XVI

Dejando para más tarde la exploración al mercado, marché a la

abandonada vivienda de D. Juan Ferragut, canónigo de la catedral,

que desde los primeros días del sitio huyó de Gerona buscando lugar

más seguro. Aunque este veterano de las milicias docentes de Cristo

no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario

de toda la alta Cataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto

de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear

todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Su colección

numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable

tesoro en vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande

amor que tenía a estos objetos no fue parte a detenerle en su huida,

abandonando la historia romana y carlovingia por poner en seguro la más

que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego una bomba

arregló el museo a su manera.

Entrábase en la desierta casa por una pequeña puerta que comunicaba

ambos patios, y que los vecinos solían tener abierta para venir a tomar

agua en el pozo del nuestro. Cuando penetré en el patio, hallé que

una gran parte de este se había trocado en recinto cubierto, formado

por la acumulación de vigas y tabiques atascados en un ángulo antes

de llegar al piso. Aquel improvisado techo no necesitaba sino ligero

impulso, una voz fuerte, una trepidación insensible para caer al suelo.

Adelantando cuidadosamente llegué a la caja de la escalera, abierta

a la luz y al aire por el hundimiento de las salas de la fachada y

de una parte del techo por donde penetró la bomba. Cubrían el suelo

muebles confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales

fragmentos de preciosidades artísticas, materia caótica de la historia,

que ningún sabio podía ya reunir ni ordenar. La escalera había perdido

uno de sus tramos, y para subir era preciso trepar, saltando abruptas

alturas. Desde abajo veíase el interior de una alcoba que debía de

ser la del señor canónigo, la cual pieza con un testero de menos, y

conservando parte de sus muebles, se asemejaba a los aposentos de

juguete para los niños, cuando se les quita la tapa o pared lateral,

cuya ausencia permite ver el lindo interior. Si algunos cuadros, cofres

y roperos manteníanse arriba en los mismos puestos que desde luengos

años ocupaban, en cambio la cama del canónigo yacía en el hondo de la

escalera en una postura que podemos llamar boca abajo. Los gruesos

pilares de aquel mueble, que no era otra cosa que un mediano monte de

roble, aparecían por diversos puntos tronchados, esparciendo sus agudas

astillas, y las colgaduras en desorden dejaban ver entre sus pliegues

los brazos de marfil de un Santo Cristo, y las secas ramas de unas

disciplinas. De entre los despojos de la piedra, y en la oscuridad de

los rincones y honduras que formaban, vi surgir el brillo de dos discos

luminosos, como dos puntos, como dos ojos que me miraban. A pesar de

que sentí súbito temor, bajeme a recoger aquellas luces. Eran los

espejuelos del buen Ferragut.

En la imposibilidad de subir, di voces al pie de la escalera, por ver

si desde aquellas solitarias cavidades me respondía alguno de los

muchachos a quienes buscaba. Grité con toda la fuerza de mis pulmones:

¡Badoret, Manalet! pero nadie me respondía. Recorrí todo lo bajo,

explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros, y solo

encontré la barretina de uno de los chicos; pero esto no era suficiente

razón para suponer que ellos existiesen bajo las ruinas. Por último,

regresando al hueco oí un agudo silbido, que resonaba en lo más alto

del tejado. Esperé un rato, y en breve oyéronse de nuevo los mismos

agudos sones, y apareció una figura, que desde arriba con evidente

peligro se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret.

El muchacho, poniéndose ambas manos en la boca, gritó:

--¡Manalet, alerta!

Y luego, forzando la voz, añadió:

--¡Allá van! ¡Allá va Napoleón, con toda la guardia imperial y la tropa

menuda!

Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver a Napoleón

con toda la guardia imperial. En efecto: por la rota escalera descendía

a escape tendido un numeroso ejército cuyos precipitados pasos metían

bastante ruido. Saltaban de peldaño en peldaño por entre los pedazos

de vigas, y con ligereza suma franqueaban los claros de la escalera,

gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas,

círculos, y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre

otros.

Delante iba el mayor de todos, que era grandísimo, como ser de

privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle

otros de menor talla, y muchos pequeños, entre los cuales los había

jovenzuelos, juguetones y muchos graciosos niños. No eran docenas, sino

cientos, miles, ¡qué sé yo! un verdadero ejército, una nación entera,

masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder

con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales,

que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes

ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada

tan vergonzosa. Venían hostigados, y la inmunda caterva pasó junto a mí

y en derredor mío con rapidez inapreciable, escurriéndose por entre los

escombros hacia el patio. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura

puertecilla que vi en la pared, sumergiéronse todos en un segundo, como

chorro que cae al abismo.

Yo no había visto aquella puerta abierta en un ángulo y que ocultaban

dos toneles puestos en el patio. Acerqueme a ella y desde la boca grité:

--Manalet, ¿estás ahí?

Al principio no sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de

hojarasca que me pareció producido por las pisadas de la guardia

imperial sobre montones de yerba seca. Pero al poco rato creí sentir

como voces y lamentos que al principio parecieron aprensión mía o eco

de mis propios gritos; pero oyendo que se repetían más acentuados cada

vez, resolví aventurarme en lo interior del aposento oscurísimo que

ante mí se abría.

Nada pude ver en los primeros momentos; mas a poco de estar allí,

distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones

rotos, arreos de caballerías y carros, y mil objetos de indefinible

configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida

que mis ojos a ella se acostumbraban.

El sitio era poco agradable, y no sé por qué las barrigas de aquellas

tinajas me ofrecían un aspecto temeroso, causa para mí de invencible

horror. Reconocí en aquellas formas extravagantes las de ciertos

monstruos que venían a amedrentarme en mis sueños de enfermo, y no les

faltaba más que cuatro patas resbaladizas, húmedas, cartilaginosas,

para arrojarse sobre mí. A los pocos pasos produje el mismo ruido de

hojarasca que antes había sentido, y observé que pisaba grandes capas

de yerba seca, depositada allí sin duda para bestias que no habían de

comerla.

De pronto, señores, sentí que las hojas sonaban pisadas por mil

patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no

había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún animal verdaderamente

fuerte y temible? Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que

heló la sangre en mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise

huir, y hundime en la yerba seca. Revolví los ojos en torno mío, y

aumentó mi terror al ver que se disponía para acometerme por distintos

lados, con la rabia de mil bestias feroces, todo el ejército imperial.

En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las

piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho.

¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y relucientes como cuentas, me

miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos

puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé;

pero la flojedad del suelo en que me sostenía imposibilitaba mi

defensa, y con esfuerzos extraordinarios pugnaba por echarme fuera

de aquel mar de hoja seca, en el cual, si era difícil el correr, más

difícil era el nadar. La turba insolente, aguijoneada por el hambre,

a atacarme se atrevía. ¿Qué puede uno solo de aquellos miserables

animaluchos contra el hombre? Nada; pero ¿qué puede el hombre contra

millares de ellos, cuando la necesidad les obliga a asociarse para

combatir al rey de la creación? Hallándome sin defensa, exclamé con

angustia:

--¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro!

Por último, conseguí poner el pie en tierra firme, y sacudiendo

manotadas a diestro y siniestro, logré aminorar el vigor del ataque.

Corrí de un lado para otro, y me siguieron; subime a un gran tonel,

y veloces como el rayo subieron ellos también. Su estrategia era

admirable: adivinaban mis movimientos antes de realizados, y como

saltara de un punto a otro, me tomaban la delantera para recibirme en

la nueva posición. Animábanse en el combate por un himno de gruñidos

que a mí me daba escalofrío; diríase que rechinaban en acordada música

militar sus dientes, demostrando gran rabia y despecho, todos aquellos

que no podían hacerme presa.

¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia para

que se busque la vida a despecho del hombre, para que se defienda

contra las agresiones de fuerza superior, para que venza obstáculos

naturales, para que haga suyas las más laboriosas conquistas humanas,

para que mantenga su inmensa prole en lo profundo de la tierra y

al aire libre, en los despoblados lo mismo que en las ciudades! La

Providencia le ha hecho carnívoro para que encuentre alimento en todas

partes; le ha hecho roedor para que devore a pedazos lo que no puede

llevarse entero; le ha dado ligereza para que huya; blandura para que

no se sientan sus alevosos pasos; finísimo oído para que conozca los

peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas preparadas

en su daño, y agudo instinto para que con hábiles maniobras burle

vigilancias exquisitas y persecuciones injustas. Además posee infinitos

recursos, y como bestia cosmopolita, que igualmente se adapta a la

civilización y al salvajismo, posee vastos conocimientos de diversos

ramos, de modo que es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes

y tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se

labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los

huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es gran navegante,

y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu

aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las

cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan,

y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen;

es insigne mecánico, y posee el arte de transportar objetos frágiles

y delicados, secretos de que el hombre no es ni puede ser dueño; es

geógrafo tan consumado, que no hay tierra que no explore, ni región

donde no haya puesto su ligera planta, ni fruto que no haya probado,

ni artículo comercial en que no haya impreso el sello de sus diez y

seis dientes; es geólogo insigne y audaz minero, pues si advierte

que no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí

donde jamás respiró pulmón humano, y construye bóvedas admirables por

donde entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y

huertas y fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye

rutinarias vallas; y por último, es gran guerrero, porque además de

que posee mil habilidades para defenderse de sus enemigos naturales,

cuando se encuentra acosado por el hambre en días muy calamitosos,

reúne y organiza poderosos ejércitos, ataca al hombre, y al fin, si

no halla medio de salir del paso, estos ejércitos se arman unos contra

otros, embistiéndose con tanto coraje como táctica, hasta que al fin el

vencedor vive a costa del vencido.

Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de las

comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo, y

come siempre de lo que hay. Eso sí, no respeta ni sabe respetar nada:

en el tocador de la dama elegante se come los perfumes, y en casa del

boticario las medicinas. En la iglesia hace mil condimentos con las

reliquias de los santos, y en los teatros se apropia los coturnos de

Agamenón y la loriga de D. Pedro el Cruel. Artista a veces, si el

destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo

de Rafael, y cuando acierta a penetrar en casa de los anticuarios o

de los eruditos, se convierte en uno de estos por la influencia de la

localidad, es decir, que se traga los libros.

Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mí la inmensa

falange. Aquellos padres que por dar de comer a sus hijos, aquellos

amantes esposos que por librar de la muerte a sus mujeres no vacilaban

en mirar frente a frente a un ser superior, tenían toda la perversidad

que dan las supremas exigencias de la vida. Pero era realmente una

vergüenza para mí el rendir mi superioridad de fuerza y de inteligencia

ante aquella chusma de los bodegones que, procedente de distintos

puntos de la ciudad, por caminos solo sabidos de ella sola, se había

reunido en tal sitio. Así es que, reponiéndome al cabo de algún tiempo

de mi primitivo susto, arrebaté un palo que al alcance de la mano vi, y

haciendo pie firme sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos

lados, increpando a mis enemigos con todos los vocablos insultantes,

groseros y desvergonzados de la lengua española.

Si no obtuve desde luego por este medio ventajas positivas, conseguí

al menos amedrentar a los pequeños, que eran los más insolentes, y

solo los grandes continuaron empeñados en roerme. Pero los grandes me

ofrecían blanco más seguro, y he aquí que después de un rato de combate

peligroso, incesante, en que multiplicaba los movimientos de mis brazos

y piernas con rapidez más propia de un bailarín que de un guerrero,

comencé a adquirir alguna ventaja. La ventaja en las batallas, una vez

que se manifiesta, va creciendo en proporción geométrica, determinada

por los temores y recelos del que flaquea, por el orgullo y reanimación

del que gana terreno; y esto me pasó a mí, que al fin, señores míos, a

fuerza de trabajo y constancia pude adquirir el convencimiento de que

no sería devorado.

Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle

este nombre), me hallaba tan cansado que di con mi cuerpo en tierra.

--Si me atacan otra vez --dije para mí--, acabarán conmigo.

Gerona · 第 18 / 31 题