Casi juntamente conmigo entró Badoret, que había salido a hacer una
excursión por la Plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que
le juzgué portador de víveres para ocho días.
--¿Qué hay, Badoret? --le preguntamos Siseta y yo.
Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de cobre, y
cerrábalos después, bailando con frenesí en medio de la sala.
--¿De dónde traes eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? --le preguntó
su hermana con enojo, sospechando sin duda que el chico había hecho
incursiones lamentables en la propiedad ajena.
--Me los han dado por el ratón... Andrés, un ratón tan grande como un
burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales
por él.
--¿Para comérselo? --exclamó Siseta con horror.
--Sí --repuso Badoret dándole los cuartos--. Tú no quisiste, pues a
venderlo.
--Mira, Andrés --me dijo Siseta--, luego que tú te fuiste, estos
condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al
pozo, se metieron en la casa del canónigo Don Juan Ferragut, que está
abandonada, como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como
de aquí a mañana... ¡Qué patas! ¡Qué rabo!
--La carne de este precioso e inteligentísimo animal --dije yo dando
a Siseta lo que llevaba--, no es mala, según dicen los muchos que en
Gerona la están consumiendo. Por ahora, muchachos, remediémonos con
esto que os traigo, y Dios dará más adelante otra cosa.
Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente sobria,
que más parecía hecha para dar entretenimiento a los dientes, que
substancia al cuerpo. Yo me dormí sobre el suelo poco después, y cuando
desperté, Siseta con gran aflicción me dijo:
--Gasparó está malo. Ha cesado de llorar, y está como desmayado, con
el cuerpo ardiente, y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el
Sr. Nomdedeu?
Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un
momento que estuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente
parte de la población; pero procuré tranquilizar a su hermana,
asegurando que los síntomas del mal que tenía delante no eran parecidos
a los que a todas horas se observaban en los sitios más públicos de la
ciudad. Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos,
comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad
del mundo, y olvidando, en su preocupación, las circunstancias de la
ciudad, me mandó que le llevase algunas medicinas, y tuve que emplear
mil rodeos y circunlocuciones para decirle que no las había. La infeliz
muchacha estaba inconsolable.
Una hora después entró D. Pablo Nomdedeu, al cual llamamos para que
asistiese al enfermo, y se prestó a ello de buen grado.
--¡Pobre Gasparó! --exclamó al verle--. Ya he dicho que con los
alimentos que diariamente se consumen aquí, estos chicos no han de
llegar a viejos.
--Pero mi hermano no se morirá, Sr. Don Pablo --afirmó Siseta
llorando--. Usted, que es tan buen médico, le curará.
--Hija mía --repuso fríamente el doctor--, tiende la vista por esas
calles, y observa de qué valen los buenos médicos. Lo que respiramos en
Gerona no es aire: es una sutil, invisible materia cargada de muertes.
¡Ay! Vivimos por especial don de Dios, los que vivimos. Tenemos un
Gobernador de bronce que manda resistir a estos hombres que se caen
muertos por momentos. D. Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino
una cosa con que rellenar los cementerios, y que si no puede servir
para batirse, no sirve para nada. Él no atiende más que al inmortal
espíritu, y fijando su atención en la vida perpetua que con los
miserables ojos de la carne no podemos ver, desprecia todo lo demás.
Sí: la magnitud de ese hombre me tiene asombrado, por lo mismo que es
superior a mí. El Gobernador resistirá el hambre, las privaciones, las
enfermedades, mientras tenga una gota de sangre que mantenga en pie
la urna de su grande espíritu, pues su alma es el alma menos atada al
cuerpo que he conocido; y si no pudiese resistir, será capaz de comerse
a sí mismo... Pero veamos qué se hace con ese pobre Gasparó, hija
mía; yo creo que debes ir a enterrarle a la Plaza del Vino, donde se
ha hecho una gran fosa, porque si dejamos aquí su pobre cuerpo, puede
corromperse la atmósfera de esta casa más de lo que está.
--¿De modo que usted le da por muerto? --preguntó Siseta con
desesperación.
--Siseta, nuestra misión en el estado a que han llegado las cosas, sin
alimentos ni medicinas que recomendar, se reduce a evitar los horribles
efectos de la descomposición atmosférica. Si pudiéramos tener a mano
buenas tazas de caldo, un poco de vino blanco y algunos emolientes y
eméticos, creo que sería fácil tornar la salud a la robusta naturaleza
de ese niño; pero es imposible: no hay nada. ¡Felices los que se
mueren! Si no consigo salvar a mi hija, me pondré en la muralla, cuando
haya otro asalto, para morir gloriosamente... Pobre Gasparó: ¡con
cuánto placer te cuidaría, si viera en ti esperanzas de vida! Siseta,
sentiría mucho que mi hija conociera la proximidad de un moribundo. En
caso de que Gasparó llore o chille, le mandarás callar. Adiós, adiós,
hijos míos; cuidado con mis instrucciones.
Y subió. Tenía todas las apariencias de un loco.
* * * * *
Siseta destrozó un mueble, calentó agua con él, y diose a aplicar al
enfermo en diversas formas una terapéutica de su invención, compuesta
de agua tibia en bebida, en cataplasmas, en friegas, en rociadas,
en parches. Como advirtiera cierta quietud en el enfermo, creyola
repentina mejoría, por efecto de sus extraordinarios específicos, y
dijo con tanta inocencia como alegría:
--Andrés, me parece que está mejor. Se ha dormido. Mi madre decía que
el agua del Oñar era la mejor medicina del mundo, y con agua se curaba
ella todos sus males. ¿Ves como está más tranquilo? Cuando despierte
querrá ir a jugar con sus hermanos. ¿Pero dónde están esos malditos?
¡Badoret, Manalet!...
Siseta les llamó gritando varias veces, y los muchachos no parecían.
Estaban en la casa del canónigo.
Yo subí a ver a D. Pablo y a su hija, y encontré a esta tan abatida y
desfigurada, que cuando cerraba los ojos, quedándose sin movimiento con
la cabeza hundida entre los almohadones, parecía realmente muerta. Ya
era casi de noche, y el doctor, sentado junto al velador, escribía su
diario.
--Andrés --me dijo Nomdedeu--, te agradezco que vengas a hacerme
compañía. ¿No me guardas rencor por lo de esta mañana? Eres un buen
muchacho, y sabes hacerte cargo de las circunstancias. En estos casos
no hay amigo para amigo, ni hermano para hermano. Ahora mismo, si
metieras tu mano en el plato donde va a comer mi hija, creo que te
mataría.
--¿Y la señorita Josefina --le pregunté--, cree todavía que hay fiestas
en Gerona, y que mañana irá a Castellá?
--¡Ay! no. La ilusión duró hasta el día siguiente nada más. Su
estado moral es espantoso. Ya no puede ocultársele nada, y es inútil
representar comedias como la de la otra noche. Lo sabe todo, y no
ignora los últimos pormenores, gracias a una indiscreción de esa
endiablada señora Sumta, a quien de buena gana arrastraría por los
cabellos. Figúrate, Andrés, que una de estas noches, cuando yo estaba
curando enfermos por esas calles, la tal señora Sumta, que a más de
ser curiosa como mujer, es entrometida y novelera como un chico de
diez años, deseando dar a su entendimiento el pasto de una belicosa
lectura en armonía con sus aficiones militares, sacó de la alacena
de mi despacho este diario que estoy escribiendo, y se puso a leerlo
aquí mismo delante de mi hija. Esta sintió al instante deseos de
enterarse también, y la muy necia de la señora Sumta se lo permitió,
añadiendo de su propia cosecha comentarios encomiásticos de los empeños
y heroicidades del sitio. Cuando volví, mi hija había llegado a las
últimas páginas, y en su calenturienta atención y curiosidad se le
iba el alma a pedazos. La lectura la embelesaba y la mataba al mismo
tiempo, y el terror y la admiración compartíanse el dominio de su alma.
¡Ay, cuánto trabajo me costó arrancarle de las manos el malhadado
diario! La pobrecita no durmió en toda la noche, y puesto su cerebro
en erección, allí era de ver cómo imaginaba batallas en la calle, cómo
sentía el ruido de las bombas, cómo aseguraba estarse quemando con
el resplandor de los incendios, cómo miraba los ríos de sangre que
enrojecían el Ter y el Oñar, sin que me fuera posible tranquilizarla.
La infeliz corría de una parte a otra de la habitación como una loca,
y llamaba a voces a D. Mariano Álvarez, ensalzando la bravura y grande
ánimo de nuestro Gobernador. Otras veces, dominada por el miedo, me
pedía que la escondiese en lo más profundo de los pozos para no oír el
zumbido de los cañonazos ni ver el resplandor de las llamas. Tan pronto
su delicado organismo nervioso, que es su naturaleza toda, se crispaba
dándole actividad febril, como cuando dominados por el entusiasmo nos
centuplicamos; tan pronto abatiéndose llorosa, su cuerpo caía flojo y
blando como una madeja. Precisamente, la falta del sentido acústico,
que parece debía ser un descanso para su espíritu, es un verdadero
tormento, porque oye rumores que sin existencia real retumban en su
cerebro, y los espectros del sonido aterran su imaginación más que los
de la vista. ¡Pobrecita hija mía! Creí verla morir en una de aquellas
crisis. Era su vida como un hilo delgado que por intervalos se pone
tirante, tirante, amenazando romperse. Yo tenía el alma en suspenso,
y comprendiendo que contra tal estado de nada valen la ciencia ni los
cuidados, me crucé de brazos y bajé la frente esperando el fallo de
Dios. De este modo ha pasado algunos días, Andrés, y últimamente todos
los síntomas de desorden nervioso han desaparecido, para no quedar más
que el del miedo, un miedo en el último grado de lo deprimente, que la
tiene aplanada, moribunda. ¿Ves esa cara, ves esa expresión soñolienta
y abatida, esa diafanidad propia de los primeros instantes de la
muerte? ¿Por ventura eso tiene apariencia de vida? No parece sino que
este simulacro de existencia permanece ante mis ojos por disposición
milagrosa del cielo para consolarme durante la ausencia real de mi
verdadera y querida hija.
Después de un largo y triste silencio, continuó así:
--Andrés, mañana saldrá el sol; mañana habrá lo que en nuestro lenguaje
llamamos día; mañana tendremos otro hoy, es decir, nuevos apuros.
Veremos qué miga de pan me reserva Dios para el día que ha de venir.
Como quiera que sea, mi hija tendrá mañana su plato en esta mesa. Así
ha de ser, cueste lo que cueste.
Y dicho esto, siguió redactando su diario.
Cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada
por el aparento alivio del pobre niño. Su principal inquietud
consistía entonces en la ausencia de Badoret y Manalet, que, a pesar
de lo avanzado de la noche, no volvían a casa. Pero de acuerdo les
supusimos ocupados en explorar la habitación vecina, y no se habló más
sobre el particular. Retireme yo a mi guardia, pesaroso de dejarla
sola, y durante toda la noche estuve mortificado por cavilaciones y
presentimientos que no me dejaron dormir.