Al día siguiente no ocurrió novedad particular. Gasparó seguía lo
mismo. Badoret y su hermano aparecieron tras larga ausencia, llenos de
rasguños, contusiones, magulladuras y mordidas; pero muy contentos con
los cuartos que recientemente les había proporcionado su industria. A
pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fue el abastecimiento de
la casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta, desmejorándose
por grados, perdía robustez y salud de hora en hora. Como entonces
ocurrieron acontecimientos terribles en nuestra casa, no puedo pasarlos
en silencio. Al rayar el día, despertome de un breve y pesado sueño el
golpear de un pie, que no por ser de amigo carecía de dureza, y cuando
abrí los ojos me encaré con el tambor del regimiento, Felipe Muro, que
me dijo:
--Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de
Cort-Real, y el tejado ha ido a buscar refugio dentro de los cimientos.
Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo el médico, D. Pablo Nomdedeu, salió a
la calle gritando y bufando en cuanto vio arder las barbas del vecino.
Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería que haber
sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá?
De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la
ordenanza me ataba a la muralla de Alemanes durante algunas horas,
y esperé con horrible ansiedad. Cuando me encontré libre y pude
trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría que mi casa estaba
intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta del
apoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo,
viéndose desde la calle el interior de las habitaciones con parte de
los muebles en la misma situación en que los dejó el dueño al abandonar
su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios por haber librado de la
desgracia la casa de los míos, y corrí al lado de Siseta, a quien
encontré en el taller y en el mismo sitio donde la había dejado la
noche anterior, junto al lecho de su hermano. La consternación de la
pobre muchacha era tal, que no acerté a tranquilizarla con inútiles
consuelos.
--Siseta --le dije--, es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu
hermano?
No me contestó, ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella
misma hallábase en tan lastimosa situación física y moral, que solo por
un enérgico propósito de su fuerte espíritu se mantenía vigilante y
atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin el dolor, Siseta habría caído
al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero despreciaba su
propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de
los demás.
--¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? --le pregunté.
--No --repuso--. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle
tierra encima.
--¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él
quisiera, podría hacerlo.
--Dice que no hay medicinas.
--Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento?
--Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un
pedacito muy pequeño de cecina, y lo puse en las parrillas; y esta
mañana vino D. Pablo, se me arrodilló delante llorando a moco y baba, y
como a pesar de esto me resistiera a dárselo, amenazome con matarme, y
se lo llevó.
--¿Tú tampoco has tomado nada?... ¡Oh! Es preciso que yo le siente la
mano a ese ladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de
mantenerle a su hija? ¿Y tus hermanos?
--No sé dónde están --repuso Siseta con profundo terror--. Desde anoche
no han vuelto a casa.
--Pero, Siseta --exclamé con angustia--, no irían a la casa del
canónigo. ¿Sabes que se ha venido al suelo?
--No sé si irían allá... Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que era
esta casa la que se venía al suelo, y abrazando a mi hermano cerré los
ojos y me encomendé a Dios. Pero luego que cesó el ruido, miré al techo
y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en la calle, y era difícil
respirar, a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible que mis
hermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que habrán
ido al mercado a vender lo que hayan cogido.
Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída
naturaleza de Siseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el
suelo apoyaba sus brazos en la estera para sostenerse. Pálida como la
misma muerte, y con los ojos apagados y hundidos, daba pena de ver cómo
se agostaba aquella planta, sin poder echarle un poco de agua.
De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme me
dijo:
--¡Oh, Andresillo! ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que
traerás algo. Tú eres generoso, y no te olvidas de los buenos amigos.
--Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada
cual se las componga como pueda.
--¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo.
Y tú, Siseta, ¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada?
¡Oh, amigos míos de mi alma! ¿No hay nada para este pobre infeliz
que ve morir a su hija? Andrés, Siseta --añadió juntando las manos
y poniéndose de rodillas delante de nosotros--, haced la caridad,
por amor de Dios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo
tendréis de más en el cielo. Ya sabéis que _aquí dan uno por ciento y
allá dan ciento por uno_. Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos,
vosotros que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada
me queda ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi
magnífico herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un
cocimiento para dárselo a ella. Solo me restan las plantas malignas o
venenosas, y la incomparable colección de _polipodiums_, que os puedo
vender... ¿De veras que no tenéis nada? No puede ser. Ustedes esconden
lo que tienen; ustedes me engañan, y esto no lo puedo consentir: no, no
lo consentiré.
De esta manera Nomdedeu pasaba de la aflicción amarga o una cólera
hostil y atrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante
recelo.
--Sr. Nomdedeu --dije, resuelto a alejar de nosotros huésped tan
importuno--, no tenemos nada. Ya ve usted. El pobre Gasparó se muere,
y no podemos darle un buche de agua con vino. Déjenos usted en paz o
tendremos un disgusto.
--Eso se verá. Yo no me voy de aquí sin algo. Ustedes esconden lo que
van comprando con los cuartos que traen los chicos. Mi hija no puede
seguir así muchas horas, Andrés. Que se rinda Gerona, sí señor, que
se rinda, y que se vaya al infierno con cien mil pares de demonios el
Sr. D. Mariano Álvarez, que ha dicho esta mañana: «Cuando la ciudad
principie a desfallecer, se hará lo que convenga.» No sé a qué espera.
Aún no cree que la ciudad está bastante desfallecida. ¡Oh! Lo que
debiera hacer el Gobernador es castigar a los pillos que acaparan las
vituallas, privando a sus semejantes de lo más preciso, y ustedes son
de estos, sí señor. Ustedes tienen esas arcas llenas de comestibles, y
lo menos hay ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos.
Esto es un robo, un robo manifiesto. Siseta, Andrés, amigos míos, ya he
vendido todas las estampas y cuadros de mi casa. ¿Queréis el perrito
que bordó en cañamazo mi difunta esposa cuando estaba en la escuela?
¿Lo queréis? Pues os le daré, aunque es una prenda que he estimado como
un tesoro, y de la cual hice propósito de no deshacerme nunca. Os doy
el perrito si me dais lo que está guardado en el arca.
Abrimos el arca, mostrándole su horrenda vaciedad; pero ni aun así
se dio por convencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno
semejante a la embriaguez, o al delirio de los calenturientos, y al
hablar, su lengua sin fuerza chasqueaba las palabras entonándolas
a medias, como un badajo roto que no acierta a herir de lleno la
campana. Temblaba todo él, y el llanto y la risa, la pena, la ira, la
resignación o la amenaza se expresaban sucesivamente en las rápidas
modificaciones de su fisonomía agitada y movible como la de un cómico.
Cuando me levanté para obligarle a salir, amenazome con los puños, y en
un tono que no es definible, pues lo mismo podía ser dolorido llanto
que honda rabia, nos dijo:
--Miserables, ladrones de lo ajeno. Haré lo que dice el Gobernador.
Sí, Andrés, Siseta. Mi hija no se morirá; mi pobre hija no se morirá;
porque cuando no haya otra cosa nos comeremos a ustedes, y después se
resolverá lo que más convenga.
Cuando se retiró, Siseta me dijo:
--Andrés, yo no sé si viviré mucho más que Gasparó. Haz el favor de
buscar a mis hermanos. Si Dios ha determinado que en este día se acabe
todo, se acabará. Somos buenos cristianos, y moriremos en Dios.