Diciendo esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en un
instante el traidor aparato quedó muy bien instalado, con el cebo
dentro y el hilo en su sitio. España estaba dispuesta; no faltaba más
que la invasión francesa.
Badoret entró impertérrito en la bodega y volvió al poco rato, diciendo:
--Están en guerra unos con otros. Vengan acá, que esto merece verse.
Entramos, y, en efecto, vi la colosal batalla. Yo sabía que aquel
enérgico y emprendedor animal se vuelve en su desesperación contra
su propia casta cuando no encuentra en ninguna parte medios de
subsistencia; pero jamás había visto los choques de aquellos feroces
ejércitos, que embestían con la saña salvaje de las primitivas guerras
entre los hombres. Se arrojaban unos sobre otros, enredándose en
horroroso vórtice, y se clavaban sin piedad las terribles armas de sus
agudos dientes. Esta lucha no era en modo alguno una revuelta explosión
de odios y hambres individuales, sino que tenía conjuntos poderosos,
y las masas parduzcas indicaban empujes colectivos dirigidos por el
instinto militar que algunas especies zoológicas poseen en alto grado.
--Los que están bajo el tonel --dijo Badoret--, son los del lado de
allá del Oñar, que han venido nadando. Con ellos están todos los de la
parroquia de San Félix, y los de este lado son los de la plaza de las
Coles, los más gordos, los más bravos, y tienen por jefe a Napoleón.
--Pues esos que han venido nadando --dije yo-- no son otros que los
ingleses, y los de la parroquia de San Félix son la gente del Norte. Me
parece que va ganando Francia, es decir, la plaza de las Coles.
Sus gruñidos formaban un rumor espeluznante. Las desigualdades del
terreno permitían a los ejércitos desarrollar en gran escala poderosa
estrategia. Subían unos a apoderarse de un cajón vacío, y embestidos
hábilmente por la espalda, eran arrollados y expulsados de su posición.
Las masas pequeñas se reunían formando enorme cuña que al punto
desbarataba la extensa línea de los contrarios; estos, desorientados y
en desorden, reuníanse de nuevo concertando sus falanges, y sobre los
cadáveres exangües, las mil patitas marchaban con vertiginosa carrera.
Los más pequeños caían rodando impulsados por los grandes, y las panzas
blanquecinas vueltas hacia arriba, variaban el informe aspecto de los
valientes escuadrones. Las luchas individuales sucedían a los empujes
colectivos, y la heroica sangre teñía los feraces campos. ¿A quién
pertenece la victoria? Ahora lo veremos. Los de la plaza de las Coles
dominaron el tonel, y plantándose allá con provocativa presunción,
miraron, jadeantes aún de cansancio, cómo huían hacia el fondo de la
bodega las huestes destrozadas de la parroquia de San Félix y del otro
lado del Oñar.
--Badoret, Manalet --exclamé yo--, Francia es vencedora. ¿Veis? Ya
domina la hermosa Italia; observad cómo corre hacia el Norte esa nube
de tudescos y sajones. Pero esto no ha concluido. Vedle allí. Ved cómo
se relame, cómo enrosca el largo rabo reluciente cual una cuerda de
seda. Con los ojuelos negros, en que resplandece el genio de la guerra,
observa desde aquella altura las diversas comarcas que tiene a sus
pies, y los movimientos de sus desorganizados enemigos. Está midiendo
el terreno, y su previsión admirable adivina los sitios que escogerán
los otros para esperarle. Atended bien, Badoret y Manalet: reparad
que después que ha descansado un rato, gozándose allá arriba con sus
rápidos triunfos, se prepara a bajar de su trono. Inmensas falanges
llenas de entusiasmo le rodean, y allá en el Norte el espacio resuena
con el chirrido de mil dientes que chocan, y las colas azotan con
impaciencia el suelo. Nuevas batallas se preparan, Manalet y Badoret.
Esto no quedará así, y si no me engaño, el pérfido aspira a dominar
todos los subterráneos, desde el Galligans hasta el puente de piedra,
y ambas orillas del hermoso Oñar. ¿Oís? Las belicosas uñas se afilan
en el suelo, y en las cuentecitas de vidrio que tienen por ojos brilla
el ardor de los combates. La hora terrible se acerca, y el ogro,
hambriento de carne y nunca saciado, devorará a los hijos del Norte.
¡Ay! ¡Las pobres madres han concebido y dado a luz nada más que para
esto! Ya van; ya se acercan. Ved cómo todos los de la otra crujía se
reúnen, acudiendo de distintas partes. El ogro desciende pausadamente
de su trono, y una aureola de majestad le rodea. A su vista los débiles
se hacen fuertes, y los tímidos se arrojan a los primeros puestos. Ya
se encuentran, y está trabada de nuevo la feroz pelea.
Avanzamos para ver mejor, y vimos cómo se devoraban, llevando la
mejor parte los de abajo, es decir, Francia. Si los otros eran más
fuertes, estos parecían más ligeros. Los del lado allá del Oñar, los
de San Félix y el Matadero, se sostenían enérgicamente; pero al fin
no les era posible resistir el empuje de sus contrarios, que parecían
poseídos de sublime enajenación, y sus hociquitos negros y bigotudos lo
arrasaban todo delante de sí. Si lo que les impulsaba a la lucha era
pura y simplemente el anhelo de satisfacer su apetito, una vez trabada
aquella, despierto y exaltado el genio militar, los escuálidos soldados
no se acordaban de llenar sus panzas con los despojos del vencido, y
un ideal de gloria les impelía a lanzarse sobre los rotos escuadrones,
sobre las tinajas teñidas de sangre, sobre el tonel jamás conquistado,
dominándolo todo con su planta atrevida.
Creerán los oyentes que miento, que desfiguro los hechos, que pinto
lo que me conviene; juzgarán que mi cabeza, trastornada por las
penalidades y debilitada por la inanición, forjó ella misma para su
propio entretenimiento estas batallas de roedores, estas ambiciones de
la última escala animal, para representar en pequeño las de la primera.
Pero yo juro y perjuro que nada he dicho que no sea cierto, así como
también lo es que Badoret, al ver cómo se destrozaban, encendió una
buena porción de yerba, apartándola del resto para que no se declarase
incendio, y al instante el mucho y denso humo nos obligó a salir afuera
presurosamente.
--Ahora no quedará uno dentro --dijo Badoret--. Andrés, y tú, hermano,
coged un palo, y cuando salgan, de cada garrotazo caerá un regimiento.
Yo tiraré del hilo de la trampa. Si algún otro que el gran emperador se
acerca a comerse el cebo, espantadle con un golpe. En la trampa no ha
de caer sino Su Majestad.
Pronto la puerta de la oscura cueva empezó a vomitar gente, es decir,
guerreros de aquella formidable pelea que habíamos visto. Corrieron
por el patio en distintas direcciones, subieron la escalera, tornaron
a bajar, y no pocos de ellos se acercaron al artesón, en quien veían
los chicos nada menos que la representación genuina de nuestra querida
y desgraciada madre España. Badoret de improviso impúsonos silencio
diciendo:
--Ahí viene; apártense todos, y abran paso a su grandeza.
En efecto: el más grande, el más hermoso, el más gordo de aquellos
caballeros, apareció en la puerta del subterráneo. Desde allí
revolvió con orgullo a todos lados los negros ojos, y moviéndose
despaciosamente, arrastraba con elegantes ondulaciones el largo rabo.
Contrajo el hocico, mostrando sus dientes de marfil, y rasguñó el suelo
con majestuoso gesto. Anduvo largo trecho entre la turbamulta de los
suyos, que con desdén miraba, y al llegar a mitad del patio, vio aquel
inusitado aparato que teníamos dispuesto. Acercose, y estuvo mirándolo
por diversas partes, sorprendido sin duda de su extraña forma, y
solicitado de los olorosos reclamos del cebo hábilmente colocado
dentro. Muy por lo bajo, dije yo a Manalet:
--Este emperador tiene demasiado talento para meterse aquí.
--Quién sabe, Andresillo --me contestó el chico--. Como está tan
enfatuado con las batallas que acaba de ganar, y se le habrá puesto en
la cabeza que para él no hay ratoneras, ni trampas, ni lazos, puede que
se ciegue y se meta dentro.
Napoleón se acercó con paso resuelto. Aunque dotado de inmensa
previsión y de penetrante vista, el humo de gloria que llenaba su
cerebro había enturbiado sus poderosas facultades, y encontrándolo todo
fácil, sin ver más que a sí mismo y a su feliz estrella, precipitose
decididamente dentro de España. El hilo funcionó, y cayendo con
estrépito la artesa, Su Majestad quedó en la trampa.
--¡Ah, pícaro, tunante, ladrón! --gritó Badoret saltando de gozo--.
Ahora las vas a pagar todas juntas.
--Irá vivo al mercado --añadió el otro--, y nos darán por su cuerpecito
nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret.