucha se había visto libre, cargó con él, huyendo a todo
escape, con el hilo aún atado en la cola.
Esperé un momento. Nomdedeu no respiraba. La brutalidad principió a
disiparse en mí, y así como en las negras nubes se abre un resquicio,
dando paso a un rayo de sol, así en los negrores de mi espíritu se
abrió una hendidura, por donde la conciencia escondida escurrió un
destello de su divina luz. Sentí el corazón oprimido; mil voces
extrañas sonaban en mi oído, y un peso, ¡qué peso! una enorme carga,
un plomo abrumador gravitó sobre mí. Quedeme paralizado; dudaba si era
hombre; reflexioné rápidamente sobre el sentimiento que me llevara
a tan horrible extremo, y al fin, atemorizado por mi sombra, huí
despavorido de aquel sitio.
Pasé al otro patio, y entrando en casa de Siseta, la vi exánime sobre
el suelo. A un lado estaba el cadáver del pobre niño, y más al fondo
advertí la presencia de una tercera persona.
Era Josefina, que hallándose sola por largo tiempo en su casa, había
bajado arrastrándose. Examinó a Siseta, que lloraba en silencio, y a su
vista experimenté un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar
idea, y la conciencia que hace poco me enviara un solo rayo, me inundó
todo de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto
se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los
brazos, golpeándome la cabeza, mugiendo de desesperación, exclamé sin
poder contener el grito de mi alma irritada:
--Siseta, soy un criminal. He matado al señor Nomdedeu, ¡le he matado!
Soy una bestia feroz. Él quería quitarme un pedazo de azúcar que
guardaba para ti.
Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación,
juntamente con el profundo dolor, la tenían en situación parecida a
la estupidez. Josefina, acercándose a mí y tirándome de la ropa, me
preguntó:
--Andrés, ¿has visto a mi padre?
--¿Al Sr. Nomdedeu? --contesté temblando, como si el ángel de la
justicia me interrogara--. No, no le he visto... Sí... allí está...
allí... pasando al otro patio.
Y luego, anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me
acosaban, volvime a Siseta y le dije:
--Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! Y tú, ¿cómo
estás? ¿Te hace falta algo? ¡Ay! Huyamos, vámonos de esta casa,
salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de
nuestros olivos. No quiero estar más aquí.
Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más
reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente; la
trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta
alargó lentamente el brazo, y con su índice me señaló la calle.
--Ya, ya lo entiendo --dije--. D. Mariano quiere que todos estos
espectros hagan una salida o resistan el asalto de los franceses. Vamos
a morir. Anhelo la muerte, Siseta. Adiós. Aquí están los chicos. ¿Los
ves?
Eran Badoret y Manalet que entraron diciendo:
--Hermana Siseta, trece reales, traemos trece reales. ¿Has arreglado a
Napoleón? ¿En dónde está Napoleón?
Saliendo con mi fusil al hombro a donde el tambor me llamaba, corrí
por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo
desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba,
andaba sin cesar. Hablando febrilmente conmigo, me decía: «¿Pero estoy
loco?... ¿pero estoy vivo acaso?» ¡Terrible situación de cuerpo y
de espíritu! Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con
desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba como
los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina, y
me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien hacía
todo aquello: era una fuerza superior, colectiva; un todo formidable
que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el
heroísmo. Es a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego
empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo
de las cabezas, el mecánico arranque de la musculatura, el frenético
y desbocado andar del corazón que no sabe a dónde va, el hervor de la
sangre que, dilatándose, anhela encontrar heridas por donde salirse.
Este heroísmo lo tuve, sin que trate ahora de alabarme por ello. Lo
mismo que yo hicieron otros muchos también medio muertos de hambre, y
su exaltación no se admiraba porque no había tiempo para admirar. Yo
opino que nadie se bate mejor que los moribundos.
Allí estaba D. Mariano Álvarez, que nos repitió su cantinela:
--Sepan los que ocupan los primeros puestos, que los que están detrás
tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda.
Pero no necesitábamos de este aguijón que el inflexible Gobernador nos
clavaba en la espalda para llevarnos siempre hacia adelante; y como muy
acostumbrados a ver la muerte en todas las formas, no podíamos temer a
la amiga inseparable de todos los momentos y lugares.
La fatiga misma sostenía nuestros cuerpos; hablábamos poco, y nos
batíamos sin gritos ni bravatas, como es costumbre hacerlo en las
ocasiones ordinarias. Jamás ha existido heroísmo más decoroso, y
a fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de
Don Mariano Álvarez, en cuya naturaleza poderosa y sobrehumana se
estrellaban sin conmoverla las impresiones de la lucha, como las
rabiosas olas en la peña inmóvil.
Por mi parte, puedo asegurar que lleno el espíritu de angustia,
alarmada hasta lo sumo la conciencia, aborrecido de mí mismo, me
echaba con insensato gozo en brazos de aquella tempestad, que en
cierto modo reproducía exteriormente el estado de mi propio ser. La
asimilación entre ambos era natural, y si en pequeños intervalos yo
acertaba a dirigir mi observación dentro de mí mismo, me reconocía
como una existencia flamígera y estruendosa, parte esencial de aquella
atmósfera inundada de truenos y rayos, tan aterradora como sublime.
Dentro de ella experimentábanse grandes acrecentamientos de vida, o la
súbita extinción de la misma. Yo puedo decirlo; yo puedo dar cuenta
de ambas sensaciones, y describir cómo acrecía el movimiento, o por
el contrario, cómo se iban extinguiendo los ruidos del cañón, cual
ecos que se apagan repetidos de concavidad en concavidad. Yo puedo dar
cuenta de cómo todo, absolutamente todo, ciudad, campo enemigo, cielo
y tierra, daba vueltas en derredor de nuestra vista, y cómo el propio
cuerpo se encontraba de improviso apartado del bullidor y vertiginoso
conjunto que allí formaban las almas coléricas, el humo, el fuego y los
ojos atentos de D. Mariano Álvarez, que relampagueando entre tantos
horrores lo engrandecían todo con su luz. Digo esto, porque yo fui de
los que quedaron apartados del conjunto activo. Me sentí arrojado hacia
atrás por una fuerza poderosa, y al caer, bañado en sangre, exclamé en
voz alta:
--¡Gracias a Dios que me he muerto!
Un patriota que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras,
arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con
alegría:
--Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil!